El eco de pasos infinitos

Reseña sobre el poemario Una patria para el caracol

Diego Despreciado es un poeta de Urabá que nació en 1991. Lo leí por primera vez en 2018, cuando resultó ganador del premio de poesía de la Universidad Externado. El libro se llama Júntense pa la foto, un entrañable conjunto de poemas que rememoran la infancia con sencillez y con versos directos: polaroids emocionales que cicatrizan la memoria del lector. Supe que estaba ante un poeta verdadero. Sus imágenes son palpables, palpitantes, llenas de vida, sin adornos. Nunca olvido el poema VI de ese libro, que dice:

El pan generoso

del que comimos mis hermanos y yo,

llegaba a casa en las noches

bajo el brazo de mi madre

al lado de su corazón.

¿Con cuánta ternura hay que ver al mundo para tener tal revelación?

Posteriormente leí su primera novela intitulada Cielo de tierra (2023), que está escrita como si fuera una obra de teatro narrada por varios N. N. que se cuentan sus historias de vida y muerte bajo la tierra. Esta sería la primera parte de una incursión en el silencio atronador de la violencia. Cielo de tierra es una fosa común, el lugar en donde entierran pueblos y no a presidentes; el lugar donde los muertos hablan en coro. Como una especie de díptico, aparece Una patria para el caracol, libro ganador del Premio Distrital de Poesía Ciudad de Bogotá 2023. Si el tema del primero fue la desaparición forzada, el del segundo es el desplazamiento.

La migración forzada no es cualquier migración

Migrar es un acto que ha estructurado la condición humana. La visión neoclásica de los movimientos migratorios de los años 60 tendió a reducir la migración a motivaciones económicas, es decir, quienes salían de sus territorios se supone que lo hacían en busca de mejores condiciones laborales y de movilidad social. A la postre, esa versión miope de la migración resulta insuficiente en relación a Palestina, el pueblo kurdo, la diáspora venezolana y centroamericana, o los desplazamientos forzados dentro de Colombia. Lo que imprime el movimiento en muchos de estos casos no es una motivación externa, la búsqueda de un promisorio futuro en otro lugar, sino la imposibilidad de habitar el territorio originario.

El desplazamiento forzado en Colombia

Hay factores determinantes que condicionan el desplazamiento forzado en Colombia. El abandono estatal, el fortalecimiento del narcotráfico, la consolidación y crecimiento de grupos paramilitares, de la guerrilla y la militarización. La ruralidad del país se ve deteriorada por la conformación capitalista de grandes urbes, una idea de progreso que impulsa el desplazamiento. Los grupos armados apetecen el poder territorial, productivo y de circulación de mercancías. La expropiación, el flagelo, la violencia que se ejerce sobre los cuerpos y la tierra son el signo de un proyecto de nación fracasado. Las disputas territoriales afectan principalmente a la sociedad civil. En términos demográficos, hay una relación intrínseca entre pobreza y violencia, ya que la primera propicia la vulnerabilidad en donde ataca la segunda.

Para 1938 el 69.1% de la población colombiana vivía en zonas rurales. Para 1970 el vuelco llevó a concentrar el 60% de la población en zonas urbanas. ¿Qué ocurrió en ese intervalo dramático que invirtió y revolvió la forma de habitar el país? La violencia incesante, cuyo periodo específico fueron las guerras bipartidistas. Para el 2005 el censo arrojó la cifra de un 75% de la población viviendo en zonas urbanas. Esa explosión demográfica de migración generó que en las ciudades se asentaran los llamados cordones de la miseria, esas zonas marginalizadas y esas capas sociales con fuertes contrastes de segregación:

“Se determinó que son preferiblemente las poblaciones pequeñas y las zonas rurales de los municipios de menos de 50.000 habitantes los sitios donde se origina el mayor número de desplazados; de estos sitios sale 68% de la población que migra de manera forzada” (Ruiz, 2008).

En Colombia, actualmente, se habla de cuatro millones de personas que viven en esa médula tenue de la vida que llaman exilio. Cuatro millones de personas desarraigadas. Somos hijos de hombres y mujeres que huyeron hacia el caos de lo incierto, hacia la hostilidad de ciudades salvajes, en ocasiones depredadoras. Hijos del desamparo y la intemperie.

Según los estudios, son las mujeres y las infancias quienes más se ven impactadas por el fenómeno del desplazamiento forzado. En cuanto a regiones, es Urabá, donde nació Diego Despreciado, el lugar que presenta estadísticamente la más alta correlación entre violencia y desplazamiento según el Gini y el Registro Único de Población Desplazada (RUPD).

Fotografía y poesía como testimonios del desplazamiento

“A Colombia le corresponde una de las cifras más altas de desplazados internos en el mundo, lugar que comparte con Angola, Sudán, Afganistán e Irak” (Ruiz, 2011, p. 163). De la cita anterior se comprende el porqué de hacer un libro sobre este tema. ¿La poesía qué agrega al cúmulo de vivencias desgarradoras en torno al desplazamiento? Imágenes, sensaciones, palabras para decir lo indecible; en el poema no hay banderas ni panfletos. Así lo asume Despreciado, quien aborda la violencia no para espectacularizarla o exotizarla, sino para hacer concreto y visible el rostro de las personas.

Una patria para el caracol es un libro precioso por su precisión. Está acompañado de doce fotografías de Jesús Abad Colorado, que revelan esa cara humana y cotidiana, llena de gestos de resiliencia y dignidad (como en aquella foto donde las personas marchan con un ladrillo en su hombro). En la fotografía y en la poesía de estos artistas hay punctum, ese elemento presente en una obra que, según Barthes, atraviesa a quien lee u observa.

Jesús Abad Colorado tiene un acercamiento sensible y esclarecedor de la labor artística frente a estos hechos. Según Colorado, hemos trivializado e insensibilizado nuestro punto de vista acerca de la violencia. Abundan imágenes amarillistas, poesía oportunista que a falta de profundidad y calidad literaria acude al tópico de la guerra para lograr un tono altisonante y socialmente comprometido, cuando se trata de una pose comercial. La poética es no instrumentalizar a las víctimas a través del arte. Dice Colorado: “Las palabras tienen un significado potente, y darles nombre y rostro a las víctimas, aprenderé a nombrarlos, contar la historia y hacerlo de manera equilibrada, para poder hacer reflexión y no venganza’’.

Fotografía y poesía como testigas reflexivas y conscientes. En un territorio con cifras tan apabullantes respecto al desplazamiento forzado, la poesía de Diego y la fotografía de Jesús son un contrapunto estético, un reducto de resistencia al periodismo crudo e inhumano, a la pornomiseria, al interés político que busca editorializar y abstraer las desigualdades para invisibilizarlas.

Una patria que suena como un eco infinito de pasos del caracol

El epígrafe que abre el libro es contundente: “Cuando se pueda andar por las aldeas y los pueblos / sin ángel de la guarda […] / solo en aquella hora / podrá el hombre decir que tiene patria” (Carlos Castro Saavedra). De entrada, afirmaríamos que carecemos de patria en Colombia. El territorio está privatizado, cercado y vigilado. Hay una equivalencia entre pertenecer a un territorio y poder habitarlo libremente. No hay soberanía territorial debido a una expropiación sistemática que provoca la misma pregunta de Tolstoi: ¿cuánta tierra necesita un hombre?

Así nos expulsen de nuestros lugares, en Colombia seguimos reclamando el derecho a la tierra y a ocupar un espacio. Lo canta el rapero L’Xuasma respecto a Cartagena: “Esta ciudad no nos merece / no porque no la sienta mía sino por lo que acontece / Ellos juran que no nos pertenece / pero yo reclamo lo mío pá, no importa cuántas veces”. Se reclama lo que es propio por derecho de nacimiento. Incluso, por derecho de muerte, como canta Alejo Durán: “Donde quiere que uno muere / todas las tierras son benditas”. Nacemos, amamos, odiamos, sobrevivimos y morimos en un lugar que nos contiene y al que contenemos en nuestro ser.

El primer poema alude al acto inaugural de nuestra trashumancia: “En esta patria aprendemos a caminar antes de nacer. Caminamos en el vientre de la madre antes de tener pies” (p. 11). La historia del conflicto ha derivado en una perpetua movilización del pueblo. El camino: morada inhóspita. Nuestras abuelas fueron mujeres desterradas, que fatigaban con sus pies los pisos térmicos de un país en fuga. En mula, a caballo, en trenes, en buses.

Quien huye lleva consigo lo esencial. Me pregunto cómo se decide qué objetos sacar cuando se deshabita una casa. En los poemas de Diego observamos con un ojo atento la descripción de los chiveros que traen las caravanas de familias, acompañadas de perros y colchones, de neveras y pipetas de gas, de cachivaches y trastes indescifrables: los restos de un naufragio.

¿Las casas solas se mueren? Los poemas de Despreciado operan como una cámara simultánea, que avizora tanto el movimiento de la comunidad como el movimiento de la naturaleza que avasalla las construcciones humanas abandonadas: “Adentro / la vegetación ha crecido / sobre las grietas y los rincones” (p. 16). Los destrozos del desalojo se convierten en las señas particulares de unos habitantes que ya no moran, pero en la oreja de un pocillo roto o en una bisagra oxidada dejan las marcas del “hambre de un pueblo” (p. 19).

El poema quinto, como la poesía concreta, convierte en tangible la imagen que vertebra el libro: el caracol. Un animal que lleva su casa en su espalda es una metáfora de qué es existir en este país. El biólogo Juan Carlos Fontanillas afirma que “El caracol es un molusco gastrópodo, es decir, un animal de cuerpo blando que carece de esqueleto”. Este animal usa su concha espiralada para protegerse de depredadores y de condiciones ambientales adversas. Hiberna cuando hace mucho frío o mucho calor, o cuando no encuentra alimento. En un sueño letárgico se hunde el caracol para escapar del mundo, pero la persona desplazada está sometida a una vigilia angustiante en procura de un cachito de tierra en la ciudad, en un barrio de invasión, donde poder descansar su cuerpo trajinado por la errancia.

En el poema XI la voz poética revela que una caracola no es un artefacto para escuchar el eco del mar. En la caracola lo que resuena son los pasos del caracol que se fue a remontar pueblos en la lejanía.

El primer exilio es de sí misma. Mi abuela no recordaba el rostro de sus padres ni de su familia. En los años 50 en Caparrapí la subieron a una volqueta con dirección a la sabana de Bogotá, donde la dejaron botada. Tenía ocho años. Mi abuela encontró a una vecina por casualidad, en medio de fragor de la ciudad, quien le dijo cómo llegar a la casa que ya no recordaba. Desandó sus pasos, pero esa familia nunca creyó del todo que mi abuela fuera ella misma: María Antonia Triana. Siempre dudaron de la memoria de una niña.

Sobre la fotografía que aparece en la portada de Una patria para el caracol, Jesús Abad describió:

“Misael huye con su nevera al hombro tras la muerte de 17 campesinos a manos de las FARC. Va con su hija Karina y sus vecinos, y solo son noticia un día. A Misael lo vi sacar los cerdos, que lloraban, la ropa y las gallinas”.

Karina y sus pies descalzos. Mira fijamente hacia adelante. ¿A dónde va?

El desplazamiento forzado y la violencia son la forma primordial de relacionamiento con el otro en Colombia. Desde la fundación del territorio nacional, la marca colonial transmutó en usufructo y flagelo de hermanos que expulsan y matan hermanos, como Caín y Abel.

Los poemas y fotografías de este libro podrían ser imágenes o palabras o pensamientos que mi abuela escuchó, vio o asocio en su mente de niña mientras huía. No sé exactamente lo que vivió. Extiendo mi mano hacia ella así no pueda alcanzarla. María Antonia, algún día llegaremos.

¿A dónde vamos?

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap Amigos Imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

Referencias

El artículo de Nubia Yaneth Ruiz de donde tomo la mayor parte de las citas se titula: El desplazamiento forzado en Colombia: una revisión histórica y demográfica, publicado en la revista “Estudios demográficos y urbanos” del Colegio de México.

De Juan Carlos Fontanillas cité su artículo: El caracol: nociones sobre su explotación, aparecido en la revista “Hojas divulgadoras”.

Las citas de Jesús Abad las hallé en la tesis titulada Análisis semiótico discursivo: desplazamiento forzado infantil en “El Testigo” de Jesús Abad Colorado de Christian Guerra Benavides de la UNAL.

2 respuestas

    1. Muchas gracias por tu lectura, maestra. Le dije al poeta que te escriba para que adquiera el libro. Es excepcional y me enteré que el poeta vive de vender sus libros. Así viaja y va a festivales y organiza lecturas. Como un caracol.

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