Reseña de Lluvia de frailes en la selva
Evelio Rosero nació en Bogotá, pero se formó en Pasto y en varios pueblos de Nariño. Su educación inicial se dio entre colegios de agustinos y jesuitas. El ambiente de las misas, de los monagillos, de los curas y las monjas fueron su realidad juvenil. En distintas obras la institución católica aparece como escenario: la iglesia donde funcionaba un comedor comunitario en los años setentas de Los almuerzos, las monjas que viven en una especie de purgatorio y se arrojan al vacío En el Lejero, el papá Juan Pablo Primero que quería reformar la iglesia y es asesinado en Plegaria por un Papa envenenado. En su nueva novela: Lluvia de frailes en la selva (2026), el autor trae de nuevo los personajes religiosos, pero cambia el escenario: es la selva del Amazonas o, más bien, una versión autónoma y recreada por la imaginación del Amazonas, donde se desenvuelve la historia.
Hacia los años cincuenta cinco expedicionarios e investigadores del Instituto Lingüístico de Verano fueron asesinados por indígenas a flechazos. Después, en los años ochenta, vuelve a ocurrir, en este caso con un cura español y una monja antioqueña que fueron a evangelizar —se llamaban Alejandro la Vaca e Inés Arango—. Estos hechos demuestran la hostilidad, pero también la prevención que tienen los pueblos indígenas cuando se inician procesos de colonización a sus territorios. Hay múltiples pueblos indígenas que no quieren ningún tipo de contacto con la civilización occidental y saben que el hombre blanco es siempre un mal. No es para menos después de un exterminio de siglos. La anécdota histórica de estas muertes de expedicionarios impactó a Evelio. Hay temas o imágenes que se imprimen en la imaginación de un escritor y lo impelen hasta que se convierten en una obsesión.
La novela tuvo su punto de partida allí, en el destino trágico de estos visitantes religiosos en la selva, pero se expandió. El amarillo río Amazonas que Evelio vio de niño en sus viajes a Leticia y el Putumayo se convirtió en El Gran Río (de su imaginación). Trece frailes, acompañados de cuatro monjas y unos guías exploradores son los protagonistas o, en otras palabras, los personajes donde se acentúa más el foco narrativo. Esto es así porque en total hay cien personajes y la selva, ese gran espacio vivo e ilimitado, bullente, atronador, violento y agreste que es tomada como otro personaje medular de la novela. Los frailes llueven ya que llegan en avión, en un avión que, además, se estrella sin causar muertos. Los frailes llevan una misión: dialogar con el pueblo Uao (versión ficcional de los Huaorani) para que se desplacen pacíficamente del territorio que habitan. La razón: una petrolera ha encontrado pozos cada vez más grandes selva adentro. La segunda razón: el pueblo Uao ha asesinado con flecha a algunos obreros y la petrolera se quejó con el gobierno, que tiene acciones en la empresa. La orden es clara, primero irán los frailes a mediar la situación y tendrán pocos días para solucionarla. Luego del plazo dado entrarán los militares a fuego.
Esta novela de Evelio se podría sumar a lo que se ha dado en llamar ficción etnográfica. A partir de elementos reales y referenciales, Rosero crea un testimonio simbólico y literario que representa y sirve de alegoría a hechos históricos como el genocidio indígena durante la llamada conquista de América. La analogía emite un mensaje cierto: la conquista, la colonización, el desplazamiento forzado y el derramamiento de sangre indígena no ha terminado. La religión participa como auspiciadora y promotora, en muchos casos, de los intereses comerciales privados y de los despliegues militares que han atacado sistemáticamente a los pueblos autóctonos. La justificación aparente, en la novela, para expulsar a los Uao son las muertes de empleados de la petrolera, pero la justificación real es que quieren apropiarse de la naturaleza y del suelo.
Varios personajes funcionan como arquetipos en la novela. Máximo Agrícola, al mando del ejército, es una especie de Napoleón. Se trata de un megalómano delirante que quieren tumbar la selva y fundar tres ciudades con nombres de familiares suyos. Máximo Agrícola conforma un ejército de mercenarios entre exconvictos, asesinos profesionales y sujetos de otras dudosas procedencias para asegurar la efectividad del trabajo. Sin embargo, los Uao parecen ser fantasmas o estar camuflados en los árboles, son como los ojos evanescentes de la selva. Ni los frailes ni los militares los encuentran, pues es un pueblo nómada que conoce la selva y sus códigos y son capaces de perder a sus perseguidores hasta hacerlos enloquecer.
Los trece frailes introducen el humor y la más honda ternura. Representan las pasiones humanas encarnadas junto al éxtasis místico de la búsqueda de Dios. Mardoqueo Vanín es uno de los más grotescos, y humano, de los frailes. Con una descripción pantagruélica, Mardoqueo es una especie de hombre pequeño con una cabeza gigante, con algo similar a cuernos en la frente, cola y pelos de marrano en los tobillos; además de ser alguien que se cree Dios en la tierra. Por momentos asusta, pero casi siempre causa risa. Su espíritu mesiánico lo vuelve un hacedor de milagros y un evangelizador a mansalva de su padre directo, Dios, pues él es el hijo (un equivalente a la segunda bajada de Cristo al mundo terrenal).
El otro fraile que quisiera destacar, el que me resultó más enternecedor como lector, es Augusto de Jesús Recto Pacífico: un furibundo pacifista como su apellido lo dice. El fraile Recto Pacífico escribe una historia de los misioneros religiosos que llegaron a tierras “paganas” a cristianizar y predicar el credo romano, católico y apostólico. Como el cura es recto y justo en su ética investigativa, no escatima en denunciar a los frailes que sirvieron de patrocinadores en las invasiones, principalmente, de América. Recto Pacífico realiza su trabajo auspiciado por la iglesia, que se titula Historia de las misiones en la conquista. Cuando envía al Vaticano el manuscrito solo encuentra silencio y, a la postre, censura. Como parte del castigo por haber dicho la verdad es enviado a la selva latinoamericana, en primera línea, para afrontar el peligro.
Una escena específica de la novela me pareció de absoluta poesía. Luego de vagar sin comida y en las inclemencias ecosistema selvático, sumado a la pérdida de sus compañeros de viaje, el fraile Recto Pacífico entra en estado de trance. No se sabe si iluminado o loco, se sube a un árbol y cuando otros dos friales intentan rescatarlo y hacer que baje, Recto Pacífico los confunde con Bartolomé de las Casas. Como todos sabemos, Bartolomé de las Casas publicó la Brevísima relación de la destrucción de las Indias en 1552. Este documento invaluable narra de primera mano, en tono de denuncia, las monstruosidades que los conquistadores europeos cometieron en Abya Ayala (América). De las Casas cuenta historias truculentas de militares que llegaban a quemar vivas a las personas, a violar a las mujeres y saquear todo a su paso, en muchas ocasiones impulsados por los curas misioneros. Es estremecedor leer su crónica. Hay un pasaje donde los aborígenes les preguntan, a los invasores, por qué los asesinan, abrumados de tanta violencia sin sentido. Somos hijos de esa masacre sistemática. Somos esa herida enquistada del mestizaje. Recto Pacífico, entonces, cree ver a su maestro Bartolomé de las Casas cuando se halla en pleno delirio en la selva y ese hecho anacrónico contiene mucha poesía, es una imagen poderosa de quienes han servido de testigos de la memoria durante siglos.
Los cronistas de indias: Juan de Landa, Cabeza de Vaca y de las Casas son la corriente de donde nace Lluvia de frailes en la selva. Los naufragios (1542) de Alvar Núñez Cabeza de Vaca le proveyeron a Evelio de una forma: la aventura, el viaje, la descripción recalcitrante y fantástica de la naturaleza, el arrojo de quien entra en lo oscuro con ojos abiertos. Rosero narra con minuciosa sensibilidad los sonidos, los olores, la fauna llena de micos y culebras, de árboles que no dejan filtrar al sol y de ríos turbulentos. La abundancia del paisaje y su movimiento incesante proliferan la prosa, la incitan a bifurcarse y discurrir desmesurada por las páginas.
Otro gran referente para Rosero fue Percy Fawcett, un topógrafo y explorador británico que a principios del siglo XX se adentró en las zonas agrestes de Sur América. Fawcett escribió diarios de campo, cartas, informes cartográficos y bitácoras de viaje. De manera póstuma ese material se reunió en libros. Fawcett tuvo un final misterioso: estaba obsesionado con la Ciudad Perdida de Z, un lugar mitológico donde, se supone, vivía una sociedad avanzada que no había tenido contacto con el hombre occidental. Finalmente, Fawcett se adentró en la profunda selva brasilera, donde estaría ubicada la ciudad, y se esfumó junto a su hijo y un amigo de este sin dejar rastro. La figura y los escritos de este explorador británico fueron un modelo de lo que imaginamos frente a la naturaleza. Al mismo tiempo, Fawcett representa esa vena obsesiva que puede despertar la selva. Evelio Rosero se nutrió de esta historia y su enigma.
La presencia femenina es determinante en la novela. Al inicio, a los frailes se les propone ir solos a la misión en la selva. Las monjas se revelan e insisten en ir, argumentando que la presencia de mujeres en la Biblia es fundamental en las parábolas y las historias de inspiración divina. De todas, Dídima la Pura es una presencia que se impone. Con un carácter sobrio, pero recio y estoico, la monja resiste al exterminio que el propio ejército acciona en contra de frailes y monjas. Ellos, los militares, quieren hacer pasar al grupo de misioneros como falsos positivos (asesinados por los indígenas) con el fin de justificar doblemente la intromisión y usurpación del territorio de los Uao.
Dídima sostiene un diálogo central en la novela. Mientras van en un helicóptero hacia la selva virgen, Dídima entra en una discusión álgida con la Nena Madagascar, una proxeneta que regenta un prostíbulo en el último pueblo la región. La conversación es la típica disputa entre una materialista atea y una creyente. Según la Madagascar no existen los milagros y lo único importante es tener un buen plato de comida en la mesa. Dídima refuta que solo quien cree es capaz de presenciar, e incluso propiciar, los milagros. Solo quien tiene ángeles en la imaginación es capaz de verlos. En suma, el diálogo tensiona y crea preguntas porque ninguna gana la discusión. ¿Dios existe o no? ¿Cuál es el bien o el mal? ¿Qué nos motiva a actuar? ¿En dónde queda el altruismo y el servicio? Esas son preguntas relevantes para unas monjas que están yendo a jugarse la vida en un lugar donde pareciera que Dios falta. En el altar donde frailes y monjas son las víctimas, Dios pareciera abandonarlos.
La selva, dijo Evelio, es lujuriante. Posee sensualidad, insufla a la libido. La monja y la prostituta Madagascar terminan en un encuentro lésbico. Ellas, que recién conocidas se odiaban, desdicen el relato patriarcal de la conquista y lo cambian por el amor (homoafectivo), como bien terrenal supremo, aunque este sea inmoral. Evelio Rosero, en su novela final, rescribió la historia interminable del despojo, sumó un libro más a esa única obra sobre la violencia que hemos estado escribiendo desde la fundación de la patria.
Recuerdo de Los ejércitos la escena en la que dos paramilitares llegan a una casa y asesinan a un hijo con un disparo de gracia. La madre les dice que solo falta que maten a Dios y ellos, que ya se están yendo, voltean y le responden que si les dice dónde está van y lo matan. Nunca he olvidado esa frase, que sintetiza la guerra en un solo gesto. No obstante, con la fantasía, el tono picaresco y la novela de aventuras sí se pueden renovar los lugares desde lo que nos contamos la tragedia calamitosa de Colombia, en donde el asesinato ha sido la forma primordial de relacionamiento con el otro. Digo novela final porque el escritor nariñense afirmó que, con esta, su novela número catorce, se retira para siempre del género. Para alivio del público, dijo que seguirá escribiendo, pero solo cuentos cortos y que ya prepara un libro por esta línea. Solo queda agradecer uno de los periplos más variopintos y hondos de la novelística colombiana. Enhorabuena por el maestro de las ficciones y su acto final (que no el último).
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



