«CONVERSACIÓN AL SUR» DE MARTA TRABA

CONVERSACIÓN, EMPATÍA, EXOTOPÍA, DENUNCIA Y PERSECUCIÓN POLÍTICA

Por Juan Manuel Zuluaga Robledo*

Marta Traba como una hábil prestidigitadora, sorprendió al mundo literario hispanoamericano con la publicación de «Conversación al sur» en 1981. Es una novela atípica, sui generis, fragmentada —no lineal, contraria a las novelas decimonónicas; es hija del Post–Boom— en la que la conversación sirve como vehículo terapéutico para que las víctimas de los regímenes totalitarios, exorcicen sus demonios interiores, procesen sus traumas y hagan catarsis y sanación.

De hecho, tal como expone el crítico y ensayista colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, la novela inicialmente tendría por título «La conversación» y trae a colación un diálogo epistolar en el que la escritora le habla sobre sus intenciones de escribirla, motivada por el estallido de la Guerra de las Malvinas y la manipulación de la Junta Militar liderada por Videla en Argentina: «Estamos azorados de las catástrofes a nuestro alrededor, que van desde las Malvinas hasta la casi negativa de la visa y sucesiva deportación, pasando por varias inundaciones domésticas. Terminé la novela y la arrinconé cuidadosamente para que añeje para ver si acepta una segunda lectura menos emotiva» (327, Cobo Borda).

Una casa cualquiera en Montevideo, Uruguay. La preparación de un aromoso café motiva una conversación sencilla, común y corriente entre dos mujeres de generaciones distintas. Es el poder de una conversación cotidiana, con la habilidad de aclarar la mente y manejar dolores y traumas; es un juego de actores tal como si fuese representado en las tablas de un teatro. Los actores deciden deliberadamente participar en el escenario; nadie los obliga a actuar allí. Lo hacen por voluntad propia: «le pregunta si quiere un café para enseguida, sin esperar respuesta, dirigirse desde la cocina desde donde será más fácil, por lo menos es así en el teatro, iniciar una conversación con preguntas tiradas desde lejos, al azar, que pueden contestarse o no contestarse» (Traba, 8).

Ambas, las protagonistas de la conversación, son víctimas directas e indirectas de las férreas dictaduras del Cono Sur. Las dos mujeres —una madura, llegando a los 40, la otra en la plenitud de sus veintiocho años— tejen una conversación cotidiana en la que afloran sus condiciones de víctimas en tres regímenes de facto distintos —pero conectados entre sí por sus idearios políticos—, en los años 70: las represiones dictatoriales de la Junta Militar a la cabeza de Jorge Rafael Videla en la Argentina, el control totalitario de Juan María Bordaberry en Uruguay y la fuerte dictadura de Augusto Pinochet Ugarte en Chile.

 Son víctimas directas e indirectas: sufrieron en carne propia la represión dictatorial. Indirectas, porque al estar en la capital uruguaya sufren por la suerte de sus familiares, alejados de ellas, que militan en la oposición, ya sea en Buenos Aires o Santiago de Chile.

En la novela de Marta Traba, la conversación representa el medio para que el individuo pueda procesar su trauma personal haciendo catarsis de todo esto. Como lectores, se nos presentan tres perspectivas para abordar el procesamiento del trauma a través de la conversación en la obra. Primero, asistimos a la conversación circunscrita en el ámbito privado: dos mujeres que dialogan al calor de un buen café para hablar de la persecución política que padecen, sus traumas, las privaciones de sus derechos fundamentales. No obstante, siguiendo los postulados aportados por Mijaíl Mijáilovich Bajtín en «El autor y el héroe en la actividad estética», para que la conversación sea exitosa como un canal para superar un trauma, debe haber personas dispuestas a escuchar el testimonio de la víctima, pero no basta con ello: también deben acreditar la veracidad de los hechos narrados. Por lo tanto, Bajtín se pregunta sobre la manera cómo debemos responder éticamente al sufrimiento del otro, dispuestos nosotros a escucharlo y acreditarlo.

Siguiendo los postulados de Bajtín en «Conversación al sur», se interrelaciona el sentido estético de Marta Traba (su talento estético para concebir la novela; Irene y Soledad son sujetos estéticos), en conjunción con el sentido ético del texto, diferenciados ambos conceptos, pero conectados entre sí. Por lo tanto, Batjín «diferencia entre el acontecimiento ético y el estético: cerrar el acontecimiento ético con su sentido venidero siempre abierto y ordenarlo arquitectónicamente es algo que sólo se puede hacer trasladando el centro valórico, de lo dado como tarea, a la realidad dada del hombre participante en él» (Batjín, 4).

Es decir, en primer lugar, en «Conversación al sur» asistimos, en una primera instancia, a una conversación entre dos mujeres dispuestas a escucharse mutuamente en el sentido ético; detallamos a dos mujeres convencidas políticamente de lo que una le cuenta a la otra y viceversa. Entre ellas se teje un sentido ético de escuchar la historia trágica y traumática de cada una.

En segundo lugar, es una conversación en un ámbito reducido que se amplía después a una comunidad de víctimas. Se debe considerar que la comunidad de victimas —aunque sea minúscula— ya está establecida entre las dos protagonistas: ambas se reconocen y se identifican como víctimas del stato quo. Lo anterior, lleva a considerar desde la perspectiva bajtiana, que en primer lugar, tal como puede ocurrir con un material testimonial, en la conversación iniciada entre las mujeres, creadas por la mente creativa de Traba, se da una suerte de empatía que no basta para que el procesamiento del trauma sea exitoso.

Por lo tanto, se necesita un segundo plano de acción: la exotopía, estadio que permite que los personajes de la novela tomen acción y ayuden a depurar el germen traumático que impera en ella. Sin embargo, esa exotopía no radica solamente en poner a leer a los lectores de manera pasiva. También implica la participación directa de los lectores; se necesitan lectores activos que dejen su rol de simples espectadores. Necesita comprometer a los personajes y también a los lectores por igual.

En un tercer plano, con la intención de enganchar a sus lectores por medio de la verosimilitud (en realidad poco importa si se trata de un testimonio, si se lee una narración ficcional o cien por ciento real), la escritora colombo–argentina presenta como telón de fondo la realidad político–social de los tres países en los que discurre la historia. Ofrece datos comprobables de la represión, las oprobiosas torturas utilizadas contra las víctimas, los métodos contrainsurgentes, ejecutados por igual contra todo intento de oposición, generando terror y traumas.

Asimismo, Marta Traba ofrece entonces un contexto real y verosímil del escenario en que las dictaduras impusieron sus historias oficiales, manipulando a la población civil por medio de cortinas de humo y sofismas de distracción. En la novela de Traba, también se presenta el nivel de manipulación con que fue sometido el pueblo argentino por parte de la dictadura de Videla: Para nadie es un secreto que la Junta Militar utilizó la Guerra de las Malvinas —conflicto con la Inglaterra de Margaret Hilda Thatcher—, para propiciar un débil nacionalismo que sirviera como sofisma de distracción para enmascarar sus atropellos y violaciones contra los derechos humanos. Asimismo, utilizan la celebración del Mundial de Fútbol de 1978 como otro sofisma para tapar las graves violaciones cometidas en medio de su «guerra total» (Traba, 62).

A la par de tener el descaro de negar en todo momento la utilización de métodos poco convencionales de tortura para obtener información del enemigo, negar a los desaparecidos eliminados en medio de sus maquinarias sangrientas; en Buenos Aires, ignorar y tratar de dementes —borrarlas a través de la indiferencia—a las Madres de Mayo, con sus pañuelos blancos en alto contra el Palacio de la Moneda (82, 84 y 85).

La novelista y famosa crítica de arte, se vale de estos tres escenarios, para idear una particular discusión sobre el arte de procesar el trauma, desatado por el terror dictatorial, por medio del bien llamado arte de la conversación como modalidad terapéutica.

CONVERSACIÓN, DISPOSICIÓN A ESCUCHAR Y ACREDITACIÓN DEL TESTIMONIO

Cabe destacar como, ya se expuso, que en la obra se hace patente la creación de una pequeña comunidad de víctimas que comparten sus traumas y dolores: entendamos a Dolores e Irene —las protagonistas de «Conversación al sur»— como una pequeña comunidad, ya creada per se. Es decir, Irene necesita que Dolores la escuche y acredite los traumáticos sucesos que le narra; y Dolores necesita a Irene para el mismo propósito: la conversación implica que sus testimonios sean importantes para cada una de ellas, como emisoras y receptoras del mensaje —la conversación sirve para exorcizarse sus traumas personales— pero no basta con atender y escuchar las palabras de la otra, se necesita acreditar que lo que se comunican es verídico (Marta Traba juega hábilmente con la verosimilitud) y está sujeto a una realidad política y social innegable, en un contexto en que todo intento de oposición a los regímenes de facto era eliminado de tajo.

No obstante, aunque de por sí hablamos de una pequeña comunidad de victimas en las figuras de Dolores e Irene, para Traba constituye un problema real el hecho de expandir la comunidad a un grupo más amplio de personas. Es un verdadero reto pasar de una etapa de empatía, con el testimonio aportado por las mujeres, a un estadio en el que se configura una comunidad más vasta que ayude a sopesar un poco el tema del trauma y ayudar en realidad a procesarlo.

Es cierto que la pequeña comunidad formada por Irene y Dolores hace parte de un grupo más amplio, compuesto por amigos, familiares y personas que hacen parte de una oposición marginada y eliminada violentamente por los regímenes; eliminada a través del concepto de «guerra total» de Erich Ludendorf, destacado general alemán de la Primera Guerra Mundial. En ese sentido, el periodista y politólogo español Pedro Rivas Nieto sostiene que los teóricos de las dictaduras del Cono Sur en Sudamérica comenzaron a estudiar a Ludendorf y su teoría de la guerra total, quien también popularizó el concepto de «guerra generalizada» (Rivas Nieto, 61).

Para el líder militar alemán, la política debía ponerse al servicio de la guerra. Preconizaba una suerte de dictadura en aquellos que dirigen una nación. Toda la nación (la población) estaba llamada a la lucha (en lo material y en lo formal) (61). La paz debía estar al servicio de la próxima guerra en la que la población tenía el deber de participar. Arrinconar al enemigo con una serie de ataques en sus puntos débiles: con encuentros violentos y espaciados, conllevaba también a su eliminación total (61). Era necesario usar todos los medios disponibles: militares, diplomáticos, económicos, psicológicos, tanto a nivel interno como externo. La guerra absoluta debía ser concebida de esa manera. El pueblo debe estar cohesionado para ganar una guerra y Ludendorf creía que la disidencia es un cáncer que atenta contra la supervivencia de la nación (61). Ese concepto de exterminio y eliminación tajante de la oposición, conlleva la aplicación de «una guerra total» que también está presente en «Conversación al sur»: «De repente, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraron en medio de una guerra sangrienta y descubrieron tardíamente que el enemigo, siempre menos inocente de lo previsto, había contado con esa guerra para trepar hasta el poder y estaba armado hasta los dientes dispuesto al exterminio» (Traba, 147).

Es una labor complicada, crear una comunidad más amplia en medio de un contexto en el que se aplica el concepto de la «guerra total» —seducir a personajes y lectores para que se comprometan con la causa que defiende, que acredite sus historias y estén dispuestos a escucharla—, es una labor intensa y difícil, teniendo en cuenta que el grupo a que se quiere dirigir está siendo constantemente manipulado, reprimido y vejado por la dictadura (166). La represión lleva a que la gente quede sumida en la indiferencia y no sienta compasión por las víctimas.

Ese grupo indolente siente miedo, pavor; sobre su espalda recae tanto peso represivo que, por temor a represalias futuras en su contra, opta por la indiferencia ante los atropellos cometidos contra las mujeres protagonistas. Sobre este particular, sobre esa ausencia de acreditación y esa falta de ánimo para comunicar sus penas, Dolores expone la siguiente reflexión: «¿Por qué no se lo conté a nadie? Creo tener la respuesta; porque nadie estaba dispuesto a creerme, o, peor todavía, en caso de que me creyeran, nadie estaba dispuesto a compartir esa furia y ese dolor. Y esto me parece lo más grave» (165). En sintonía con lo anterior, Marta Traba a través de sus personajes, logra ese grado de exotopía, ese nivel de compenetración con una comunidad más amplia, y comprueba también que es una labor harto complicada cuando una población acosada por la represión se torna indiferente y le importa muy poco la suerte que pueda correr el grupo minoritario, perseguido por las Fuerzas Armadas del Estado. Es una suerte de exterminio, equiparable con el holocausto cometido por los nazis contras las comunidades judías en Europa (166).

Ahora bien, es cierto que Irene y Dolores, conectadas con sus respectivos amigos, familiares y compañeros de lucha, han logrado conformar una comunidad de víctimas, idónea para procesar el trauma. No obstante, en un principio, el primer acercamiento entre las protagonistas —ubicado en una esfera privada— luego del regreso de Irene a Montevideo en su calidad de exiliada, está dado a través de una conversación inesperada. De esa manera comienza la historia diseñada por Traba para capturar y enganchar al lector como una respuesta literaria a la barbarie accionada por las tres dictaduras del Cono Sur en cuestión. En realidad, personajes como Irene y Dolores experimentaron acontecimientos traumáticos de una envergadura inimaginable. Siguiendo las ideas de Dominick LaCapra en «Historia y memoria después de Auschwitz», cabe preguntarse la manera cómo «Conversación al sur», entendida como una imaginación estética con un compromiso ético, logra recrear hechos macabros de una extrema atrocidad, acontecimientos que enquistaron traumas en las mentes de las protagonistas. El problema de reproducirlos en un plano estético y literario —según LaCapra— tiene que ver con «alcanzar sus dimensiones empíricas y contrarrestar el rol de las fantasías, no podemos evitar toparnos con hechos cuya realidad empírica llega hasta extremos fantasiosos» (LaCapra, 207). En ese sentido, LaCapra arguye que para recrear los acontecimientos traumáticos, el talento creativo de un autor (en este caso, Marta Traba), impone «vías de escape», o evasiones de la realidad. Una vez ocurridos los hechos dolorosos, la visión estética puede ser sobrepasada por alucinaciones, flashbacks y reminiscencias traumáticas que pueden colisionar contra «el poder potencialmente curador del trabajo de la memoria» (207). Por eso, se debe entender también la novela de Marta Traba como un trabajo sobre la memoria en relación con el procesamiento del trauma. No obstante, por más que se produzcan este tipo de representaciones literarias del trauma desatado en el Cono Sur, éste estará latente y escondido en la psiquis de las víctimas de los orbes dictatoriales.

En otra instancia, en cuanto a la conversación sostenida por Irene y Dolores, es posible detallar un narrador en tercera persona que relata este primer encuentro: para Irene resulta inesperado e incómodo en un principio. Por eso, al sonar el timbre de la vivienda montevideana en la que ella se encuentra, se siente atemorizada: ¿Quién estará atrás de la puerta, llamando con insistencia? ¿Quién podrá ser? ¿Víctima o victimario? ¿Un informante repentino que le diera información sobre el paradero de sus familiares desaparecidos? Es la sensación de zozobra, es el trauma que se apodera de los cuerpos y mentes de las víctimas. Al otro lado, al abrir la puerta, surge Dolores (Traba, 7).

De repente, las dos protagonistas quedan frente a frente reconociéndose como víctimas (una incipiente empatía aún); pero todavía no están dispuestas a conversar: el hecho de hacerlo puede llevar a excavar asuntos dolorosos que las lleven a reproducir sus traumas a manera de flashbacks. Es por eso que Irene al reconocer a Dolores como víctima, en un principio, desea anularla para que no la haga rememorar su angustioso pasado de víctima, caracterizado por la represión, persecución y exilio: «Quedaron las dos frente a frente, simétricas, una a pleno sol y la otra en la oscuridad del corredor. Pensó con alivio que la muchacha estaba mucho más expuesta que ella y que de pronto, podría disolverse en la luz. […] Le hubiera gustado borrarla antes de desaparecerla» (7). Acto seguido, tendrán que romper el hielo lentamente.

Para motivar la inesperada conversación, tendrán que iniciar un juego de preguntas y respuestas lanzadas al aire —como ya fue expuesto—, tal como sucede en un primer encuentro de personas que apenas se están reconociendo; ellas deciden si contestan o no esas preguntas que se formulan mutuamente. Pero lo cierto es que deciden entrar de lleno en la conversación por voluntad propia, motivadas por un deseo de compartir sus penas, y equiparar sus traumas. De esa manera, comprueban que no están solas en el mundo: cuentan con historias semejantes, simétricas, como Marta Traba describe su encuentro inicial en el umbral de la puerta.

Su encuentro supone entonces, aunque sea doloroso para ellas, una vuelta hacia el pasado; su contacto implica una contradicción ¿Por qué lo es? Reconocerse está sujeto a revivir un pasado traumático de dolor físico y psicológico, pero también implica la posibilidad de quebrar el hielo y así motivar una conversación que empáticamente las acerque en su condición de víctimas. Ese contacto con el pasado tortuoso estaba grabado su mente de víctimas y se ve reflejado en los sentidos, en este caso, del olfato: «Como si hubiera pasado un día, pensó mientras sus caras se rozaban y husmeaba un áspero olor olvidado» (8).

Asimismo, no es gratuito que la muchacha se llame Dolores. Marta Traba deliberadamente escoge el nombre con el propósito claro de recordarle a Irene todos los horrores sufridos en el pasado, tanto por ella como por la recién llegada. En medio de esa serie de preguntas y respuestas lanzadas al azar, se va dando la conversación como un ritual, como si se tratara del parlamento de una obra de teatro entre dos personajes, acompañado del fragante café (9).

Mientras se preparan para la puesta en marcha de su obra de teatro personal, ambas comprueban que su conversación conlleva ciertos peligros que las podrían llevar a revivir el pasado de manera traumática: Irene se cuida de hablarle a Dolores de bebés y embarazos. Ella fue brutalmente torturada cuando se encontraba en gestación. Ambas se estudian y se examinan, antes de entrar de lleno en la conversación (T9). El diálogo entre las protagonistas se va consolidando lentamente una vez jugadas todas las cartas. Recordemos que se trata, en primer lugar, de un ritual de reconocimiento entre ellas como víctimas. Una vez vencidos los obstáculos de dicha identificación, comenzarán a relatarse sus experiencias tortuosas y traumáticas (10 y 11).

Sin embargo, en principio, la mujer joven está más dispuesta a escuchar que a hablar. Esto ocurre como un acto de hacer sentir importante a la mujer mayor, de que está dispuesta a escucharla, de darle crédito a lo que afirma. Pero de entrada, Irene no parece comprender el mutismo inicial de la muchacha: piensa que está cohibida. O simple y llanamente, piensa que Dolores está enterada de los padecimientos que ha sufrido la cuarentona en el exilio, de todas las tristezas de las que es depositaria, por la suerte de su hijo en medio del Chile gobernado con puño de hierro por Pinochet; y se comenta para ella misma, que de pronto Dolores no encuentra las palabras apropiadas para expresarle su solidaridad y apoyo (11). Una vez quebrado el hielo, la joven escritora —esa es la profesión de Dolores— habla de un plan que había diseñado para su vida, pero que se fue al traste en medio de la represión ejercida en su contra (11). Una vez identificadas, se permiten reconocer y acreditarse como víctimas que comparten un mismo mundo de dolor, trauma y sufrimiento.

Se identifican como compañeras y hermanas. Ya se trata del despertar de una solidaridad que nace libremente entre ambas mujeres. Marta Traba apunta lo anterior a través de la reflexión de Irene: «¡Ah, Dolores! No importa nada la breve cantidad de tiempo que pasamos juntas. Importa la intensidad, el mundo que entrevimos, el miedo que compartimos. Y no me importa decirte que tengo las manos perpetuamente heladas y que de buena gana te las alargaría para que me las calentaras» (19).

Por su parte, Dolores es escritora y poeta; utiliza la escritura al igual que esta conversación que se inicia como terapia para procesar el trauma que padece, para sublimar todo el dolor que la carcome por dentro. Lidia con la problemática de narrar hechos traumáticos que la devoran; está sujeta a transmitir con su quehacer literario lo inimaginable —término de LaCapra—, los sufrimientos incapaces de ser descritos y narrados por medio de las palabras. Esa sublimación, la describe Marta Traba de la siguiente manera: «No le había dicho frases concretas, pero le fue traspasando la idea, que ahora veía inocultable, de que todo ese amasijo sangriento de horror y pelos y uñas humanas era el espacio de su vida. […] ¿No tenía que situar ahí sus poemas? Se asombraba de hacerse esta pregunta y de comprender que ella y sus cosas, que los papeles que escribía metódicamente, que la vida perra que cargaba a cuestas, estaban situados en algún lado» (96).

El peso psicológico de sus traumas las acompañará por el resto de sus vidas. Es como si «te hubieran reventado de por vida y te regalaran la inmortalidad» (46), declara Dolores en medio de la conversación. No obstante, pese a lo tortuoso del asunto, no queda otro remedio que asumir una actitud estoica ante la vida; adoptar una actitud de derrota sería la muerte misma (46).

EXOTOPÍA. COMPROMETER Y SUMAR A LA CAUSA A PERSONAJES Y LECTORES. EL TERROR DICTATORIAL

Por otro lado, tanto los lectores como los personajes ficticios deben comprender como denuncia en la obra el siguiente contexto: se hace patente y es un acto deliberado por parte de Traba el hecho de generar una denuncia literaria sobre las violaciones a los derechos humanos y la eliminación de todo intento de oposición —a través de una guerra total—, ya sea pacífica, creada desde el seno de la sociedad civil; ya sea revolucionaria y subversiva, las víctimas-opositoras, recibirán el mismo trato. Todas tendrán el mismo destino: la represión, la eliminación, la desaparición o el exilio. Dicha denuncia es ejercida a través de la verosimilitud que despliega el libro, a través de datos comprobables en la terrible realidad impuesta en las tres dictaduras del Cono Sur: aquellas regidas por Videla, Bordaberry y Pinochet.

Más aún, la misma Marta Traba es una exiliada en Colombia cuando escribe su novela. En múltiples entrevistas dio a conocer su postura personal sobre la dictadura argentina, tal como la cita textualmente Mariola Pietrak: «Yo no tenía país. Perdí a la Argentina porque resolví no tener nada que ver con un lugar en el que están perfectamente funcionando las dictaduras en su nivel más horrible y sanguinario. Cuando uno viaja de un lado para otro, y es una especie de nómada, se tiene una inestabilidad muy tremenda» (Pietrak, 4).

En ese orden de ideas, Marta Traba necesita denunciar las atrocidades cometidas por los regímenes dictatoriales, reconocer una comunidad de víctimas (las dos mujeres protagonistas como agentes estéticas según la terminología bajtiana; sus amigos y familiares). Necesita ganarse al lector para que esté a favor de las denuncias que describe en su libro y actúe de manera activa en contra de las dictaduras. Pero no necesita solamente que el lector tenga empatía por lo que cuenta; desea un lector políticamente comprometido a principio de los años 80, opuesto de manera activa contra los aires totalitarios y que reconozca las bondades de la conversación como canal para procesar el trauma. Desea contar con el apoyo comprometido de lectores de carne y hueso y personajes ficticios de la novela.

Pero se topa también con un problema: como ya se expuso, es complicado crear una amplia comunidad de personajes dispuestos a escuchar y acreditar el testimonio de las dos mujeres protagonistas. Por eso, la conversación en la que los sujetos estéticos comparten sus traumas (Irene y Dolores; los lectores frente a la novela de Marta Traba también se pueden entender como sujetos estéticos), lleva a observar a Traba desde una perspectiva bajtiana, como una creadora de la forma «de la que parte su actividad artística, formadora, puede ser definida como exotopía temporal, espacial y de sentido respecto a todos los factores, sin excepción, del campo arquitectónico interno de la visión artística» (Bajtín, 5).

Marta Traba, en su condición de creadora de la forma, juega también con una comunidad de personajes adentro de su obra, pero también busca enganchar lectores; desea seducirlos a través de su lenguaje contestario de denuncia. En cuanto a los lectores y consumidores de la obra, «Conversación al sur» es una consecuencia directa de la literatura ideada en el post Boom Latinoamericano: necesita de lectores activos —no pasivos— capaces de desentrañar la novela, de vivirla, de transpirarla; lectores idóneos para movilizarse en contra de los sistemas de opresión de la región austral del continente. Lectores hábiles en reconocer la conversación como un medio idóneo para el procesamiento del trauma. Por eso, en este segundo plano, se necesita construir una comunidad de víctimas, y al mismo, ir más allá de ella y confeccionar una red de lectores comprometidos políticamente hablando con la novela.

Según la visión del pensador ruso, Marta Traba genera en una primera instancia, una empatía estética (einfühlung) entre los héroes (las mujeres protagonistas) y sus visiones del mundo en una esfera más privada, interna si se quiere, en la que comparten sus traumas, que pasa luego a una etapa exotópica, donde los logros estéticos y éticos obtenidos por la empatía, junto a un radio de acción más amplio y externo a las protagonistas, se yuxtapone con el ámbito privado, generando un todo arquitectónico único, sui generis e irrepetible, tal es el caso de «Conversación al sur» (5). Por ende, no basta con la etapa empática: la obra estética con fuerte compromiso ético hacia el sufrimiento, debe alcanzar un nivel exotópico. Bajtin explica que «es una condición necesaria para reducir a un contexto valórico estético-formal único, los diferentes contextos que se forman alrededor de unos cuantos héroes (en especial, eso ocurre en el epos)» (5).

Sobre la problemática expuesta entre los personajes, esa ausencia de exotopía es posible encontrarla en medio de la conversación entre Irene y Dolores, críticas hacia su círculo social más cercano, hacia sus compañeros de lucha, que se van desligando del proyecto de oposición contra las fuerzas dictatoriales, es decir, son sujetos poco consecuentes con sus idearios políticos, que ante la menor muestra de represión por parte de los verdugos, optan por la indiferencia y el olvido de sus colegas opositores. Son descritos por Irene como personajes camaleónicos, poco identificables desde el punto de vista ideológico y político, que se escondían en la comodidad y en el anonimato para evitarse represalias en el futuro (Traba, 54).

Se cruzan de brazos, no hacen nada, se quedan anclados en la pasividad mientras el orden establecido les pasa por encima y luego ante la primera detención carcelaria, huyen despavoridos, ignorando a sus camaradas: «No hicieron nada. Eso fue justamente lo que hicieron de malo. Nada. Cuando Néstor salió de la cárcel, la Flaquita y él no volvieron a tratarnos, como si fuéramos apestados» (53). Inclusive, cuando Irene y Dolores comparten sus penas en la conversación, el hecho de estar de lado de las víctimas es algo que confunde mucho a Irene; ya que debido al intenso dolor que padece, a veces se niega a admitir ser parte del bando reprimido.

Ella llega a declararse víctima, debido a que las circunstancias la arrinconan hacia este punto: no sabe el paradero de su hijo, militante comprometido con la causa socialista, en medio de un Chile represivo y dictatorial, infestado de tiburones ansiosos por caerle encima a sus presas (166). Dolores entiende la situación de Irene. Sabe que no militó directamente en la oposición; la identifica con una generación mayor que hizo parte de la lucha, pero que no actuó decididamente en ella, a lo que Irene replica que su lucha la hizo de manera independiente, sin estar sujeta a mandos y líderes. Consideraba las acciones del grupo de Dolores como alocadas, idealistas y disparatas. Se fue comprometiendo desde un plano independiente, motivada por un factor nuevo, tal como sostiene la cuarentona, denotando un traslado de una simple empatía hacia una exotopía que comenzó a gestarse en su persona, mostrando también una denuncia ante la indiferencia de la sociedad civil ante la penosa situación que experimenta: «me refiero a la compasión, a la solidaridad con el otro. ¿Se perdió del todo la lástima por el otro? Porque si se perdió, es como si una sociedad entera se hubiera vuelto inhumana, ¿no te parece?» (167).

Esa indolencia que denuncia el discurso de Irene, está supeditada al terror desatado por los regímenes en la sociedad civil, con los medios de comunicación a su favor para aumentar aún mucho más el nivel de represión. La televisión controlada y maniatada por la dictadura actúa como un Gran Hermano Orweliano que vigila y controla los movimientos de los ciudadanos y que identifica y fustiga públicamente a los enemigos del régimen. En la pantalla chica se transmiten los partes militares, se da un recuento pormenorizado de la lucha anti-comunista y contrainsurgente; se exponen ante los ojos de la teleaudiencia las fotos de los «enemigos del pueblo, caídos y buscados» (45). La solidaridad, la compasión, encontrarán fuertes barreras para expandirse en medio de una sociedad dictatorial, controlada por el miedo y el terror. No obstante, el miedo y lo terrorífico de todo el asunto, solo imperan cuando directamente afectan al ciudadano o al sujeto comprometido en la oposición; solo de esa forma, cuando se lo siente con pesadumbre, es que realmente el trauma opera en la mente y en el cuerpo de la posible víctima.

Por eso es que hay una estrecha conexión entre los conceptos de miedo, represión, compasión y solidaridad. Nadie está libre de sufrir el terror orquestado desde la cúpula del poder por el dictador y sus esbirros y lacayos. Dolores habla de ello con Irene: «Te enterás que matan a los otros, que los torturan, que los hacen pedazos; pero pensás que no es con vos. El miedo empieza cuando la cosa te alcanza directamente y te das cuenta de que no, que no estabas a salvo» (74). Ese nivel de zozobra se magnifica por medio de una doble vía en lo que se refiere a la incertidumbre, a lo desconocido que genera miedo y pánico: por un lado es penoso el estado permanente y patente de miedo de la sociedad civil, pero por otro, los desaparecidos a los que no se halla por más recursos que se agoten, contribuyen a aumentar mucho más esa incertidumbre social y política. En ese sentido, llama la atención el pensamiento de Irene cuando se reencuentra con Elena y asevera que el peor martirio y la tortura más ignominiosa que se haya inventado en Argentina es no saber nunca lo que pasa con la gente (75).

Es incierto si la gente tendrá empatía y se sumará a la causa de las víctimas, y también es incierto el paradero de los desaparecidos. La situación llega a puntos tan enfermizos y angustiantes, que las mismas cúpulas militares de las dictaduras niegan que hayan participado en las torturas, desapariciones y atropellos cometidos contra los derechos humanos. Niegan ser perpetradores directos de crímenes de lesa humanidad.

Por eso, no es aislado que la escritora argentina Alicia Partnoy incluyera satíricamente en su famosa obra testimonial «The Little school», la declaración mancomunada de la Junta Militar Argentina en 1983, negando su participación en las atrocidades y asegurando que en el país no hay desaparecidos: «There is also talk of ´disappeared´ persons who are still held under arrest by the Argentinian government in unknown places of our country. All this is nothing but a falsehood stated with political purposes, since there are neither secret detention places in the Republic nor persons in clandestine detention in any penal institution» (Partnoy, 23).

En relación con lo anterior, en «Conversación al sur», ya no se trata de ir a reclamar documentos públicos, tal como sucede en un Estado Social de Derecho, en el que los ciudadanos tienen derecho a contar con una cédula de ciudadanía, reclamada en las Oficinas de Registro Civil. Ya no basta con reclamar ese tipo de documentación pública. A las víctimas se les niega la búsqueda de los cuerpos de sus familiares. Ahora la indagación es frenética y radica en encontrar a los familiares desaparecidos, dar al menos con sus cuerpos y osamentas; pero las oficinas en las que los reclamaban estaban vetadas para los familiares de víctimas como Irene y Dolores. Lo cual incentivaba una ansiedad sin límites en figuras como Irene que desea saber el paradero de su hijo en Santiago de Chile (Traba, 60); a ella no le basta con las crónicas rojas que anuncian el tránsito de cadáveres por el río Mapocho.

Sin embargo, Marta Traba también detalla el lado opuesto de la problemática. Nos habla de individuos de la comunidad de víctimas que le perdieron respeto al miedo, que llegan al punto de minimizar el castigo infringido por medio de insospechadas torturas, cometidas en centros carcelarios y en campos de concentración al estilo argentino. Para Dolores es inaudito que se llegue a este punto: generar resistencias del cuerpo y de la mente, que lleven a las víctimas a considerar que «la tortura no era para tanto» (119). En medio de ese ambiente de detenciones extrajudiciales, desapariciones, Traba sostiene que el ritual macabro de torturas cometidas contra las víctimas —inevitables mecanismos generadores de traumas— para extraerles información sobre el enemigo a través de la brutalidad, en muchas ocasiones eran ineficaces, ya que se trataba de jóvenes inexpertos, que al ser torturados, no aportaban datos sobre sus compañeros de lucha, debido a que en muchas ocasiones desconocían los planes y el accionar de los grupos a los que supuestamente pertenecían, y también era habitual que inventaran las informaciones para despistar a los verdugos que infringían dolor en sus cuerpos (146). No obstante, en este punto, se lidia con la problemática de una sociedad civil polarizada por la dictadura: pese a la valentía de estos individuos capaces de soportar la tortura y no delatar a sus compañeros, también se hacen evidentes en «Conversación al sur» personajes anónimos y sin escrúpulos, capaces de delatar a un enemigo público del sistema, con tal de ganar dinero: «Nada era más redituable que denunciar a alguien, y todos lo sabían» (155), señala Traba en medio del angustiante clímax de la novela.

Lo anterior es una postura de resistencia ante el trauma y el sufrimiento, que en realidad no constituye una verdadera solución subversiva para revertir y cambiar la situación de los oprimidos. Sin lugar a dudas, la oposición (la comunidad de víctimas) en contravía contra el stato quo dictatorial, surge como una respuesta y un llamado compasivo y solidario para cambiar la penosa situación de los grupos reprimidos, desaparecidos y torturados en las naciones donde se erigen las dictaduras. Es una lucha idealizada, utópica, destinada al fracaso, por parte del grupo de jóvenes revolucionarios al que pertenece Dolores, motivado por la solidaridad y la compasión hacia sus semejantes. Es algo que puede resultar increíble tanto para los lectores como para los personajes de «Conversación al sur»: «Le resultaba imposible que estuvieran condenados por querer liberar a quienes vivían aplastados por la injusticia de los explotadores, por la crueldad de los monstruos, por la sevicia de los sistemas. ¿Sería, acaso, una pretensión diabólica que debían pagar con la vida?» (129).

En conclusión, Marta Traba confeccionó una obra imperecedera, digna de posteridad en las letras latinoamericanas, hija de su tiempo. Surge como una respuesta personal y literaria de rechazo hacia las dictaduras del Cono Sur, conectadas entre ellas mismas por sus idearios políticos y por proyectos mancomunados de represión, tal como se evidenció en la llamada «Operación Cóndor».

«Conversación al sur» explica y da cuenta de los efectos terapéuticos que supone la conversación sostenida por las mujeres protagonistas. Conversación que, en primer lugar, es empática, para luego circunscribirse en el plano de lo exotópico. Al considerar los postulados aportados por Batjín, involucra a una comunidad de víctimas dentro y fuera de la novela; y también propicia la participación de lectores activos —no pasivos— que no sólo se muestren empáticos con el material literario, sino también se muestren dispuestos a actuar en el plano real, para subvertir la terrible situación represiva que adelantaban los gobiernos de facto de Pinochet, Bordaberry y Videla. Contamos por un lado, con la creación de una comunidad de víctimas, exotópica en su naturaleza, y en otra instancia, con lectores activos —seducidos por el cuerpo estético y narrativo de Traba— deseoso de actuar para revertir la penosa situación de los países australes en cuestión, gobernados bajo el régimen implacable de las torturas, las desapariciones y el terror cuyo poder no debería volver sobre la Tierra.

REFERENCIAS

Bajtín, Mijaíl Mijáilovich, El autor y el héroe en la actividad estética. Criterios, La Habana, nº 31, enero-junio 1994, pp. 109-13.

Dominick LaCapra, Historia y memoria después de Auschwitz: Abordajes desde un pasado traumático (Historia y Procesos y Movimientos Sociales). Prometeo Libros. Colección de Estudios sobre el Genocidio. Buenos Aires, 2008.

Partnoy, Alicia. The Little School: Tales of Disappearance and Survival.  Midnight Editions. San Francisco, 1998.

Pietrak, Mariola.  Historia escrita con el cuerpo: Los vaivenes históricos en la ficción narrativa de la mujer en el Cono Sur. Universidad María Curie-Sklodowska, Lublin, 2009.

Rivas Nieto, Pedro. Doctrina de Seguridad Nacional y regímenes militares en Iberoamérica. Editorial Club Universitario, Madrid, 2008.

Traba, Marta. Conversación al sur. Siglo XXI Editores, S.A. Mexico D.F, 1981.

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*Juan Manuel Zuluaga Robledo (Medellín, Colombia, 1982) es Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Missouri. Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana, Magíster en Ciencia Política de la misma institución. Maestría en Artes y Literatura de la Universidad Estatal de Illinois. Trabajó en periódicos colombianos como El Tiempo y Vivir en El Poblado. Es director de http://www.revistacronopio.com

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