Reseña sobre Borealis
Borealis (2022), la novela más reciente de Juan Carlos Garay, tiene una estructura de díptico, un rostro bifronte. Son dos tiempos, dos siglos de diferencia, dos personajes. El primero (cuya historia es narrada en los capítulos pares) es Apogeo Borealis, músico al servicio del sempiterno orden cósmico, quien en su corta vida resulta creando unas obras que marcan su tiempo. De origen humilde, con un maestro que le enseña las labores de lutier y el oficio musical, siendo Borealis un niño, es llevado desde Zalernia a Akiralia por sus gobernantes, debido al talento en la ejecución de su instrumento. Apogeo Borealis se ubica en un tiempo cercano al siglo XVIII. El segundo (cuya historia es narrada en los capítulos impares) es Artur Bradley, quien vive en una época contemporánea y también llega a Akiralia a interpretar y grabar las partituras que compuso Borealis dos siglos antes.
En su presente, Borealis llega a Akiralia con un fin específico: dirigir el Observatorio Mayor, en donde cada treinta noches los akiralenses se reúnen para observar los astros a través de telescopios mientras suena música envolvente de un género llamado Circulares eternos. Por toda la ciudad hay observatorios pequeños donde se llevan a cabo estos rituales de contemplación cosmológica, pero solo en el Observatorio Mayor hay novedades musicales compuestas por Borealis para cada uno de estos encuentros con el cielo. Observar los cuerpos celestes tiene mucho de espiritualidad y de cohesión social, ya que es la actividad preferida de los akiralenses.
Para construir a Borealis, el autor se basó en Pergolesi, un compositor italiano que solo vivió 26 años y dejó una obra vasta. Las aventuras que le ocurren a Borealis de camino a Akiralia son fantásticas. En un pueblo, Silenizia, donde paran a descansar con el carruaje de avestruces, Borealis descubre un género popular al que llaman Bigüelita —bailada por los campesinos de la zona—. Conoce a Etherea, cantante de estas verbenas, y se enamora perdidamente. También en sus futuras composiciones toma elementos armónicos de las bigüelitas. Esta parte de Borealis, si se quiere, puede ser leída como una pequeña novela de formación de un prodigioso músico precoz.
Artur Bradley podría haber sido una reencarnación de Borealis, así dijo Garay que fue como empezó la novela. Con la tesis de que Bradley, dos siglos después, fuese la segunda vida de Borealis en el planeta. Pero ese matiz esotérico se descartó y Bradley quedó delineado como un personaje intérprete, conocido y famoso por su virtuosismo. La novela se adentra en esa distinción, presente en la música clásica, entre compositor e intérprete (quienes tienden a diferenciarse, no como en otros géneros donde coinciden y son la misma persona).
En el primer capítulo Bradley, de setenta años y en la consagración de su carrera musical, aterriza en un hidroplano en Akiralia. En la noche, luego del arribo, se instala en un hotel y mira por la ventana: ¿qué ve? Un lago donde se reflejan dos lunas. Vulcania, roja y recorrida por ríos y cráteres de lava; y Glacio, azul y cubierta por una capa de hielo. Ahí sabemos, como lectores, que esta novela pasa en otro mundo.
Artur Bradley, un intérprete de armonio —instrumento antiguo que suena similar a un órgano—, en medio de un cataclismo apocalíptico se pregunta: “¿acaso alguien puede ser más político que un artista?”. Bradley se contradice, ya que desde su llegada a la ciudad-estado de Akiralia, mantiene firme su postura de que él solo se dedica a hacer música y nada más. Los problemas sociales no le conciernen —en apariencia—. La nueva relación que establece Bradley entre política y arte es expresada porque Flavius, un rebelde, le pregunta por sus opiniones respecto a la música como una dimensión separada de la vida social. Toda la novela es un intento poético de responder a esa interrogante de Bradley: ¿hay alguien más político que un artista? No hay una respuesta unívoca, pero se intuye que es afirmativa.
Hombres pájaro aparecen en medio de una arquitectura monumental que conforma a Akiralia, una ciudad potencia en este planeta de tiranos —no tan imaginarios como los que existen en la Tierra actualmente—. La antigua ciudad de Borealis, Zalernia, es invadida por los gobernantes de su nuevo hogar. Akiralia es, como todas, una potencia colonizadora.
Entre otros secretos, Huygens, un pintor, quiere expresar con sus cuadros ciertos descubrimientos astronómicos que hablan de un desfase en las órbitas de las lunas. Hay, entonces, una batalla entre Borealis (quien desea plasmar en sus composiciones una armonía perfecta del universo) y Huygens (quien sabe que hay una censura respecto a revelar los desequilibrios cósmicos). A partir del color morado y de ciertas claves cifradas, Huygens pretende dejar un mensaje en sus pinturas para avisarles a los habitantes del futuro sobre un posible cataclismo.
La discusión entre Huygens —pintor que recuerda al astrónomo Christiaan Huygens— y Borealis actualiza el dilema que atravesó Kepler cuando formuló sus leyes del movimiento planetario en el siglo XVII. En ese entonces se creía que el universo material creado por dios era perfecto, por lo tanto, los movimientos planetarios debían ajustarse a un círculo: circuito que sostenía al planeta de forma estática y giraba haciendo traslación mientras este permanecía fijo. En el modelo geocéntrico de Ptolomeo, la tierra estaba en el centro del universo porque dios así lo dispuso. Copérnico desmintió esa conjetura. Así mismo, Kepler en sus observaciones demostró que el movimiento de los planetas era elíptico y no perfectamente circular, como se creía. Esto, en su momento, fue una información peligrosa, incluso para el mismo Kepler. Decir que dios admitía la imperfección de una elipsis podría ser un sacrilegio.
En Akiralia llegó a perseguirse a los cosmólogos. En astronomía se sabe que, si tres cuerpos se atraen por su gravedad, es altamente plausible que haya inestabilidad en sus órbitas. Esto ocurre en Akiralia, donde ese colapso de las órbitas amenaza, en el momento en que Bradley llega, con hacer chocar una de las lunas (Vulcania) contra el planeta y extinguir la vida bajo el fuego. Desde la época de Borealis, entonces, se oculta ese fin inminente del planeta.
En medio de diversas tensiones, Akiralia funciona con todas las características de una dictadura: desde la censura de la información al asesinato de disidentes. Bradley en un momento siente que le están ocultando la realidad política y decide salirse del hotel y recorrer las calles de Akiralia para ver con sus propios ojos qué pasa. Se encuentra a unos jóvenes, quienes le cuentan que sus discos eran reproducidos clandestinamente en una celulosa, similar a la que se usa para sacar radiografías. ¿Por qué? Porque las alteraciones que Bradley hizo de ciertas partituras de Borealis fueron tomadas como signos de rebeldía, algo que la resistencia acogió y usó de bandera.
La represión se deja ver en toda su crudeza cuando Bradley llega a grabar sus interpretaciones de Borealis a un antiguo museo, ahora acondicionado como estudio, y cae desde el techo un rebelde herido. Bradley y su equipo de trabajo deciden intentar curarlo a escondidas. Hay constantes protestas y una atmósfera que trasluce la ruina de un imperio. Para construir este contraste entre una arquitectura descomunal en un ambiente decadente, Garay tomó de referente La muerte en Venecia de Thomas Mann, donde una pandemia hace de Múnich un paisaje urbano deslucido, camino a la destrucción. Bradley entonces entiende que la invitación del gobierno de Akilaria, lugar donde siempre había querido tocar y grabar por su glorioso pasado musical, no es gratuita. Lo invitan porque, con tanta efervescencia de los rebeldes, buscan aplacar y atraer el favor de los disidentes al llevar a un músico que admiran y cuyos discos se pasan entre sí, aunque se encuentren prohibidos.
El grupo de rebeldes es tan fuerte que logran secuestrar a Bradley, pese a la férrea vigilancia, y contarle un plan que tienen con él: ellos saben que la luna chocará el planeta y quieren que las grabaciones de la obra de Borealis, hechas por Bradley, sean prensadas en un disco resistente que enviarán al espacio para asegurar que no se pierda su música junto con el planeta. Es utópico el nudo de la novela de Garay. Ante el fin de este mundo paralelo, a la resistencia lo único que le preocupa es salvar una obra musical. Si acá en la Tierra se supiera de un fin inevitable, con seguridad los habitantes no se preocuparían por preservar piezas de arte para lanzarlas al espacio exterior.
No es descabellada ni puramente imaginaria la motivación de los personajes de Garay. En 1977 la NASA lanzó al espacio la sonda Voyager, en donde aún hoy está flotando una grabación de una hora y media de la música más representativa de nuestro planeta, acompañada de sonidos relacionados a la vida: tal vez el llanto de un bebé al nacer, el sonido de una risa, de un orgasmo, de un canto de gol. En 2025 perderemos la señal de la sonda. En 300 años bordeará la nube de Oort, de donde vienen innumerables asteroides. En 400 años entrará en contacto con la constelación de Camelopardalis.
Borealis antes de morir, a los 23 años, empieza una obra sin precedentes y la explica así: “Se llamará Cosmodessia, porque actúa como un mapa del cosmos: cada una de sus partes representa un astro y está en perfecta conjunción con las demás; y toda la obra responde a la misma armonía que rige el universo”. Es de una desmesurada ambición, pero se sabe que tras ese deseo de armonía, sin que él lo quiera conscientemente, Borealis está perpetuando el statu quo de Akiralia.
La ruptura, la desobediencia civil, que dos siglos después Bradley efectuará, es la salida a la maquinaria de la opresión. Frente a un apocalipsis se diluyen todas las creencias, todos los fascismos. Salvar la obra de Borealis y sacarla de ese planeta será el acto supremo de desacato y libertad que, definitivamente, como la sonda Voyager, despolitice a la música y la vuelva un rumor del aire que surca el universo como botella lanzada al mar.
¿Un oído alienígena escuchará?
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



