Hay una película de Jim Jarmusch que entabla un diálogo directo y oblicuo, al mismo tiempo, con el Frankenstein (1816) de Mary Shelley. Se llama Ghost dog: el camino del samurái (2001) y narra la historia de un asesino solitario interpretado por Forest Whitaker. Se trata de cine negro, sí, pero más cercano al subgénero del “polar francés”, en el que no hay redención para el malo ni hay un moralista triunfo de la justicia institucional. Aquí el crimen es indemne, impune. El Perro Fantasma (como se apoda el personaje) es un hombre apartado, que vive con palomas en la terraza de un edificio y se dedica eliminar sujetos por encargo. Hay una mezcla de elementos que Jarmusch quiso unir en esta película: el Hip Hop, la filosofía oriental, la cultura de samuráis y la mafia newyorquina. El Perro Fantasma escucha rap en su carro mientras se dirige a realizar sus trabajos nocturnos. Así mismo, este personaje es un lector asiduo y practica, con férrea disciplina, las artes marciales. El deseo de conocimiento y el entrenamiento físico lo llevan controlar su mente y su cuerpo. Además, su código moral es estricto: se basa en la obediencia, el honor y el sentido de justicia.
La conexión con Mary Shelley viene por la vía de la construcción del personaje. Robert Walton es el narrador de la primera capa novelística de Frankenstein: se trata de un explorador y viajero, que tiene la ambición de llevar su barco al corazón del polo norte, allí donde ningún otro humano ha estado. Walton le envía cartas a su hermana y, en medio de su travesía, se topa con un hombre perdido en las estepas heladas: su nombre es Víctor Frankenstein, un científico enigmático que le cuenta la más extraordinaria de las historias. Algo une a Walton y a Frankenstein: ambos son personas que, por su desmesurada curiosidad, osan quitarle el fuego a los dioses. Es decir, ambos están dispuestos a cruzar los límites de lo humano y lo terrenal para lograr sus objetivos: uno es llegar al lugar más inhóspito del planeta (Walton) y el otro es crear un ser como quien juega a ser dios (Frankenstein). Ese motivo común los une, los hace simpatizar y lleva a Walton a escuchar y transcribir el relato del científico alucinado. De manera similar, el Perro Fantasma es un personaje que ha llegado a afinar al extremo sus técnicas de combate, al punto que es invencible. Cada paso que da, cada decisión que acomete está guiada por el Hagakure (1716), el libro que relata el camino de perfeccionamiento espiritual y moral del samurái antiguo.
Walton, Frankenstein y el Perro Fantasma buscan ser los mejores, los elegidos, los que han llevado la técnica a un nivel de perfeccionamiento inimaginable. Walton en la navegación, que le exige presionar a sus marinos, aunque desfallezcan frente a la ambición de su capitán; Frankenstein en la ciencia, que lo lleva a considerar la posibilidad de crear vida con partes de cadáveres; y el Perro Fantasma en el crimen, que lo recluye en una identidad anónima. El Perro Fantasma adquiere unos códigos de conducta irreconocibles para la sociedad y de los cuales no piensa ceder por ningún motivo. Sus palomas mensajeras son la única manera de contactarlo. El Perro no tiene familia, no tiene un nombre propio. Su afición, además del rap, es comer los helados que vende su único amigo: Raymond, un inmigrante francés que no sabe inglés y, por lo tanto, vive en una isla idiomática que le impide, incluso, entenderse con el Perro Fantasma. Este es otro rasgo que une a la criatura de Frankenstein con Ghost Dog: el monstruo está imposibilitado para comunicarse asertivamente con otras personas.
Aquí ya vemos varios paralelos entre la obra de Shelley y la película de Jarmusch. El elemento de la monstruosidad es el más evidente lazo entre ambos mundos. La criatura que Víctor Frankenstein crea es despreciada y abandonada por él. A la postre, la criatura llega a la casa de una familia campesina y se refugia allí, en un lugar oculto mientras observa la cotidianidad de los extraños. En ese escondite adquiere el lenguaje y aprende a hablar. En su intento de contactar con ellos, si bien inicia por la vía del diálogo amable con el abuelo ciego de la familia, termina en una expulsión violenta por parte de quienes sí pueden ver. La fealdad de la criatura la hace inhumana a los ojos de quienes lo observan por primera vez. Cuando la criatura intenta contactar con su creador y la familia de este, se encuentra en un bosque de Ginebra con William Frankenstein, el hermano menor de Víctor. En una escena confusa, para evitar que el niño grite ante el espanto de su visión, el criatura estrangula (sin querer) al pequeño. Dentro de las características adversas que posee la criatura está la de hacer daño. La fuerza que tiene no la puede medir y aunque en su espíritu fue formado con las lecturas clásicas y del romanticismo —pues lee obras fundamentales como Las penas del joven Werther, El Paraíso perdido o Las vidas paralelas— su fina sensibilidad, sus emociones complejas y su deseo de amar se ven truncadas por su cuerpo dañino e indestructible.
El Perro Fantasma es un monstruo, también, por no encajar en un entorno que le exige reglas de sociabilidad que él no acepta. Su esencia es ser un guerrero. Aunque hostil y aislado, en la banca del parque a donde va a comerse su helado conoce a Pearline, una niña lectora e inteligente que lo interpela y se convierte en su segunda amiga. Pearline lleva en su maleta libros que le enseña al Perro Fantasma. Se comparten lecturas y el hombre le recomienda a la niña que, siempre que se vuelvan a ver, le dé su punto de vista (que puede ir de cómo le pareció el libro a ideas que este le sugirió). El Perro trata a Pearline sin condescendencias. En el primer encuentro la niña le muestra el libro de Frankenstein. Al Perro Negro se le iluminan los ojos. Ahí sabemos que ese es uno de sus libros favoritos. Procede a leer la última frase de la novela, cuando la criatura (tras la muerte de su creador) decide irse a un lugar recóndito del desierto congelado y hacer su propia pira funeraria. La niña le dice que no le lea el final y le arrebata el libro. En esa escena la conexión se hace patente: el Perro Fantasma es un Frankenstein contemporáneo que se ve contenido y reflejado en la historia de Mary Shelley.
Los vecinos del Perro Fantasma lo consideran un desadaptado, algo que piensa incluso la mamá de Pearline. En un lugar de tanto desamparo como lo es las megalópolis modernas, el Perro Fantasma solo encuentra una familia en Louie, un gánster italiano que le salva la vida en medio de una golpiza que le dieron cuando el Perro era joven. Desde esa ayuda, el Perro decide ser fiel a Louie, como lo sería un samurái a su maestro. Los encargos que el Perro ejecuta, de hecho, son ordenados por Louie.
La reinterpretación del mito prometeico que hace Jarmusch es desoladoramente cierta: un hombre negro (racializado) podría ser un monstruo. Más aún si ese hombre nació en un ghetto, entre la violencia urbana y la discriminación. Más aún si ese hombre es sensible y le gusta leer. Más aún si su personalidad es aparentemente hostil y su oficio está al margen de la ley. A estas capas de marginalización se suma otra, que no es para nada inocente, relativa al Hip Hop. El Hip Hop nació como una forma de emancipación de comunidades negras y oprimidas de Nueva York. Pertenecer al Hip Hop es hacer parte de ese margen que se sale, de esa parte baja de la sociedad que los medios ocultan y las ciudades emplazan en los extramuros. Los llamados cordones de la miseria: ahí nacerá, nos dice Jarmusch, la criatura indeseable, ese Perro Fantasma que es mejor eliminar y cuya existencia es equiparable con la de un Frankenstein contemporáneo.
La película cuenta con la musicalización de RZA, el creador y beatmaker de la Wu Tang Clan. Una escena épica para la comunidad Hip Hop es cuando RZA se encuentra con el Perro Fantasma en una calle y lo saluda diciéndole: “Ghost Dog, power equality” y el perro le responde: “Always see everything”. La nación del cinco por ciento y la Zulu Nation es un movimiento Hip Hop y espiritual cuyo objeto es lograr el empoderamiento de los hombres y mujeres negras, bajo la concepción de que son dioses en la tierra y van camino a un despertar colectivo. En dicha comunidad existe el código del P.E.A.C.E., que traduce el poder (power) como la verdad, el conocimiento y la fuerza del individuo para manifestar su propia realidad; la igualdad (equality) significa el proceso de dar conocimiento a otros y lograr horizontalidad en la comprensión; siempre (always) es el código que denota la permanencia de estas leyes, que no son caprichosas o relativas; por último el ver (see) significa una percepción mental y espiritual que permite al individuo desplegarse al todo (everything) a través del conocimiento de sí mismo. Los mafiosos blancos deciden dar de baja al Perro Fantasma, lo que iguala su destino con el de los jóvenes del Bronx o de Queens que, en canciones de rap, desahogan y narran una vida con fecha de caducidad, pues saben que la violencia callejera les acerca la muerte hasta respirarles en el cuello. El Perro Fantasma podría ser uno de esos jóvenes, uno de esos pandilleros y artistas salvajes y autodestructivos.
Que el Perro Fantasma pertenezca a la nación de los Five Percenters nos da una pauta de lectura: sus búsquedas espirituales y sus actividades físicas están enfocadas en su emancipación, en la búsqueda de su libertad (tal como la comunidad Hip Hop). La criatura de Frankenstein también intenta liberarse de su destino trágico. Aprende a comunicarse con agudeza y riqueza idiomática, y se acerca a las personas con la esperanza de recibir un cariño recíproco. El rechazo es la única respuesta que se encuentra y el resentimiento lo lleva a convertirse en un vengador. La criatura decide volver la vida de Frankenstein en una trágica historia, como la suya: ahí comienza a asesinar a los seres más amados de Víctor. En el fondo, la criatura solo quiere quitarse de encima el sino maldito que lo acompaña. El Perro Fantasma, a su vez, no nos revela su interioridad, sabemos lo que siente solo por inferencias de sus acciones. Es alguien callado y reservado, pero cuando escucha rap y cuando se cruza con RZA evidencia un aspecto de su personalidad: su pertenencia a la comunidad Hip Hop explica, en parte, su vida y sus decisiones. El Perro, como la criatura, trata de desarrollar su vida sin ser perseguido, juzgado o violentado y por eso se convierte en un soldado feroz, afín al Hip Hop como parte de su autodeterminación vital. La autodefensa y la violencia es una forma de sobrevivencia para él, así como a la criatura no le queda otra que ser un asesino con tal de hacerse escuchar y de expresar la rabia de su existencia ante su creador.
Quien haría las veces de Víctor Frankenstein en la película sería Louie, el gánster que le salvó la vida al Perro Fantasma. Luego de que el Perro acaba con la familia italiana (quienes lo perseguían), él le deja a Louie decidir sobre su vida o su muerte, como un padre enjuiciador. Víctor Frankenstein, por su parte, se empeña en la tarea de perseguir y destruir a su criatura, razón por la cual Walton lo encuentra en el desierto del polo norte, en la carrera final por alcanzar a su enemigo.
Jim Jarmusch creció en una parte de Nueva York en donde vivía la familia Gambino —famosos gánsters italo-estadounidenses—. De niño, Jim los veía departir en la calle, reunirse y planear sus jugadas. El declive de familias como la Gambino es algo que explora la película de Ghost Dog. Ese elemento se une con la reinterpretación de las ciudades que hace la Wu Tang Clan: le llaman tierra Shaolin a Nueva York. La Wu Tang Clan intervino la realidad, más que reflejarla, al leer la ciudad como el espacio de un cómic o de una película de samuráis. El valor simbólico de esta metáfora los hizo crear un nuevo lenguaje para contar sus vidas. Ya no se era solo una comunidad oprimida. A partir de la Wu Tang los barrios tendrían una épica (sampleada, rencauchada), que no por partir de otras culturas sería menos propia.
Jim fundió la fantasía samurái de la Wu Tang Clan y sus recuerdos de la mafia newyorquina para crear al Perro Negro. Una muestra más de cómo, con una mirada renovada, el Frankenstein de Mary Shelley nos habla y se vuelve una novela inagotable. El racismo, la exclusión social y el abandono estatal son los que engendran a los Frankensteins actuales. Sin ir más lejos, la creación del ICE, por parte de Trump, es la expresión de estas políticas que buscan convertir en monstruo al diferente, al inmigrante, al foráneo, al extraño, al que tiene otras formas y otros dioses. El Frankenstein, parece decirnos Jarsmuch, ya no es un monstruo sobrenatural. Podría ser nuestro vecino o nosotros mismos. El divergente, el que no responde al sistema imperante o al color de piel hegemónico, ese está al borde de ser un otro y de que se justifique, con esa excusa, su persecución, criminalización y exilio.

Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



