Andres Mauricio Muñoz entrevista al escritor español David Roas.
Pocos autores se entregan con tanta devoción a un género como lo hace el escritor español David Roas. No solo por su consagración a la escritura de cuentos en sí, sino porque también reflexiona, teoriza y filosofa al respecto desde la academia, como si establecer una anatomía del género fuera su principal objetivo. Sus cuentos son de corte fantástico, pero no de fantasías utópicas, sino de aquellas que se ciernen por entre los pliegues de la cotidianidad, mientras sus personajes se aferran a rutinas como mecanismo de defensa. Roas siente una fascinación especial por el horror, el miedo, que según sus palabras proviene de sus lecturas tempranas; sin embargo, cuando procuramos establecer referentes, influencias, corrientes, lo que más resalta en su escritura es descubrir la marca de sus propias osadías. Aunque su narrativa suele ser breve, sus personajes son sólidos, bien dibujados, incrustados en atmósferas inquietantes que logra construir con rigor. En sus cuentos descubrimos personajes que, aunque pretenden racionalizar el miedo, terminan por sucumbir al comprobar cómo ese temor que en un principio se destilaba de manera sutil, termina por instalarse en todos los espacios, adherido a toda clase de emociones. Páginas de espuma publicó en 2022 su más reciente libro de cuentos, Niños, en el que Roas explora el miedo desde la perspectiva de los niños, de la manera en que desde las etapas más tempranas asimilan el miedo, irradiándolo de paso hacia sus padres, que tienen dentro de sí mismos un niño agazapado, aferrado a temores o pulsiones de infancia que nunca terminaron de decantarse. Los trazos apresurados de un niño que dibuja, el regocijo de otro que decide torturar una mantis, el llanto inconsolable de un bebé, la muerte temprana de un hermano gemelo o la visita a la vieja casa paterna, son solo pretextos para que Roas apele a las destrezas de un escritor que domina su oficio.
Andrés Mauricio Muñoz: Eres un escritor devoto por el género del cuento, sobre todo por el cuento breve; sin embargo, tus cuentos encierran tanto, en tan pocas líneas, que podría decirse que una de tus grandes destrezas reside en el arte de la concreción. ¿Lo ves así?
David Roas: Yo siempre me declaro cuentista. Es cierto que he publicado un par de novelas, pero ese no es el género en el que me siento más a gusto. El ritmo y la extensión del relato breve son los más adecuados para el tipo de historias que quiero contar. Sin olvidar que a lo fantástico, lo insólito y el humor -los tres ámbitos en los que suele moverse mi literatura- le va muy bien la distancia corta… Pero también pueda deberse todo ello a que “pienso en cuento”: cuando se me ocurre una historia, cuando veo o experimento algo que merezca la pena ser contado, siempre me digo lo mismo: “ahí hay un cuento”. Sin demérito para la novela (leo tantas como libros de cuentos), creo que el relato es un arma de experimentación masiva: con él puedes hacer muchas cosas que le están vedadas a la novela o que no funcionarían en esta.
Andrés Mauricio Muñoz: De ti he tenido la oportunidad de leer Horrores cotidianos (Borrador editores, 2009), Monstruario (Pandemonium, 2021) y Niños (Páginas de Espuma 2022), en los que es evidente un compromiso tanto con el género fantástico como con el horror. ¿De dónde proviene este interés por el horror, esa fascinación por el miedo?
David Roas: Desde niño sentí la atracción por lo fantástico y lo inquietante. Yo empecé a leer muy pronto (con 4 añitos) y en mi casa, aunque éramos gente proletaria, siempre hubo libros. Y uno de ellos eran las Narraciones extraordinarias del maestro Poe. Ahí debió nacer todo. Desde entonces lo fantástico se ha convertido no sólo en mi vía principal (junto al humor) de explorar la ficción, sino también el campo fundamental de mis investigaciones académicas. Para mí lo fantástico no es solo una forma de inquietar a los lectores, de cuestionar nuestra idea de lo real, sino, sobre todo, de reflexionar sobre la realidad y su (absurdo) funcionamiento, sobre sus límites y lo que implica transgredirlos, sobre los (absurdos) seres que somos, sobre los miedos que nos persiguen y los monstruos que creamos para encarnarlos.
Andrés Mauricio Muñoz: Uno de los primeros efectos que produce la lectura de tus cuentos es el hecho de cuestionarse la noción de realidad que se tiene, lo que produce también la idea inquietante de que nuestra cotidianidad es frágil, y que en cualquier momento podríamos estar ante un elemento disruptivo que lo trastoque todo. ¿Es este un efecto deliberado, algo que te propones al concebir tus historias?
David Roas: Sí, claro, me intención esencial es perturbar a los lectores y lectoras… pero no por el simple hecho de asustarlos y ya está (algo en el fondo bastante fácil). Como te decía en mi anterior respuesta, lo fantástico es para mí una vía de reflexión y de cuestionamiento, como también lo es el humor… Déjame que me ponga un poco en plan profesor (mi Dr. Jekyll académico siempre trata de salir a la luz, aunque aquí esté se esté entrevistando a mi Hyde escritor): lo fantástico y el humor suelen compartir un objetivo común: la voluntad de crítica y redefinición de lo real, entendido como un conjunto de normas culturales, sociales, morales que ambos socavan mediante un discurso inestable, poniendo en tela de juicio las categorías lógicas que usamos para comprender y representar el mundo. Podría decirse que la inquietud y la risa son dos efectos especulares, resultado de una misma estrategia que apunta a desorientar al receptor, a hacerlo dudar de sus convicciones sobre el mundo conocido mostrando su lado más oscuro o sus facetas más ridículas
Andrés Mauricio Muñoz: Tus cuentos parecen partir de una declaración implícita de principios, una suerte de pacto con el lector, que sin embargo no tienes el más mínimo interés en respetar, porque a lo largo de los cuentos esa atmósfera perturbadora aborda al lector desde diferentes frentes. ¿Qué tan complicado es para ti conseguir esa sorpresa sabiendo que desde el principio se infiere una alteración inminente?
David Roas: La complicación -aunque no sé si llamarla así- surge de la necesidad de escapar de los caminos trillados. Lo fantástico y el terror envejecen mal porque cada vez sabemos más de esos géneros por la gran cantidad de obras que consumimos, ya sea en literatura, cine, TV o cómic… Nos lo conocemos muy bien y, por tanto, resulta muy difícil sorprendernos e inquietarnos (a parte de provocare el susto fácil tan tópico de muchas películas de terror). Mi obsesión es buscar caminos y formas que me permitan seguir jugando con la persona que va a leer mis cuentos, dejándole que suponga cosas, que espere otras, pero también provocando su inquietud (o su sorpresa, aunque esto me preocupa menos) mediante una conjunción de elementos que escapen, como decía, de los caminos trillados y que, encima, se sitúen en una cotidianidad banal, trivial, prosaica, como la que habitamos todos. Ahí está el mayor golpe: meter a lectores y lectoras en un mundo como el suyo, donde todo parece funcionar con la misma regularidad del mundo real, pero donde un pequeño “click” va a ponerlo todo patas arriba: una viaje en avión en el que hay turbulencias en segunda clase, pero no en primera; un tipo al que le dan siempre el mismo número de habitación, vaya al hotel que vaya; un niño que habla con su abuela muerta a través de Alexa; un hombre que decide cuidar a un niño zombi; una dentadura postiza que canta…
Andrés Mauricio Muñoz: Tu trabajo ha sido reconocido con reconocimientos importantes, como el premio Setenil que conseguiste en España en 2010 por tu libro de cuentos Distorsiones; sin embargo, el reconocimiento mayor parece provenir del voz a voz, así como de esa fidelidad de tus lectores que han logrado que tu trabajo se difunda en otras geografías. Me refiero a que, aunque vives en España, te han editado en Perú y eres un invitado frecuente a diferentes eventos en Latinoamérica. ¿Cuál crees que ha sido la clave?
David Roas: Pues creo que está en todo lo que he ido explicando en mis anteriores respuestas: en esa voluntad de usar lo fantástico, lo inquietante y el humor como vías para pensar en la realidad y en nosotros mismos. Por eso mis historias suceden en esos ambientes cotidianos y los personajes son seres normales, tan grises como nosotros… Eso provoca que el golpe sobre el receptor sea mayor, pues se ve a sí mismo reflejado en el texto. Creo que eso hace que mis relatos también sean leídos por lectores de edades y formaciones muy diversas. Mis libros, por ejemplo, funcionan muy bien en los últimos cursos de la educación secundaria, pero también entre gente con formación universitaria o entre fans de lo fantástico… siempre que quieran escapar de las típicas y tópicas historias de terror que sólo buscan el efectismo o la simple crueldad.
Andrés Mauricio Muñoz: En tu más reciente libro, Niños, Páginas de Espuma 2022, los escoges a ellos, a los niños, como el origen, el foco o la semilla del miedo, aunque esto ya lo habías esbozado desde tus publicaciones anteriores. Es natural abordar el miedo cuando se habla de niños, pero se suele hacer desde la perspectiva del temor que les produce a ellos su desconocimiento del mundo; en estos cuentos, sin embargo, son ellos los que parecen desde su comprensión ingenua de los pliegues de la vida irradiar el miedo. ¿Es equivocado pensar que esta idea te la venías planteando desde hace un buen tiempo?
David Roas: La verdad es que me di cuenta mientras escribía los cuentos que conformarían Niños que era una figura que había aparecido recurrentemente en varios de mis libros anteriores. Pero debo decir que en los cuentos con niños recogidos en Horrores cotidianos y Distorsiones, el tratamiento de esta figura era muy diferente del que aparece en Invasión y sobre todo en Niños. Por una cuestión de perspectiva, porque hasta 2012, año en que fui padre, yo siempre había visto el mundo de la infancia desde fuera, y mis cuentos sobre el tema tenían una voluntad paródica y perversa en relación con los niños. Todo cambia en 2012 y, sobre todo, cuando publico Invasión (2018), libro dividido en tres secciones, la última de la cuales se titula “Cuentos dictados” y está formada por cuatro microrrelatos en los que exploré asuntos que no había explorado en anteriores libros, directamente vinculadas con mi experiencia de ser padre, siempre tratadas desde lo fantástico e inquietante (y también con amplias dosis de ironía). Ahí está el germen de Niños, cuyo centro no es tanto el niño como monstruo (demasiado tópico) o como fuente del terror, sino que lo que buscaba era reflejar los miedos de los niños, desde los más habituales (a perderse, a no ser queridos, a la muerte…) a los más terribles (siempre vinculados a la presencia onírica de monstruos fantásticos), a los que hay que añadir mis propios miedos como padre, miedos de los que yo no era consciente y que se despertaron en el momento en que fui padre y que, como digo, han determinado la escritura de este libro. Tengo muy claro que estos cuentos no podría haberlos escrito antes de pasar por esa experiencia. Niños es, pues, un conjunto de historias sobre la infancia, aunque en muchas de ellas el protagonismo está compartido entre el niño y el padre. De ahí también el Niños en plural del título, que no solo incluye a los personajes infantiles, sino también a esos padres (en masculino) en su experiencia como progenitores, que traen al mundo a hijos a los que deben cuidar, proteger, educar… y querer. Los niños de mis cuentos son también, y sobre todo, espejos donde se miran esos padres, donde se reconocen pero también donde descubren cosas tanto sobre ellos (miedos, obsesiones, placeres) como sobre esos minúsculos seres que de repente caen en sus manos.



