Clases de escritura narrativa: Vista del abismo, de Tomás González

Por Iván D. Forero Sánchez

Tomás González es para mí una obsesión literaria porque sus textos evidencian lo que llamo una ética de la escritura; la cual, a mi juicio, es cuando de la obra emana de una visión personal forjada por el escritor y se manifiesta en la estética de un conjunto de textos. Ese no va a ser el tema esta columna, dejaré el concepto mocho. En estos párrafos quiero esbozar algunas ideas que fui pescando a lo largo de la lectura de Vista del abismo (2025). Y, sobre todo, que en los meses posteriores se hicieron más fuertes mientras les daba caña a esas impresiones.

Ingenuamente pensaría que presentar a Tomás a estas alturas es redundante. Pero, qué va, uno no puede andar por la vida pensando que la gente está interesada en la literatura, más si es un autor contemporáneo. Claro, es uno de los escritores más prestigiosos en Colombia; se ha traducido a varios idiomas, de hecho, su intérprete al alemán habló de que era más difícil de llevar su estilo a esta lengua que el del mismísimo García Márquez. Puede que me equivoque, pero creo que no es de los más leídos en el país y, cuando he tenido la oportunidad de salir de Colombia, me ha costado encontrarlo en las librerías de otras partes de Suramérica. Lo que acabo de exponer en apariencia es contradictorio, a lo que me refiero es que no es de los autores que uno se lo encuentra hasta abriendo la nevera. Es de alcance medio. También tengo la idea de que es de esos selectos escritores que la academia ayudó a divulgar.

Volviendo al foco, Tomás nació en envigado en 1950. De una familia que tenía una tradición humanista: es sobrino del pensador Fernando González. Tomás se muda a Bogotá, donde estudia dos semestres de filosofía. Luego de dar vueltas por distintos países como Francia y Estados Unidos, regresó a Colombia. Es en esa época que culmina su primera novela Primero estaba el mar (1982), inspirada en el suceso trágico del asesinato de su hermano. Le dejo la tarea al lector de que averigüe qué curiosa editorial publica esta obra. Si la pereza lo corroe, espere a que publique un texto sobre Tomás que llevo años, meses, días y consume mis horas escribiendo, pero algún día ocurrirá. El libro de cuentos que reseño comparte bastantes cosas con su segunda novela, Para antes del olvido (1987), pues ambas están situadas en Antioquia, en ellas el paisaje es parte orgánica de la narrativa y son las únicas obras con las que el autor ha recibido premios literarios: el Plaza y Janés de novela y, el año pasado, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas de cuento en Chile. Entre estas dos hay una extensa obra que se compone poesía, cuento, novelas y uno de carácter personal llamado Asombro, de lectura sabrosísima.

Bueno, ahora sí, explicaré por qué considero que hay una masterclass de escritura de libro de cuentos en Vista del abismo. La primera lección es la que hacemos los profes que tenemos cancha: aunar temas y abordarlos íntegramente para que el currículo no sea sólo secuencial, sino que, además, relacional. Un libro de cuentos no son una serie de relatos embutidos entre dos tapas. No. Algo internamente tiene que cohesionarlos, darle una unidad que puede ser temática, estilística, un personaje, un evento, un concepto. En este libro, la veintena de relatos suceden alrededor de un cuerpo de agua artificial, una represa situada en Antioquia. Los tiempos y personajes son variados, pero sus vidas son una gota más de esas aguas empozadas; unas anónimas como los romances entre cuñados o algunas que se vuelven leyenda como una bella mujer ahogada y que su cuerpo nunca apareció. Al elegir el escenario como eje estructural de los relatos, Tomás nos muestra cómo el cronotopo (ese denso concepto de la teoría literaria) moldea la visión del personaje. La misma represa tiene efectos distintos en sus habitantes: nostalgia para los que fueron desplazados por la construcción y fueron reubicados en apartamentos minúsculos, cuando antes tenían parcelas con gallinas y aves de distintos tipos como pasa en “Ojos cerrados de par en par”; el escape al mundo de la ciudad en ese paisaje inhóspito y selvático que ofrece el embalse, así mismo lo enuncia el narrador de “Las voces del aire”; tristeza para quien perdió a un ser querido en sus aguas, hecho que ocurre en “Aparecida” y que conecta con el relato “Vista del abismo hacia arriba” en el que se cuenta como el cuerpo de María José desciende por las aguas para perderse hasta ser un mito de la represa.

En Vista del abismo, Tomás hace algo espectacular: usa el lenguaje por la necesidad de la escena, los recursos retóricos no son simples adornos, sino que se integran en las escenas para darles intensidad y significado. Lo cual se ve claramente en el siguiente fragmento, en la cual hay una simbiosis entre un rasgo corporal, como la barba, de connotación de atractivo masculino, la que crece hasta enredar a los amantes nuevamente:

Pocos meses después de terminada la partición, y con la recién lograda independencia, él guardó para siempre la barbera en su estuche y se dejó crecer la barba, que se hizo áspera primero, se esponjó después y adquirió una suavidad que, al sentir los dos en cualquier momento el irrefrenable impulso de cruzar el umbral, se juntaría con las suavidades de ella en una larga cadencia a la que por un buen rato no se le vería claramente el desenlace. En ese oleaje por el que se dejaban mecer no con mucha frecuencia, pero sí con mucha intensidad —sus encuentros eran pocos y grandes, igual que las naranjas entre el curazao—, el final terminaba siempre por hacerse acuciante e inaplazable y exigía otras posturas, otros ritmos. En algún momento los dos habrían querido que aquello se detuviera, para no perderlo. No se detenía. Se unían muy bien y terminaban. Muchas veces ella perdía la conciencia, mientras que la de él se iba para una región a la que sólo de esa forma se llegaba. Y al lograrlo todo, lo perdían. Lo perdían durante unos días y siempre lo recobraban. El mundo estaba en vilo. (González, pp. 12-13)

Otra lección es la famosa construcción del personaje, en los textos de Tomás, los seres que pueblan las páginas son lo que deben ser sin miedo a la interpretación. En el cuento “Los niños de la gruta”, en el que unos estudiantes mueren en una excursión pedagógica, el narrador es caracterizado por sus comentarios mordaces y que traslucen su gordofobia, llamando a dos de los niños del curso que tiene a cargo “obesos” y haciendo comentarios punzantes como “era raro ver a un gordo comer con desgano” (pp. 139). Tomás no tiene miedo a las lecturas que filtran con lo políticamente correcto, las cuales son capaces de meter en una misma lona el pensamiento del personaje a las convicciones del autor, sin distinguir la distancia entre la ficción y la existencia de nosotros, los de carne y hueso.

Hay muchos más detalles que hacen a este conjunto de relatos una verdadera obra maestra, otra más de uno de los más grandes narradores de Colombia. Estos párrafos solo pretendían ser una vista desde lo alto para que el lector franquee el abismo y se zambulla en las narraciones de Tomás.

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