Reseña sobre En agosto nos vemos
Ana Magdalena Bach es ubicada, descrita y temporalizada en el primer párrafo. Espacio, tiempo y personaje. Dónde, cuándo y quién. ¿Qué le ocurrirá? Ella llega a un lugar y el abanico de posibilidades aún es infinito. Así empieza la historia, con un viaje. Luego sabemos que ese lugar al que llega Ana Magdalena es una isla y su motivo de estar allí es visitar la tumba de su madre, quien pidió, por una razón misteriosa, ser enterrada en esa región alejada de su vida cotidiana.
García Márquez, afectado por la peste de la memoria mientras escribía esta novela, utiliza las estructuras de la tradición clásica. La tragedia griega está presente en varios rasgos de la historia. Ana Magdalena en la isla, que como se revelará es Curazao, cumple un destino inevitable. En esta tragedia no es un dios sino es la madre de la protagonista quien le imprime la marca del destino a la heroína. El viaje transforma (es decir, le cambia su esencia al ser) y transfigura (es decir, le cambia su forma al ser).
Escribir una novela es un proceso de alquimia. Es pasar de un estado de la materia y del espíritu a otro. Solo Dios, se supone, era capaz de llevar a cabo dicha transición. En agosto nos vemos desmiente la noción de que son entidades superiores quienes poseen el poder de influir y transmutar la vida de los seres terrenales. Aquí, insisto, es la madre de la protagonista quien cumple el rol de Diosa. La madre, antes de morir, iba a esta isla buscando algo o buscando a alguien. Hacia el final de la obra, Ana Magdalena descubre unas flores que no ha puesto ella. Entonces se entera que fue un hombre elegante y anónimo quien lo hizo. Es clara la conclusión: su madre tenía un amante en la isla y por eso su voluntad es ser enterrada cerca al amor prohibido de sus últimos días. Ese secreto de la madre en los primeros capítulos Ana Magdalena lo ignora.
La madre de Ana había sido una maestra de primaria montessoriana de pocas palabras y temple en el carácter. En la primera visita a la isla Ana va con su padre, ahora viudo, con el fin de poner una lápida de mármol a la tumba desierta. El padre a lo largo de la novela se convierte en una figura sumamente borrosa, episódica, sin ningún atributo más allá de ser un pianista de conservatorio que se despide de su difunta esposa una vez se instala la losa de mármol, puesto que no vuelve a visitarla. El deseo de la madre es expresado en el último momento, lo que también explica el carácter de urgencia e importancia que este deseo tenía para ella: “La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado su madre tres días antes de morir”.
Ana Magdalena tiene 46 años al iniciar la novela. Es una mujer casada, con dos hijos, a quien los estragos de la edad le han dejado rastros en su cuerpo. En una escena poética Ana se mira en el espejo y se arregla para salir, criticándose ferozmente:
“Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad, y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cuatro, pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el sopor ardiente de la laguna”.
Este fragmento muestra el territorio como algo vivo, que palpita en las emociones de Ana. Adentro y afuera hay conexiones sutiles, las garzas y el sin sabor interno tienen la misma sintaxis, el mismo movimiento desolado del tiempo.
El momento vital de la heroína es un ingrediente central en la construcción de la trama. Una mujer mayor, que solo toma ginebra con hielo y soda (dado que es el único trago que sobrelleva bien a su edad), que tiene una hija irreverente cuyo deseo es ser monja, que también tiene un hijo chelista y un esposo músico. Una mujer sola dentro y fuera de su familia. Durante la lectura pensé una y otra vez en el poema Vitral de una mujer sola de Yolanda Pantin:
“Se sabe de una mujer que está sola
porque camina como una mujer que está sola
Se sabe que no espera a nadie
porque camina como una mujer que no espera a nadie
Esto es
se mueve irregularmente y de vez en cuando se mira los zapatos
Se sabe de las mujeres que están solas
cuando tocan un botón por largo tiempo
Las mujeres solas no inspiran piedad
ni dan miedo
si alguien se cruza con ellas en mitad de la vereda
se aparta por miedo a ser contagiado
Las mujeres solas miran el paisaje
y se diría que son amantes
de las aceras / de los entresuelos / de las alcantarillas / del subsuelo
de los subterfugios
Las mujeres solas están sobre la tierra al igual que sobre los árboles
les da igual porque para ellas es lo mismo
Las mujeres solas recitan parlamentos
estoy sola
y esto quiere decir que está con ella
para no decir que está con nadie
tanto se considera una mujer sola”.
Sin embargo, la soledad de Ana Magdalena es bien particular porque es geográfica, si se quiere. En su vida citadina ella no está sola en términos materiales, aunque sí espirituales. Una vez llega a la isla su psique entra en esa errancia del existir isleño. Hay un pensamiento y una forma de ser continental, donde las verdades son sólidas y las acciones están determinadas por horarios o vectores cerrados, donde se va del punto A al punto B —así se vivencia la ciudad—. A contracorriente, el existir insular confronta a una persona con el principio de incertidumbre y los vectores abiertos: en una isla ni la tierra es segura porque en cualquier momento puede ser tragada por el agua; en la isla lo único verdadero es el mar, sus mareas y su cuerpo de agua en perpetuo movimiento. El mar es lo incierto. Y Ana Magdalena, como Odiseo al desembarcar en la isla de Circe, parece sumergirse en un hechizo erótico cuando llega a su propia isla del Caribe. El erotismo emerge como un témpano hundido en la profundidad de su cuerpo. Ana Magdalena, escuchando Claro de luna de Debussy, se deja arrastrar por el influjo de la música y termina hablando con otro solitario que se encuentra en la mesa contigua.
Así inicia un periplo de seducción y un deseo desaforado. Ana Magdalena cada vez que arriba a la isla en el transbordador por vía marítima y sube en el taxi corroído por el salitre para dirigirse al hotel de turno, se está adentrando en una zona desconocida de sí misma. Los cuerpos de Ana Magdalena y sus ocasionales amantes en la isla son tocados, acariciados, besados, lamidos, penetrados, recorridos, aspirados, saboreados, contemplados. Los cuerpos de Ana y sus amantes, como ocurre en El amor en los tiempos del cólera: “bailan en la penumbra de un bolero”, en medio de algún bar destartalado de hotel o de cualquier otra estación de la noche.
El amante de ese primer encuentro sexual huye al amanecer y le deja, como símbolo de afrenta, un billete de veinte dólares dentro del libro que está leyendo: Drácula de Bram Stoker. Después de ese primer encuentro Ana sabe que “Nunca más volvería a ser la misma”. Fue infiel. Carga la mácula del pecado según el sagrado matrimonio, pero no es así: se trata del germinar de la semilla de su libertad. En la isla, principalmente, Ana es libre de hablar y sentir. No tiene ojos que la observen, es una desconocida más, una anónima entre la multitud. Libre de expresarse porque cada 16 de agosto, con precisión cronométrica, visita a su madre en el cementerio para llevarle siempre un ramo de gladiolos y le cuenta con lujo de detalles qué ha pasado en su vida durante ese año. Ana le confiesa a su madre aquello que no le revela a nadie más: las historias de sus amantes. Entonces la isla propicia un encuentro con el Eros y el Tánatos: es acudir a la prueba palpable de la muerte de la madre y al mismo tiempo ahondar las intensidades vitales del cuerpo y las emociones del amor o la soledad, en un mismo espacio y en un periodo muy corto de tiempo, pues Ana se queda pocos días en cada visita.
Luego de esa primera faena, de ese primer encuentro con el primer amante, Ana está paranoica, siente que ahora sí la observan y ya no pasa desapercibida. Al volver a la ciudad el ambiente lo percibe enrarecido:
“Al entrar en la casa le preguntó asustada a Filomena qué desastre había ocurrido en su ausencia que los pájaros no cantaban en las jaulas y habían desaparecido de la terraza interior las macetas de flores amazónicas, los helechos colgados, las guirnaldas de enredaderas azules. Filomena, la criada eterna, le recordó que las habían sacado al patio para que gozaran de la lluvia, tal como ella lo había ordenado antes de irse. Sin embargo, le hicieron falta varios días para tomar conciencia de que los cambios no eran del mundo sino de ella misma”.
Se transforma la esencia del ser de Ana, pero su mundo, el mundo, sufre también dicha transfiguración. Ni la esencia ni la forma vuelven a ser las mismas. Ana incluso aprende a mirar diferente a su esposo y si bien antes no había dudado de él, ahora es capaz de captar con precisión cuándo se comporta diferente. El esposo, Doménico, le confiesa a Ana haber sido infiel en una ocasión con una violinista china, aunque también esta sospecha latente se acentúa por el temperamento seductor del marido, quien tiende a conquistar a toda mujer a la que aborda. Ella intuye, aunque no lo sepa de facto, que él le ha sido infiel más de una vez. Ella, como infiel, reconoce a otro infiel.
Con el segundo amante ella se resiste un poco más, pero en un momento él dice: “—No tenemos escapatoria —dijo él—. Es nuestro destino”. En esa ocasión ella ha asimilado lo que pasó el agosto pasado con su primer amante. Ana Magdalena incorpora el deseo como destino en la isla. “Del pecado y la frivolidad / no se esconderá la noche”, canta Juan Pablo Vega. Así, Ana suelta las amarras y zarpa en busca del placer.
Se podría decir que hay dos Anas. Una la de la isla, otra la de la ciudad. Como un Dr Jekill y Mr Hyde. Ella se pregunta por qué en la ciudad no le nace buscar las aventuras que tiene en la isla: “Sin embargo, no imaginaba en la ciudad ninguna situación tan excitante y propicia como la de la isla, que sólo podía entenderse por una argucia póstuma de la madre”. Es la madre, su legado, quien le deja ese camino abierto y ella, Ana, tratará de comprenderlo mientras lo recorre. Una vez Ana descubre que la mamá también tenía un amante en la isla y que, de hecho, el deseo de ser enterrada allí obedecía más a un intento por heredarle a la hija ese arcano secreto al obligarla a ir a visitar su tumba, Ana: “No se sintió triste sino animada por la revelación de que el milagro de su vida era haber continuado la de su madre muerta”.
En una escena Ana se encuentra la carpa de un mago callejero. Le pregunta dónde está el hombre de su vida, que quizá es un vendedor de seguros marítimos —uno de sus amantes posteriores—, a quien le perdió el rastro porque rompió la tarjeta con sus datos por miedo a enamorarse, conjeturo. Eso habla de un posible atisbo de Realismo Mágico en esta novela corta. La magia en general recorre los libros de García Márquez, que en algún momento de su vida tuvo dotes de clarividente. Es esa corriente mística que insufla la realidad en sus libros lo que contiene el núcleo secreto de las vidas de sus personajes. Ana Magdalena no comprende su destino del todo sino hasta que un mago callejero le habla, como mostrándole un mapa oscuro.
El final de la novela significa una ruptura con el destino. Como George Steiner lo documenta, hay un momento en que se rompe con la tragedia clásica. El destino deja de ser ese punto de convergencia de todas las ramificaciones de una historia. Ya no es cierto que todos los caminos conducen a Roma —hacia el destino ineluctable—. El libre albedrío entra en juego. Como Julien Sorel en Rojo y negro, la condena es una elección propia y no una marca de los dioses. Del mismo modo, Ana Magdalena decide exhumar a su madre y llevarse sus huesos a la casa, alucinada, en una escena casi de terror. Esa es la manera en que Ana encuentra una salida al sino del destino y su fatalidad: llevándose los restos de su madre fuera de la isla para así negarse a la heredad que ella le dejó.
Ahí termina la novela, pero el viaje apenas inicia porque la transmutación ya acaeció en Ana Magdalena Bach. La condena es el placer y la libertad, es decir, no hay condena. Estamos hablando de un deseo y el deseo es una naturaleza, no una maldición como lo vería el patriarcado al juzgar a la mujer. Entonces, el deseo con su boca insaciable le podría vociferar a Ana el verso de Emerson: “Si huyes de mí, yo soy las alas”.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros. Ig: Cristiangarzon.1048.




Una respuesta
El autor hace una lectura crítica juiciosa. Para mí, un sólido y bienaventurado cuento podría haber sido uno de los peregrinos termina cuando Ana descubre el billete de 20 dólares: ” …entonces se dio cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le
quedaba en su noche loca era un triste olor de lavanda en el aire
purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de
noche para guardarlo en el maletín, se dio cuenta de que él le había
dejado entre sus páginas de horror un billete de veinte dólares.”
Lo demás es un borrador que literariamente, no debería haber tenido una segunda oportunidad.