Flaco ratón anónimo que escribe

Reseña sobre La llegada la escritura

La escritura de Hélène Cixous es resonancia, un cúmulo de voces. Es una prosa envenenada, que pasa de contrabando cuerpos extraños, elementos desechables, latas recogidas en algún basurero de la lengua, allá donde van los juguetes dañados. Eso deja leer en sus líneas ella, la escritora francesa y de ningún lugar. Alguien que redacta sobre mar abierto. Alguien que llega a la escritura o, más bien, es atravesada.

Dos imágenes sobreaguan en esta deriva de La llegada a la escritura (2006), en este naufragio verbal de Cixous: la imagen de la ladrona y la del ratón. Cixous expresa su imposibilidad de relacionarse con la lengua como una posesión. Ella desflora la visión estática del lenguaje, lo contraviene, lo expone como un bien expropiado, público, indomable, salvaje. El contenido de sus frases es volátil. Cixous habla de la escritura en términos de cuerpo vivo. La carne triste que ha leído todos los libros, en el verso de Mallarmé, le resulta una farsa, producto de una mala lectura. Porque siempre la carne está a punto de ser nombrada. La lucidez de quien supuestamente lo ha visto todo es un sesgo, es pereza, es ego, es miopía. Hay que observar bien, de hecho, hay que ver con los ojos cerrados para dejar ingresar lo otro, lo inaprensible, lo infinito.

Se llama ladrona. ¿Pero, qué robó Cixous? Se robó a sí misma, palpó su disonancia, su voz incómoda, indomesticable, desplegó la lengua extranjera de su madre, se extravió de su lugar de enunciación, dijo desde su ser y habitar femenino: “La lengua que se hablan las mujeres cuando nadie las escucha para corregirlas”. Una lengua transfigurada, más allá del significado, que se hace grito. La gramática de una madre en trabajo de parto. Por eso escribir para Cixous no obedece a buenas razones. Lo que nos moviliza son los motivos. No te enamoras por más razonable que suene, te enamoras porque las vísceras, en el idioma de la intensidad, asienten, claman. Ladrona de sí misma porque su escritura no es subsidiaria de la cultura, aunque beba de ella. Escribir no por una razón sino por una pasión, siendo acorralada, asediada, capturada, asida. Como si pudiera haber un su cuerpo un espacio sin límites, que ella ubica en un abajo indeterminado. Desde allí: escribir.

Escribir. Verbo intransitivo, sin objeto directo. Escuchar es transitivo. Escuchamos la radio, los pitos de los carros, la nevera que ronronea en la noche. Escribir es solo. Escribir. Solamente. Efecto orgánico como cagar, copular, comer. Biología sintáctica: cierto ritmo en la voz, cierto dejo en la mirada, mala postura, un caos que germina en las sienes. Cixous lo plantea como un borde: se escribe cuando hemos perdido, con la esperanza de que ya nada podrá protegernos. En esa zona liminar entre la muerte y el sabor amniótico de la vida, ahí nace la escritura en su naturaleza pulsional, inaplazable, amorfa. Como ruptura, como chaguala, herida, sangrado. “Siempre / por donde paso / sangro palabras”, escribió la poeta bogotana Bianca Febbraio. Así, solo quien se roba, a expensas de sí en tanto fuente y rasgadura, logra vibrar con los trozos de un mundo estremecido.

No nos confundamos, la escritura no nace de un ejercicio solitario. En su defecto, como Camus afirmó: “Escribir es un acto solitario y solidario”. Con un subrayado especial en el solidario. Es contaminando, usufructuándose en tanto sujeto, en donde ese ajeno y ampliado yo se gana a sí mismo. Es en ese bullir de la diferencia, en la música que viene de otra parte, en la capacidad de avizorar lo innumerable, en ese más allá del todo, en la lengua materna donde Cixous hereda el temblor del nombrar: “menos lengua que música, menos sintaxis que canto de palabras”. La heredad de la madre, inicialmente, se cifra en el rostro concebido como signo. La madre es el primer texto, el que hace legible los demás. La lengua materna es el universo simbólico que sirve para explicarnos la realidad. Es una suerte de vientre-vocablo, de pecho sígnico. La leche que mamamos es otra forma del lenguaje, es el seno extensivo, oceánico de las palabras. Su alimento nutre, ensancha, pronuncia.

Cixous define: “Amar: conservar vivo: nombrar”. El amor es la motivación (que no la razón) para escribir. La escritura es un gesto de amor, un acto de cuidado —como María Moliner lo explicó etimológicamente, el cuidado en su raíz contiene los verbos pensar y discurrir—. Quien escribe, al pensar y prestar atención, cuida. Hay alguien que se convierte en la depositaria de la expresión amorosa. Esa interlocutora Cixous no la comprende ni busca hacerlo. La interlocutora es ilimitada, se revela inconmensurable. A su vez, quien escribe alberga un mayor volumen en su corazón luego del acto amoroso de la escritura: “El amor me da el espacio y el deseo de lo sin fin”.

Frente a la cultura con mayúsculas, frente a la escritura como conquista de los iluminados, ¿hay lugar para una mujer? ¿Cabe una mujer allí? La cultura expulsa, excluye. Cixous pretende no ser hablada, sino hacer hablar lo reprimido. La feminidad, en el discurso patriarcal, es definida y prescrita. Se dicta cómo debe ser el cuerpo, el comportamiento, los principios, incluso la forma de sentarse de una mujer. Se habla, pero la experiencia de cualquier mujer, que es tan particular como la de cualquier hombre, siempre está aún por decirse como la carne.

La escritura poética que elige, o rapta, a Cixous deviene en un terreno inestable: el de las transfiguraciones. La identidad se pone en crisis. Un día puedes despertar águila o en lugar de cara tener una playa. Hay una voluntad ciega que impele a Cixous a escribir. Es imperativa. Le dijo: ¡escribe!, sin lugar a réplica: “Aunque yo no era más que un flaco ratón anónimo”. Arribamos a la segunda imagen: la rata. ¿El ratón acaso no alude a la insignificancia, la marginalidad? No pude dejar de recordar la entrada de Pizarnik en el Diario, justo cuando se pregunta: “¿Cómo leer a Hegel si una sola frase suya me hace sentir ratón o tizne arrebatado por el viento de los siglos?”. Cixous se alía a la nada, reconoce el principio de impermanencia, descoloca su ser; escribe, es decir, se extraña y se entraña.

Un flaco ratón anónimo, un animal que escribe y se enamora (como Jorge Eduardo Eielson). Un flaco ratón que escarba en las cloacas donde nadie más buscaría comida. Una rata de alcantarilla en la metrópolis del saber. Allí donde una judía, argelina, cuyo francés colonial trae marcas espurias, sería indeseable. Una bárbara que trae el vaho de la errancia. La alteridad es su punto de partida y de llegada. Su argumentación y su lengua dubita, contesta, se opone, reclama, se abre. El objeto de la escritura hecha por mujeres, según Cixous, es romper todo muro, delegar lo sólido al discurso hegemónico patriarcal y, por el contrario, sumergirse en el núcleo de lo indecible, en el tembladeral del idioma materno. La especificidad inagotable que hace del margen, de las ratas, esa lengua incesantemente en fuga.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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