El presidente que no fue

Por Samuel Whelpley

En estos tiempos tan binarios, el libro El presidente que no fue, de la socióloga e historiadora Olga Lucía González es un libro desafiante. Cuestiona desde sus primeras páginas la historia que nos han contado del periodo conocido como la república liberal (1930-1946) y una serie de figuras históricas que se encuentran en un pedestal y cuyo lugar no suele cuestionarse. Quizá cuestionamiento no es la palabra apropiada: Olga ha realizado una extensa investigación y ha presentado sus resultados usando multitud de fuentes en este trabajo, que nos deja la sensación de que la historia de esos años como la conocemos está incompleta si no se menciona la figura de Gabriel Turbay Abunader (1901-1947) uno de los políticos colombianos más importantes de su generación, llamado a “grandes destinos” como se decía antes, pero que hoy es poco menos que una nota en la historia política nacional. Y como lo muestra la autora, si no llegó a ello, no fue tanto por él como por las miserias de la política colombiana, tan llena de vanidad y falta de grandeza.

El año 1946 fue un parteaguas en Colombia. Finalizo la llamada República liberal que había durado 16 años y el conservatismo regresaba al poder. Las causas son conocidas: La división liberal entre los 2 candidatos, Gabriel Turbay y José Eliecer Gaitán, que facilitó la victoria del conservador Mariano Ospina Pérez. Se nos enseña en la historia de Colombia que la elección de ese año, fue la antesala del bogotazo y el inicio de la violencia. Esta explicación un tanto simplista, pone la mirada sobre los tres candidatos de ese año. De dos de ellos, su vida y legado están ligadas a frases memorables: José Eliecer Gaitán con “Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo. El pueblo es superior a sus dirigentes”, y Mariano Ospina Pérez quien, al parecer durante el bogotazo, ante los pedidos de renuncia exclamo “Para la democracia colombiana vale más un presidente muerto, que un presidente fugitivo”. La historia de Colombia, tan proclive a la idolatría los deificó:  Por un lado, el martirio y las causas sociales aplazadas, por el otro, la defensa del orden y la ley, hasta con la vida. Entre esos dos extremos se mueve Colombia. Pero eran tres los personajes, y ¿qué podemos decir del tercero en este episodio? No mucho, la prematura muerte de Turbay en 1947 y el ciclón del 9 de abril lo relegó a una nota en la historia. De hecho, no es una figura política que se recuerde mucho: Hay una estatua sin gracia  y parque con su nombre  en su natal Bucaramanga, y la Biblioteca de la ciudad lleva el nombre de este ilustre hijo de Santander, sin relación con los conocidos políticos del mismo apellido que tuvieron más éxito. Lo de ilustre, no es gratuito: el texto de Olga, reivindica su figura y trabajo, recuerda su desempeño político, y se acerca a una persona y político fascinante: A un hijo de inmigrantes que empezaron de cero, asmático, médico con veleidades juveniles comunistas, soltero empedernido (y al parecer con mucho éxito con las damas), se dedicó a la política donde fue un hábil organizador del liberalismo y un elocuente orador que alcanzó altos honores. En el libro se nos revela la figura de un hombre que fue leal a sus principios, eficaz servidor público de amplias miras políticas y personales que fue víctima de las circunstancias. Toda una figura trágica. Esa, tal vez es una de las debilidades del texto: La autora demuestra su simpatía por el biografiado, y lo describe como un idealista rodeado de tiburones, listo para ser devorado. Admito que soy un poco cínico para creer esa imagen; prefiero verlo como un político muy sagaz, con grandes habilidades políticas, esa cualidad misteriosa que yo resumo en una frase que le leí a Somerset Maugham: “esa misteriosa cualidad que llamo la comprensión de lo posible”.

Con todo, mezcla de biografía, análisis histórico y sociológico, hay que agradecer que Olga escriba con claridad y sencillez, huyendo de la prosa académica. No les voy a contar el texto, ni la biografía de Turbay, pero sí quiero poner en perspectiva la importancia de la figura de este: Si miramos la república liberal podemos distinguir dos generaciones principales en este proyecto: Los nacidos alrededor de 1880 (Olaya, López Pumarejo y Eduardo Santos) y los nacidos alrededor de 1900: Gaitán, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lozano y Lozano, Darío Echandía, Gabriel Turbay. De todos tenemos más o menos información, salvo del último. Que un hombre que fue uno de los principales actores de ese tiempo, permanezca como una nota al margen en la historia tiene mucho de injusticia. El libro lo reivindica y lo pone en perspectiva.

Esta obra nos aproxima a sus logros como embajador en EEUU, canciller de la república, ministro de gobierno, senador, representante a la cámara y designado. A los 28 años, investigó los hechos de la represión de las bananeras, denunciando junto a Jorge Eliecer Gaitán los excesos y crímenes del Ejército Nacional en la represión en el Magdalena.  Ese debate histórico debilitó al gobierno de Abadía Méndez, y precipitó la caída de la hegemonía conservadora. Fue uno de los principales arquitectos de la candidatura de Enrique Olaya Herrera en 1930, proclamó a López Pumarejo candidato en la convención liberal en 1934, como presidente del senado dio posesión a Eduardo Santos en 1938, y después de estar de embajador en Europa, fue proclamado candidato liberal en 1945. Parecía pues, listo para llegar a la presidencia. Sin embargo, en el camino se había ganado enemigos muy poderosos, que desconfiaban de su programa de gobierno. Dos de ellos se llamaban Alfonso López y el otro era Jorge Eliecer Gaitán, quien desconoció los resultados de la convención y se lanzó por su cuenta. Y lo que sucedió y lo cuenta con mucho detalle Olga, fue una de las campañas políticas más sucias que se han dado. Y el objeto de esos ataques fue Gabriel Turbay. Y sus atacantes tienen nombres muy conocidos que alcanzan el rol de figuras históricas: Eduardo Caballero Calderón, Agustín Nieto Caballero, Laureano Gómez, Luis Cano entre los más conocidos. Capítulo aparte merece Juan Roca Lemus, el periodista y panfletario conservador autor de El camino de Damasco, un libro que en palabras del siempre polémico Harold Alvarado Tenorio es “uno de los libros más inicuos que humano alguno haya escrito contra otro, El camino de Damasco, sobre los orígenes de Gabriel Turbay que le invalidaban para ser presidente de Colombia”. Aunque sin duda es un horrendo texto, al final es una historia más en los hechos. Turbay fue objeto de una campaña racista atizada por sus rivales liberales y conservadores, ante la indiferencia y tolerancia – por no decir apoyo- de los principales dirigentes de esos partidos.

Las razones son variadas: desde la visión del liberalismo de Turbay, si se puede decir más inspirado en las teorías políticas de Roosevelt, frente a una visión liberal más de corte europeo de los otros, hasta las sospechas de ser Turbay un comunista disfrazado, por su cercanía en su juventud con los primeros comunistas colombianos, Luis Tejada entre ellos. Las razones están en el libro, son variadas pero el resultado fue una campaña plagada de acusaciones racistas. Se dijo que Turbay era indigno de llegar a la presidencia, porque sus padres no eran colombianos, que no había nacido en Colombia sino en el barco que traía a sus padres, cristianos maronitas llegados de El Líbano (acusación falsa). Se escribieron textos y libros atacándolo con saña, tanto de liberales como de conservadores: “turco no, turco jamás”, gritaban sus opositores en los mítines, creando una atmósfera de hostilidad contra la comunidad árabe afincada en Colombia, cuyas consecuencias -creo- no han sido estudiadas mucho hasta hoy. Cuando leía el libro, recordé una entrevista al escritor Mario Mendoza, que recordaba que su abuelo, de origen libanés se cambio su apellido de Tcheberanny a Mendoza huyendo del clima de hostilidad antiárabe en Colombia, y cómo eso lo había marcado. Se cuenta también que un joven político boyacense, lopista de cuna, siempre estuvo al lado de Turbay, y el caudillo le reclamó por ello. Dicen que el joven contesto: “¿Ud. se da cuenta de qué es lo que están gritando? Algún día yo quiero llegar a la presidencia.”.  Cierta o no la historia el joven representante se llamaba Julio César Turbay Ayala. Si no me falla la memoria, Turbay Ayala es el único presidente cuyo padre era extranjero. Quizás eso diga mucho del nativismo y chovinismo colombiano que a veces hace su aparición en la política colombiana.

Un aspecto importante es que Olga muestra con claridad cómo el 9 de abril dio inicio a una glorificación de Gaitán que llevó a una tergiversación de la historia anterior: En la elección de 1946 los de izquierda estaban con Turbay; Turbay era el candidato oficial, Gaitán el disidente; el programa político más de izquierda era el de Gabriel Turbay, frente a un Gaitán que al final era vocero del ala derecha del partido liberal; también que ante la aparición de la candidatura de Mariano Ospina, y los llamados a la unión (recordemos que los hechos de las elecciones de 1930 eran cercanos) se frustraron en gran medida por la intransigencia de Jorge Eliecer Gaitán. Esa es tal vez una de las ideas mas revulsivas de este texto. 

Asistí a uno de los lanzamientos de libro. La presentadora dijo -citando- que era un libro que se leía como un “Thriller histórico”. En esa presentación varias personas comentaron anécdotas de sus abuelos o padres, y cómo recordaban a Gabriel Turbay, la desazón que produjo la derrota liberal, y la sensación que el país perdió una gran oportunidad al no elegirlo presidente. Al terminar su lectura, pienso que quizás tienen razón, pero no lo sabremos nunca. Sí queda la sensación de que Gabriel Turbay merece ser mucho más conocido y reivindicado;  a la altura de sus compañeros de generación. Este excelente libro puede ser un buen principio.

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