La belleza de la nostalgia

Por Danny Arteaga Castrillón

Sobre Las canciones te salvarán de las noches más oscuras, de John Jairo Junieles (CLU Editores, 2024)

La conciencia de ya no poder ser el mismo, de mirar al ayer y aferrarse inútilmente a alguna de sus fibras; buscar grietas para escapar del dolor, de la tristeza, de la realidad; hallar belleza en esas búsquedas. Tales podrían ser las premisas que, en mayor o menor medida, persisten en los doce relatos de Las canciones te salvarán de las noches más oscuras, de John Jairo Junieles, una obra cuyos personajes, siempre muy sensibles y reflexivos, se debaten en el amor, la soledad, la añoranza, incluso en lo extraño y fantástico, y cómo, en algunas de las historias, el arte, en particular la música, opera como el catalizador de una constante sabiduría nostálgica.

Es así como algunos de estos cuentos hallan la manera de expandirse para permitirle a la nostalgia hacer eco en otras expresiones. Como sucede, precisamente, en el relato que lleva el nombre del libro. Es imposible leerlo sin sentir al mismo tiempo la necesidad de reproducir la rica banda sonora contenida en sus páginas. El protagonista hace un recorrido por esas canciones, de variados géneros (salsa, rock, pop, balada, incluso un par de piezas de música clásica), que lo han acompañado en su relación con una mujer, Malena (homenaje además a ese bello tango misterioso del mismo nombre: “Malena canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón”), y la posterior ruptura, más lo que ello significa en su tristeza, en el imposible proceso de olvido y, después, en el efecto grabado en el recuerdo. Es en esa unión entre el sentimiento y la canción de donde se desprenden las reflexiones nostálgicas sobre el amor truncado. Como esta, que precisamente apela al impacto, incluso profético, de la música en la vida y en el amor: “hay que tener cuidado con quién se escuchan algunas canciones, porque después en la memoria se convierten en cadenas pesadas difíciles de cargar”.

Este relato tiene el don de generar una cierta complicidad con el lector, casi como cuando un amigo, en un encuentro de despecho, nos pone una canción que le recuerda a un amor pasado y que encontramos afín a nuestra propia historia. Nos identificamos con este personaje melancólico y sensible porque, como él, muchos sabemos hallar asidero en la música para que la contundencia de la realidad sea menos dolorosa. Podríamos incluso decir que la música, a lo largo del relato, provoca breves estallidos catárticos y, a su vez, genera una transformación en el personaje,  hasta incluso dejar un efecto esperanzador y hasta optimista de aceptar la vida como venga, siempre y cuando sea al ritmo de una canción. Esa suerte de evolución la deja entrever de hecho en una de sus reflexiones: “Hay gente que mira el cielo para pedir un deseo, yo contemplo mi aparato de música, y todo vuelve a tener sentido. Dice Heráclito que ningún hombre puede cruzar el río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serían los mismos; yo podría decir eso también de mis canciones, sobre todo esas que reproduzco muchas veces, y que siempre suenan diferente, quizá porque cada vez que las escucho, yo tampoco soy el mismo”. 

Este cuento, sin duda, de cierta forma dialoga con “Me hubiera gustado tener la voz de David Bowie para decirte no te vayas”, una historia también de desamor y de añoranza del ayer, que pretende, con su tono poético, dotar de belleza a la nostalgia, a pesar de la impotencia de ya no poder tener lo que se ama, lo que quedó varado en el pasado a la espera de algo más. O con “Bailando con mi sombra”, donde precisamente el baile, que es esa manera de acariciar la música con el cuerpo, conduce a una reflexión sobre sí mismo en los vericuetos del fin del mundo y sobre el arte siempre presente como salvador. 

Ese fenómeno, que además hace más pertinente el título de la obra, de alguna manera se presenta en la mayoría de los doce relatos, sobre todo en los más nostálgicos, en los cuales hay un permanente vínculo entre el presente y el pasado, y cuyo contacto genera esa explosión de melancólica sabiduría. Por ello, quizá, su tendencia reflexiva; parecen imantados por la nostalgia y la introspección resultante, más esa necesidad sanadora de traducir con palabras los efectos, a veces vertiginosos, que provoca en nosotros el contacto con un pasado que se extraña. De ahí que, además, estos relatos, a pesar de su naturaleza ficcional, alcancen a rozar un tono ensayístico. En algunos, de hecho, sobresale más la reflexión que el argumento mismo. 

Tal es el caso de “Yo les diré que llegaste de un mundo raro”, un relato sobre la relación con el padre. Una combinación perpetua de la culpa con la melancolía, del amor con la lucha por no olvidar y la revelación de cómo las letras buscan retener a su paso lo que se ama. “Mis mejores plegarias”, que trata sobre las reflexiones de un sobrino que visita a su tía, ya vieja, rodeada de sus recuerdos y en cuya memoria permanece inamovible la imagen infantil de su sobrino. Este texto, muy poético además (“Tía Cenelia huele a pan tibio y mañana de domingo con viento. Sus ojos a esta hora del día son oscuros, como una cama por debajo”), reafirma el carácter nostálgico de la obra. O “Todo lo demás no importa”, que cierra el libro con contundencia, gracias a un cierto aire de manifiesto y de fluir de conciencia; parece de alguna manera hablar de los demás relatos a través de su reflexión panteísta y espiritual sobre lo efímero y la muerte.

Sin dejar de lado el tono reflexivo, la obra incluye cuentos de corte más fantástico. En “Se arrienda una habitación” persiste, como en otros, el tema del amor y el deseo, pero el argumento toma un rumbo sobrenatural con la presencia de una casa misteriosa. En “Al otro lado del muro” se expone una grieta en la realidad hacia otra dimensión o una duplicidad espacial, y la perturbación que genera en la historia, incluso en el narrador, que altera de súbito la focalización de su narración. Estos relatos apelan a la perpetuidad del misterio o lo irresuelto, a esa sensación agobiante de lo que de repente parece esfumarse. En esto se parecen a los demás, que, desde otros ángulos o temas, apelan siempre de algún modo a quien ya no está.

Con la misma pretensión de poner en duda la realidad, “Los muchachos que perdieron la gracia del mar” se acerca también un poco a lo fantástico, aunque su argumento se desenvuelve en un conflicto delictivo y los afanes de venganza. Trata sobre un grupo de jóvenes que busca enmendar el agravio hecho por un estafador en su colegio, que había prometido un plan de excursión a la playa para los estudiantes. La imposibilidad de hacer justicia los lleva a adoptar medidas poco ortodoxas que alcanzan lo esotérico. 

De un mismo talante sobre la realidad colombiana es “No es un soplo la vida”, el primer relato de la obra y que abre la presencia de la canción como detonante, en este caso a través del tango “Volver”, de Carlos Gardel. Su protagonista es un pensionado que encuentra en la tranquilidad de las filas una distracción y una manera de contemplar a los demás y sus acciones. Así, desde el sosiego de la labor cumplida en la vida, termina relacionándose con una mujer joven, involucrada con el bajo mundo del crimen. Una reflexión sobre la soledad de quien se encamina hacia la vejez y desea aferrarse aún a las promesas peligrosas de la juventud. Algo de esto es posible percibir también en “Esqueleto en el armario”, sobre un hombre que, sin querer, se asoma al pasado y se topa con una verdad familiar que transforma su percepción del mundo.

La obra, en general, parece recordarnos que el azar del destino nos arroja a la cara, todo el tiempo, las esquirlas resultantes de su caótico proceso expansivo y que las palabras traducen en el amor, el desamor, lo extraño, el conflicto familiar, el deseo, el placer, la soledad, el misterio, la calle, el otro, la música, el arte, la muerte. John Jairo Junieles logra dotar sus personajes de la sensibilidad suficiente para tomar este material y volverlo pensamientos que salpican desde el oráculo de las páginas en forma de reflexiones aforísticas: “sin duda la vida no son las veces que respiras sino las veces que te quedas sin aliento”, “la felicidad nunca es redonda, aunque a veces así lo parezca, y siempre hay algo que la arruina, aunque seas muy precavido”, “alguien siempre llega a poner la dinamita que hará saltar en pedazos tus días, las horas, los segundos, de tu pequeño universo, y después te quedas recogiendo los pedazos para no empezar otra vez de cero”. De alguna manera se replica en el libro esa forma errante y silenciosa que todos tenemos de pensar. 

En ese sentido, es oportuno, por último, destacar el relato “Movimiento perpetuo”. Merece un apartado especial no porque opaque a los demás, sino porque toda la fuerza de la obra parece recaer en él. Está compuesto de una combinación de otras expresiones: la poesía, la narrativa y el cine, pasiones que, sea dicho de paso, siempre han motivado la poética de John Jairo Junieles. Es un cuento autoconsciente, que ficcionaliza la vida y obra de una escritora y poeta llamada María Malaver Santana para hacer una reflexión crítica sobre la creación artística, incluido el rechazo a la escritura calculada, que replica una fórmula, frente a la escritura que nace de la médula, del instinto creador. El relato es como tal una semblanza sobre la autora, hecha por, suponemos, otro escritor o un periodista cultural, donde también resalta, de nuevo, la reflexión panteísta, sobre Dios, el espíritu y la naturaleza, más la lucha política y cómo esta también puede formar parte del lenguaje poético.

“Movimiento perpetuo” es una narración que tiene una ambición de novela y está compuesta de varias capas ficcionales: la autora y su vida, el narrador y sus reflexiones, la semblanza y las diferentes representaciones artísticas dentro de ella: los poemas (sobresale “Mis mejores plegarias las hago bailando”           y “Señor mete tu mano desde lo alto”), la sinopsis de un guion cinematográfico o el relato dentro del relato. Todo este entramado conforma un pequeño universo en el que el arte es protagonista y opera casi como representación del resto de la obra, donde también el arte, sobre todo la música, parecen dirigir el destino de los personajes, incluido el del mismo Junieles, que alcanzamos a vislumbrar entre las grietas de las líneas dejándose llevar por el caudal de sus palabras.

Aquí la playlist con las canciones que te salvarán de las noches más oscuras

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