El monte de las furias: Algo más que una automatización de la muerte.

Por John William Archbold

Un fenómeno curioso está ocurriendo con El monte de las furias, la última novela de la escritora Fernanda Trías. Después de ganar el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, esta obra parece estar tomando un segundo aire que la ha mantenido vigente en el debate literario y editorial. Un mérito no menor cuando el mercado latinoamericano parece estar atravesado por una permanente búsqueda de novedad. Por estas razones, resulta prudente lanzar una mirada más profunda a las características y discursos presentes en esta novela. 

El monte de las furias tiene como principal característica el protagonismo del espacio, un rasgo que se ha convertido en uno de los intereses distintivos de la narrativa de la autora. No obstante, modificando el patrón que venía marcando con La ciudad invencible y Mugre rosa, donde este énfasis se veía encarnado en grandes urbes del cono sur como Buenos Aires y Montevideo, en esta ocasión regresa a la concepción del entorno como refugio y resguardo que ya desarrolló en La azotea. Esta vez, ese refugio se encuentra en un entorno abierto, demostrando que, contrario a la noción tradicional, la intemperie también puede ejercer una acción protectora: un monte que se alza en los alrededores de una ciudad que ha sido objeto del utilitarismo de la modernidad; dejó de ser un auspicio para convertirse en un territorio en el que se fabrica, pero del que también se extrae, porque tanto la tierra como sus habitantes parecen estar destinados a un constante servilismo. Con un sentido del detalle que enfoca la presunta intrascendencia de la cotidianidad instalada, Trías disecciona el territorio y sus distintos componentes, hasta indicarnos que la nada y el todo se componen de diversas capas y procesos.

La novela nos es narrada en dos tonos, por un lado, la protagonista, una mujer acosada por la sombra de una madre frustrada y violenta, explora a través de su contacto con la naturaleza las inquietudes que esperaba resolver a través de la educación formal, una que se vio cercenada por las decisiones de su progenitora. Esta mujer que nunca ha podido encajar ni pertenecer a ningún sitio trabaja vigilando la montaña, vive en ella, y mientras la acondiciona reflexiona sobre su historia y la de quienes la han circundado, las palabras, el ocio, el carácter dual de la naturaleza y la humanidad, con sus potencialidades destructoras y sanadoras, fructíferas y putrefactas. Paradójicamente, la ausencia de esas convenciones formales de las que se lamenta, parecen haberla dotado de una visión alternativa del mundo, una profundidad que, en lugar de penetrar, se desliza por los bordes y discurre hacia los lados en una búsqueda propia, como logra demostrar la poesía gráfica que propone, en el transcurso de la novela, una lectura polifónica de la misma, acercándonos a la percepción abstracta de la narradora. En esta instancia, Trías logra instalar un potente cuestionamiento en torno a las sensibilidades y reflexiones que puede formular la cognición humana en su estado puro, logra insinuarnos al conocimiento como un ingrediente capaz de contaminar otros medios, lo cual implica una vindicación de la intuición como valor humano.  

El otro tono, compuesto de narraciones más cortas, plantea una personificación de la montaña, que no solamente emerge como ente consciente, sino como una entidad empática, que coincide con las sensaciones de la protagonista, equiparando hechos geológicos y naturales con experiencias vitales. El monte es en este orden de ideas una dimensión metafórica en la que la vida y la muerte convergen, mientras que la desidia es una manifestación de vitalidad. La gran diferencia es que la montaña, a diferencia del pueblo y quienes lo habitan, es una constante, y su inmanencia radica en la implícita aceptación de estos elementos.   

La contraportada anuncia que el epicentro de la novela será la misteriosa aparición de unos cadáveres en el monte, hecho que aparece a mediados de la narración. La autora se toma su espacio para desarrollar un estado de cosas de la naturaleza y la humanidad, para profundizar en sus partes absurdas e inexplicables. La protagonista no observa la aparición de estos cuerpos con horror ni extrañeza, por el contrario, los acoge y los sepulta con una curiosidad y reverencia, en la que la muerte es normalizada como otra dimensión de la naturaleza.

Inicialmente, parece que Trías recurriera a lo que Shklovski catalogó como Automatización del fenómeno en su descripción del Extrañamiento como técnica narrativa, en la que se busca una variación del enfoque, ya sea de la cotidianidad o de lo extraordinario, a partir de la prominencia o reducción de la descripción. Pero su objetivo resulta ser algo más complejo, ya que realmente busca plantear un cuestionamiento hacia el carácter espontáneo de los valores humanos y las contradicciones que se cifran en su acción. Mediante su protagonista y esa mirada de naturalidad hacia la muerte, Trías cuestiona lo que comprendemos por escabroso, cuando una mujer que simplemente siente estar en una profunda comunión con la naturaleza, y la cual se asigna una función dentro de sus dinámicas, puede suscitar más conmoción que quienes probablemente aguardan una responsabilidad en estos decesos. Esto nos lleva a considerar lo que Gumbrecht en su libro Producción de presencia cataloga como Metafísica cotidiana, la interpretación formal y estricta del mundo sin tener en cuenta sus auténticas implicaciones. La protagonista, en este caso, parece alcanzar una nueva comprensión de lo que este pensador cataloga como Presencia, un cuestionamiento consciente del impacto sensorial, emocional y material del mundo y sus procesos, y con ello, de las ideas que la sociedad y la cultura han instalado en nuestra noción de normalidad. El final último de Trías me parece que es el cuestionamiento de los conceptos del lector, antes que la preocupación por el efectismo estricto que la lectura pueda suscitarle. En tiempos en los que toman fuerza los estudios ecocríticos que exploran la función del medio ambiente en la literatura, resulta interesante una novela que resalta el valor de la observación como principal medio de interacción con lo biológico y lo humano, incluso de aquello que no se aprecia bajo el sentido estricto de la mirada. Esta perspectiva resulta imprescindible para apreciar todos los matices de la realidad, y las particularidades que están detrás de los idealismos. Esta novela plantea una postura que no es fácil de procesar: la naturaleza también es descomposición, podredumbre, violencia y destrucción, la existencia está enmarcada en estos parámetros, y por eso siempre formarán parte de la misma. Por otro lado, en torno a lo humano, no solo resalta cuán intensa es nuestra disposición a resentir, derrumbar, hacer daño, también de lo hipócritas que necesitamos ser, incluso ante nosotros mismos. A tal grado, que una estela de asesinatos parece menos grave que la incapacidad de sorprenderse ante los mismos.

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