Unos huesos que hablan

Ensayo sobre Vivir sin los otros. Los desparecidos del Palacio de Justicia

En Los Laches hay una vista panorámica de la ciudad. La plaza de Bolívar se ve abajo y casi de frente, como en un plano picado. Mi padre y mi madre, que entonces tenían veintitrés años y un hijo de dos, despertaron el seis de noviembre del ochenta y cinco en su rancho de lata semiconstruido donde yo crecería doce años después. Desde que tengo memoria mis padres hablan de ese día con las mismas palabras: “Escuchábamos primero los disparos en la Plaza y luego se repetían en el radio, en ese momento estaba muriendo gente”. Los imagino mudos, opinando en breves frases, yendo a ver al niño, mi hermano, de tanto en tanto para luego asomarse a la historia sangrienta de este país.

Mi papá, para apoyar su relato, sacaba una enciclopedia que tenía fotos de la Toma del Palacio y del desastre de Armero. Nos repetía que fue el peor año para Colombia. Mi mamá contaba que lloró cuando los tanques empezaron a disparar contra el edificio. Imagino que no durmieron esa noche mientras el Palacio ardía como la antorcha caída de un gigante. Mi papá también decía: “Lo que mató a Almarales fue haber soltado al hermano del presidente, ahí sí entraron a matarlos a todos”. Cuando éramos niños, a mi papá alguna noticia o comentario le recordaba la Toma y volvía a bajar la enciclopedia, la abría y empezaba de nuevo su relato para nosotros. La memoria es una extensión que incorpora los recuerdos de los otros.

En ese terreno compartido y poroso de la memoria se inscribe Vivir sin los otros (2010), la novela de Fernando González Santos sobre los desaparecidos del Palacio de Justicia. ¿Por qué o para qué narrar un hecho tan conocido públicamente, sobre el que abundan documentales, libros, análisis, noticias y relatos personales? ¿Para qué socavar algo que ocurrió a plena luz del día en la capital, con cámaras y testigos registrando el hecho? “El pasado nunca muere. De hecho, ni siquiera es pasado”, dice la célebre frase de Faulkner. Más aún: “El pasado no está muerto, vive en nosotros y estará vivo en el futuro que estamos ayudando a crear”, afirma William Morris.

En la llamada novela testimonial, donde podría ubicarse Vivir sin los otros, se ofrece y se reclama una nueva interpretación del pasado por parte del lector, según Ricoeur (1983). Esa doble vinculación hace explícita la condición colectiva del testimonio, cuyo relato no es cerrado ni cooptado, sino abierto y en actualización permanente dentro de la construcción colectiva de la memoria. Una novela como Vivir sin los otros pone sobre la mesa la discusión sobre qué consecuencias éticas, políticas, emocionales y jurídicas sobrevienen cuando un ser querido es borrado de la faz de la tierra, condenando a sus dolientes al desgarro que personajes como Antígona sufrieron. Es el drama de no poder ni siquiera despedir el cuerpo del ser amado, de arrebatarles a las víctimas incluso su derecho y su necesidad del rito fúnebre.

El autor de esta novela, Fernando González Santos, pasó varios años junto a Pilar Navarrete, esposa de Héctor Jaime Beltrán, mesero de la cafetería del Palacio. Su investigación estuvo centrada en profundizar la anatomía del testimonio de Pilar. El autor no se conformó con escuchar el relato que Pilar solía repetir ante las mismas preguntas que se formulaban durante años. Él fue más allá. Se fijó en las marcas de su mirada: ¿cómo mira alguien que ha resistido el dolor y la incertidumbre de una desaparición forzada? Otras preguntas, implícitamente formuladas por la novela, son acerca de quién fue Héctor Jaime, cómo era su relación con Pilar y sus cuatro hijas. ¿Cómo amó y fue amado Héctor Jaime, más allá de ser una cifra o un nombre dentro de un hecho histórico violento? Este cuestionamiento es el detonante ético y estético de la novela. Un exabrupto que se comete en la llamada Novela de la Violencia en Colombia es hacer un inventario de muertos, como señaló García Márquez (1959). Es decir, la narración de ciertas novelas sobre la violencia se centra en el desastre y la tierra arrasada, olvidando a los vivos que, tal cual ocurrió con Pilar y los familiares de los otros once desaparecidos, quedan vagando en laberintos judiciales sin salida y sudando frío al imaginar en dónde, cuándo y cómo pudo morir, si es que realmente murió su ser querido —puesto que la esperanza y la incertidumbre no cesan—.

Fernando Gonzáles investigó exhaustivamente material documental y participó en calidad de periodista del juicio a Luis Alfonso Plazas Vega, además de su relación autor-personaje con Pilar —quien dentro de la novela se llama Bety—. El trasegar del autor, está claro, lo liga emocional y espiritualmente para contar la historia desde la perspectiva de las víctimas, enfocado en una en particular, Pilar, pero tomando las historias de las otras once familias que sufrieron este delito de lesa humanidad. Lo dijo Fabio Morábito: los autores están condicionados astralmente a contar cierto tipo de historias. Dichas historias se convierten en karmas vitales que el escritor arrastrará como una piedra cual Sísifo.

¿Cuál es la voz de un desaparecido?

Debido a la exhumación y análisis forense de los restos de fosas comunes, se han hallado algunos desaparecidos en tumbas equivocadas. Esto ocurrió con Héctor Jaime, quien en 2017 fue encontrado en la tumba de un magistrado. Antes de que Pilar fuera a reconocer los restos dijo, para El Espectador, lo siguiente:

“Todo empezó el jueves en la noche. No podía dormir. No podía imaginar cómo sería ese momento. Tenía claro que era él, porque la vida no puede ser tan cruel de que todo resultara un engaño. Esperaba que los restos me hablaran y así lo hicieron. Era la primera vez que en tantos años, y después de muchos procedimientos similares, unos huesos me hablaron”.

Me estremeció leer la última frase de su respuesta. Unos huesos que hablan, escucho, y tiemblo. Lo que le dio la seguridad de que sí se trataba de Héctor Jaime fue un diente picado, rasgo que Pilar no olvida y que le ayudó a reconocerlo. ¿Hasta qué punto Vivir sin los otros no es un intento de hacer que los huesos hablen a través de la ficción?

Actualización del relato sobre la Toma del Palacio

Aún hoy lo sucedido en la Toma y Retoma del Palacio es un relato en disputa, un territorio discursivo que tiene efectos sobre la realidad política. Para la muestra un botón: el ocho de febrero de 2024 el presidente Petro convocó una marcha frente a la indecisión de la Corte Suprema para elegir fiscal. El cubrimiento de medios mintió y exageró lo ocurrido ese día. Dijeron que los magistrados estaban secuestrados por la ciudadanía y que habían tenido que sacar personas en helicóptero. Se dijo la palabra “holocausto”, totalmente desproporcionada, para señalar lo que pasó. En realidad, sí hubo una leve obstrucción a la movilidad de los magistrados, pero fue totalmente infundada la afirmación de que Petro buscaba reproducir la Toma del Palacio.

Este suceso reciente demuestra que, aunque el M-19 se desmovilizó y ya pasaron casi cuarenta años de la Toma, esta sigue vigente en la piel de las discusiones sobre la inestabilidad institucional que enfrentan las ramas del poder en el actual gobierno colombiano. El orden democrático parece entrar en crisis por instigadores sediciosos como los que estuvieron marchando el ocho de febrero, diría la derecha o Vicky Dávila (que son lo mismo). Ese tipo de narrativas enjuiciadoras son un arma de la derecha para criminalizar el gobierno de Petro, diciendo que él participó en la Toma, entre otras mentiras.

Vivir sin los otros, un texto enfrentado al contexto actual

En ese plano de la actualidad política, Vivir sin los otros es una novela que recoge el pasado y el presente de los hechos violentos de la Toma y Retoma del Palacio de Justicia. Un caso de impunidad. Plazas Vega, quien fue imputado en una sentencia expedida por la Corte Suprema que consta de 258 páginas, repletas de pruebas contundentes y rigurosas que lo señalan de desaparición forzada, es injustamente indultado de los 30 años de cárcel que le dieron. Álvaro Uribe Vélez, el presidente en el año 2008, cuando se desarrolló el juicio, se pronunció en contra del fallo. La juez del proceso fue perseguida y tuvo que exiliarse al recibir amenazas de muerte. Finalmente, Plazas huyó a Miami. La novela es minuciosa al contar este thriller judicial aciago.

Si bien el juicio es un bloque temporal y dramático central en la novela, el punto de vista es el de una mujer en el 2008. Se trata de la periodista que se introduce en el juicio y que conoció a Ramiro (Héctor Jaime en la novela) justo antes de que irrumpieran los guerrilleros. Ella, su voz narradora, cuenta en primera persona los 24 meses de juicio y los efectos que este tiempo tiene sobre sus sentimientos. 

De alguna manera, la realidad ha continuado con la trama de la novela, como si toda la sociedad civil fuéramos esa periodista que observa y se deja afectar por el desarrollo del caso de la Toma frente a la ley. El caso sigue vivo y produciendo sentencias en contra de los perpetradores del crimen. Edilberto Sánchez, comandante de inteligencia que operó el día de la Toma, fue condenado por desaparición forzada en 2021, tal como su superior, el general Jesús Alberto Arias Cabrales. A este último, además, en enero de 2024, le retiraron las condecoraciones por su participación en el holocausto. El retiro fue solicitado por la hija de una de las víctimas y efectuado por el gobierno. Por reconocimiento forense al menos cinco de los once desaparecidos fueron hallados en procesos de exhumación de restos. Las familias siguen rogando por la verdad, siguen apareciendo pruebas y la impunidad se perpetúa.

La novela testimonial se convierte en una voz colectiva

Mientras escribo esto ya superé por cuatro años la edad de mis papás en ese entonces. Al leer la novela y ver los documentales siento que acudo a una parte de sus vidas. El mundo de lo público y el mundo de lo privado se entrecruzaron hasta difuminarse en la época de la Toma. La historia de los desaparecidos es una cara de la otra guerra, urbana, que había en nuestro barrio en los ochenta y noventa. Fueron unas décadas en las que no se vivía sino se sobrevivía, en las que cualquier día podía ser el último debido a las pandillas, a las bombas, a un asalto, a la pobreza, a la violencia política y transpolítica en cualquiera de sus presentaciones.

Quienes nacimos a finales de los noventa en barrios populares, arribamos a un lugar en estado de emergencia permanente. Por estos motivos leer novelas así nos deja comprender más dimensiones de nuestra propia vida, nos lleva a interpelar las causas de una marca violenta que llevamos como una cicatriz. Vivir sin los otros se convierte así en una novela colectiva, que nos incluye en su seno y nos invita a sumar nuestro propio relato. A raíz de su lectura me senté con mis padres en el comedor y les hice preguntas en un almuerzo acerca de la Toma. Luego de sus respuestas, que ayudaron a nutrir este ensayo, a su vez me pregunto: ¿cuál es nuestra historia, de dónde venimos, por qué nos tocó aquí, en la región más transparente del aire? ¿Cuándo fue que se jodió Colombia? ¿Por qué la herida solo crece y se expande?

El lugar del amor y de la verdad  

Vivir sin los otros, además de acoger en su centro invisible el relato de una época, específicamente es la historia de Ramiro y Bety, que tenían cuatro hijas pequeñas en el momento de la tragedia. Pero también es la historia de Eduardo Umaña, abogado investigador y faro de esperanza para las familias de los desaparecidos, quien fue asesinado. También es la historia de Leopoldo Guillén, el pupilo de Umaña que continuó con el caso. También es la historia de Diosa, quien en la mañana de la Toma amaneció enferma y mandó a su hija a reemplazarla lavando platos en la cafetería, para luego vivir hasta sus últimos días con la culpa de su desaparición. También es la historia del M-19 y su extremada decisión de hacer un juicio al presidente Belisario Betancur por incumplir los acuerdos de paz, así como también es la historia de la fiscal y la jueza perseguidas y amenazadas por cumplir con la justicia. Una serie de conflictos se entrecruzan en la novela, pero en el subfondo se puede afirmar que se trata de una historia de amor.

Bety amaba a su esposo, aunque la relación estuviera pendiendo de un hilo por los problemas de alcohol de Ramiro. Una foto de las hijas es el leitmotiv que conecta las dimensiones del amor. Al despedirse en la mañana, Bety le da una foto recién revelada donde salían las niñas disfrazadas el 31 de octubre y le hace jurar que no la perderá. En la cafetería Ramiro se tropieza con la narradora, esa periodista que ve la foto caída junto a su libreta y se la devuelve. Cuando se encuentra el cuerpo, años después de haberse publicado la novela (2010), se supo por testigos de las torturas que Héctor Jaime tuvo en su camisa esa fotografía que la imaginación literaria engendró. Se podría afirmar, entonces, que la fotografía más que un leitmotiv o tropo narrativo, fue un amuleto mágico que acompañó a Héctor y al novelista, y los conectó en esa región misteriosa e intermedia en donde se encuentran la poesía con las ausencias.

La novela se estructura en tres tiempos. El pasado del amor entre Bety y Ramiro, el pasado de la Toma, y el presente del juicio contra el coronel Plazas Vega presenciado por la periodista y narradora de la novela. En cada uno de esos tiempos se definen los conflictos nodales: en el primero el drama amoroso, en el segundo el conflicto entre guerrilla y estado, en el tercero la disputa eterna por la verdad. Este último constituye la razón de ser de las luchas. Ya lo dijo René Guarín: lo que repara al familiar de la víctima no es que se condene a los responsables a 35 o 40 años de prisión, sino poder saber la verdad. Este es el gran enigma, lo que los victimarios no quieren compartir. Imposibilitar la verdad es otra forma atroz de la violencia.

En síntesis, si el amor moviliza y motiva a los personajes (reales e imaginarios), la lucha por la verdad es esa motivación amorosa transformada en rabia, indignación y resiliencia. La desaparición forzada, ese crimen que durante el juicio del 2008 Luis Alfonso Plazas Vega se negaba a aceptar ya que, en el momento de cometerlo, durante la Toma, no estaba tipificado por la ley; como si el hecho de que el delito no estuviera escrito en el papel lo eximiera de ser un genocida. En dicho escenario donde las víctimas acuden al amor y a la lucha por la verdad para continuar con su búsqueda incesante, cabe preguntarse: ¿qué tipo de delito es este más allá de ser uno de lesa humanidad, es decir, existencialmente cuál es el daño que se genera en el corazón de las víctimas? La narradora de Vivir sin los otros plantea la desaparición forzada como un estado del alma que aleja a quien lo padece del mundo concreto, como si entrara en una dimensión fantasmagórica y evanescente. Es un delito que nunca deja de ocurrir, interminable como la angustia. Dice la narradora lo siguiente:

“… en la desaparición el autor del crimen mantiene los hechos en el anonimato y con ellos a las víctimas. Basada en la normativa nacional e internacional, la Juez establecía que la desaparición forzada tenía que ver con un delito permanente y no solo con un crimen que culmina con las denuncias que delatan la ausencia de los desaparecidos.

Cuando pensaba en esta aseveración me preguntaba si la desaparición no era acaso una ruta invisible, un estado del alma desalojado intempestivamente del mundo de las cosas concretas, como un insomnio sin imágenes, un velorio sin muerto o una inmortal agonía. La dramática ausencia de estas personas rompía el límite exacto entre la realidad y el ensueño, dejando los días con sus noches en las profundidades del suspenso” (p. 110).

Mañana no te presentes

Haciendo un breve ejercicio de literatura comparada, leí simultáneamente Mañana no te presentes, la novela de Marta Orrantia publicada en 2016, seis años después de Vivir sin los otros. Siempre me llamó la atención, aun cuando no la había leído y la ojeaba en la biblioteca, la afirmación que está en el texto de contraportada de Mauricio Vargas:

“Por fin un libro del Palacio de Justicia que no toma partido. Esta novela —y por eso lo es— solo apuesta, entre cruces de aplastantes frases y balazos asesinos, por el partido del alma de quienes aquí viven y mueren”.

Si bien es una sinopsis poética y condensada, me parece retórico y parcial el juicio que hace de la novela. Primero, porque no tomar partido es imposible, es decir, no se puede escribir sin un punto de vista a menos que no haya personajes. Segundo, porque por supuesto que la novela toma partido y, de hecho, es lo más interesante que tiene. Si en Vivir sin los otros el punto de vista son las víctimas, aquí el foco está puesto en una victimaria —quien, a su vez, pasados los años, ha entrado en la categoría de víctima-victimaria—.

Se trata de una guerrillera imaginaria llamada Yolanda —el único personaje inventado en la novela, así como en Vivir sin los otros la periodista es también el único ser ficcional de ese universo. En ambos casos, la persona ficcional es quien opera como narradora y voz cantante que arma el rompecabezas de los tiempos y los acontecimientos—. Yolanda está enamorada de Ramiro, otro guerrillero que está dedicado a los explosivos y que es clave para la operación de la Toma. Ramiro deserta la noche anterior y le envía una carta a Yolanda diciéndole: “Mañana no te presentes”.

La novela es un viaje al fin de la noche. Se sumerge adentro del Palacio, se inmiscuye con filigrana narrativa, de una técnica audiovisual, en el horror de la tortura. Irma Franco, guerrillera que sí existió, es atrapada junto a Yolanda intentando huir camufladas de civil y ambas son torturadas hasta llevar el lenguaje a lo inenarrable.

Una coincidencia hermosa entre Vivir sin los otros y Mañana no te presentes es que ambas son historias de amor. Otro punto neurálgico en la que coinciden es en el asunto de la verdad. Orrantia dice en una entrevista del 2016 para el Centro Nacional de Memoria que la verdad es inexistente en tanto sustancia. Luego no hay una verdad estática y asible, sino que la verdad depende más de los puntos de vista que la conformen, que de una versión sólida y objetiva puesta en archivos históricos y demás soportes documentales.

Los acontecimientos de la Toma y Retoma son un dolor que posee muchos flancos y aristas. De allí que adentrarse en las emociones y vivencias traumáticas de una guerrillera (en Mañana no te presentes), al tiempo que nos solidarizamos visceralmente con las víctimas (en Vivir sin los otros), genera una perspectiva ampliada y, por lo tanto, un acercamiento a la verdad más complejo y completo. Ya lo dice Orrantia: “Mientras más actores haya y mientras más puntos de vista tenga esa reconstrucción de memoria más completa va a ser esa verdad”. Si el periodismo es inmediato y tiende a olvidarse: “La literatura es lo perenne”, afirma Orrantia. Estas dos novelas permanecerán gritando como huesos que hablan en la boca del vacío.  

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap Amigos Imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

Referencias y agradecimientos

  1. La paráfrasis de Ricoeur está ubicada en Texto, narración y testimonio, publicado en 1983 en la editorial Andrés Bello en Santiago.
  2. El ensayo de García Márquez referido se titula Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia.
  3. La nota periodística del Espectador referida se encuentra en este link: https://www.elespectador.com/colombia-20/jep-y-desaparecidos/la-imborrable-sonrisa-de-jaime-beltran-article/
  4. La reconstrucción en la que me basé para escribir sobre lo sucedido el ocho de febrero de 2024, en lo relativo al bloqueo de la Corte Suprema, cuando se convocaron las marchas para elegir fiscal, lo tomé del capítulo de Presunto Podcast (un podcast de crítica de medios). El capítulo se puede escuchar en este link: https://youtu.be/mwPmCxPdFCs?si=xNziEdT1Bglk_P9-
  5. La entrevista de Marta Orrantia en el Centro de Memoria se puede ver en este link: https://www.youtube.com/watch?v=48IczB3OSYk
  6. Quiero agradecer a mi mamá y a mi papá por haberme dejado sentir con ellos la tragedia de este país.
  7. Quiero, por último, agradecer al profesor y escritor Fernando González Santos y a los compañeros que estamos viendo la electiva titulada Narrativa testimonial sobre la violencia en la Universidad Pedagógica Nacional. Sus intervenciones y diálogos durante la clase nutrieron muchísimo este ensayo y sin ustedes no hubiese sido posible.  

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