Reseña sobre Desigualdad triangular
“Una ecuación no tiene para mí ningún significado a menos que exprese un pensamiento de Dios”, escribió Ramanujan. En Desigualdad triangular (2023) hay un epígrafe que define el teorema del título: “La longitud del lado de un triángulo siempre será menor a la suma de las longitudes de los lados restantes”. Me remite a Los elementos de Euclides, ese compendio de axiomas que define la geometría a partir de postulados básicos. Spinoza hizo un trasvase de la geometría al mundo sensible, ético y emocional. Intentos de ordenar la entropía, el caos primordial del universo en una elegante y sintética ecuación, en una explicativa demostración lógica-matemática.
Diego Niño en su primera novela explora el mundo afectivo, ese dominio que no tiene resolución, cuyas incógnitas no se pueden despejar y cuyas variables son inestables. No es un pensamiento de Dios, ni la síntesis del mundo en una ecuación o en un axioma, lo que leemos en la novela tiene por objeto un interés menos abstracto, más modesto y concreto: saber qué le ocurre a Sergio, por qué nunca logra la armonía en el amor.
Es una tarde del 2015 en Buga. Sergio arrastra su poca fortuna. Se acerca a los cuarenta y acompaña a su madre a pagar una promesa al Señor de los Milagros. La novela inicia con lluvia. Hay algo en la lluvia de promesa incumplida, de borramiento. Cuando llueve, en ese paréntesis del agua, las calles parecen frágiles, la lluvia hace perder a la ciudad, le destiñe el nombre. Al interior del personaje parece que va a llover y se instala una atmósfera enrarecida. Ximena, en una moto, aparece y le pregunta a Sergio por qué se encuentra en Buga en tono de reclamo. Ximena y Sergio se conocieron en 2005, cuando él tenía 25 años y ella 18. Sergio le dictó clases de matemática para la prueba de admisión de la Universidad Nacional.
Ahí empieza a deshilvanarse la maraña de recuerdos. Sergio enumera sus fracasos afectivos, que incluye decepciones desde el colegio hasta un triángulo amoroso en la universidad, cuando la novia de uno de sus amigos, Johana, comenzó un amorío con él (con Sergio) e intentó quedarse con los dos simultáneamente, algo a lo que Sergio no accedió porque estaba enamorado, aunque ella solo quisiera jugar con él.
La forma en que Ximena y Sergio se conocen es precedida por la matemática y el ajedrez. Leonardo es un vecino hablador, entrador, que invita un día a Sergio a jugar ajedrez y le devela el nombre de maestros y de libros escritos acerca del juego. Horacio, el hermano de Leonardo, llega de Buga quebrado a conseguir trabajo en Bogotá y un futuro para su hija Ximena y su esposa. Horacio es un militante de izquierda, que amenaza a Sergio de no ir a ponerle una mano a Ximena si no quiere ganarse un pepazo. Sergio es torpe, inexperto y no capta que durante las clases Ximena le toca la pierna, lo mira de cierta manera y lo desea en silencio. Sergio, preso del miedo, pasa por alto todas las señales.
Diez años después, bajo la lluvia, Ximena se quita el casco y le increpa por aparecer así, de la nada, en su pueblo. Quizá, como Borges apunta: “Todo casual encuentro es una cita”. Es posible que el mundo gire para juntar a los amantes, como dice Montejo, o que el azar haya cruzado sus caminos. ¿Quiénes se encuentran una y otra vez en la vida tienen un peso kármico, una correlación energética que necesita del vínculo para cumplir su ciclo y liberarse? Una ley de la física, que ha sido relacionada con el amor, es el fenómeno del entrelazamiento cuántico. Según este principio, en un sistema hay un intercambio de energía entre las partículas que, a la postre, las conecta y las afecta (lo que le ocurre a una lo recibe la otra), aunque estén en puntos distantes del universo. ¿Ocurre lo mismo con los afectos? ¿Una vez se enlazan las emociones, estas crean un tipo de conexión misteriosa que preludia el encuentro incesante?
La palabra infiel se usa tanto para juzgar a los adúlteros como para juzgar a los apóstatas. “Al infiel religioso hay que quemarlo”, dice Mario Mendoza. Igual, al infiel en una relación, más aún si es mujer, la sociedad patriarcal le impone una culpa indeleble y atroz. Ximena se casó y vive en Australia, está de paso en Buga, con su esposo, visitando a sus papás. Ximena y Sergio quedan de verse en la noche, luego del diálogo bajo la lluvia, para revivir viejos tiempos. Van a ser infieles, seguramente, no se sabe.
El viaje, psicológicamente, propicia lo que se conoce como estado de fuga. La identidad deja de ser algo fijo, estático, para convertirse en una fuerza maleable. Cuando alguien se desplaza, por corto que sea el viaje, deja una parte de su rostro atrás y se disocia de sí mismo con la jerga, la comida, el acento y el clima del lugar nuevo. Un viaje puede revelar partes de nuestra psique y de nuestra personalidad que no sabíamos que existían. Partir de Ítaca es una apertura a encontrar lestrigones, transformarse en cerdo, escuchar sirenas, ser asediado por cíclopes gigantes y conocer islas donde ocurre lo inimaginable.
A Ximena y a Sergio ese viaje a Buga —uno de ida y la otra de vuelta—, y su cita en la noche calurosa, les remece y les desdobla el tiempo. La antigua atracción y las viejas ofensas se mantienen intactas. Ximena revela que en el 2005 le gustaba Sergio, pero también que le llamaban marica o “rolito cuquirrú” debido a su aparente desinterés por ella. En 2015 Ximena y Sergio recuerdan, se pelean por el pasado y se besan, pero Sergio sale a correr, furioso, como huyendo de su propia vergüenza al enterarse de cómo le llamaban.
Otro desencuentro le ocurre a Sergio cuando invita a una mesera venezolana a salir, al siguiente día del altercado con Ximena, y lo deja plantado. Volviendo al hotel se vuelve a encontrar a Ximena, que le pregunta por qué está ahí a esas horas, de nuevo en un tono de reclamo. Vuelven a besarse, vuelve a ocurrir lo que había quedado interrupto la noche previa y se van a consumar su deseo encriptado por tantos años. Sin embargo, pase o no, tengan sexo o no, es una relación imposible. Sergio debe volver con su madre al otro día a Bogotá. Ximena debe volar de vuelta a Australia. Sergio nunca podrá tener el suficiente dinero para satisfacer a Ximena y a sus padres ejerciendo como profesor de matemáticas. El momento juntos es efímero e ilusorio. Un amor de verano, si se quiere. Cada segundo es valioso, contiene la vida entera. Decir sí a ese instante es decir sí a la existencia, conjeturo que pensarían Ximena y Sergio si se desnudaran en un hotel destartalado de Buga.
Desigualdad triangular recuerda a la obra cinematográfica de Wong Kar Wai, que es recurrente en el tema del desencuentro. En sus películas hay dos personas que se quieren y se desean, pero las circunstancias no les permiten consumar su atracción. Hay algo desigual, que no se alinea con sus voluntades y se desfasa. El cineasta chino afirma:
“Es verdad que mis personajes están terriblemente solos, pero quieren dejar de estarlo. Buscan desesperadamente algo, lo malo es que lo que buscan ya pasó. Ahí surge la nostalgia, la culpa y el dolor. Resultaría aburrida una película sobre un hombre guapo y una mujer guapa que se aman y se conocen en el momento preciso y son felices. ¿A quién le importa eso? Nosotros queremos saber qué les ocurre a esas personas que no se encuentran nunca, que sobreviven sabiendo que en realidad para ellos solo existió aquel amor”.
Sergio y Ximena solo tienen esa ocasión en Buga, no ya de experimentar su deseo, sino de encontrar eso perdido que todo ser humano busca en el fondo de sí y en los otros: un sentido. Tuvieron su oportunidad en el 2005, pero no la aprovecharon.
El principio de incertidumbre dicta que si sabemos la posición de una partícula no podremos saber su velocidad; viceversa, si sabemos su velocidad perdemos de vista su posición. La unión entre Sergio y Ximena es una anomalía, un residuo subsidiario a sus propias penumbras e insatisfacciones vitales. Como el principio de incertidumbre, no logran conciliarse los polos: si Sergio ubica a Ximena en una parte de su sensibilidad, ella se escapa a cualquier representación mental; si Ximena intenta demostrarle a Sergio su interés, también lo hiere. No coinciden más que en la oscilación y el rodeo. Su acercamiento es un desatino.
“El arte de perder se aprende fácil”, inicia un poema de Elizabeth Bishop. Todo insiste en perderse. El desastre le es ínsito a la existencia. Los amores imposibles o los amigos que dejamos clausuran una parte de nuestro ser que solo se activa con sus presencias. Para Sergio y Ximena la suerte está echada. ¿Cómo se termina algo que ni siquiera ha iniciado? Paradojas, preguntas, imprecisiones se engendran en este encuentro inoportuno y el corazón no conoce de razones sino de motivos, así estos vayan en contra. El daño es inminente.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



