Un revolucionario anticuado

Reseña sobre Barranquilla 2132

En la novela Barranquilla 2132, de José Antonio Osorio Lizarazo, un hombre es encontrado en las ruinas de un edificio que acaba de explotar; es un científico del siglo XX llamado Juan Francisco Rogers, quien se congeló en una cápsula. Proviene del año 1928. Un periodista y un científico acompañan a Rogers, lo interpelan, lo interrogan y comparan su época presente (la del año 2132) con el siglo XX. La explosión en la que se encontró a Rogers fue provocada por un inventor revolucionario.

En un primer momento, cuando el periodista y Rogers caminan por la Barranquilla del siglo XXII, surge la impresión del avance tecnológico: autopistas aéreas, naves, hospitales flotantes. Luego se empieza a traslucir la sociedad de control. Las mujeres y los hombres visten de forma idéntica, nada los diferencia entre sí. Está prohibido comer en público, las relaciones afectivas se han reducido a un intercambio utilitario, una simple transacción. El amor se considera algo extravagante y vergonzoso.

El hombre del pasado, Rogers, observa cómo el individualismo ha imperado y los antiguos valores que hacían a la humanidad se han perdido. La sociedad de control, según Deleuze, trasciende a la sociedad disciplinaria, puesto que en la primera el control se automodula y se acopla a los estadios de la vida; el control tiene un espacio demarcado, es delimitado: la fábrica, la iglesia, los bancos, etc. Mientras que en la sociedad de control el dominio es ubicuo y alcanza todas las esferas de la vida, anegándolas.

En Barranquilla, y en el mundo del siglo XXII, existe un orden mundial. El gobierno se denomina Asamblea Universal; se han acabado los países y las fronteras. Sin embargo, la natalidad se controla, solo pueden tener hijos los individuos que han pasado por una serie de exámenes que aseguren su perfección orgánica —lo que traduce una política de eugenesia racial—, además de que cada región limítrofe tiene un número máximo de habitantes, luego del cual no se permiten más nacimientos. Lo anterior sucede a causa de una crisis que tuvo lugar en el año 2000, cuando la humanidad ascendió a más de 9 millones de habitantes. Hubo guerras, hambrunas, problemas climáticos y poco empleo, ya que las máquinas reemplazaron a los trabajadores.

Lizarazo fundó y practicó una estética urbana de la Bogotá de principios del siglo XX. En sus novelas se narran personajes desposeídos, los primeros oficinistas y empleados públicos, los desplazados de las guerras civiles que llegan a la ciudad. Muestra a los obreros, los inquilinatos, el paso de un espacio rural a la configuración de una urbe. Su única novela de ciencia ficción —y la segunda publicada en Colombia, luego de Una triste aventura de 14 sabios (1928) de José Félix Fuenmayor— se aleja de su sociedad para criticarla. Es extraño que un escritor estrictamente realista, social, un gaitanista furibundo, emprendiera esta novela de imaginación extrema.

Barranquilla 2132 fue publicada en una pequeña imprenta en 1932. El autor bogotano residió y trabajó como periodista en Barranquilla durante cinco años (entre 1929 y 1934). Es de suponer que a Lizarazo una epifanía, una revelación, tuvo que haberle ocurrido al leer la novela de Fuenmayor. Barranquilla fue, así, el epicentro de la escritura futurista, cyberpunk y distópica en Colombia. Legado que ningún escritor retomó en el Caribe, salvo por los casos aislados de Antonio Mora Vélez (Barranquilla) y Manuel Francisco Sliger (de Montería), que en 1936 publicaría Viajes Interplanetarios en Zepelines que tendrán lugar el año 2009.

El doctor Rogers, protagonista de Barranquilla 2132, es contemporáneo, paradójicamente, al ser el inactual de la época en la cual se despierta (luego de más de cien años de sueño criogénico). El periodista que interroga a Rogers está interesado por las formas de organización política del siglo XX. Él pregunta y Rogers le cuenta acerca del fracaso del comunismo, de la excesiva fe que tenía la humanidad de su tiempo en la democracia, que estaba plagada de corrupción, falsedad y compra de votos. Democracia que era defendida a muerte por sus contemporáneos.

En el anacronismo de esta novela futurista, Lizarazo discute, a través de sus personajes, las crisis de su propia realidad inmediata, llegando a afirmar que el comunismo y el feudalismo no eran muy diferentes, pues partían de una estructura social similar. El autor, Lizarazo, en esta obra de ficción ve las oscuridades de su época vivencial, como pide Agamben para ser un contemporáneo auténtico, es decir, solo aquel que vislumbra lo siniestro y lo caótico de su entorno, solo aquel que tiene una visión desacomodada de la realidad, es un verdadero contemporáneo en sentido filosófico. Ahora bien, el contemporáneo es capaz de ver las sombras, pero también las luces.

La luz del siglo XX, para Rogers (el personaje), fue el trato humanitario que se daba entre las personas, la diversidad posible, donde la belleza y las pasiones eran cosas importantes en la vida, donde las mujeres podían tener una autoconstrucción de sí mismas y también los hombres —con muchas restricciones que quizá Lizarazo pasó por alto, más aún en relación a las mujeres y sus derechos—. En el siglo XXII no hay ninguna de estas concepciones vitales en pie. Se han derrumbado como muñecos de cera.

Por último, el personaje que está llevando a cabo las explosiones, el villano, secuestra al periodista y al doctor Rogers. Este enemigo público (que parecería la reminiscencia de un anarquista), vive en una nave, hecha con la materia de los astros, que puede alcanzar velocidades supersónicas. El anarquista le dice a Rogers y al periodista que quiere dominar el mundo, que discrepa con la sociedad de control que le han implantado y quiere hacer la revolución. Empero, el periodista en un momento de descuido desintegra al “malo” con su propia arma. Vuelven a aterrizar en Barranquilla. Rogers entiende que está solo, que esta sociedad también ha fracasado, como la suya. Llega caminando a Bocas de Ceniza, donde el Magdalena se une con el mar. En un acto de resignación se deja caer al torrente.

José Antonio Osorio Lizarazo imaginó en la novela una máquina que preludia el internet. Es una torre que escupe los periódicos, que llegan volando a las manos de sus lectores. La desmaterialización del conocimiento y la conectividad se prefigura aquí. La ciencia ficción, avizorada, tuvo poca resonancia en el panorama literario local. La desmaterialización del anarquista, del loco que imagina mundos alucinados y divergentes, puede leerse tan metafórica como real. Los lectores se mantuvieron al margen de sus viajeros en el tiempo. Esa máquina aparatosa que escupía diarios está cogiendo óxido en algún sótano de la literatura colombiana. La máquina de donde hubieran podido salir muchas novelas y cuentos que no se escribieron, esa que construyó un escritor bogotano: un revolucionario inactual, anticuado, desoído.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

Referencias:

Deleuze, G. (1999). Post-scriptum sobre las sociedades
de control. En Conversaciones. Pre-textos.

Agamben, G. (2008). ¿Qué es lo contemporáneo?

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