A propósito del colonialismo: invitación a leer El eternauta, de Héctor Germán Oesterheld

Por Iván D. Forero Sánchez

Iniciaré con una denuncia, me voy a permitir el minuto del ciudadano: llevo unos 17 años enrollado con la literatura, arte que he cursado, enseñado y practicado, ilusamente. He dictado desde la primera infancia hasta el nivel universitario. Entonces ¿Por qué El eternauta no es de lectura mandatoria? Sí, es una hipérbole, pero, quiero decir que hay docentes que, desde el colegio hasta la maestría, me repetían tales obras (sea Ilíada, Divina comedia, Quijote, Ulises, Pedro Páramo, Cien años de soledad…) son de lectura necesaria. Pero nunca, jamás, ni ellos ni yo, hasta hace un año, se me había ocurrió decir: HAY que leer El eternauta, punto.

Recuerdo en el pregrado tener un acercamiento a la novela gráfica, pero me daba la impresión de que era vista como un bicho raro, como si fuera un discurso menor, qué sé yo, algo gráfico no era igual que un cuento de Poe o un poema de Rimbaud. Tal vez un prejuicio en el que lo gráfico, por ser ilustrado, es algo más infantil. De hecho, alguna vez me pasó que al incluir en el currículo obras como Maus y Cómics, a un purista le parecía que no eran lecturas serias. Evidentemente, hay un buen nicho de lectores y profesores que ayudan a destrozar esa mentalidad nociva. Un ¡hurra, por los que recomiendan la lectura de Marjane Sartrapi como de Sófocles, por los que disfrutan un trazo de Jack Kirby como un verso de E.E. Cummings, por los nuevos escritores que quieren narrar sus contextos como los hacen Óscar Pantoja o Evelio Rosero!

Claro, hay jerarquías. Y en el Olimpo está un señor llamado Germán Oesterheld, mirando de tú a tú a Borges, quizá Jorge Luis no lo enfocaría muy bien, pero bueno esas son cosas patológicas. Después de este descargo, en el que también debo incluirme como infractor contra las narrativas gráficas, acepto que aún tengo mucha ignorancia en el tema. Llevo un par de años desatrasándome, descolonizando mi canon, pero aún falta mucho para hablar con propiedad, así que voy a esbozar un par de cosas que hacen a El Eternauta (1957) tan relevante. Comencemos por la bobadita de que es considerada la primera novela gráfica de la historia, antecediendo en tres décadas a la que generalmente llevaba este rótulo: Contrato con Dios autoría de Wiil Eisner; ahora, si tiene dudas de la diferencia entre la terminología de cómics, historietas, tebeos, tiras cómicas, novela gráfica… Bueno, abra en una pestaña de su navegador la IA de confianza y hágale la pregunta.

 El tema de la novela es sencillo: una invasión alienígena. Pero en el desarrollo de la trama vemos que se pone sobre la mesa, de modo alegórico, la barbarie del colonialismo, pues los invasores no son los enemigos directos, porque estos, a su vez, fueron colonizados y utilizados por “Ellos”, esa raza superior que no aparece y su poder es tan temido en la obra. El relato de uno de los “Manos” nos hace sentir empatía del agresor que coloniza la tierra, no en una acción de su voluntad, sino dominado, a través de un collar que suprime toda posibilidad de acción contraria al mandato de “Ellos”, la narración de su muerte en la obra es un acto de suma belleza.

Así mismo pasa con los Cascarudos, Gurbos y otros seres humanos que son usados por ellos con propósitos de destrucción y dominación del territorio. Los “Ellos” invaden sin untarse las manos, expropian de los recursos a los nativos y utilizan sus avances técnicos o cualidades para irse en una carrera espacial conquistando otras civilizaciones. No es nada distante a los gobernantes de una potencia de nuestro planeta, decidiendo qué país invadir en nombre de la democracia, apropiándose de sus luchas internas cuando realmente quieren su petróleo, sus recursos, matando a la población joven de sus países, en una guerra que Ellos verán televisada a la distancia.

En El eternauta desaparece la individualidad y el protagonismo personal, trasladando la lucha a una colectividad que busca la supervivencia, el heroísmo del narrador es nulo, él es un foco narrativo que nos muestra el deseo de resistencia de una humanidad oprimida y vulnerada ante el colonizador. Quizá es la razón por la que el narrador principal tiene el nombre más genérico posible: Juan.

La obra tiene suspenso en su trama, guerras, esperanza en nuestra especie y saltos en el tiempo que vuelve la obra un entramado metaficcional. Es una joya, en definitiva. En el título enunciaba algo: una invitación a leer El eternauta. Celebremos la adaptación, una muy respetable versión, que ha hecho Netflix para ir a apreciar la calidad de las ilustraciones y la potencia de su mensaje. Es en este momento histórico, en el que la democracia genera dudas en las generaciones más jóvenes, según han mostrado encuestas en Europa, las Américas y Asía, en esta época que muestra un retorno hacia proyectos expansionistas… Es ahora que Oesterheld se vuelve mandatorio, no sólo con su obra, sino en la ética de su escritura, es de esos autores en los que la palabra está vinculada a la acción en contra de la opresión. Y es que, influenciado por el activismo de sus hijas en Los Montoneros, Héctor Germán tuvo una fuerte participación en esta guerrilla, más que un papel beligerante, el rol que tomó fue de una figura guía, casi paternal, que dio consejos de cómo sobrellevar el hambre o los nervios de muchos jóvenes disidentes que luchaban contra la dictadura militar de Videla, esto según la investigación de Nicolini y Beltrami en el libro Los Oesterheld, en el cual se habla de la desaparición forzada de todo su núcleo familia, incluyéndolo.

Las ideas de este texto son un marasmo, realmente me quedó grande, de momento, ordenar mi estupefacción ante la grandeza de una obra que merece ser más referenciada. Así que hágame caso y llegue, más temprano que tarde, a la cita para leer El eternauta.

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