Cambiar de líquido amniótico

Reseña sobre Ruido blanco

No sé de astrología. Para mí los cuerpos celestes son peces ciegos que flotan en el cielo, pero sé que se establece una conexión entre dimensiones. Lo de arriba determina significativamente a lo de abajo. En Viejos pactos (2021) de Álvaro Robledo supe que se puede elaborar una carta astral de casi todo. Cuando en Japón se firmó la constitución, reunieron a astrólogos para acordar un día propicio en función de los astros. Colombia, cuenta Robledo, es piscis y en su carta astral se puede leer la cadena de guerras, desacuerdos y desgarros que han marcado este territorio. Intuyo, con el fervor intacto de la ignorancia, que se puede hacer una carta astral de un libro, incluso de un poema. El signo de Ruido blanco (2024) tendería a ser de agua o fuego, dos elementos trasversales al libro. Ruido blanco es un largo poema ubicuo y visceral, torrencial (por momentos) y silencioso (por momentos); un poema que es muchos poemas balbuceantes, difusos, lunares, abstrusos, clarividentes y diáfanos.

Nagarjuna, en el hinduismo, enseña que lo absoluto ilumina lo particular. Según esta tradición hay 3000 dioses, pero todos son avatares distintos de Krishna o Brahman. Quiere decir que solo hay un ser que se da, sin perder su unidad, de infinitas formas. Nada está escindido ni separado. Con lo cual existe una doble verdad: la universal y la relativa. En cada observación se irradian visos de capas invisibles. Cuanto más concreta sea la realidad obturada por el poema, tanto más se revelará el vacío que la conforma. Así, María Garzón escribe desde la contingencia inmediata, con la vida chocando contra las narices; una poesía sucia de mundo, feroz, sin censuras ni broches estéticos, sin amarras, sin imágenes delimitadas o construidas. El vacío, de hecho, es una presencia recurrente en el texto. Las páginas huecas sudan, se derraman. Poemas desparramados, abiertos como una fruta estallada; bombardeados por los ruidos, las sustancias, las sensaciones, el cuerpo y la casa que crujen.

No conozco la casa de María, pero no es preciso estar allí. Leer su libro es entrar a un ámbito enrarecido, azul. Mowgli —nos cuentan en El libro de la selva— no podía dormir en casas humanas porque para él era como estar dentro de una trampa; como si en el bosque, a mitad de la noche, una jaula te rodeara. El cielo estrellado era su techo, la intemperie su hogar. Lo anterior demuestra que la casa, aunque física, es un reflejo del alma. No es casual que una casa abandonada se caiga. Quien habita sostiene las columnas con su respiración. La casa aglutina tajos de tiempo. Según Bachelard es allí donde nuestro ser se despliega en un sentido emocional e íntimo:

“Es por el espacio, es en el espacio donde encontramos esos bellos fósiles de duración, concretados por largas estancias. El inconsciente reside. Los recuerdos son inmóviles, tanto más sólidos cuanto más espacializados”.

La casa, en tanto primer cosmos que nos da un lugar psíquico y existencial en el universo, es un núcleo afectivo e imaginario. Esa amalgama de la casa es la que explora María Garzón en este libro ganador del Premio Nacional de poesía inédita en 2023.

La voz poética —si es que se puede hablar de voz cuando esta se ha desmantelado— se apertura. El oído es uno de los canales principales de percepción. Los sonidos, que revolotean como pequeños insectos por la casa, anidan en la página 49, en cuyo centro leemos lo siguiente:

“shhh shhh shhh shh shh shhhh shhh”.

Estas consonantes repetidas crean una fricción sobre la hoja. Escuchamos, por rebote y por eco, la sombra de algún ruido sonámbulo en la casa del poema. Esta cualidad acústica de Ruido blanco se hace explícita cuando leemos:

“anoche
cuando nos encerramos en el baño a guardar los sonidos nuestros sonidos con los labios vino tinto y volvimos a las diez de la mañana a ver todas las fotos bajo la cobija” (p. 38).

Más adelante, además, se hace palpable la condición rítmica del poema(s) —es un solo poema, aunque me refiera con el plural en ocasiones, escrito en minúscula, roto, como una conversación sin principio ni fin, sin orillas—:

“vacío
no es una palabra que entienda prefiero ir a comprar más cigarrillos y creer que sin el aire el agua tendrá que llegar aquí aquí a este papel nadar del baño a este papel de mi lengua cuando dice Debbie no amaba a Ian ni siquiera podía verlo ni siquiera sabía a qué olía su piel a las tres de la mañana no podía viajar a través de ese olor azul de domingo ella cerró todas las ventanas que sentía” (p. 38).

Es un libro sensorial y sinestésico. El título evidencia esta simultaneidad. Ruido (un sustantivo sonoro) blanco (un adjetivo visual). Se juntan los modos de percepción para desestructurar y descomprimir inflamaciones, recursos automatizados del lenguaje. El libro de María se podría leer como un manual para desmantelar el poema. Más que de significados, Ruido blanco está plagado de intensidades, oscilaciones. No leemos para entender, sino para sumergirnos en una sensación o en una atmósfera. Por tramos nos transporta a la infancia, a las casas que habitamos y nos habitaron, a un recuerdo específico como el de comer azúcar con una cuchara a escondidas.

Los ires y venires de Ruido blanco tienen un asidero en la astrología, que da señas del presente de la escritura de cada texto y habilita al lector a interpretar la circunstancia vital. Inmersa en una serie de símbolos, la voz poética precisa el misterio y, al mismo tiempo, lo hace más insondable. Un efecto maravilloso del libro que desemboca en otra de sus caras: Ruido blanco se convierte en oráculo.

Una casa onírica, cromática e inundada como la de Felisberto, es el escenario donde los animales y la música irrumpen. Los gatos que tienen nombres de músicos husmean aquí y allá, aparecen y desaparecen, le plantean un límite y una expansión a la gramática del libro. Es un decir silvestre, salvaje, indómito. El compromiso bestial de “solo usar lenguaje pulpo” (p. 25), por lo tanto, uno capaz de camuflarse, fundirse con lo que toca; un lenguaje que tiembla como un mundo estremecido. La gratitud y el asombro le dan a Ruido blanco un matiz entrañable. Los discursos hegemónicos, comunicativos y opresores son cuestionados aquí. Las ilustraciones libres y autónomas de Ana Silva Fry (que recrean el poema) promueven ese mirar lento, detallado, de obtura instantes en versos.

Pocas veces, como en este proyecto, las circunstancias de escritura influyen tanto en el resultado final. Con una máquina rosada, aparatosa y pesada escribió María este libro, nos cuenta Miguel Capador en el epílogo. El humor del cuerpo quedó plasmado, así, en la escritura; al leer podemos sentir la huella física de la máquina. El cuerpo cansado a veces hace una sola línea, otras veces salpica la página con vehemencia como si el tiempo se acabara y el mensaje urgente, a punto de extinguirse, fuera susceptible de no llegar a su destinatario. Louise Glück en el discurso del Nobel cuenta de su predilección por los poemas que se dirigían a ella en voz baja:

“Me sentí atraída, entonces como ahora, por la solitaria voz humana, levantada en lamento o anhelo. Y los poetas a los que volví a medida que envejecía eran los poetas en cuya obra desempeñaba, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos”.

El poema de María Garzón es a su vez una carta y un diario, posee esa virtud que atrajo tanto a Louise: habla en singular. Los géneros se traspasan y pierden solidez en Ruido blanco; lo llamo poema, pero bien podría tratarse de un secreto contado al oído o de una libreta de apuntes. La interlocución de Ruido blanco es la de dos niñas conversando en un parque sin temor a sonar raras, pues la complicidad las cubre y las une.

Desde que leí este libro mágico he pensado en la analogía de la partitura. Ruido blanco es una partitura porque lo que está escrito en su interior es un punto de partida. Cuando leemos no entramos en una estancia cerrada, sino en un tránsito. Todas las palabras que componen Ruido blanco son una ventana abierta hacia un más allá. El horizonte de sentido que se abre no alcanza una forma definida, por eso el retazo y el error también son poéticos, puesto que traen el vaho de lo indecible, esto es, de aquello que rompe los límites del lenguaje pero se puede pronunciar. El caos es formulable, parece sugerirnos el poemario-poema. Ejemplo de esta cualidad de partitura es la página 55:

“hoy lloré me la pasé pensando en la posibilidad de ser otra escritora una que no use palabras ni tenga memoria que use la lluvia y llene las hojas de lluvias como un cliché sin miedo”.

La floración de las palabras es metamorfosis en este libro. El poema es humus, materia prima, barro que se transformará en otra cosa; una frágil nube llamada a perecer y devenir. La rebelión de María va contra las convenciones, allí también rompe límites y formas en esa mutación incesante:

“me resisto a usar comas puntos punto y coma pausas que nadie quiere hacer ni para respirar anoche lamí el agua reflejada en el piso de nuestra casa las preguntas y el tono perfecto entrar sin pedir permiso

las puertas abiertas” (p. 29).

Hemos escuchado aquello de: la materialidad del lenguaje. No sé a qué se refiere, sin embargo, en libros como el de María Garzón comprendo ese concepto. La condición plástica de la lengua María la ahonda jugando con los espaciados que semejan silencios, con la ubicación en la página que otorga una función topológica al lenguaje. El movimiento de las palabras, que aparecen centradas o apiladas o distanciadas, disloca. Es como si María se propusiera disolver el nombre de las cosas con “una palabra mutilada sin ojos sin voz sin latido sin nada sin vacío” (p. 38).

En último término, Ruido blanco se trata de escribir “sin ninguna metáfora de por medio” (p. 48). Antoine D´agata, el fotógrafo francés situacionista, mencionaba que escogió ese tipo de arte porque la cámara no necesita mediación. La cámara es un embudo atravesado por el fuego. María Garzón, no sorprende, también es fotógrafa. Poeta y fotógrafa, es decir, sensible a la quemadura directa. Las saetas que hieren los sentidos son la fuente de esta poesía espuria y extrema.

Mientras escribo esto, los ventiladores de mi computador tasajean las palabras. Termino la reseña sobre este precioso artefacto que es Ruido blanco. Es media noche. Mis gatos duermen. Las teclas son lo único que interrumpe el ronroneo de estático de los ventiladores. Imagino a María batallando con su máquina. Algo nos iguala, algo nos separa. Me gusta escribir, cansado, esta reseña sobre un libro que es producto de la energía de su autora, ¿o médium? La energía exaltada, meditativa, la energía musical de una mujer que tiene una banda sonora en su cabeza: The end de The Doors para días opacos y tenues, All I need de Radiohead para tiernos y amorosos momentos —este es también un libro de amor—.

Quiero dejar un ápice de mi poca energía en esta reseña. Una reseña sobre un libro donde, insisto, su autora dejó marcas, pautas, caminos trazados. Surcos como los de quien ara la tierra. Una cosecha de energía, eso leemos. La energía, como la materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma. Las membranas se rompen, cambiamos de líquido amniótico, mudamos de piel. ¿Qué transformación viene después de cruzar los puentes en llamas de Ruido Blanco?

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.      

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