¿Qué hubiera dicho Ramón Illán?

Por Samuel Whelpley

UN SOMERSET MAUGHAM SIN VIAJES

Mi buen amigo José David me escribe: “Valdría la pena hacer un top 10 de libros que recomendaría Ramón. A mí se me ocurren dos: La dama de blanco, de Wilkie Collins, y Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Creo.”

Vaya pregunta, fue mi respuesta.

Hablar por quien no está en este mundo tiene mucho de atrevimiento. Pero, citando a Fernando Trueba, que contaba que Billy Wilder tenía en su oficina una foto de una frase que decía: ¿Qué hubiera hecho Lubitsch?, y sin ser yo Trueba o Wilder, podría preguntar:
¿Qué hubiera dicho Ramón Bacca Linares?

Bueno, muy probablemente diría que fue lector por curiosidad, por aburrimiento, por oficio o por necesidad: por escribir algo, por hacer reseñas, por plata, para completar un trabajo. Como todos, comenzó leyendo lo que tuvo a la mano y pasó luego a leer lo que le parecía bueno, y al final los temas que le interesaban. Leyó muchas biografías (recuerdo el entusiasmo de sus comentarios cuando me prestó Fairyland, de Alyssia Abbott), pero, como cita en algún lado: “No puedes pasarte media vida leyendo la vida de los otros”, lo fue abandonando lentamente. Siguió sus intereses del momento. Lo describió bien con la siguiente historia que contó: recordó que el crítico Carlos J. María era un experto en Borges, García Márquez y la literatura española, y no se había leído La Regenta, de Clarín. En medio de sus afanes, consideró deber leérsela, cosa que hizo, para después preguntarse: ¿Bueno, y ahora qué? Ni hay tiempo, ni somos los mismos, concluyó.

Es fácil asociar a Ramón con Truman Capote, comparación en la que hemos caído muchos. Si bien hay puntos en común en su vida (exquisitos conversadores, amantes de los chismes y los detalles malévolos), literariamente no tienen cercanía. Si hay un autor al que puede asociarse con Ramón en algo, es tal vez Somerset Maugham. Recordaba que Servidumbre humana fue un libro que lo ayudó a levantar su ánimo cuando fue expulsado de la universidad. Su entusiasmo por los cuentos de este autor (Lluvia, por ejemplo) era notable, y me atrevo a señalar que su orientalismo bebió inicialmente de sus obras: el exotismo que hay en sus textos debe más a obras como El velo pintado de Maugham que a las historias de Sax Rohmer sobre Fu Manchú, tan mencionadas en los análisis de su obra. Mucho después llegaría Kawabata, que, con sus personajes equívocos, inspiraron a Go Toba. (1)

Fue un lector de curiosidades y novedades, así no las entendiera. En su casa, después de resumirme con sumo detalle la biografía familiar del autor, me entregó El puño invisible, de Carlos Granés (que conservo), con un “Es brillante, él está para grandes cosas, pero muchas cosas no las entiendo, y ya estoy viejo para entenderlas”. Creo que algunos escritores tienen historias parecidas: el escritor John Better ha contado cómo gracias a Ramón conoció la obra de Pedro Lemebel, que después vino a Barranquilla; yo puedo recordar lo escandalizado que estaba con la presentación del autor chileno y sus impertinencias, que molestaban su respetabilidad samaria.

En sus textos dejó muestras de sus lecturas. Memorable es su recuerdo de la lectura de El otoño de la Edad Media, de Huizinga, en La Guajira, a 40 grados a la sombra, viendo pasar los camiones cargados de droga. O la cita a Julio Roca Baena cuando le recomendó la lectura de La ciudad y los perros; fue fiel a la obra del peruano: en una de nuestras reuniones sabatinas dijo que “era un escritor deslumbrante”. También la enorme impresión que le valió un trasnocho, leyendo El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf.

En muchas cosas estaba a contramano: no entendía a Diamela Eltit, y siendo jurado, le dijeron que los finalistas eran herederos de un escritor que no conocía: Charles Bukowski. Después lo oí mencionar, entre entusiasmado y divertido, el cuento de ese autor titulado 25 cm. La literatura feminista, creo, lo desbordaba; un amigo que consulté para este texto me habló de su entusiasmo por Marvel Moreno; yo tengo un recuerdo diferente: le reconocía su talento, pero sin el entusiasmo que hoy produce. Quizás en eso influía que Ramón era muy amigo de la familia de Plinio, en particular de su hermana Inés, que muchas veces lo ayudó. Leal, ante todo. También lo oí hablar mal de algunos escritores: a un muy celebrado escritor español le cogió inquina después de un desplante de este en Cartagena.

Es posible rastrear en sus lecturas (y en algunas ocasiones me pidió ayuda) algunos libros claves para el desarrollo de su obra: alguna vez me prestó el libro El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington, diciendo: “A quien le interese el espiritismo debe leer ese libro”. A él le interesaba, y leyendo entiendo por qué. Muy bien escrito, muy detallado, pero yo de esoterismo, más bien poco. Eso sí, mucho hay en sus relatos. Igual, en su biblioteca tenía varios textos de historia sobre uno de sus temas preferidos: la Guerra Civil Española. Me dijo: “La mejor es la de Hugh Thomas”. Claro que había varios tomos de Ian Gibson sobre García Lorca. Porque Ramón, al final, moría por un buen chisme.

Volviendo a José David, ¿Bajo el volcán? Claro que sí, la admiraba, y más de una vez lo vi recomendar la novela de Lowry y la película de John Huston. De La dama de blanco, de Wilkie Collins, no recuerdo que la haya mencionado, pero puedo dar fe de que Ramón gustaba de los escritores victorianos y eduardianos ingleses, así que lo creo posible. Le encantaba Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, quizás por el tema de los cambios sociales y la decadencia de clase, que al final terminó contando en sus libros. Le fascinaba el escritor Cunninghame Graham, que hizo personaje en varios textos suyos (Deborah Kruel, El espía inglés), y su cuento Anima Vagula le pareció maravilloso. También puedo recordar una conversación por teléfono recomendando Los cuentos crueles, de Villiers de L’Isle-Adam, en particular su entusiasmo por La aventura de Tse-I-la y su final:

—¡Cómo! ¡Este collar también! —murmuró—. ¿Por qué, pues, te calumnian? ¡Esto es mucho más de lo prometido! ¿Qué quiere pagar el rey con este collar?
—¡Tus injurias! —contestó desdeñosamente Tche-Tang, abriendo la puerta frente a los rayos del sol.

Era un lector ávido de poesía: lo vi recitando varias veces fragmentos del poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines, con un entusiasmo poco habitual en él. También me contó su decepción cuando se lo recitó a sus alumnos y cómo estos le respondieron con un “está bien” de compromiso. Le gustaban Auden, Else Lasker-Schüler, Giovanni Quessep, entre otros. Dijo que el poema Mambo, de Jaime Manrique, era de lo mejor que se había escrito en la literatura colombiana. De ese autor tenía estima por la novela El cadáver de papá. Como también se lamentaba con mucha malevolencia de que las obras de sus amigos y contemporáneos fueran poco reconocidas: recomendaba La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, a lo que añadía un cruel “Germán escribe muy bien, cuando está borracho”. O como completaba su entusiasmo por La risa del cuervo, de Álvaro Miranda, con un “niño, tú sabes el mérito que es que un panadero escriba semejante obra (2)”. A veces la sorna lo dominaba.

Ya en un terreno más personal, a mí me entregó con un “Niño, lee esta maravilla”: La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Un libro prodigioso. Parecido entusiasmo fue con Tuyo es el reino, de Abilio Estévez, y La consagración de la primavera, de Carpentier. De la última no entendí muy bien su entusiasmo. Al final de su vida estaba entusiasmado por la obra de Ednodio Quintero, y un poco menos por Leonardo Padura, pero El hombre que amaba a los perros le parecía notable. Me habló, en tono de confidencia, de un poeta bogotano muy bueno (sus palabras): Josef Amon Mitrani. Lo vi varias veces recomendar a jóvenes la obra de Thomas Mann (La montaña mágica o La muerte en Venecia), y El hombre sin atributos, de Musil (3). No era de los que recomendaba a los de siempre; a todos los escritores les decía: “Aprende inglés y no seas amigo de los escritores, sino de los editores”.

Todos tenemos nuestro Ramón, y esto es solo un testimonio recordando a alguien que no está, y como testimonio, parcial e incompleto. La memoria es selectiva, cada uno tiene sus propios recuerdos. Pero creo que estamos de acuerdo quienes lo conocimos en decir que Ramón era uno de los grandes sabios de la literatura colombiana. Para mí, un Maugham sin viajes.

  • Go-Toba es el protagonista de su cuento Cómo llegar a ser japonés.
  • Ramón exageraba. Miranda no tenía una panadería, sino que dirigía una revista para el gremio de los panaderos.
  • Aunque recuerdo que a mí me contó que solo había leído el tomo dos.

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