¿Importa más un diente o un poema?

Valeria Luiselli se convertirá en una de tus narradoras favoritas. Digamos que un día vas a la librería. Estás en el año 2015. Ha llovido, tu novia te acaba de terminar, tus gafas se rompieron en un atraco porque forcejeaste, los tipos no te querían dejar ir y te taclearon, cayeron al suelo, los libros se desparramaron, lloraste de rabia. Esto pasó dos días antes. Ahora vas al lugar donde transcurren los momentos solitarios, taciturnos, grises de tu existencia insulsa y sobre adjetivada. Acaba de llegar La historia de mis dientes (2013) de segunda mano. Piensas: “Tengo unos dientes chuecos”, pero los brackets te horrorizan. Ojeas la novela con algo de desconfianza porque no te parece un tema interesante el de los dientes: solo sangran, acumulan sarro, se caen, muerden, mastican, se amarillean con el cigarrillo. Piensas: “Ah sí, este debe ser otra novela psicoanalítica como la de Italo Svevo en la que ese personaje cuenta su vida a través de sus cigarrillos, ¿cómo se llamaba?, ah sí, La conciencia de Zeno”.

No quieres comprarla porque es cara. No es tanto por el tema. Una novela de Sexto Piso siempre es cara, aunque sea de segunda. Es mexicana; libros importados. Tienen doble guarda. Eso te gusta. Te gusta el papel, la letra un poco cuadrada, pero gruesa. Las portadas, en este caso un collage de distintos elementos: fotografías, una galleta china, dentífrico, cepillo y en el centro un diente. Recuerdas el día que te extrajeron las cordales. El sonido de la muela al partirse, la fresa, la anestesia que no te hizo efecto, la sensación de la encía vaciada y los puntos que te hicieron sentir un pedazo de carne abierta. Qué más da, compraste la novela.

Hubo una buena experiencia con Los ingrávidos (2011). Te sentías, en ese momento, como Gilberto Owen: alguien que empieza a desaparecer y se pesa todos los días por miedo a volverse un fantasma. No estabas en Nueva York en los años veinte, pero sí en la Bogotá llena de smog del 2011. Las miradas te atravesaban como si fueras un cuerpo transparente o un no cuerpo. Habías perdido once por estar leyendo, tomando cerveza y jugando billar en la catorce, dizque porque allá iba Aurelio Arturo en el siglo pasado. Leíste Los ingrávidos en la biblioteca Luis Ángel Arango, en la sala de Audiovisual. Ese tapete rojo te trae recuerdos. Te preguntas si la palabra soledad vendrá de la palabra sol, como ese que te cubría en dicha sala del cuarto piso de la biblioteca, con sus vidrios transparentes: ¿como tu cuerpo?

Ella dijo que no podían seguir porque estar contigo era como estar sola. “Se sentía sola a mi lado”, te dices. Viste The Lobster de Yorgos Lanthimos el mismo día de la ruptura y sentías que un vórtice, del tamaño de los cerros orientales, se abría en tu pecho. Todo era muy cliché en ti. Te daba rabia, pero también te hacía sentir especial: tu dolor relucía a plena luz del día como una bufanda nueva. La película no te hizo bien. Esta realidad se parecía mucho a lo que veías en la pantalla: un mundo “alterno” donde tener pareja era obligatorio, de lo contrario te mataban, o tenías que huir y vivir forajido; ese mundo donde si no te enamorabas terminabas convirtiéndote en un animal: ¿cuál elegirías tú? El personaje de la película eligió una langosta. Piensas que en dado caso te irías por un coatí. Vivir en el bosque como Thoreau, porque sufres tanto y tu dolor contamina el aire con su humo denso, así que mejor confundirlo con la niebla.

Te vas con tu libro, una vez ha escampado, a un café en la séptima. Eso habría hecho León de Greiff y tú quieres sufrir con altura, con tomas cinematográficas, libros, cafés y lluvia. Con dientes rotos y encías supurantes de materia. Algo físico. Para que, cuando escribas, sea visceral. “Di algo visceral de una buena vez”, te dice Montalbetti en un poema y tú lo tomas al pie de la letra.

Empiezas tu reseña sobre La historia de mis dientes contando tu vida, porque así esperas atraer más lectores a tu blog, porque quieres lucir culto, atento a las novedades, pero fresco, desinteresado. Quieres escribir con el desparpajo que admiras tanto en gente como Mario Bellatin, Pablo Katchadjian o Valeria Luiselli. Si es que Valeria Luiselli existiera, porque ahora sabes que trabajó en una fábrica de jugos, por lo tanto, es probable que sus textos no los escribiera solo ella sino sus compañeros de la fábrica. Valeria Luiselli vendría siendo el nombre que adopta un colectivo, una mano negra de escritores fantasmas a punto de desaparecer, como tú. 

***

La escritora Cristina Garzón, aficionada al Ultimate y compulsiva comedora de gomitas Trululú, quería dar un paso en su carrera. Estaba cansada de su propia empresa. Había creado una página en Instagram y había puesto avisos en las paredes de varias universidades. “¿Cansado con tu tesis? ¿Quieres graduarte? Nosotros hacemos el trabajo”. Después de ocho tesis su vida se había convertido en un infierno. No lograba conciliar el sueño. Tenía pesadillas con licitaciones públicas, cadenas de carbonos, tensores o la diferencia entre significante y significado. Los temas de las tesis le invadían su vida diurna y nocturna como gusanos de luz.

El plan era sencillo, se postularía a la revista El Bienpensante. Había escuchado que pagaban treinta euros por reseña. No era mucho, pero si lo multiplicaba por cuatro y le sumaba una tesis, podría llegar a fin de mes. Hizo su primera reseña sobre un libro poco conocido para llamar la atención: Trilobites de Breece Pancake. Pasó la prueba. Quedó contratada. La revista tenía una serie de libros sugeridos, que con un solo click podrían llegarle a su casa. Escogió El ala izquierda de Mircea Cartarescu, La historia de mis dientes de Valeria Luiselli y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo de Mario Levrero. Quería empezar por libros que la misma revista sugiriera para mostrarse receptiva y ecléctica.

Leyó primero La historia de mis dientes y escribió:

“El libro es raro, tiene una voz disparatada de un cantador de subastas. Aire cervantino, juego con los narradores. Reflexión sobre el arte. Novela sin pies ni cabeza. Hacer reseña negativa”.

Esa nota quedó escrita en un post-it que dejó dentro del libro. La reseña se publicó, recibió sus treinta euros. Luego vendió el libro. La técnica la adoptó de uno de los reseñadores que conoció en la revista: vender los libros, una vez reseñados, en la librería de un calvo en el centro que los pagaba bien. Con parte del pago se compró un paquete grande de Trululú, edición limitada, de peces rellenos con un líquido azul y ácido. 

***

En la edición en inglés la traductora Christina MacSweeney agregó un detallado mapa cronológico con biografías, líneas de tiempo y datos complementarios a la novela La historia de mis dientes de Valeria Luiselli. Esa guía que MacSweeney usó para la traducción se introdujo como un capítulo más del libro. En la edición china, dado que había errores en los ideogramas, la traductora decidió hacer cambios e intervenir el texto. Estas maniobras son posibles porque Valeria Luiselli tiene una visión desapropiativa de su escritura. 

En Desierto sonoro (2019) Luiselli aparece como traductora junto a Daniel Saldaña París. El libro, producto de un viaje que ella hizo con sus hijos y su marido hasta Arizona en carro, tomó prestada también una investigación y unas experiencias de Luiselli al fungir como traductora de niños migrantes llevados a juicio injustamente y en condiciones desiguales frente a la ley. En esta novela aparecen una serie de fotografías al final que dan cuenta palpable del viaje de los personajes. El archivo como huellas sensoriales que hacen más nítida y confusa a la memoria. 

En Los ingravidos también aparece el archivo, sustentado por la biografía de Gilberto Owen, el poeta mexicano de la generación de los Contemporáneos. Se funde investigación y vida en esta novela, otro juego para difuminar niveles de realidad o niveles de sueño, como se quiera ver.

La historia de mis dientes trasciende el archivo y entra en lo performático. El ejemplo de la traducción anglosajona y china son  maneras de performar la novela. Es un libro que bien podría ser una instalación, un video documental, una obra de teatro. El soporte material no importa mucho, aunque tengamos un libro como resultado final. Es el gesto imaginativo el que sobresale. La novela cuenta la historia en primera persona de Gustavo Sánchez Sánchez (apodado Carretera) y sus múltiples trabajos: celador en una empresa de jugos, masajista, vendedor de diarios, hasta llegar a su vocación verdadera de cantador de subastas.

Desde su nacimiento el libro fue performático. Empezó como una solicitud de la galería de arte contemporáneo Jumex, que a su vez tiene una fábrica de jugos para subsidiar las exposiciones y las piezas de arte que adquiere. La solicitud era bastante abierta, pero buscaban que Valeria Luiselli elaborara una especie de catálogo o bitácora de una exposición. Ella hizo la contra propuesta de realizar una novela por entregas en colaboración con los trabajadores de la fábrica. Semanalmente ella escribía un capítulo, los doce obreros que se habían prestado para el experimento lo leían, daban opiniones que eran grabadas en audio y le eran enviadas de vuelta a Valeria. Ese fue un primer borrador de la novela.

Carretera es guardia de la empresa que en la vida real fue el epicentro de escritura de la novela. Creer que Carretera no existió sería como poner en duda la existencia de la fábrica o de Valeria Luiselli, que tienen su correlato referencial en páginas, sedes, entrevistas y fotografías. Así mismo, la segunda parte de la novela es narrada por un biógrafo quien, por las dudas, toma fotos que aparecen al final del libro mostrando los lugares donde estuvo Carretera, incluso el lugar exacto donde esparcieron sus cenizas. 

Carretera se entera de que Samuel Pickwick con tan solo escribir un libro consiguió el dinero para arreglarse la dentadura. Él, Carretera, sueña con tener unos lindos dientes. Decide, como acto homónimo al de escribir, volverse subastador. La técnica que desarrolla es incrementar el valor de un objeto, por banal que sea, al contar la historia más excéntrica posible acerca de su procedencia. El momento cumbre es cuando, en una iglesia, subasta su colección de dientes, que incluye las dentaduras de Borges, Petrarca, Virginia Woolf, Rousseau, San Agustín, Platón, entre otros. La euforia llega a un nivel de paroxismo en el que Carretera piensa: ¿por qué no subastarme a mí mismo? 

El desarrollo de la técnica crece hasta prescindir del objeto. Llega un punto en el que Carretera ni siquiera vende el objeto, sino solo la historia que le da valor. ¿No es eso lo que hizo Samuel Pickwick, escribir un libro para ganar dinero, es decir, vender solamente una historia sin objeto? 

El fetichismo de la mercancía, desde Marx, marca una de las pautas más decadentes del capitalismo. Se ocultan las condiciones de producción de un objeto, incluso su utilidad real, para convertirlo en una concentración de capital virtualmente ilimitada. Para efectos ilustrativos, remontémonos al año 2021. El Museo de Arte Moderno Kunsten en Aalborg le pagó por adelantado al artista danés Jens Haaning 80.000 euros por dos pinturas. El resultado: dos lienzos en blanco con el título: Toma el dinero y huye. El artista, sardónico e hilarante, quiso hacer una crítica y una mofa del mercado artístico. De modo que el valor de una pieza de arte, en la era de la inteligencia artificial, es tan arbitrario como ridículo. Poner un banano o unas gafas en un museo es suficiente para que cueste muchísimo dinero. Unos tenis Nike o un celular IPhone adquieren un aura mística, como si manos humanas no hubieran intervenido en su elaboración, pero estas huellas se borran y caemos de rodillas ante el fetiche del producto, sin importar su precio. 

Como los culebreros, Carretera entendió la pirotecnia del lenguaje, la parla, en toda su potencia. Es a través de las palabras, de los discursos y las historias que vendemos algo. La escritora también se involucra en este mercado de la oferta y la demanda. El libro se vende al mejor postor, que la mayoría de las veces no cuenta con el tiempo para leerlo o prefiere otros modos de entretenimiento. Valeria Luiselli tomó los dientes, esa puerta de entrada a nuestro interior, para desplegar todo un dispositivo ficcional que transgrede los límites y confunde lo real con lo inventado. La autora hace Name-dropping de todos los escritores latinoamericanos posibles. Aparece Yuri Herrera convertido en policía, los escritores colombianos Antonio Ungar y Juan Álvarez convertidos en carniceros, Rubén Darío aparece como dueño de un puesto de periódicos callejero, y así la lista continúa. 

Valeria Luiselli es una joven tartamuda en el libro, que toma clases de dicción. El juego metaficcional llegó tan lejos que se toma a ella misma por personaje. Todos estos nombres de escritores, puestos en otro contexto, ¿pierden valor? Ganan, dijéramos, posibilidades semánticas, crean un mundo. El mundo de Valeria Luiselli de ficción extrema llevada a sus últimas consecuencias. 

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Quien escribe fetichiza el lenguaje para poder venderlo, dijo. Capitalismo cognitivo, dijo. Ya no vendemos nuestra fuerza de trabajo solamente sino nuestras ideas, nuestra capacidad creativa al servicio del capital. Las relaciones de producción nos llevan a instrumentalizar el conocimiento para obtener ganancias. El escritor se convierte en una pieza más del engranaje, escribiendo libros prefabricados, aplanados moralmente y domesticados. La estructura es lineal, la trama dinámica e interactiva, y los personajes o buenos o malos, nada de grises, necesitamos que el lector se identifique con los puntos de vista y las acciones del protagonista. Nada de “La función de la literatura es darles calma a los perturbados y perturbar a los que están en calma”, como dijo Foster Wallace. No. Aquí vinimos a vender. Esto se trata de productos, dijo. 

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Tomás Collazos publicó el poemario Andar a dientes (2024) en Totuma Libros, la editorial que dirigía el chico de la primera historia relatada, la del 2015 —cuyo nombre ocultamos por prudencia—, con la escritora Cristina Garzón. Se conocieron por las reseñas que ambos habían escrito, se hicieron socios de la editorial y decidieron darle una oportunidad al tema de los dientes, por eso publicaron a Tomás. Como el ensayo GAs de Virginia Woolf, donde narra la extracción de dos dientes, Tomás escribió un libro para mostrar en la poesía su ejercicio de catador de suelos o muerdeparedes. El libro tiene imágenes desgarradoras, como la de alguien que se arrastra con la boca, siembra dientes en el jardín, o un poema-ensayo titulado La dentición humana donde la voz poética de Tomás busca los colmillos que perdió en una caída dentro la librería de sus amigos. Encuentra un diente con millones de años de antigüedad y lo desecha. Su único interés es encontrar los colmillos perdidos para tratar de reimplantarlos en sus encías.

La escritura no es más que el pretexto para tener una bonita dentadura.

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Advertencia: nada en este texto es verdadero. Se recomienda no leer La historia de mis dientes de Valeria Luiselli: causa pérdida del principio de realidad, náuseas y vértigo. 

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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