La creación del sujeto romántico

Resña sobre Werther

Por mucho tiempo se ha leído mal el Werther de Goethe. La novela se tomó como autobiográfica y se enclaustró en esta lógica mimética. Se suelen citar dos hechos: que Goethe se enamoró de una mujer casada llamada Charlotte (como la heroína de la novela) y que hubo un amigo escritor, en la época de escritura de la novela, que se quitó la vida por amor. Se supone que al mezclar estas dos anécdotas surgió Las penas del joven Werther (1774). Sin embargo, esa lectura deja por fuera que la novela estaba inventando una sensibilidad, una manera de ser, una subjetividad.

El temperamento y la textura poética de Wether soslayan el imperativo moral de las bilungsroman. Las novelas de formación del romanticismo proponían programas estéticos, caminos de perfeccionamiento espiritual, desarrollos intelectuales de los personajes y laboriosas empresas que podían pasar de superar enfermedades o realizar viajes, a descubrir la esencia del arte y el sentido de la vida. En Werther, no obstante, no hay ningún aprendizaje, ninguna moraleja, ningún sentido pedagógico. El protagonista es un pintor hipersensible y sensualista. Siente, imagina, se enamora y sufre con desmesura. Llega al pueblo ficcional de Wahlheim en busca del paisaje bucólico, de la tranquilidad campestre y de un contacto más íntimo con la naturaleza. Werther se sabe cansado de las ciudades y de los hombres que están obsesionados con el progreso como el único estandarte social.

Todos sabemos que Werther termina suicidándose y que esto produjo una “epidemia” de muertes por amor. Más allá de ese estereotipo, Werther es una persona ambivalente, capaz de una empatía diáfana por los campesinos, capaz de reconocerse mínimo ante el universo y la avasallante naturaleza, pero también capaz de justificar el feminicidio que un conocido suyo comete por razones pasionales. Sin duda la novela, a los ojos contemporáneos, resulta cuestionable en varios puntos: la exaltación de la posesión de la mujer por parte del hombre, y la puesta en escena del capricho masculino como centro único de las relaciones amorosas. Esta obra, más bien, promueve la epidemia de celos, menos mencionada pero tan vinculada a los feminicidios que se extienden hasta la actualidad.

La novela epistolar que leemos es el retrato de un melancólico (Werther), quien le cuenta a Guillermo, su amigo, las heridas que le ha dejado un mundo en donde no encuentra su lugar, un mundo que lo rechaza por buscar emociones verdaderas y una conexión pura con la vida. Werther conoce a Charlotte en un baile y enloquece por ella. La encuentra inteligente y hermosa. Con ella comparte lecturas, paseos, la escucha con deleite tocar el piano y, al mismo tiempo, con Charlotte encuentra algo parecido a una familia en sus hermanos menores, que ella cuida pues quedaron huérfanos. Es diciente que la única persona en Wahlheim con la que Werther establece una relación profunda es con una mujer. Confirma a su vez el estereotipo de la mujer como portadora de una sensibilidad más refinada y aguda, en contraposición, por ejemplo, a Albert, el prometido de Charlotte, quien está abocado completamente al mundo práctico y a los negocios, incapaz de cualquier tipo de reflexión. Además, esta tendencia del alma del poeta a entenderse con una mujer acentúa cierta imagen del romanticismo aliada al afeminamiento y lo que se dio en llamar “sensibilidad femenina”, que tiene tanto de arbitraria (y de masculinidad).  

La subjetividad que se configura en Werther es de una individualidad feroz, que descree de cualquier precepto externo u obligatorio de conducta; es una subjetividad que se autodetermina y se provee sus propios principios de acción, es decir, es una forma de ser libre y espontánea. En Werther hay una política de las emociones que no se reprimen. La percepción depende de los embates del corazón: si se está atravesando una etapa lumínica, el mundo se ofrece como una posibilidad abierta; si se está en una tormenta, aunque haya sol una pesadilla se cierne sobre todas las cosas.

Según Ricoeur la novela atraviesa lo que él llama las mímesis. En la primera la narración intenta nombrar el mundo y a los dioses que rigen el destino, en la segunda mímesis es el personaje y su sociedad la que condensa y rige la narración, pero en la tercera la consciencia de los personajes es el baremo del relato: son los oscuros deseos, las motivaciones contradictorias, las corrientosas aguas de la emoción y el sentimiento lo que la novela intenta traducir. Por ello no es gratuito que Werther moldeara la sensibilidad en contra del sistema mecánico, positivista y burocrático. La novela de Goethe es una reacción al capitalismo que se empezaba a consolidar en su época y que ahora nos gobierna con la muerte del pensamiento, el triunfo de la inteligencia artificial y de los políticos de ultraderecha que buscan eliminar la otredad y la diferencia.

Werther confirma esa muerte de la tragedia que mencionaba Steiner. Ya no son los dioses quienes definen el desenlace y el destino de las vidas humanas. Desde Werther es el mismo individuo quien escoge y labra su horizonte vital. Werther, al saber su amor por Charlotte imposible, se cambia de ciudad para volver a empezar, pero en el nuevo lugar sufre el escarnio público por culpa de una élite que lo ve como a un excéntrico. Werther, en la ciudad que elige para escapar de su dolor, empieza a trabajar como diplomático y traba amistad con un conde. En una fiesta todos murmuran y el Conde C. Le pide que se retire de la fiesta, sin calcular el daño que le está haciendo al joven Werther. En esos vaivenes de incomprensión y rechazo se debate. Werther, en lugar de hacer algo, se hunde en la introspección adolorida y solo en el sufrimiento encuentra su identidad: una identidad desgarrada y aislada, que toma distancia de la hostilidad y la superficialidad de la aristocracia alemana del siglo XVIII.

La segunda parte de la novela es crucial y no se suele reparar en ella. Allí un editor comenta y selecciona parte de las cartas póstumas de Werther. En ese proceso de escrutinio, a la postre, está el carácter artístico que adquieren las cartas, esto es, su carácter novelístico. Sin la lectura consciente del editor las cartas de Werther parecerían el archivo de un loco o el expediente de un suicida. Es la lectura ajena la que le da estatus literario y orden editorial. El editor, ese personaje ubicuo de la novela, es quien crea la posibilidad virtual de tomar a Werther como un modelo de sujeto. Así Goethe haya denostado de esta novela de juventud, la obra superó a su autor y se convirtió en la piedra fundacional de un movimiento que tuvo eco tardío en Hispanoamérica, pero que revolucionó el mundo artístico y lo viró hacia una concepción laica, individualizada y autónoma de la vida, la sociedad y el ser humano.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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