Paul Brito
En una de sus estupendas crónicas vallenatas, Alonso Sánchez Baute cita al historiador israelí Yuval Noah Harari: “La vida de la mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras. Este sentido se crea cuando muchas personas entretejen conjuntamente una red común”. La afirmación me parece una buena definición de cultura y una descripción certera de cómo esta se va tejiendo. La cultura es, desde luego, un diálogo entre los individuos y su herencia simbólica. Cada uno recibe un bagaje cultural y, una vez lo asimila e interviene, puede devolverlo enriquecido por sus propias experiencias y creaciones a las nuevas generaciones que, a su vez, alimentarán el legado con aportes propios.
En el Valle de Upar es intensiva esa retroalimentación entre el individuo y la cultura, entre las historias y la Historia que comparten; una imbricación que pasa inevitablemente por la música y la oralidad. Por eso Francisco el Hombre no es un individuo sino El Hombre; encarna la esencia de una sociedad que hunde sus raíces en la tierra donde se asentó y en sus estratos simbólicos. “Solo me queda el recuerdo de tu voz como ave que canta en la selva y no se ve”, dicen unos versos hondos de Rafael Escalona. “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”, rezan otros no menos telúricos de Leandro Díaz, mientras que Juancho Polo Valencia instaura una nueva teología al proclamar: “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire”.
Sin embargo, la cultura vallenata no es solamente una red de historias que se cuentan individuos de una región ni su proyección al resto del país y su decantación como patrimonio inmaterial de la humanidad, sino también la apropiación de elementos foráneos: la caja africana, la guitarra española, el whisky escocés o el acordeón que, según cuenta Sánchez Baute, viajó fácilmente en el pecho de los marineros al tratarse de un instrumento cuyos sonidos no se ahogan por el viento; lo hizo (y aún lo hace) desde la fábrica Hohner en la ciudad alemana de Trossingen que, por cierto, tiene cierto parecido con Valledupar, pues también posee un paisaje montañoso y al fondo se aprecian picos nevados, como los de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Además de una red común con el mundo, la cultura es la relación alegórica y espiritual con el otro mundo, el diálogo que entablamos con nuestros muertos y los que no conocimos, con nuestro pasado invisible, con las raíces olvidadas y todo aquello que está fuera de la vida, aparentemente perdido. “De misterio está lleno el mundo, no sé qué sentirá tu alma”, dice Freddy Molina Daza en una sensible composición. Y Juancho Polo Valencia busca las huellas sagradas del ser humano cuando afirma: “Dondequiera que uno muere, ay hombe, toa’ las tierras son benditas”.
En este libro, Sánchez Baute hace un recorrido por esa geografía intangible del alma, por ese legado de historias de la cultura vallenata que ya es nuestra y de todo el que quiera contarla con su voz y mezclarla con su historia… ¡Ay hooombeee!
*Presentación de Mitología vallenata, publicada por la colección Roble Amarillo de la editorial Universidad del Norte (2020)



