La Cerbatana

A las víctimas de la espera

Reseña sobre Los girasoles en invierno de Albalucía Ángel

Fernando Molano escribió que “es tan poca la memoria, / tan frágil, / tan inútil, / incapaz la pobre / de esbozar siquiera / los contornos de tu vacío”. Ni los contornos de tu vacío, ni siquiera eso alcanza la memoria: ¿será una exageración? Tal vez la memoria sí alcanza, al menos, para balbucear.

Alejandra, la protagonista de esta novela, espera. José Luis es un fantasma y ella es el lugar de las apariciones. Ser el lugar de las apariciones también es ser el lugar de la ausencia. Espera y ausencia, aunque sean materias abstractas, movilizan la narración. Esta es una novela sobre lo que no sucede, sobre alguien que no llega. Ella está en un bar, Baleine Bleue, en París. Llueve. Alejandra se aburre, observa a la gente; perdió un paquete de cigarrillos en el metro y se lamenta. Lee a Bradbury en el bar. Escribe.

Los capítulos impares los narra en primera persona ella, Alejandra, en el presente de la espera dentro del bar y la lluvia. Los capítulos pares son narrados en tercera persona y son evocaciones del pasado, de las temporadas en Italia de Alejandra como cantante, cuando participaba en concursos y se presentaba en sitios nocturnos para poder sobrevivir; allí ocurre la vida bohemia, las fiestas y el alcohol. Un día, en un viaje a un pueblo griego, Alejandra conoce a un pintor mexicano (José Luis). Ella se enamora, pero él cree que el valor más preciado del humano es la soledad. Se descompensa la balanza, como suele pasar en el amor, donde siempre hay uno que ama más: aquí es Alejandra, quien se considera a sí misma “una ilusa vestida de armadura y lanza en ristre” (p. 31).

En su estadía y su turbulenta relación en Italia nos cuentan que, para subsistir, además del trabajo de cantante de Alejandra, José Luis vende sus pinturas a gente rica que se come su arte sin miramientos, pues la voz narradora las describe como abejas burguesas que ven en sus cuadros una forma de consumo. Un día, luego de una sequía material desesperante, invitan a José Luis a ofrecer una exposición en Bruselas. Él, por supuesto, se alegra mucho porque eso los sacará de la pobreza por un tiempo, pero Alejandra no se muestra tan entusiasmada. Él ignora a Alejandra cuando ella arma el plan de ir a la playa, él lo aplaza siempre y con un: “chula tal cosa, chula tal otra”, intenta arreglarlo todo. Ella sabe, en el fondo, que los separa un abismo insalvable. El abismo no se abre por el viaje Bruselas, no se trata de espacio físico. El abismo es invisible y está en sus cuerpos, lo llevan como un tatuaje.

Intertextos (o injertos botánicos entre Albalucía Ángel y Bradbury)

Mientras espera en este bar, Alejandra abre en sus manos El hombre ilustrado, la colección de cuentos de Bradbury. Lee La lluvia, donde cuatro tripulantes chocan al aterrizar en Venus y quedan atrapados en medio del aguacero incesante que ahoga al planeta. Las plantas crecen en minutos y luego son trituradas por el agua. Uno de los astronautas muere cuando le cae una columna encima, otro termina asesinando a su compañero en un ataque de paranoia, el penúltimo se dispara porque cree que las cúpulas solares no existen. Los cuatro inician a caminar con la esperanza de llegar a alguna de las cúpulas donde hay calor, techo y comida, las cuales fueron construidas por humanos. Cuando quedan solo dos de los astronautas, el líder y el futuro suicida, ven una cúpula a lo lejos, pero al llegar está toda rota porque los venusinos suelen destruirlas para expulsar a los humanos. Después de la escena en la cúpula rota, ocurre el suicidio del astronauta que se dispara en la cabeza y hasta allí lee Alejandra —ella no termina de leer el cuento, en donde el líder de la tripulación, en una especie de happy end, termina llegando a una cúpula solar funcional y habitada, algo que parece un final complaciente en su optimismo—.

La lectura más lúcida que pude encontrar sobre esta novela la ofrece Orlando Mejía Rivera (2013), quien en este punto menciona:

“La novela de Albalucía no parodia, ni satiriza, ni ironiza, ni repite una obra de Ray Bradbury, sino que incorpora parte de su material como otro personaje más que tiene la capacidad de transformar a Alejandra mientras espera a José Luis”.

El artículo de Mejía Rivera se titula Los girasoles en invierno de Alba Lucía Ángel y los intertextos de Ray Bradbury, ya que explora la distinción propuesta por Genette entre hipertexto e intertexto. El hipertexto, básicamente, es un texto A del cual se desprende un texto B, es decir, hay un texto fundamental y otro complementario. En el intertexto no hay algo así como un texto nodal y otro subsidiario, allí cohabitan los dos textos de manera horizontal y se contaminan mutuamente, sin jerarquías ni escisiones. El cuento La lluvia no está separado de la realidad vívida de Alejandra. No hay algo así como un bar en París y un planeta Venus lluvioso en el libro que ella lee, sino que son el mismo espacio-tiempo en un continuo. Ella está viendo llover en Venus mientras imagina estar en un bar en París, ¿o está en un bar en París mientras imagina que ve llover en Venus? 

En Venus no se puede dormir porque no hay árboles —nacen, pero la lluvia los desintegra—, ni hay ningún tipo de resguardo para cubrirse de la lluvia. El agua golpea los cuerpos sin pausa y feroz. Cuando se intenta dormir, el agua entra por las fosas nasales y la boca ahogando a la persona. Los días que estos astronautas vagan por la llanura mojada de Venus son de interminable cansancio, hambre y frío. En París, a su vez, la lluvia cala hasta los huesos y vuelve intemperie todo lo que toca. Alejandra está lluviosa, ella también, por dentro.

Otro cuento que lee Alejandra durante la espera en el bar es Una mañana cualquiera, en este el personaje de apellido Hitchcock entra en un tipo de locura hermosa y abismal sobre la cualidad ontológica de la realidad. “Ser es ser percibido”, dice la conjetura de Berkeley. El cuento ocurre en una nave que viaja por el espacio exterior. Hitchcock dice que la Tierra no existe y que no habría manera de probar, en su posición actual —a billones de kilómetros de la Tierra—, lo contrario. Para Hitchcock solo tiene entidad ontológica aquello que está percibiendo, todo lo demás le resulta ilusorio. Clemens, su compañero, le dice que él soñó con la tierra la noche anterior. El recuerdo, le dice Hitchcock, es como un puercoespín y sus púas nos pueden atravesar de lado a lado. Hitchcock dice que se embarcó en esa nave porque quería estar en un pedazo de lata, con una nada abajo y una nada encima, y por fin ver si esas estrellas lejanas que veía en el cielo eran reales. Alejandra, desde el bar en París, ¿o en el espacio exterior?, acompaña a Clemens y Hitchcock en la nave: “Los dos hombres, sentados en el piso de la galería de observación, contemplaban las estrellas. Fue lo que yo hice, o traté de hacer al menos, porque me di cuenta que llovía” (p. 27).

Otros intertextos menos notados son los que se establecen con Virginia Woolf y con Mark Twain. Alejandra compara la aventura de Tom Sowyer y Huck Finn de atravesar el río Misissipi, con la de pasar de una acera a otra en medio del aguacero citadino. Alejandra se pregunta cómo Virginia pudo escribir escenas alucinantes como las de La señora Dalloway en cafés de Londres tan estériles como el bar en el que se encuentra ella misma en París tratando de escribir.

La ciudad despiadada

Para Alejandra la realidad física de José Luis se vuelve espectral, como si fuera ese planeta Tierra a billones de kilómetros que no existe para Hitchcock y que para Clemens es una visión borrosa que solo viene en sueños. Extrañar es inventar al otro. Extrañar es soñar con ese planeta ajeno que es el otro. La ciudad, a su vez, se convierte en un territorio extraño, ajeno, ilusorio. Alejandra ve esa París lluviosa como una sonámbula. Ella tiene una escafandra o un casco de astronauta y la ciudad titila al fondo como un planeta o un sol que definitiva, despiadadamente la expulsó para siempre de su órbita.

Aunque la visión de París es gris, la de Roma es policromática. Ambas ciudades determinan lo que Alejandra siente, porque son espacios vivos, no son un paisaje o un trasfondo de la acción. Para un ejemplo, en la siguiente línea vemos cómo Roma insufla y moldea el ánimo de Alejandra: “La ciudad se dormía, abanicada por una brisa suave que contribuyó notablemente a despejarle la cabeza” (p. 94).

Pequeña carta a Alejandra (rota la cuarta pared)

Hace tanta luz en este cielo de lejanía, Alejandra. Escucho tu historia como una canción solitaria con una nada encima y una nada abajo. El libro que sostengo y que dice llamarse Los girasoles en invierno, nave de hojalata en mis manos, me hace flotar a tu lado, sintiendo el daño de lo que no hiere, los jirones que la distancia del ser amado arranca, a veces sin saberlo, como trapos sucios. El libro es penumbroso, lluvioso, está encharcado. Tu voz gira los pétalos y se oculta del sol, se marchita como un girasol en el invierno. Las púas del recuerdo te atraviesan, Alejandra. La memoria se desangra, se tiñe. Nadie hace nada para detener la hemorragia. Solo la lluvia. Llueve, la lluvia vuelve todo blanco, limpia la sangre, deja inmaculado el suelo y hace que las manos de los humanos se arruguen y queden como las de los monos. La lluvia deja en blanco, incluso, a la memoria. El cielo es un ojo sin párpados: “Un cielo gris y la lluvia, y lalluvia, ylalluviaylalluviaylalluviaylalluviayla” (p. 52).

El lenguaje y el cuerpo es un animal que huye

El lenguaje se desarticula en esta novela, se vuelve otro órgano sensorial. Se desarman los sonidos, las sílabas. Se dobla el lenguaje, se vuelve acuoso. El lenguaje deviene cuerpo fluido y el cuerpo deviene lenguaje líquido:

“El cuerpo se abre. ¿Fue para aquella época? Tal vez… se cierra, el cuerpo se abre y se cierra, qué más da si fue el año pasado, mejor se concentra en el cuerpo se abre y se cierra como un quitasol, como un quitasol, quita-sol, sol-quita, ¿se podrá decir? No, ¡qué idiota!, el cuerpo se cierra y se abre, se aaaabre, se cieeeerra… un paraguas, una limonada, un quitasol gigante como los de las playas en Capri ” (p. 125).

Ciencia ficción de interiores

En un momento llegamos a creer que José Luis no va a llegar nunca, que ella solo desea ese encuentro imposible. Tal vez esa cita fue imaginada por ella. Su cita es una espera sin destinatario. No sabemos. Esta novela se trata sobre lo que no se sabe, sobre la incertidumbre tanto como sobre lo que no pasa. Ese es el ámbito, el lugar de la novela: la interioridad de Alejandra.

Cuando mi amiga Paula Castillo me prestó la novela, ella mencionó que era “como” ciencia ficción, pero dijo que la presencia del género estaba dada por el cuento de Bradbury que Alejandra leía. Es decir: sí pero no, sí tiene elementos de ciencia ficción, pero no está dentro del género. Lo cierto es que, ahora que la leí, puedo decir que la novela sí está dentro del género, solo que no es ciencia ficción del espacio exterior sino del espacio interior, como dijo Ballard sobre su obra.

Es tan futurista y especulativo imaginar a un extraterrestre, como imaginar a una persona amada y deseada que nunca llega. Hacia el final de la novela la duda se abre. Tal vez, solo tal vez, José Luis ni siquiera existió: “A lo mejor mis signos en el aire te inventaron un día en que el cielo estaba con gaviotas y sol y color azul metálico” (p. 203).

Circunstancias de la publicación

Esta novela ha tenido una historia accidentada desde sus inicios. Fue finalista del premio Esso en 1966. En 1970 es autoeditada por la autora con ayuda de su madre. Se imprimen mil ejemplares de los cuales cien son obsequiados al ilustrador de la portada. El libro se vuelve un objeto que circula poco, entre amigos y familiares. En algunos estudios se dice que la autora quemó el 80% del tiraje, pero no dicen la razón. En otros textos se dice que fue su hermano quien quemó los libros, pero no se dice el porqué. Finalmente, en el prólogo que escribe Alejandra Jaramillo e Ivonne Mondragón, se aclara que este personaje (el hermano) consideraba que la escritura de Alba Lucía Ángel deshonraba a la familia. La persecución machista y el patriarcado dejaron en el olvido esta novela por cuarenta y siete años, hasta que fue reeditada en una edición universitaria en 2017.

Vítores

Quisiera dejar patente mi opinión sobre esta obra. La considero la ficción más arriesgada y feliz que he leído de la literatura colombiana escrita en el siglo XX. Literatura de vanguardia, absolutamente poética y musical, eso es leer Los girasoles en invierno. En Chile la consideraban la Virginia Woolf latinoamericana. No es para menos. Una primera novela tan contundente augura un proyecto descomunal. Al patriarcado lo vamos a tirar. Si creyeron que íbamos a ignorar la voz más potente y experimental que hemos tenido en Colombia, se equivocaron. Albalucía Ángel será leída así quemen el 80% del tiraje de su primera novela, así Colcultura considerara que su libro Oh gloria inmarcesible era pornográfico y lo censuraran sacándolo de circulación. Leer a Albalucía Ángel en 1970 o ahora es un asombro intacto. Leerla es amanecer.      

Cristian Camilo Garzón

Nació en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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