Una cierta singularidad

Por Samuel Whelpley

“Ponzoñosa, cáustica, carnívora

Cubierta de ardores y cicatrices”

Diana Carol Forero

Acierta Pedro Adrián Zuluaga en el prólogo de Singularidad Desnuda (Entreletras, 2023) cuando señala que para Diana Carol Forero la poesía es un gesto de altivez. Política, frente a las injusticias sufridas y vistas por la autora, y personal, por sus dolorosas situaciones de vida, que le han dejado junto a las cicatrices síquicas una cólera que se manifiesta en la rabia que exudan algunas de sus poesías. Pero si es cierto eso de que alguien que es capaz de conocer los infiernos, también es capaz de conocer el cielo, Diana, al final suaviza esa rabia con una dulzura natural que desarma al más duro. Un poema como Otoño es un buen ejemplo de lo anterior; en el pasamos del desaliento: Ha llegado el último otoño /de este cuerpo /cansado de no amar, a la esperanza y la posibilidad del amor: Y aún en su último otoño / este cuerpo exangüe/ se desboca en un torrente de húmedos afanes/ tan sólo al pronunciar tu nombre. Si, Diana capta momentos donde nos muestra que, al final, es una optimista en un mundo que parece sólo ofrecerle trabas. 

A diferencia de su libro anterior Horizonte de Sucesos (Entreletras, 2022), este es un texto más reflexivo, menos urgente. La autora parece entender que la poesía si bien puede ser grito y denuncia, también puede ser evocación y recuerdo. De momentos tristes, como cuando Un poema se puede beber/con pimienta y limón/ A soplo y sorbo para calmar el dolor o para capturar un trozo de eternidad.  O como ajuste de cuentas con su pasado al ver una foto:  esa foto testimonia/ el tiempo sin tiempo/ en que fue feliz, / el tiempo en que yo no existía/como mortificación o amenaza. Poesía, al final, como testimonio, sugerencia o parábola de vida.

Quienes la conocemos, sabemos que Diana se define como una poeta de vereda. Puede parecer un ejercicio de modestia, pero también un ejercicio de altivez: Diana nos recuerda que existe una periferia que durante años ha sido silenciada e ignorada por las autoridades. Una periferia viva, mal imaginada desde los centros de poder, ajena a las realidades que se viven diariamente. Desde las luchas individuales que enfrentan sus habitantes, hasta el enrarecido clima social que les toca vivir. Su poesía pues, es también una denuncia, La eterna novedad/ del mundo hecho pedazos/ en cuatro punzantes trazos de una realidad que nos negamos a ver o al menos escuchar, y que la autora recuerda en los poemas finales del libro, donde vuelve a mostrarnos el abandono, la indiferencia y la violencia que desgarra su mundo como Esa tarde absurda/ en que el fin del mundo/dejó de ser amenaza /y se convirtió en certeza.Un volumen breve, con una arquitectura poética muy bien hecha, donde a lo largo de momentos, reflexiones, recuerdos, confesiones personales, sus aficiones en particular las ciencias y las matemáticas, las anécdotas aparentemente triviales, la autora se nos revela ante nuestros ojos, dejando atrás el pudor de lo no dicho. Diana cuenta todo, como desahogo, como alegría o como testimonio de unos tiempos y un país en ocasiones cruel y a veces – las menos- generoso. En esa variedad, y si se me permite una expresión económica, en la oferta presentada, está la mayor fortaleza del libro. Aquí podemos conmovernos, quedarnos pávidos, llorar, reír, reflexionar, pero no podremos ser indiferentes a su arte.

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