Nota sobre Ayer

Sacar un libro de la biblioteca y encontrar subrayados o notas es como tener una correspondencia. En Ayer de Agota Kristof encontré notas de alguien que parece saber de literatura húngara. Un lector diletante y visceral: escribe diatribas y pelea con la autora. Son obviedades. Hay una nota donde la persona estalla, no soporta la prosa de Kristof. Escribe, según alcanzo a descifrar, que la novela es pobre al retratar la vida de un obrero exiliado —habría que narrar a gente adinerada para enriquecerla—. Según el lector anónimo, la escases material no es la excusa para hacer algo tan precario con el lenguaje. Le reprocha a Agota el haberse cambiado de idioma, hace una lista de compatriotas suyos que, sin haber escrito en otra lengua, son mejores. Es un especialista, qué duda cabe.

Hay algo en esa precariedad de la escritura, en la lengua llevada a su delgadez extrema: allí lo elemental se hace complejo, la sequedad grita. ¿Cómo nombrar los exiliados húngaros en fábricas, sin futuro? La misma Agota vivió esta situación. Pero tanta miseria no es posible según este lector moralista.

El lector inconforme tal vez quería chorros de páginas, largas frases, barroquismos de bengala. El francés de Agota era básico, como el de una niña de primaria, se suele decir. Una lengua ajena para nombrar vidas desérticas, sin paisajes internos, hechas de piedras y guijarros rotos.

El narrador de Ayer es hijo de la prostituta del pueblo; sueña con un pájaro muerto que le pide que lo entierre, pero él no tiene tierra ni pala, solo tiene unos ojos “velados y tristes, empapados en un agua glauca”. Le queda frotar sus ojos, secarlos con un pañuelo para no perderlos. Lo único que le dan por ellos son unas monedas, es toda su fortuna. ¿Cómo esperar grandes cantidades de palabras si todo se deshace?

El personaje quiere ser escritor y, en sus tiempos libres, lo intenta, pero no está seguro de la ortografía y parece inclinarse al silencio. Espera a Line, una mujer imaginaria que un día se materializa pero lo abandona. Además de esto no hay mucho por decir: el bar, los compañeros exiliados que se suicidan, la casa vacía.

La última frase de la novela es: “Ya no escribo”.

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Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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