Reflexiones a partir de la novela La última versión (CLU Editores, 2026), de Óscar Godoy Barbosa.

Por Iván D. Forero Sánchez

El ejercicio de leer literatura, hoy por hoy, y desde hace muchos siglos, tiene una función esencial para la formación de ciudadanos: ayudar a sus lectores a concebir el mundo más allá del maniqueísmo en el que ingenuamente se pretende catalogar la realidad. En un contexto, no solo en lo local, sino considerando también lo mundial, apreciar los matices y bajarle a la visceralidad con la que enfrentamos nuestras existencias es relevante para no terminar dándonos trompadas por nimiedades. Aprender a cuestionar esas verdades que se tienen como últimas y entender que manejamos relatos construidos con muchos sesgos y parcializaciones, es la sensación que dejan las 125 páginas de la más reciente novela de Óscar Godoy, titulada La última versión.

En la novela, el autor elige mostrarnos este tema que planteaba en el primer párrafo, y lo hace bajo el foco narrativo de una periodista principiante, Valeria, una pasante con una óptica idealista que es llevada a una situación desafiante al toparse en la sala de redacción del periódico Últimas noticias, especialmente con los hechos nebulosos que enmarcan el secuestro y posterior liberación de Gabriela Baquero, una mujer de 35 años heredera de una fortuna importante que su abuelo construyó con sus negocios en un consorcio empresarial de construcción.

Más allá del horror y sustancia narrativa que puede llevar un secuestro y abordarlo en la obra, lo que Oscar Godoy busca en la novela es mostrar los variados matices que esta realidad del país conlleva. La particularidad del caso de Gabriela Baquero es la presunta, con cursiva porque es la palabra actual amada por los medios de comunicación, participación de su amante, Bernardo Rueda, en el robo con el dinero destinado para la liberación, aprovechando que fue exigido por parte de los secuestradores como negociador en el intercambio.

En las líneas del relato Oscar Godoy juega con las textualidades del diario, la entrevista, el diálogo, la narración o las publicaciones de prensa. Con cada tipología de texto nos permite problematizar esa versión oficial, en principio, porque hay cabos sueltos con la historia presentada por la fiscalía como verdad. Aunque los hechos han ocurrido un año atrás en el presente de la narración, todo se retoma a raíz de una sección del periódico que tiene como objetivo revisar noticias que salieron del foco, la cual está a cargo de Jota Jota, un zorro viejo del oficio, quien es el encargado de apadrinar, con muchos tormentos y satisfacciones, a la joven aprendiz. Escudriñando con la luz del reposo, como es sano para tomar una postura o corregir un escrito, Valeria logra mostrar una sagacidad que permite construir una nueva hipótesis: Bernardo cumplió con la entrega del dinero y su desaparición es un misterio por resolver. A partir de una entrevista con Ana, hija del acusado, y con una testigo que aparece tras la publicación de una nota de prensa con citas de las investigaciones en el diario de Bernardo, se construye un nuevo relato que no dura mucho en ser refutado, porque la testigo se retracta ante la fiscalía diciendo que se confundió, además de la aparición del abogado de la familia Baquero, que decide hablar con los periodistas después de rechazar citas anteriores. El hombre funge como vocero de la impactada familia, la cual se ha exiliado en Canadá tras la liberación de Gabriela. 

En esa dialéctica de las historias, el lector no posee una certeza absoluta, el relato tiene como eje sacudir la noción de esas “últimas versiones” que tomamos como irrevocables. Esa narración por omisión, en la que el dato oculto nunca se revela y la incertidumbre debe liarse por parte del receptor es el gran valor de esta obra. Oscar Godoy logra entretejer las dos historias de la novela (la de la periodista joven en el mundo de las primicias y, por otro lado, la del secuestro en Colombia) para poner esa idea de manifiesto. Es más, indagando y escuchando al autor, hay un juego simbólico en el título de la novela, pues esta obra estuvo más de dos décadas sometida a revisiones y versiones, correcciones y una liposucción importante, porque llegó a ser un manuscrito de 350 páginas, con una serie de títulos que no convencían ni al autor ni al editor, como “Callada sin nombre”. El lector tiene ante sus ojos una novela que es la versión final de la constancia de un escritor, pero no tendrá el veredicto definitivo, porque así suele ser la literatura: el sobre de una carta sellada en la que intuimos por indicios el contenido.

Con esta obra breve, Óscar Godoy sigue mostrando su versatilidad en la narración, como ya lo había hecho con Te acuerdas del mar (2020), Los aparecidos (2022)  o en Once días de noviembre, que a título personal es una de las novelas más majestuosas de este siglo  en nuestro país. El maestro sigue aportando al campo literario con narraciones de una pulcritud en el manejo de las subtramas, cosa que como narrador me parece francamente envidiable, y es que cuando en La última versión una de las historias vislumbra el fin, el autor desliza un punto de giro que le da vértigo y profundiza el carácter de los personajes, que con dos o tres palabras adquieren hondura psicológica.

Posdata a modo de atrevida proposición: un hombre cuenta los fajos de billetes, la cámara solo enfoca sus manos, luego lo muestra de espalda con el morral a cuestas por una cumbre, una voz en off lee el primer capítulo de la novela: “Un hombre se internó en las montañas para entregar el dinero del rescate por la mujer que amaba. Nunca regreso…” (pp. 9). Luego la pantalla se oscurece y comienza a contarse el romance entre Bernardo y Gabriela en las oficinas, a la vista de las miradas de otros empleados.

Perdón, me dejé llevar. Es que La última versión es tan profundamente visual que durante mi relectura no pude dejar de pensarlo.  Paréntesis: (Porque en el proceso de escritura de esta reseña pasaron cositas, como perder mi maleta con la novela cuando me faltaban dos capítulos y el computador en el que escribí la primera versión de esta reseña). Nunca me saqué la idea de que esta novela sería una muy buena miniserie de 5 capítulos de 35 minutos. Lo tiene todo para pegar. Créanme que no es una desfachatez, durante cada apartado de la novela me decía: los capítulos de la miniserie, no película, van a estructurarse como esos tipos de textos que Oscar Godoy utiliza en la novela. Algo así como que el segundo capítulo de la serie se llame Última noticia, ya que el primero va a mostrar el amorío entre Gabriela y Bernardo hasta el secuestro; entonces, el segundo nos lleva al presente y nos introduce en el estrés de tener una noticia de primicia, el ego de los periodistas, en fin. Ya llevaron a la pantalla obras de Mario Mendoza, Laura Restrepo, Jorge Franco, Silva Romero, obviamente García Márquez, mucho más atrás Próspero Morales o Manuel Mejía Vallejo. Y en cuestiones de marketing de arte siempre he creído que, si salen a flote unos, por inercia muchas veces los que estamos alrededor podemos vernos beneficiados. Entonces, si algún lector me sigue la cuerda, ya sabe que tanto el autor de la novela, como este reseñador, estamos dispuestos a ayudar con el guion hasta llegar a La última versión.

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