Amalia está muriendo. Gabriela empieza a vivir. Reducir La casa (2024), la más reciente novela de Francisco Montaña Ibáñez, a dos enunciados tendría este efecto: la tensión de puntos de vista distintos, no exentos de conexiones subterráneas. Amalia es una profesora universitaria retirada, a quien le comunican que su hígado no va bien y deberá someterse a una delicada operación; su tiempo es limitado. Gabriela, hija de Manuela, estudiante de bachillerato, es la responsable de cuidar la casa de campo de Amalia en su ausencia. Así se encuentran, sin apenas verse, estas dos protagonistas. Gabriela, una adolescente campesina con muchas preguntas, que de repente comienza a habitar en una casa ajena. Y Amalia, quien se despide del paisaje, de su cuerpo, y cuyo único deseo es morir en esa casa donde pasó su infancia, volver a algún lugar reconocible, irse en medio de rasgos familiares.
La casa como centro integrador que permite ubicar un origen y un cosmos. Una vez el signo de una casa se instala ya no somos seres dispersos. La casa, lugar donde muchas veces nace la herida patriarcal o los traumas, puede ser simbólica o real, pero cohesiona una parte de nuestra identidad. ¿Qué es lo que aúna la casa o cómo se conforma su unidad? Es a través del sueño. Dice Bachelard: “La casa natal es más que un cuerpo de vivienda, es un cuerpo de sueño”.
Amalia ha perdido a su hermano, a su amante, a sus padres. Cuando en el hospital necesitan un familiar que autorice la operación y a quién se le pueda avisar de su estado, solo se le ocurre el nombre de Manuela: se atreve a llamarla “amiga”, pero en realidad es su empleada. Ante la inminencia de la muerte, Amalia no tiene a nadie que la acompañe ni le recuerde quién es cuando despierta de las anestesias generales. Algo parecido a una raíz es su casa, pero no la de Bogotá —de donde se fue cuando la universidad en la que trabajaba entró en crisis y sus amigas partieron—. Algo parecido a una raíz es su casa en el campo, heredada de sus papás. Allí Amalia guarda los recuerdos de niñez. Esa memoria, condensada en el espacio de la casa, fija un origen y unas vivencias, a la vez que las difumina. De modo que el espacio puede abolir el tiempo, crear una huella de nuestro ser. Al realizar esta cristalización del pasado, que aparentemente se muestra solidificada, el espacio (la casa), paradójicamente, se convierte en el territorio tembloroso del sueño y lo inasible.
Lo que Amalia recuerda pertenece casi a otra vida. Es un vestigio de su paso por la tierra. Lo que perduran son las paredes y el techo, detonantes de ese ayer tan lejano como propio, tan extraño como íntimo. Amalia, entre tanta conmoción física, sueña. Esos sueños clarividentes o premonitorios de quien se acerca a la metamorfosis de la muerte le acaecen a Amalia. Más aún, se confirma lo que Bachelard proponía: su casa es el lugar de la ensoñación, pero Amalia pretende dirigir dicho el sueño, hacerlo un sueño lúcido. Amalia practicó yoga y meditación durante su vida. Se había propuesto estar en su casa, se decía, al concebirla como resguardo. Esto le sonaba a sentencia, como un Sutra budista o como un designio. Por lo tanto, ante esa suspensión que busca desoír lo que proceda de ti —ideas o ruidos—, ante esa concentración y despersonalización del estado meditativo, el mundo y el yo se presentan como una ilusión. La casa, extensión del yo, es ilusión dos veces. Es cuando Amalia reflexiona:
«Si nada de lo que estamos acostumbrados a considerar real lo es», pensó ella en algún momento, «lo que llamo mi casa es parte también de la misma ilusión. Y, si es una ilusión, yo puedo decidir cómo quiero que sea. Entonces, prefiero que mi casa sea el lugar en donde yo esté» (p. 30).
Quien llega a dar cuidado a la casa ensoñada, a ese lugar donde Amalia decide estar para recibir el final, es Gabriela con su alma nueva. Se necesita de personas que habiten una casa para convertirla en un hogar, de lo contrario amenaza el derrumbe. Gabriela está en ese momento de la adolescencia en que un delgado hilo la separa de la niñez. La inocencia de Gabriela se resquebraja: ¿qué le pasó a su papá, por qué no volvió?, ¿cómo es morirse, se quedarán las personas de alguna forma, aunque su cuerpo se desintegre y se funda con el universo? Son preguntas lacerantes que Gabriela se hace. Su mamá, Manuela, luego de la desaparición de su marido, asume el liderazgo del sindicato: denuncia, pone el pecho y, como daño colateral, abandona a Gabriela.
Gabriela, a solas, será quien recomponga una asimétrica respuesta a la ausencia de su papá. El enigmático Niño de la Moto, que la persigue a veces al salir del colegio, que no sabe si le gusta o lo aborrece, es quien quizá tenga una resolución a sus incertidumbres. Algo sabe ese niño, algo oculta. Ni siquiera su nombre se lo dice a Gabriela.
Francisco Montaña usa una voz narrativa tierna y prolija para contar la vida de estas dos mujeres en épocas tan distintas y encontrar puntos comunes. Ya lo había hecho en novelas como El gato y la madeja perdida (2013), donde Ana María, de quince años, tiene que sobrellevar con la separación de sus padres, el asesinato de su abuelo (un político perteneciente a la UP) y su propia transición hacia la adolescencia. Decir: “la masacre de la UP”, se convierte en un titular. Decir: “masacre”, es lo mismo, una abstracción. La literatura, según Montaña, trabaja con lo singular. Le da atardeceres, cuerpo, sentimientos, recuerdos, cotidianidad, hechos, en suma, da vida y experiencia humana a esas generalizaciones. Las novelas de Montaña están muy cerca de sus personajes. La casa no es la excepción. El acercamiento es a dos mujeres afrontando dos desgarros: una la enfermedad y la otra el desaparecimiento forzado, esa muerte incesante.
El encuentro de Gabriela y Amalia es el núcleo emocional de la novela. En ese entrelazamiento de ellas desemboca el recorrido, no para despejar las preguntas, sino para abrir y desplegar caminos posibles a través de los cuales canalizar sus dolores. Amalia vuelve por fin a la casa a cumplir su deseo postrero, pero le pide a Gabriela que se quede. La adolescente teme, no sabe si quiere estar cuando ocurra. La pregunta por el paradero de su padre taladra sus sienes y se la comparte a su casera. Amalia quiere ayudarla y ayudarse. Emprenderán una salida llena de misterio, juntas, porque busca el espíritu mejores aires, mejores aires.
Publicada bajo el sello independiente Babel Libros, en una edición entrañable como todas las suyas, La casa continua con ese cúmulo de libros de Francisco Montaña que indagan en el asombro intacto de los personajes jóvenes, en este caso en contrapunto con esa otra mirada novedosa de quien ve las cosas por última vez y también las descubre. Descubrir y revelar son actos correlativos. Quien descubre luego revela, es decir, vuelve a velar (como afirma Chantal Maillard). Ninguna es una perspectiva acabada y definitiva. Gabriela y Amalia amplían sus sensibilidades mutuamente, pero algo se escapa en ese descubrimiento, algo se vela. En varios pasajes de la novela la voz narrativa dice que el paisaje las inunda y ellas se dejan inundar. Ese estado líquido y vivo del paisaje en movimiento es como ellas se relacionan con lo vital: en ese hundirse en sus heridas, o en ese entregarse a la contemplación de las montañas encuentran los asideros para salir a flote. Ambas tendrán que construir una casa sobre el vacío, es decir, construirse un origen y un cordón umbilical en medio de la pérdida.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



