Visiones de un caribe caleidoscópico

Por Samuel Whelpley

DOS POETAS EN UNA

Quienes nacimos en el Caribe, esa compleja construcción cultural de límites difusos, de alguna manera nos incomodan las imágenes y estereotipos que nos dan las redes sociales o la televisión. No por que no sean ciertas, sino porque son generalizaciones, y lo malo de las generalizaciones es que son inexactas y reducidoras: El Caribe es mucho más que playas de arenas limpias, postales de mares azules, músicos vallenatos, carnaval o ruinas de un pasado brillante, en medio del calor, bailes populares o música a todo timbal. Algo de eso hay, pero el Caribe y en particular el colombiano, es diverso. Existen diferencias entre un barranquillero, un sanandresano, un guajiro, un vallenato, o un sabanero. Esas diferencias casi siempre se pasan por alto, pero al final nos enriquecen.

Por eso es de celebrar que la editorial Ediciones Corazón de Mango que dirige la poeta Beatriz Vanegas Athías en la colección Dos Poetas en Una que se publica desde el 2014, haya editado dos libros que reúnen cuatro voces de ese Caribe Diverso: por un lado, la sanandresana por decisión propia Maríamatilde Rodríguez con los poemas reunidos en Pequeño mal, junto con la escritora vallenata María Angélica Pumarejo con Retrato de una mujer en silencio. Del otro, la escritora barranquillera Cristina Duncan con Quince heridas, dos cicatrices y tres consuelos junto con la poeta cesarense Luisa Villa Meriño y su Tratado sobre las brujas. Dos libros, cuatro visiones poéticas del Caribe.

CALEIDOSCOPIO CARIBE

IMAGEN UNO: LAS ISLAS

Una lectura de los poemas agrupados en Pequeño mal nos arroja una poesía con una apariencia de falsa liviandad; y digo falsa, porque Maríamatilde hay que tomarla muy en serio: además de ser una conocida activista cultural en la isla, es abogada experta en derechos humanos y  en sus poemas nos dice cosas muy delicadas: Por citar algunas, ahí está la violencia contra la mujer, no solo en la que se da en la familia y conocidos: “A los 12 un hombre metió mi mano entre mi blusa /Y me pidió que creciera rápido” o la ejercida por actores armados: El árbol que, aunque quiso/no pudo detener el tiempo. A ello se unen la pobreza y el desarraigo de los raizales sanandresanos “Ayer Mr Thomson murió en el Bight/ Hoy Nolinda mató a su hermano en el Cove/ Mañana alguien morirá en el centro”, y varias tragedias más.

María Matilde en su poesía con ecos de Walcott y Frankettienne, nos recuerda que ese bronco mar Caribe de Frank Báez, “que parece que vienes del gimnasio”, es un paisaje de violencia que sirve de escape y a la vez oculta tragedias como la de los desaparecidos, donde las migraciones y el desarraigo son cosas de todos los días. Para ella, convivir con todo eso, es un Pequeño mal, una incomodidad que está presente en todo este volumen.

 IMAGEN DOS: EL VALLE Y EL JARDIN DE LA INFANCIA

Por contraste, la poética de María Angélica Pumarejo es una combinación de reflexión del pasado, que, en versos pensados, de gran sobriedad, nos brinda la mirada de una mujer en un intento de describirse: una autora que recuerda con cariño sus relaciones familiares en una casa y un jardín en su Valledupar natal junto a sus padres: “Solo papá dormía a mi lado hasta el amanecer/vigía eterno de los latigazos de mi alma.”  O sus hermanas “Las hermanas mayores son destino, / como las brisas de diciembre son certeza” unida a valoraciones críticas sobre ser mujer y la estructura patriarcal en la que ella ha crecido: “Una pequeña niña/aceitada y vencida, /silencio de la tarde,/ desesperación de la noche,/no será ya nombre.”

Una poesía de escritura cuidada, pudorosa si se quiere afirmar, que abreva en los poemas de Anne Carson, Wislawa, Jorge Gaitán Durán, Juan Manuel Roca, para crear una serie de poemas sutiles, reflexivos, con bellas figuras literarias que muestran el profundo conocimiento de la autora de la literatura. Y aquí me permito una digresión: María Angélica es autora de una de las novelas más interesantes y ambiciosas de la literatura colombiana de los últimos años: Una canción para Ethan, que merece mucha más atención de la que se le ha dado, portento de erudición, trabajo y técnica literaria. Oficio que se ve en esta bella evocación de la infancia, la familia reunida en estos versos.

IMAGEN TRES: LA CIUDAD

En la presentación de Quince heridas, dos cicatrices y tres consuelos, Cristina Duncan nos señala que el texto es un testimonio a las heridas que nos infligimos (por nosotros o por otros) y las cicatrices que dejan (en la memoria), de lo que sana, consuela y lo que renace.

Poemas con un paisaje reconocible: esta la ciudad con sus taxistas y sus diálogos “otro taxista me explicó/ la gran ventaja/de haber maltratado a su hija:/el día que el marido intentó ahorcarla/ella le enterró un cuchillo”; el mercado con María y su venta de verduras en su tenderete donde “Me explica un colega, días después/ que ella alquila la parte inferior de su tenderete/ a una prostituta que trabaja acostada entre dos tablas”.  O la tienda de barrio, donde el joven hijo del tendero está vivo de milagro, ya que una asistenta le impidió lanzarse de un quinto piso porque “Con lanzarse evitaba la violación diaria/para la que primos y hermano confabulaban/después de la jornada escolar.” En los poemas, las cosas no son lo que parecen.

Hay que reconocer que la poesía de Cristina está dotada de una aspereza que resalta la carga de violencia descrita en los textos. Y aunque la autora crea que se pueden leer como relatos, se equivoca. Son poemas.

IMAGEN CUATRO: LA SABANA

En Tratado sobre las brujas, para Luisa Villa Meriño el territorio en apariencia es la sabana, tierra ardiente donde pululan las moscas, el río, la ciénaga, los árboles, gallinas, moscas, ciempiés; y digo en apariencia porque a donde vaya su verdadero territorio es la familia y los ancestros: “Mi abuela solía dibujar mujeres sobre cartón/ mujeres lavando sus escamas en el río”; o la comunidad “Amarrado al árbol de jobo siempre estaba el loco”. Un paisaje que no tiene nada de idílico, donde se percibe la carga de violencia que los desplazados deben vivir. Un grito de mujer hecha bruja, por mujeres señaladas como brujas. Al final, un grito de rebeldía de mujeres que no ahoga la música de verso: “Se despeña señor, ¿podrías volver/ a soplar su pecho, pintarle corazones rojos y negros/ en el cuerpo, devolverles el filo a las manos.”

Es una poesía que en forma explícita tiene una intencionalidad política de resistencia ante la injusticia y una visión feminista, con ecos de la poesía de Audre Lorde y su carga de rabia e indignación, y en menor medida Marosa Di Giorgio. En estos poemas Luisa nos muestra las cicatrices de sus heridas síquicas con notable acierto poético.

Uno de estos dos libros será presentado el 2 de mayo de 2026 en la FILBO.

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