Lo personal es político

Reseña sobre Ángela y el diablo

En su primer libro de cuentos, publicado en 1953, Elisa Mújica abordó dos ejes: el secreto y la violencia. El primer asunto nodal de los argumentos, el secreto, se revela como la posibilidad de una construcción identitaria autónoma de las mujeres. En varios cuentos se observa este fenómeno. En “La chimenea” una mujer, María Flora, quema las cartas de sus dos amores de juventud: Stephen (su primo) y Andrés (un pintor que conoció en su primer trabajo). Ambos la desairaron, se fueron con otras mujeres. Sabemos que María Flora se encuentra en las vísperas de un viaje en el cual se unirá con Octavio, quien le promete una vida tranquila y feliz en su madurez. María se excusa ante sí misma diciéndose que quema las cartas para ahorrar espacio en su equipaje, pero la razón es otra: “María Flora no quería la secreta vida que significaban las cartas. Sería una traición” (p. 44). Aunque las cartas le agradan, pues son la prueba material de su historia, hay que destruirlas para no dejar rastro de sus naufragios amorosos. En esos desencuentros está parte de la vida de María, pero ella piensa que su deber es entrar al matrimonio impoluta, sin recuerdos perturbantes.

En “La viajera” ocurre algo similar. Catalina, quien migró a una ciudad fría y hostil, escribe cartas a sus hermanos contándoles acerca de su vida exitosa y de su prometido, Hugo. En realidad, Catalina pasa muchas penurias y dificultades, pero prefiere fugarse hacia la fantasía e inventar un hombre que no existe y que la trata bien (el imaginario Hugo). Catalina debe meses de arriendo y el frío la lacera, pero su secreto, aderezado con la creación de una vida paralela, es su tentativa de protegerse ante los descalabros de la realidad. En “Ángela y el diablo” el secreto bordea lo prohibido. Ángela es enviada a Tunja, a un colegio e internado de monjas, en donde se desarrolla y tiene la primera regla. Se acerca el día de comulgar y ella es consciente de que es un gran pecado recibir la hostia con la menstruación. Ángela no es capaz de revelarle a las monjas su situación, pero intenta por todos los medios mostrarse enferma o dilatar la comunión. A punto de recibir la hostia, Ángela se desmaya. En la enfermería despierta de noche y debe atravesar el corredor que conecta con la celda que habitó la madre Josefa del Castillo (la poeta y santa, quien era visitada por espíritus malignos). Ahí Ángela ve al diablo entre las tinieblas. Así, alrededor de la imaginación y lo sobrenatural, los secretos de estas mujeres hallan su correlato.

En “Las violetas que encontró Lina” o “Las amigas” el secreto está también relacionado a amores del pasado. Lina, al visitar los alrededores de la Universidad Nacional, recuerda un fugaz y repentino encuentro que nunca logró borrar de su memoria. A su vez, la narradora de “Las amigas” se encuentra con Carlos, un conocido, en un aeropuerto. Los vuelos se cancelan y deben esperar juntos. Entablan un diálogo (ella y Carlos) que se concentra en un collar que lleva puesto la narradora. Ese collar perteneció a Dora Ester (amiga fallecida de la narradora). Carlos, por unos celos infundados, engañó a Dora Ester con Liliana, la mejor amiga de esta. Ambas terminan en un destino trágico: Dora Ester se casó y tuvo un hijo, pero fue abandonada y, como madre soltera, pasó escasez material; Liliana, por su parte, fue descubierta en su infidelidad por su novio, a travé de una carta anónima que la delató a ella y a Carlos, y fue internada en un manicomio luego de constantes recaídas.

Si bien en algunos cuentos subsiste un sedimento de reprobación moral, más cuando las mujeres rompen el pacto patriarcal del matrimonio, también Elisa Mújica fue consciente de las desigualdades y los obstáculos que tenían las mujeres de su época para propiciar su autodeterminación. La ambivalencia entre situaciones reprobables y acciones rebeldes crea una tensión en los cuentos, tanto así que se introducen en una ambigüedad moral cuyos matices no permiten reducir los argumentos a moralejas o a simples condenas del mal comportamiento. Los desafueros que contravienen ciertos preceptos sociales y las acciones que las mujeres llevan a cabo, aun contra la ley, son las medidas que ellas toman en un sistema sofocante para ganar su libertad. En “Cuando nacen los niños” esto se ve en el entorno laboral: una madre gestante es acosada por su jefe, quien la llama perezosa y la acusa de querer abandonar el trabajo por amamantar a su hijo, como si esa fuera una labor subsidiaria y soslayable.

El entorno machista oprime, pero ellas encuentran el escape en la imaginación, en las relaciones humanas y en la escritura. Esto último se trasluce en “Una cita en el banco del parque”. La narradora recibe el encargo de dirigir una institución educativa y una profesora le expone su primer reto: a Lucía, una estudiante de catorce años, le encontraron unas cartas amorosas en las que demuestra que se encuentra con alguien, probablemente mayor, en un parque. La profesora sigue a Lucía y se da cuenta que no: la estudiante se sienta a escribir a solas. Lucía no se estaba viendo con alguien, ¿entonces que hacía? Inventar un interlocutor. Más que un príncipe azul soñado, Lucía encontró en la escritura la posibilidad de establecer un diálogo con alguien que la entendía y la valoraba. Tal vez el hombre existió, tal vez no, pero lo que importa es cómo esa interlocución permite a Lucía hablar genuinamente, sin palabras domesticadas. Cuando la profesora la descubre y le señala las cartas, Lucía enrojece y le dice: “Son mías y usted no tiene derecho a leerlas” (p. 139). Porque trasgredir el secreto es también limitar la emancipación de las mujeres en estos cuentos.

El secreto asegura un lugar privado y de realización personal, que no está supeditado a normas externas. Ya en 1953, parece decirnos Mújica, lo personal es político. En un panorama donde la vida pública se les negaba a las mujeres, el espacio de lo íntimo era el horizonte vital en el cual ellas tenían una capacidad de acción más amplia, aun con las restricciones y los hombres en contra. Así, Verónica (en “Cuento de bandidos”), prefiere unirse a los guerreros y correr peligro que negarse a compartir su vida con el hombre que ama, quien es parte del grupo armado. Es decir, en la acotada medida de lo posible las protagonistas realizan sus aspiraciones, aunque esto les cueste el rechazo, la burla o un peligro inminente. En ocasiones, las más, las mujeres de estos cuentos se ven disminuidas y derrotadas por las situaciones que las oprimen, especialmente cuando carecen de un matrimonio que las sostenga y deben buscarse la vida por sí mismas. Ese hecho subraya la falta de oportunidades apabullante que tenían que sobrellevar las mujeres solteras. Algo válido para el siglo XX, pero que mantiene su vigencia en comunidades vulnerables.

El otro gran tema, transversal al libro, es el de la violencia. En distintas formas Mújica la retrata, con toda su crudeza, en cuentos que van de lo rural a lo universal. En “Diez de abril” encontramos a Alfredo, quien está al mando de un convoy militar dedicado a una misión: derribar a los francotiradores que se encuentran en las torres de las iglesias del centro de Bogotá, un día después del Bogotazo. Los soldados hallan una torre con insurgentes que sacan banderas blancas y no ofrecen resistencia, pero, al ver la cara de uno de ellos, Alfredo recuerda a su papá y dispara. El padre lo violentaba de niño y ahí parece cifrarse una clave de la guerra en Colombia: la violencia que tiene un eco colectivo inicia, en muchas ocasiones, con exabruptos y maltratos intrafamiliares. Aunque este cuento es bastante específico en su focalización narrativa, en “El jorobado” el oprobio alcanza dimensiones regionales, pues Fernando, una persona con deformidad corporal y heredero de una finca, recibe la visita de un grupo armado que le da 24 horas para desalojar el terreno. La finca contiene trabajadores, matronas, cuidadoras y a él —un hombre que nunca ha vivido y que no sabe vivir en otro lugar—. La excusa es la misma de la narrativa bélica en Colombia: él (Fernando) y su gente ayudaron al ejército contrario dándoles agua, estadía, hospitalidad y por ello debe pagar.

Mújica es sutil pero agreste al narrar la guerra. Escoge a la sociedad civil como aquella que posee un rostro reconocible y una voz en el relato. Los asesinos no son nombrados directamente. Es presumible que la escritora bumanguesa hiciera esto para evitar la referencialidad del periodismo, para evitar la persecución política y también para crear una resonancia alegórica en sus cuentos: los hombres que disparan son equiparables, incluso intercambiables, pues se mueven por bajas pasiones y por un deseo de destrucción sin sentido. Los hombres que disparan, sin importar el bando, contienen la vileza y para ellos solo cabe la denuncia y la desmitificación. La literatura de Elisa Mújica prescinde, inteligentemente, de la celebración militarista o de la exaltación de las gestas patrióticas. Allí radica otro de sus aportes feministas, si se quiere. Son las víctimas y no los victimarios quienes protagonizan estos cuentos. No obstante, Mújica no se privó de hablar de los problemas de su tiempo: además del desplazamiento forzado, en “El círculo” aborda las tensiones de la guerra bipartidista, en la cual se criminalizaba al pueblo proletario y trabajador. En este cuento, Moisés está bebiendo en un bar cuando llega Lobo, un inspector claramente godo, que ha iniciado una persecución contra los pescadores que usan dinamita. El pueblo, cansado, se rebela y el trabajo de Lobo es perseguir cualquier conato de protesta social. En medio de un diálogo que, por momentos, recuerda “Espuma y nada más” de Hernando Téllez, Lobo intenta hacer que Moisés delate a sus compañeros o se muestre de acuerdo con él, es decir, con el poder hegemónico que elimina a los suyos.

En “Una mañana a las siete” Mújica aborda el suceso de la bomba atómica en Hiroshima. La premisa es sencilla, poética y visceral: ¿qué hacían las personas en su cotidianidad justo antes de la detonación? Una mujer, deprimida porque perdió a su esposo en el frente de batalla, mira los cerezos en flor y se conmueve con la belleza de aquella mañana; otra mujer en la plaza de mercado duda si comprar melones, pero al fin se decide; un soldado raso sale del cuartel con un extraño presentimiento; un niño entra al colegio en un día escolar común y corriente. ¿Qué les une? Todos serán borrados por la bomba. Con esa imagen, que interpela la vida y resalta sus pequeños gestos por sobre la guerra, cierra Elisa Mújica su primer libro.

Lina Alonso (2021) señala que la poesía cotidiana de Mújica proviene de su atención al detalle. Es en lo nimio, en la filigrana de lo minúsculo, donde Mújica logra sembrar los cimientos de sus narraciones: en el color de unas medias, en unas sábanas mojadas que se pegan al cuerpo de una niña angustiada, en las hojas de gualanday para aliviar dolores y hacer magia que usaba una curandera del llano, en las minuciosas descripciones de calles, de ruinas, en el paso del tiempo reflejado en objetos como paredes y sillones. La fuerza persuasiva y el hálito vital que recorre los cuentos de Mújica tienen su base, según Alonso, en la fina sensorialidad que nos transmiten los objetos, las escenas y los personajes. Más allá de los temas que elegí para esta reseña (el secreto y la violencia), quisiera reforzar esta idea de Alonso y enfatizar que Mújica proporciona escenarios y perfila gestos que moldean sus historias hasta hacerlas de carne y hueso. Esa sería una conclusión global que queda: leer a Mújica es leer algo que está vivo.

Hay que pensar en lo debió significar para una escritora joven, con una novela ya publicada en 1949 (Los dos tiempos), tener un libro en Aguilar (una de las editoriales más prestigiosas de la época). Hoy en día casi nadie la lee, pero sus libros aún persisten en su vigencia, en su rigor y en su potencia para narrar las vidas de mujeres en un entorno machista y para narrar la guerra, a su vez, hecha por hombres que no saben de la ternura en su lengua. Como los cuentos de Katherine Mansfield, a quien Mújica dedica el libro, Ángela y el diablo es una serie de historias sobre las vidas de mujeres que están sometidas a una realidad que las anula y sobrepasa; y estos dramas íntimos se mezclan con los desastres de la guerra. Es como si la escritora bumanguesa hubiese leído la tradición del cuento anglosajón y lo hubiese pasado por el tamiz de la realidad colombiana. Lo anterior es retórico porque la obra de Mújica no se parece a nada, si bien es rastreable su influencia de Kafka o Virginia Woolf. Elisa Mújica con Ángela y el diablo dejó su sello como una artista única en el panorama nacional, pese a la crítica escasa, posterior a su muerte, y a la tradición literaria patriarcal, que se tambalea cuando la obra de una escritora fundamental vuelve a la luz.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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