Sobre La pura ley, de Diego Alejandro Velázquez
Por Henry Alexander Gómez
La pura ley es la calle, la ciudad y sus grietas. Un código no escrito pero que está siempre presente, una serie de reglas no implícitas pero que no pueden romperse. Quien quiebra la ley se traiciona así mismo. La novela de Diego Alejandro Velázquez nos recuerda que la vida lleva el precio de la realidad, que la crueldad es una bestia salvaje de la que no hay escapatoria. De qué otra manera se puede cartografiar al ser humano y su condición, de qué otra forma se escribe una urbe que camina con pasos de animal hambriento. Esto es la pura ley, una radiografía de la ciudad en la que los personajes intentan sobrevivir de todas las maneras posibles y a cualquier precio. Es la casa de una escritura a cielo abierto, donde es protagonista el habla y sus formas, la violencia, la noche, la droga, el origen del miedo.
Sí, esta novela está truncada por diferentes historias que se miden por una realidad directa y sin tapujos. Sus personajes están marcados por un destino inquebrantable donde el crimen, la pobreza, el desplazamiento, la iniciación o la decadencia sexual, la tempestad familiar, el desarraigo son los componentes que diseñan unas celdas con barrotes claros y resplandecientes. “Plata en mano y culo en tierra”, dice Melco, o Melquiades, o Don Tripa, seguro de estar apelando a una verdad indiscutible. “Usted no es capaz, y si me llega a pelar el culo, pues le meto el fierro caliente para que sepa lo que es bueno, y ya deje la maricada y deme las llaves que tengo un arrocito en bajo y hoy como que lo hiervo.”, dice Yeison, conversando con su cómplice, apodado Chaguala. En La pura ley hay un tejido vertiginoso en el que el lenguaje se desnuda desde su expresión más inmediata; pero Diego Alejandro Velázquez hila con maestría, sabe cómo urdir cada palabra para que ingresemos a cierta levedad desde el puro caos, a cierta lentitud desde la velocidad con la que marchan los relatos, el autor nos abre una poética urbana que se dibuja en la experiencia extrema: desde la metafísica de la palabra a la materialidad con la que ocurren los hechos.
“La pobreza es trivial, contraria a la idea de la belleza”, escribió Edgar Allan Poe en su conocida “Filosofía de la composición”. Diego Alejandro Velázquez, contrariando el espirito romántico y al autor del “La muerte de la máscara roja” nos ofrece otro tipo de belleza en la que el horror se pesa con una balanza alterna y la pobreza nos ofrece un diseño cercano donde se sombrea la vida. Los personajes de La pura ley son los individuos con los que nos topamos cuando nos subimos al transporte público o cuando caminamos por cualquier barrio popular. Don Tripa quien, huyendo de las filas de la guerrilla, llega a Bogotá y logra fundar un emporio comercial a partir de negocios pequeños. Faustino Valencia Lucumí, quien deja Guapi para ir a Cali y cumplir el sueño de ser músico del grupo Niche. Willy, quien se convierte en el “hombre de negocios del barrio” sirviendo de mensajero para toda clase de paquetes y encomiendas sin saber que esto lo llevará a disparar el gatillo con el que juega la muerte.
De igual forma, cabe resaltar la naturaleza arquitectónica de la novela, el cómo se trenzan las historias para erigir un cosmos ficcional que nos devela la violencia en sus matices más certeros. Esto le da una respiración particular al libro, rápida y sofocada, traduce en un tono, ritmo y musicalidad consecuente con el universo impulsivo que nos está narrando. Es una poética definida mayoritariamente por el exterior, ya sea por la oscuridad de la ciudad que lo afecta y la desdibuja, o los tiempos y espacios sociales desbordados por prácticas sexuales, violentas, subrepticias y, al final, excluidas. En medio de un “realismo sucio” y sombrío, se define toda una estética urbana, sus habitantes, la descripción particular de sus pieles y sus órganos, quienes sufren y viven físicamente la atmósfera de la calle, es decir, la pura ley. No queda más que cerrar con los versos del poeta chileno Juan Cameron: “En verdad salí cachorro / en la calle me hice perro”.



