Y el cadáver siguió muriendo

Reseña sobre La muerte anda suelta

En el epílogo de La muerte anda suelta (2023), Pablo Montoya refiere que sus cuentos pertenecen a una estirpe romántica, al menos los que aparecen en esta reunión, provenientes de tres libros: Cuentos de Niquía (1996), Réquiem por un fantasma (2006) y El beso de la noche (2010). Hay, sin embargo, un intervalo entre el primero y el segundo que está conformado por otros tres libros de cuentos, no incluidos en esta antología: La sinfónica y otros cuentos musicales (1997), Habitantes (1999) y Razia (2001). Estos bien podrían haber entrado por ubicarse en ese periodo de su creación vinculado con la poética del sueño y las intemperancias de la criatura humana; no obstante, son cuentos más alegóricos, cosmopolitas y cercanos a la experiencia artística. En La muerte anda suelta hay otro derrotero: la delimitación espacial de Medellín como escenario cruento e inhóspito, y la violencia como el signo indeleble que marca a sus habitantes. 

Para Schlegel lo “romántico es lo que nos representa una materia sentimental en una forma fantástica”, es decir, lo romántico es principalmente una conmoción emocional: vida, sangre, calor, vísceras. Si los modernos separaron la libertad humana y la relacionaron con la autonomía abstracta del sujeto, los románticos aterrizaron al sujeto a su contexto, lo situaron, lo confrontaron con su realidad histórica; a su vez, subsanaron la escisión existente en la modernidad entre sujeto y naturaleza, entre alma y cuerpo: esos dualismos que aislaban la noción del conocimiento trascendental se unifican en el romanticismo.

Pablo Montoya, heredero del romanticismo, hace una pregunta tácita e irresoluble en estos cuentos: ¿cómo abordar la perplejidad frente a la muerte violenta y cuáles son sus consecuencias? La magnitud de su búsqueda es insondable y el resultado será irremediablemente trágico. El autor define esta antología como “treinta y un variaciones sobre el tema de la muerte” y le atribuye el propósito de “exorcizar el horror”. Lo que intenta Montoya es dar cuenta de su tiempo a partir de unos personajes transidos de miedo y dolor, y parados en la boca del vacío. Retazos confusos del mundo les llegan a estos seres desamparados que literariamente representan a Colombia, llena de una humanidad flagelada y defenestrada de diversas maneras. Personajes en un contexto difícil, destrozados por una historia herida y una guerra incesante, nos remecen, nos llevan como lectores a unos abismos inenarrables de crueldad. En Colombia, queda claro, la violencia no ha sido solo una forma de relacionarnos con el otro, sino que ha sido la forma primordial de relacionamiento con el otro desde la fundación de la patria.

En una realidad tan avasalladora, estos cuentos bordean los límites del sueño. La pesadilla habita sus cuerpos tanto como la angustia. En Cuentos de Niquía encontramos esa violencia que en los años 80 y 90 arrasó a las juventudes de Medellín. Los tentáculos de la muerte se extienden y no permiten escapar a sus víctimas, como en el cuento “¡Perdimos, hermano!”, que narra cómo dos jóvenes intentan apartarse del barrio y el crimen para trabajar, pero el pasado les toca la puerta. “El rastro” es un cuento que evidencia esa línea difusa entre realidad y fantasía, pues aquí un muerto sigue habitando la casa donde vivió en forma de ánima, empero, solo su hermano alcohólico puede verlo y le ruega que se vaya, que lo deje en paz. En Cuentos de Niquía, el primer libro en la carrera literaria del autor, el porvenir es una constante por presentarse incierto e inalcanzable. Es una serie de narraciones sobre Rodrigos de no futuro. 

Réquiem por un fantasma, el siguiente libro de esta suerte de trilogía involuntaria, ya delinea con más claridad el proyecto estético de Montoya. Casi toda su obra es acerca de artistas confrontados a un entorno hostil y violento. El arte como lente para entender la incoherencia de la maldad y la destrucción del otro. Como si el arte fuera un refugio al caos o, por lo menos, una dispersión controlada que atenuara el sufrimiento y la incomprensión. 

En la primera línea del cuento “El ángel negro”, Arturo (una especie de Rimbaud contemporáneo) dice: “Me horroriza la patria”. Este personaje viaja alucinado o más lúcido que el resto, y se sabe viviendo dentro de un infierno. Lo consideran loco, se burlan de sus palabras abiertas al misterio, que invocan a niños asustados ante la vastedad de la noche; le gritan: “¡Drogo hijueputa!”. Arturo se siente rodeado de muertos y tiene la certidumbre de estar en una llanura de tumbas. Partiendo desde Medellín recorre Dorada y Honda, pero no sabe dónde está. Huye. Su lugar es inhabitable porque es él quien lleva el estigma de la violencia y lo entraña con una sensibilidad desbordada que se torna insoportable. 

“Antígona”, “Exhumación” e “Historia de Lina” son cuentos sobre la desaparición forzada. El réquiem, esa creación de naturaleza musical dedicada a los muertos, se hace patente y explícita en estos tres cuentos. Son elegías desgarradoras, alzadas por las voces de unos personajes desolados que buscan a sus hermanos, a sus parejas y a sus hijos con la esperanza de que en una fosa común encuentren sus restos o que en las dádivas del sueño sus seres queridos se materialicen como una aparición. 

“Réquiem por un fantasma”, el cuento que da título al libro, es quizá una de las primeras narraciones protagonizadas o narradas por Pedro Cadavid, alter ego de Pablo Montoya, que también se presenta en Los derrotados (2012), La escuela de música (2018) y La sombra de Orión (2021). En este cuento Pedro llega a una casa en el campo antioqueño a hacer una residencia de escritura para poder completar su novela sobre Ovidio. Esta novela existe y se llama Lejos de Roma (2008), por lo que el cuento es susceptible de leerse como autobiográfico. Cadavid llega a esta casa que pertenecía a la familia Villa. Nos vamos enterando que allí vivía un músico. La presencia del piano en la casa expresa al ausente con su silencio. El señor Villa fue asesinado, podemos presumir, por un grupo paramilitar de la zona. La familia huye por miedo a represalias. En alguna entrevista reciente Pablo Montoya dijo que su próxima novela será sobre un músico asesinado en Antioquia. Es probable que se trate de una extensión de “Réquiem por un fantasma” para hacerlo novela. 

El último libro que compone La muerte anda suelta es El beso de la noche, que en la primera edición de Panamericana tiene al final el año 2007, indicando que fue entonces cuando acabó la elaboración del manuscrito, ganador de una beca de creación de la Alcaldía de Medellín. Pablo Montoya estuvo entre 1996 y 2007 escribiendo cuentos obsesivamente, sin contar con que en 2010 también publica Adiós a los próceres, una enciclopedia irreverente de héroes desacralizados de la patria. Hablamos en total de siete libros de cuentos. Una producción profusa teniendo en cuenta que, además de los libros de cuentos, publicó novelas, poemarios y libros de ensayo en ese mismo periodo. Esto llama la atención porque no fue sino hasta después del 2015, cuando Montoya ganó el premio Rómulo Gallegos, que se empezó a reconocer su obra prolífica y valiosa en la literatura colombiana actual. 

El beso de la noche constituye una de las colecciones más logradas de la obra cuentística de Montoya. Si en Cuentos de Niquía fue la crudeza de la muerte y lo onírico lo que señalaba el curso de las historias; si en Réquiem por un fantasma era el duelo, la imposibilidad existencial de digerir y tramitar el horror de la guerra lo que signaba las narraciones; en El beso de la noche es la anomalía, lo raro y los personajes excéntricos (en el sentido de estar fuera del centro) lo que motiva los cuentos. Un necrófilo en el anfiteatro de Medellín, un fotógrafo enfermo que se obsesiona con retratar el agua, un documentalista sonoro a quien le sobreviene una intensa fobia por los sonidos, un hombre deteriorado por la ausencia de una mujer en una casa donde van a morir los insectos, un habitante de calle que pinta a una Medellín donde reina el asesinato y la desaparición, un hermafrodita, entre otros, son los personajes de este libro.

En Réquiem por un fantasma la violencia es más velada que en la cruda muestra de Cuentos de Niquía. En El beso de la noche se hace mayor hincapié en sugerir con sutileza el fenómeno de la violencia. La mirada es oblicua. No obstante, hay un par de cuentos explícitos y poéticos que observan la violencia más directamente. Uno es “El encargo”, en donde contratan a Cristóbal, un conductor que debe deshacerse de un cuerpo que unos matones le ponen en el baúl. Otro es “El muerto”, donde un sujeto, que no recuerda quién fue, despierta con una herida de bala en la sien, pero sigue con vida cual si fuera inmortal.

“El muerto” es un cuento descomunal por su argumento y su factura. Podría ser una síntesis de todo el periplo de Montoya en relación a la violencia en Medellín. Unos jóvenes borrachos se encuentran a este muerto que sigue vivo y lo llaman “el muñeco”. Juegan con él y se sorprenden de toparse a uno —deja entrever que ya los vivos saben de estos seres póstumos—. Hacia el final del cuento, cuando el personaje logra zafarse de los muchachos molestos, ocurre algo inesperado:

“Avanzó con ansiedad por la carrilera. Respiraba atropelladamente y los ojos le lagrimeaban. La boca seguía repitiendo su nombre, el de Silvia, el de su hijo, cuando divisó el puente. Pasó junto a sus enormes pilares y se encontró con los otros. A primera vista creyó que eran tres o cuatro. Pero, a medida que seguía el rumbo, supo que eran más. Parecían salir del río, brotar de la tierra, emerger de la noche. Cargaban heridas tan extravagantes como las suyas. Se veían tan desesperados como él por llegar a algún lado de la ciudad. El muerto se sintió acompañado y el miedo de entender su propia muerte se le hizo menos intolerable. Cerca de la calle Colombia, eran miles los que caminaban a su lado. Enfrentaban las primeras vislumbres del día”.

En el poema Masa de César Vallejo se narra la muerte de un combatiente en plena contienda. Una persona se le acerca y le dice que lo ama, que vuelva a la vida: “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”. Y así, sucesivamente llegan más y más personas a implorarle:

“Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tánto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Pienso en esos cadáveres caminando por una carretera aledaña a Medellín. Pienso en sus trayectos, en la esperanza de llegar a donde fueron amados: a las casas de sus madres, a la cuadra donde jugaron de niños, a los parques donde dieron su primer beso; los viejos sitios donde amaron la vida. ¿Cuál será el dirección de esa multitud exánime?

Pablo Montoya elige hablar desde, por y para las víctimas. Elude todo tipo de alusión a ejércitos o grupos armados. Es literatura sobre los destrozos de la guerra, pero sin acudir a la exaltación militarista. Es el rostro de la sociedad civil la que observamos en cada cuento. La prosa de Montoya surge de las aguas indómitas de la poesía, sin acudir a voces hegemónicas ni oficiales; es una obra sobre los que padecen la historia: los marginados y olvidados. Ya lo decía John Berger: “La poesía le habla a las heridas, no a los torturadores”. Con esa posición, tanto política como estética, La muerte anda suelta es un testimonio y un referente simbólico de la memoria. Un viaje al fin de la noche con ojos abiertos para ver el mapa de la oscuridad.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

Deja un comentario

Discover more from La Cerbatana

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading

Subscribe To Our Newsletter

Subscribe to our email newsletter today to receive updates on the latest news, tutorials and special offers!