Por Duván Bolívar Rangel

Reseña sobre Ospina Pizano, M. (2023). Solo un poco aquí. Penguin Random House, 224 pp.

En su obra Solo un poco aquí (2023), María Ospina parece recordarnos cuán escindidos estamos de la naturaleza y cuánta estrechez supone para la percepción humana semejante brecha mental. Ciertamente un gesto reprochable de incomprensión entraña el hecho de no dimensionar la vida como un todo orgánico que -si bien se mira- no prioriza intereses ni motivaciones de ninguno de los entes que devienen existencia y luchan por sobrevivir a secas. Tal cual discurre y se disemina la vida en este libro: sin las linealidades típicas que traza el logos cuando pretende explicarlo todo a su imagen y semejanza, en clave instrumental. 

Lejos de ese propósito, y desde un narrador omnisciente que atestigua sin entrometimientos el dinamismo violento de la naturaleza en su eterno fluir, Ospina logra recuperar una panorámica en la que nuestra presencia en la tierra no asume ínfulas de protagonismo por sobre las sensaciones que experimentan otros seres vivos. Muy por el contrario: su mirada des-jerarquiza los osados e ilusorios niveles de importancia atribuidos por el hombre promedio a todo cuanto lo rodea; se posa a una distancia muy corta (casi al punto de querer fundirse con ellas) sobre existencias de las casi nadie se percata al día de hoy por andar con los ojos clavados en el propio ombligo. 

Adoptando un lugar de enunciación descentrado de la perspectiva humana, la autora bogotana nos ofrece auténticas raciones de vida a quienes de tan ensimismados  le hemos perdimos acaso el gusto a la contemplación de un afuera viviente. He aquí un rápido bosquejo: dos perras (Katy y Mona) enfrentan temerosas el abandono al que fueron condenadas: la una por apresamiento de su dueño habitante de calle, quien le promete entre gritos desesperados de lealtad volver mientras lo conducen a rastras a una patrulla de la policía; y la otra por decisión de una mujer que simplemente la deja amarrada en el borde de un parque al norte de Bogotá. Por su parte, una tángara escarlata libra una extenuante batalla de supervivencia mientras intenta huir del invierno hacia tierras del sur y se ve aturdida entre los rascacielos luminosos de Manhattan. Un escarabajo hembra padece el destierro tras quedar atrapado en la bolsa de acelgas que una mujer transporta hacia su apartamento en Bogotá después de haber vacacionado varios días en la casa de campo de su tía. Una puercoespín es entregada, entre dubitaciones melancólicas, a la Dirección de Control Ambiental de Bogotá por las manos de la misma mujer que treinta y siete días antes la ayudó a nacer en el altiplano boyacense mediante cesárea cuando su perro mató a la progenitora…

En esa sucesión de vivencias tan conmovedoras, el ego y la soberbia humanos parecen aposta disminuidos por un narrador que, sin ser intrusivo cuando intenta comprender las vivencias animales, sugiere paralelos y contrastes entre seres en apariencia frágiles y el hombre en su afán baladí por declararse amo, señor y conocedor de todo cuanto avista a su alrededor. Es decir, la autora sabe sopesar esas vulnerabilidades que, en últimas, son las que abonan de esperanza el suelo común sobre el que se levanta cualquier forma de vida aquí en la tierra mientras pugna por conservarse. 

Por ejemplo, mucho menos afortunados que esa tángara desorientada que lucha por continuar su viaje migratorio hacia el sur entre aletazos angustiosos encuentra a sus padres la técnica de turno del radar detector de pájaros del Aeropuerto Internacional Dulles en Washington: 

Hay algo en la vehemencia del revoloteo de los animales que la atormenta. Ese flujo siempre la hace evocar a sus padres, que llevan veintiséis años de sedentarismo forzado en Nueva York desde que volaron allí del Ecuador y que siguen sin papeles. Sentada en su torre invicta, mientras ayuda a que todos los demás transiten por los aires, la perturba la brecha entre el movimiento de unos (los que vuelan como pájaros y los mismos pájaros) y la quietud obligada de otros. 

En esa misma línea comparativa parece ubicarse una becada inmigrante que vive en Estados Unidos cuando piensa en cuál será el destino de esa misma tángara que cayó desfallecida en su balcón de Bogotá, y cuya suerte la obsesiona luego de haber reanudado el vuelo: 

En un inglés que la hará sentirse siempre inexacta y dudosa, le explicará a su amante que la deslumbran las aves viajeras porque, en su ondulación que desmorona la línea entre cielo y tierra, vuelven morada breve cada nicho del mundo mientras que sus alas insisten en que nada se habita de forma definitiva. Huéspedes del cielo, donde no hay guarida, ignoran las fronteras infames que inventa la gente, y se burlan de la ira humana que maldice al forastero. Nadie puede gritarles ¡regrésate a tu país! para ofenderlas (como se lo dirán una vez a ella). Aunque en el viaje al pájaro puedan paralizarlo la sequía y el frío, un depredador hambriento y tantos estorbos humanos, no lo carcome la añoranza. Profana cualquier lindero, pero siempre está inmerso en la mixtura, no al lado o al margen, sino enredado en los tejidos del mundo, que son también los del aire, donde no importa la residencia. 

En apreciaciones como esas, que son recurrentes a lo largo de toda la obra, se deja sentir la vulnerabilidad como condición inmanente a cualquier forma de existencia en su tránsito por la naturaleza (bien sea grande o minúscula). Asimismo, la voz que describe el itinerario de supervivencia de los diferentes animales que protagonizan esta obra no pretende invadir con aseveraciones definitivas y concluyentes sus respectivas sensibilidades. A la observación frívola típica del ojo que suele extraer datos científicos sobre la vida animal, Ospina sabe oponer la contemplación inocente y la distancia respetuosa que demanda menos respuestas que empatía y proximidad estética. 

Varios pasajes son muy dicientes en ese sentido: ese en el que un ornitólogo, el cual había instalado una cámara radar en uno de los ejemplares que volaba en la misma bandada de la tángara, se muestra sorprendido al descubrir que luego de haber chocado su objeto de estudio contra el cristal de un edificio y de haber caído muerto en el pavimento fue conducido hasta un parque por una mano anónima que le dio santa sepultura e incluso coronó su tumba con un crucifijo, un gesto que trasciende a todas luces cualquier valoración cuantitativa. También está ese en el que la estudiante becada se queda fascinada ante la presencia en vivo y en directo de la tángara escarlata aporreada en su balcón, cuyos rasgos característicos se anima a consultar toda la mañana en internet al precio de llegar tarde a su trabajo, para luego concluir que “la lista de detalles referentes a la especie le parece obscena frente a la vitalidad tenue del pájaro que no parece encontrar su potencia en el balcón”. O aquel en el que la señora que transporta a la puercoespín hasta el refugio de animales silvestres de Bogotá percibe una brecha entre la hoja inerte que registra el nombre científico de la cachorra (coendou vestitus, dice a puño y letra el papel que le ha pasado la asistenta al terminar de levantar el registro de ingreso) y el peso contundente carnoso y peludo del animal que tanto cuidó entre sus brazos por treinta y siete días. 

Pero hay algo más que refrenda esa distancia respetuosa entre los diferentes órdenes de sensibilidad que habitan la naturaleza según la perspectiva que ofrece Ospina en su libro: ese marcador discursivo recurrente a la hora de referirse a los posibles modos de experimentar el mundo desde la óptica de otra especie. Al describir a la cucarrona que se alimenta: “Quizás los jugos amargos y el moho peludo que marchita la hoja la invadan de un júbilo de bicho que nunca adivinaremos”. Al evaluar la posible reacción de una de las perras abandonadas mientras es conducida a una unidad protectora de caninos: “A  lo mejor a ella le sorprenda que la carguen hasta el baúl cuando acostumbra a asaltar sola al de la mujer que hasta unos días vivió con ella. Quizás la alivie la idea de largarse de esa calle mojada y llena de sospechas porque, aunque esconde la cola hacia adentro, ni siquiera protesta. ¿Creerá que la llevan a su casa o dudará de ello?” Al narrar el arribo de la tángara al otro lado de los cerros orientales que obligan a Bogotá a detenerse, justo cuando el ave descubre arrasado el bosque tupido que años anteriores la sostuvieron a ella y a tantos escarabajos, mariposas, polillas y puercoespines: “Quién sabe si escuche un aturdimiento vaporoso brotar de las hojas del roble sobreviviente y perciba sus lamentos por la ausencia de la tribu, por el vínculo perdido que segó la motosierra. Tal vez alcance a entender sobre los músculos del tronco el desconcierto de las raíces que buscan, pero no encuentran, otros tentáculos vivos”… Y  así en muchos otros apartados. 

En ese ajuste de perspectiva que nos invita a valorar la naturaleza desde sus más insospechadas e intrincadas conexiones, la voz narradora parece recordarnos todo el tiempo que compartimos con otros organismos este apartado rincón del universo. Un universo que, apreciado a gran escala y con la misma honradez estoica que destila la voz de Ospina párrafo a párrafo, a todos nos mira de soslayo y sin la menor compasión. O que, como bien lo expresara Nietzsche en uno de sus ensayos tempranos, nos otorga el derecho de proclamarnos su centro por el mero hecho de experimentarlo y suscribirlo a nuestra perspectiva, una más entre tantas otras que guardan la misma ilusión. 

Si pudiéramos hablar con un mosquito –subraya el aforista alemán con su habitual desparpajo lírico-  también él nos contaría que se siente el centro volante de este universo. Pues bien: justo así parecen percibirse los animales e incluso las plantas cuyos itinerarios vitales adquieren dignidad ontológica en la voz de Ospina, como si por medio de una especie de conjuro les hiciera recuperar acaso sus contornos a todos esos pequeños centros ante nuestra mirada desprevenida y en extremo especista. 

Haber operado ese efecto en la conciencia del lector mediante descripciones que se ofrecen como un flujo de lo existente en su más pura inmanencia es un mérito narrativo que confirma el talento de Ospina en lo que respecta a la reinvención de la forma novelesca tradicional mediante una voz sólida que sabe abrirse paso por entre lugares inexplorados cual senderista arriesgada de espíritu nómada. 

Atravesada por seres que atrapan de entrada con su misión de existir a secas (sin encargo de libretos ejemplarizantes ni correlatos arquetípicos), el libro de Ospina ofrece otros tiempos y espacios, reorganizando las maneras de contar y de hacer ficción; tomando una distancia considerable de los regímenes de representación con que opera la estructura de la novela tradicional. He ahí la potencia estética que le adjudica precisamente Ranciere a las obras que, como las de Ospina, son capaces de redistribuir un cierto reparto de lo sensible al que le corresponden por herencia y repetición ciertos significados. 

He ahí el mérito de una conciencia lo suficientemente amplia que logra desmarcarse del corralito del yo, ese cerco limitante que estrangula la imaginación narrativa de muchos escribientes de ahora. Que no exista una línea argumental de la que cuelguen los pedazos sobredimensionados de una vida que, en el afán de narrar-se, borra todo lo demás o hace aparecer todo lo demás como mera fantasmagoría supone un respiro en medio del biografismo exacerbado que satura hoy la oferta literaria nacional. 

Bien lo decía Todorov en uno de sus últimos ensayos cuando advertía el peligro al que sucumbía la literatura contemporánea por cuenta de aquella consigna solipsista que deriva de una malversación del nihilismo pos-romántico, y que parece impregnarse en los dedos de quienes escriben ficción hoy: Nada es real, excepto yo mismo, el que cuenta, única instancia digna de aparecer en lo sucesivo como figura principal por delante de un fondo borroso. 

Por suerte, libros como el de Ospina emergen para contrariar los efectos amargos de tan hostil augurio, y para devolverle vivacidad y nitidez a un mundo que trasciende los límites carcelarios de nuestra propia conciencia. Cuán refrescante toparse durante la lectura de esta obra con pasajes de tipo confesional como aquel en el que la mujer que observa de cerca al escarabajo que se ha traído por accidente en la bolsa plástica donde empacó sus acelgas reconoce que “cuando era niña aceptaba mejor los misterios del bicho, sin importarle respuestas. No sabía qué deseos lo habitaban, pero le bastaba con entender que tenía una voluntad secreta, desapegada de lo humano”.

Hace falta contagiarse más a menudo de esa inocencia primigenia que transmite el libro de Ospina, pues parece un organismo vivo contándose a sí mismo, narrándose desde un no-lugar, o, en todo caso, desde un lugar NO preponderante. Vaya gesto de genuina modestia que hace rato no expresaban las páginas de una obra colombiana. Mis respetos. 

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