Por Danny Arteaga Castrillón
Sobre Diario púrpura: el enano y yo, de Margarito Cuellar (CLU Editores)
“Escribir es usar la palabra como carnada para pescar lo que no es palabra”: Clarice Lispector
Hay que tomar un poco de aire y aclarar la vista cuando se termina de leer Diario púrpura: el enano y yo, del escritor mexicano Margarito Cuellar. Es como si nos hubieran expuesto a una larga dosis de luces estroboscópicas, y luego nos tocara adaptar la vista estimulada a la realidad gris. O como cuando un mar embravecido nos revuelca en la orilla y nos toca luchar por respirar y ponernos de pie, antes que el entorno cobre su quietud y nos devuelva el balance. Así, mutatis mutandis, nos sentimos cuando despegamos los ojos de estas páginas y podemos por fin salir a flote de ese pozo contaminado de palabras punzantes, de imágenes convulsas, de lenguaje puro.
Y no es para más, pues Margarito Cuellar es sobre todo un poeta, con innumerables reconocimientos en su país, que es consciente de la plasticidad de la palabra y de las posibilidades infinitas de una escritura movida por la intuición. Ahora aquí, en Colombia, a través de CLU Editores, publica esta novela alucinógena sobre (tal vez) esa tensión perpetua entre la vida y la muerte, mediada por el pasado y la esquizofrenia que recrean las drogas sintéticas. Todo ello retratado desde el presente solitario y vacío de su protagonista, DJ Mago Palatino, a través de un diario que se escribe con el impulso azaroso del recuerdo y donde el lenguaje toma protagonismo para otorgarle diferentes dimensiones a esta historia viciada por las leyes extrañas de Ciudad Cerveza, un arquetipo de urbe mexicana en la que se han aglomerado todos sus vicios.
Aunque más que una historia, es más bien un compilado de imágenes y momentos de la vida de este personaje autodestructivo, de impulso criminal, pero al mismo tiempo romántico y sensible, y su relación con los diferentes personajes, peculiares y variopintos, como la Nube en Pantalones, la mujer con la que intima y con la que se desahoga; Veneno, un conejo arrogante; Azul Eléctrico, su auto amado; Pedo Flamígero, un detective inútil; el doctor Bulbo Raquídeo, su psiquiatra, que juega con sus soldados en el escritorio, y una voz en off que gravita por ahí de vez en cuando, entre otros. Todos llevan consigo el mismo sarcasmo, la misma indiferencia ante la vida de esa ciudad enferma, y que de algún modo acompañan el periplo sin sentido de Mago Palatino, cuya vida se transforma por el asesinato impune de su padre. Y luego, tras ello, la presencia endiablada del enano Margarito, una suerte de alter ego, con amagues de inmortalidad, que se vuelve cómplice del protagonista (o viceversa) en sus andanzas, marcadas por su realidad o por sus pesadillas.
Es sobre todo en el trabajo con el lenguaje como se logra el efecto inextricable de sensaciones en ese universo de la idiosincrasia mexicana, donde ya poco importa qué es real y qué no lo es. «Leí que el arte se hace con metáforas», dice el protagonista en una de sus reflexiones. Por eso la naturalidad en la manera como los significantes encuentran distintos significados. Fluyen sinestesias constantes e imposibles («la Nube en Pantalones sabe a rosa de algodón y a manzana, a gajo de naranja y uñas largas de gatos tatuados…») y campos semánticos que dan cuenta de cómo un universo ficcional crea sus propios materiales de sentido y de la habilidad del autor de escoger las palabras con más espinas. Revolotean, también, los oxímoron, como en el nombre de Veneno para aquel conejo arrogante y sarcástico de pelaje sedoso, y los símiles más extraños y jocosos y poéticos… Se siente, en general, la consciencia de un lenguaje que no narra la emoción, pero que tampoco se empecina en mostrarla, sino que busca, intuitivamente, aproximarnos en verdad a sentir aquellas secuencias demenciales, más que entenderlas. Porque, parece querer decirnos el narrador, la vida en Ciudad Cerveza es así, vacía de sentido, pero llena de sensaciones.
«Escribe con sangre y sabrás que la sangre es espíritu», gritaba Nietzsche en el Zaratustra. Algo de esto, tal vez, se presiente en esta obra. El protagonista, en su escritura, en la consciencia de su escritura, parece tener el instinto de permitirle al lenguaje moverse a voluntad, como cuando se regresa un animal salvaje a su hábitat. Se van sumando así, con ese impulso, las palabras al cúmulo de sucesos y de imágenes, atravesadas por la locura, por los efectos de las metanfetaminas o por la cercanía de la muerte en el personaje, cercanía que otorga cierta clarividencia, cierta espiritualidad, y el lenguaje de la espiritualidad, como lo dice Nietzsche, siempre viene cargada de instinto, de una voluntad auténtica, descarnada.
Y ese instinto también permite que en el trasfondo (y tal vez sea este el propósito secreto de la obra) se expongan oblicuamente la crudeza de la realidad mexicana, de la cual no somos ajenos. Se filtran así esos horrores entre las palabras y las imágenes, y encuentran su lugar en lo informe de esta ciudad hipotética y caricaturesca («hoy es un día especial: amanecieron sólo tres piñatas humanas colgando de un puente a la entrada de Ciudad Cerveza y ni un sólo bulto flotando en los canales de desagüe»), y se nos revela la impunidad de los hechos violentos, la naturalización del asesinato y la desaparición forzada o la indiferencia, que deja de serlo cuando una llamada telefónica en la madrugada nos grita la noticia que puede transformar nuestras vidas. Muy bien conocemos los latinoamericanos el significado de ese repiqueteo ominoso en la noche.
De ahí que, precisamente, salpiquen entre las páginas dardos de sabiduría poética, como aquellas reflexiones sobre la vida y la muerte, que, sin embargo, conservan el efecto de intuición que caracteriza la narración; se trata de explosiones súbitas, que aparecen de pronto en medio de un párrafo, como la sabiduría fugaz y distraída de los ebrios. Por eso, más que lo que sucede en esta obra, importa lo que se deshace entre las palabras, pero que alcanzamos a retener y contemplar de soslayo.
Eso es precisamente lo que nos permite el absurdo, hablar de otras formas sobre lo que nos duele, incluso mofarnos. Ese absurdo, y la belleza que arrastra, es una constante en este libro trepidante de Margarito Cuellar, que homenajea además con su estética a Opio en las nubes, de Rafael Chaparro Madiedo, esa novela mítica de la historia literaria colombiana, pero que también nos recuerda en cierta gramática de lo irracional las imágenes descabelladas de David Lynch. El tejido de historias como esta, tan difíciles de abordar, son cada vez más necesarias para burlar la uniformidad de esa narrativa tipo IA tan extendida y también para que encontremos esos puntos en común de nuestra realidad latinoamericana, que parece repetirse de nación en nación y de la que no podemos escondernos con facilidad. No siempre basta con dejar que el teléfono simplemente suene.



