¿Bogotá, una ciudad literaria?

Reseña sobre Sin remedio

¿Cuál es la novela imprescindible sobre Bogotá?, preguntó un amigo venezolano que estaba de visita en la ciudad. En el caso de Caracas, es rastreable la respuesta. La ciudad descarnada de los años 90 en Alejandro Rebolledo con su novela Pin pan pun; más atrás, los años 60 con Piedra de mar, de Francisco Massiani o la mismísima País portátil, el hito de Adriano González León. La respuesta para Bogotá es equiparable. No se puede hablar de una sola novela. Si acaso se habla de períodos. La Bogotá decimonónica de Soledad Acosta de Samper, la ciudad rural de principios del siglo XX de Clímaco Soto Borda, la Bogotá creciente de los años 20 y 30 de José Antonio Lizarazo, con guerras civiles y migraciones desde las provincias hacia el desamparo de esta capital; la Bogotá expansiva de mitad de siglo narrada por mujeres en Elisa Mujica; la Bogotá intemporal de Augusto Morales Pino, que registra la ciudad colonial en sus albores del siglo XVI, en sus pandemias del siglo XVIII, en los ires y venires de la modernización durante el siglo XX. En fin, es una amalgama de tiempos y lugares disímiles, aunque se trate de la misma ciudad.

Más adelante hay ejemplos excepcionales como Opio en las nubes (1992) de Rafael Chaparro, una novela absolutamente insular en la literatura colombiana. Onírica, sensorial, musical, poética hasta el exceso, narrada en principio por un gato, con personajes que mueren y reaparecen. Una novela en la que Bogotá tiene mar y manicomios poblados de hombres y mujeres atravesadas por una locura lírica, quienes ven la belleza en los cementerios que habitan en el pecho de la gente.

Cuando mi amigo venezolano preguntó dudé. Hoy, si me preguntara de nuevo, no tartamudearía como lo hice en ese encuentro. Le diría que debe leer Sin remedio (1984) de Antonio Caballero. Esa es la novela que le recomendaría a un lector que quiere saborear el espíritu amargo de esta ciudad del frío, inhóspita y en ocasiones gris. Insisto, le diría Sin remedio.

En la novela el poeta Ignacio Escobar quiere escribir un poema imposible, entre otras razones, porque trata sobre Bogotá —la urbe menos poética y menos poetizable que pueda pensarse, según sus detractores—. Un día, en medio de su casa destrozada por los ladrones, el poema le sale de un tirón, pero termina, luego de unas protestas y unos disturbios, en la alcantarilla lleno de sangre y barro. Ignacio no se siente parte de nada. Observa los movimientos de izquierda con la indulgencia y la lástima que se tiene frente al dogmatismo, pese a que sus amigos son militantes activos, perseguidos y presos políticos. En medio de sus correrías, Ignacio se encuentra, en un bar, con un militar influyente y corrupto llamado Aureliano Buendía, quien es el jefe de Investigaciones Especiales del Servicio de Inteligencia del Ejército Nacional; este militar grotesco encarna la persecución y la represión del estado colombiano, de la que Escobar es testigo ajeno, aunque su familia esté relacionada con esa clase militar. Ignacio se niega a pertenecer a la burguesía de la que proviene. Ni las figuras estatales ni los supuestos agentes del cambio social lo convencen. Él solo quiere ser poeta, pero todo se lo impide. La realidad lo sobrepasa, siente que la poesía no le hace frente. El amor se le escapa, va y viene en forma de mujeres que desprecia o lo desprecian. Escobar recorre la ciudad de norte a sur como en un proceso de desintegración. La sociedad profundamente clasista que es la bogotana se hace presente: él la encarna, la subvierte, la escupe y la reproduce a partes iguales.

Sin remedio, además de poner en el debate temas tan bogotanos como el arribismo y el recelo, es una novela escrita con una prosa milimétrica. Nunca se cae. Nunca baja decibeles. A la manera de un Bolaño, se trata de una obra que para entablar un diálogo directo con la poesía se convierte en ella. Una obra que parece templada y lisa, con un estilo dúctil y potente. La prosa parece que sobrevolara el mundo tangible desde cerca, pero la novela está llena de aristas imaginativas, como la escena en la que Escobar despierta luego de una borrachera:

“Tenía un guayabo inflado de palabras: un fango de palabras, un magma espeso, hediondo, corrompido, viscoso, legamoso, un tembladero de palabras.

Empezaban a sobreaguar recuerdos de la noche en bruscos glogloteos, lívidos, como cadáveres de náufragos devueltos por el mar.”

Un autor europeo capaz de narrar con una agudeza semejante su lugar de origen es Mircea Cărtărescu. En el libro autobiográfico El ojo castaño de nuestro amor (2016), el escritor rumano reflexiona acerca de su ciudad, Bucarest, a través de cómo la ha imaginado y la ha construido literariamente. Cărtărescu se pregunta en el ensayo (a modo de memoria) “Mi Bucarest” por qué a él no fue dada una ciudad-mito. Si Joyce tuvo a Dublín, Lawrence Durrell a Alejandría, Dostoyevski a San Petersburgo y Borges a Buenos Aires, a él, crecido en una dictadura atroz, qué le corresponde. Su pedazo de tierra, que contiene al universo, fue Bucarest. Esa ciudad Cărtărescu la heredó como un estigma o un destino trágico. Al inicio del ensayo Cărtărescu menciona que un amor-odio lo une a esa ciudad, que ha sido capaz de verla desde el hastío o desde un asombro recién nacido. Mircea Cărtărescu separa su escritura sobre Bucarest en tres capas emocionales. La primera tenía a su madre como centro gravitacional, la segunda tenía a sus primeros amoríos en el foco y en la tercera la poesía ocupaba el corazón de ese mundo literario suyo. Dice Cărtărescu:

“cuando levantaba los ojos de la página que garabateaba con el boli y que se había vuelto porosa y amarilla como una llama de sodio en aquel anochecer de octubre, veía, a través de la triple ventana panorámica de mi habitación de Ştefan cel Mare, otro Bucarest que no quería entrar en mi prosa a ningún precio. «Mujer, ¿qué me pasa contigo?»”.

Con el texto de Cărtărescu no pude evitar pensar en Ignacio Escobar, quien a toda costa quiere escribir un poema extenso sobre esa mujer esquiva que es Bogotá, aunque los conservadores y anquilosados poetas modernistas de su familia le hubieran dicho que tal empresa era ridícula. Qué se podía hacer con una ciudad insípida y sin identidad. Una ciudad más parecida a un fragmento de algo que no se termina de completar. A la manera de Cărtărescu, Ignacio Escobar funda una capa geológica-emocional para abordar su Bogotá. No es ya la capa de la madre, cuyo líquido amniótico sumía al pequeño Cărtărescu en una ternura infantil, atravesada de cuidado y calor materno. La Bogotá de Ignacio Escobar tampoco está ubicada en esa capa geológica-emocional del descubrimiento del amor. Es decir, no es una mujer específica, como la Maga en Rayuela, la que marca el tono y la dirección de Sin remedio. Es en la capa geológica-emocional de la poesía donde vive Escobar, el personaje de Sin remedio. Él intenta nombrar esquirlas de Bogotá sin fruto. Habita la disputa entre vivir para nombrar las cosas y la indiferencia de una ciudad que solo sabe disolver las palabras que él le arroja. Bogotá, una ciudad inasible, que escupe ceniza, niebla, lluvia y frío en la cara de quien intenta decir algo sobre ella (ceniza, aunque no tenga volcán). Esa ciudad es la que Antonio Caballero ficciona, en la década de los 70, pero que preserva una vigencia brutal y desoladora. Dice Cărtărescu sobre Bucarest:

“Fea, provinciana, con las lejanísimas chimeneas grises de la central térmica, la ciudad «real» me humillaba, me escupía a la cara una flema cenicienta. Ceniciento, ceniciento sería mi destino literario, pues a unos se les había concedido Viena y a mí este hastío sin límites.”

Así mismo, Antonio Caballero (en su única novela escrita) nos deja un mensaje: toda tentativa poética está condenada irremediablemente al fracaso. Un poema siempre es una derrota. Incluso cuando se logra, su vigencia es frágil y oblicua. Traducir a Bogotá es imposible, pero por esa misma razón es plausible hacerlo. Si la traducción de un territorio fuese inmediata y automática sería infiel. La complejidad de una megalópolis como Bogotá no es reductible a unos cuantos trazos. Escapa, se fuga, desborda. Ignacio Escobar deambula por sus calles a la búsqueda de un verso, una imagen, una metáfora que le provea signos, vocablos, pero es el balbuceo y el caos informe lo que lo inunda. Ignacio Escobar naufraga. Y de ese naufragio sobrevive el retrato más nítido de una posible Bogotá literaria.

Es desde la poesía como se logran asir más atisbos de esta ciudad. La poesía: esa capa geológica-emocional en la que Ignacio Escobrar se debate en una tensión irresuelta. Es esa lucha con el lenguaje la que mejor da cuenta de un lugar que cambia de forma y ruge. Como el poeta cubano Alberto Rodríguez Tosca la tradujo: Bogotá es una ciudad que “gira a la velocidad de un lirio”. No podemos seguir su curso. Como Escobar, somos ese perro que corre tras un taxi. Nunca lo alcanzará, pero al perseguirlo hace camino. A esa labor se enfrenta quien intente traducir la babel violenta y hostil que es Bogotá: será una persona renegada y en un viaje incesante. Como en el cuento de Kafka: Antonio Caballero (y su personaje Ignacio Escobar) son pájaros que vuelan en busca de sus jaulas. Una jaula hecha de palabras, de edificios, de andenes desportillados y de muerte, que sin embargo es productora de poemas extremos e infinitos. Solo se puede nombrar a Bogotá en tanto es una ciudad innombrable. Solo quien se sitúa en un lugar ajeno, marginal, es capaz de ver las luces y las sombras de una urbe así de escurridiza.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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