Por Danny Arteaga Castrillón
Sobre la novela Comehierro, de John William Archbold (CLU Editores)
And the wild regrets, and the bloody sweats,
None knew so well as I:
For he who lives more lives than one
More deaths than one must die.
Oscar Wilde, The Ballad of Reading Gaol
A ratos Comehierro, de John William Archbold, le salpica en la cara del lector el sudor de su protagonista. Es inevitable contagiarse de su fuerza. Dan como ganas de salir a ejercitarse, de reanimar estos músculos magros que se mueren cada día, ganas de inyectarse una rígida disciplina, de edificarse una voluntad férrea. Pero, agh, es mucho esfuerzo, apenas puede uno moverse con esa docilidad que el tiempo aprovecha para pisotearnos al pasar. Además, ser Edward John, el nombre del protagonista de esta historia sobre el poder de ser otro, requiere cierta perversidad, una manera de andar y de desdeñar lo que lo rodea, de ser hombre con todas las de la ley, una forma de esconder los fantasmas de la soledad que ululan tras el cascarón de la musculatura.
Edward John es un fisicoculturista. Un hombre disciplinado que se ejercita casi a diario en el gimnasio, donde su sola presencia implica respeto, un «comehierro», como se les denomina a estos especímenes imponentes que parecen vivir del dolor y el placer que les provoca levantar imposibles discos de metal, que los nutre y los hace brillar, como dice el personaje. Un conocedor del funcionamiento de su organismo y de su cuerpo, al que le rinde un culto sagrado, obsesivo. Un macho que blande su poder para atraer mujeres, dominarlas, coleccionarlas. Pero también un ser humano cuya fragilidad se delata cuando su pasado se quiere hacer latente, cuando el recuerdo de Aquel, ese espectro del ayer, se revuelve en su conciencia y entorpece el equilibrado funcionamiento de su físico.
El personaje ocupa todo el libro, se ensancha hasta alcanzar sus bordes. Respira y las páginas se agitan. Podemos incluso imaginar su voz portentosa pronunciar las palabras de ese largo monólogo que es Comehierro, dirigido a un público implícito, que a veces nos lo deja ver, pero que en últimas es cada uno de nosotros que como niños nos sentamos en torno de él a escuchar su historia, mientras acaso entrena y levanta pesas y deja que de sus brazos broten y palpiten sus venas.
Esa es la sensación que nos provocan las primeras páginas, que recogen con rigor un completo despliegue de exhibicionismo. Es como si el autor a propósito nos expusiera a su personaje para seducirnos destacando sus atributos, y no solo los del balance de su cuerpo, sino también los de la seguridad de su filosofía, esa prepotencia explícita en la elección de sus palabras, los trozos de conocimiento que buscan quizás hacer menos vana su presencia.
Pero no, no es el escritor, no es John William Archbold quien fragua el espectáculo del exordio. Él solo dispone a su personaje y lo dota de un cierto carácter, de unos secretos y unas carencias, y luego lo deja ser. El resto está a cargo de Edward John, es él quien se escribe a sí mismo, hace de su cuerpo, de sus músculos y de su organismo el papel sobre el cual se traza incluso un destino, hasta perderse en su propia ficción.
Y es precisamente en ese extravío donde el lector (sospecho que no todos) empieza a desprenderse de la admiración que tal vez alcanzó a sentir hacia el personaje. Poco a poco la prepotencia, el egoísmo y la misoginia de Edward se va evidenciando capítulo tras capítulo, cada uno introducido por flujos elocuentes de sabiduría gimnástica, por útiles consejos para el ejercicio y la disciplina, que fusiona con aquellos sobre la vida misma, pero como la concibe él: un escenario donde reina el poder e impera la belleza y el éxito, donde se hace lo imposible para pertenecer a las esferas inalcanzables.
La ficción que Edward John ha hecho de sí mismo y ha sabido esculpir con esfuerzo en su piel, como para que no quepa duda, alcanza también a las mujeres. Entran ellas en ese mundo atraídas por el encanto del cuerpo trabajado y por las otras estrategias de manipulación, ya bien aprendidas por el personaje en sus múltiples relaciones. Es aquí en la novela donde aflora ese elemento que se suma a la prepotencia de la voz del protagonista: el lenguaje sexista y misógino, esa manera provocadora de referirse a la mujer, de calificarla, de cosificarla, y que sospechosamente los lectores hombres conocemos muy bien.
Esto se complementa con el sexo explícito, una forma a la vez poética y obscena de describir los actos, casi siempre bajo ese mismo desdén que a esas alturas ya nos es familiar y que empezamos a repudiar en el personaje. «Cristina no es más bonita que muchas mujeres que me he merendado, pero el trasero de esa hembra en definitiva es una cosa fuera de serie. No es solo el hecho de tener las nalgas grandes, es esa cinturita diminuta precediéndolas, y sus caderas que de repente se ensanchan, es como si te invitaran a meterte allí, a enterrar la cara entre ellas y batirla hasta quedar empalagado», dice apenas un fragmento elegido casi al azar. Hay una habilidad en la narración, una casi paradoja, de provocar en el lector un resquemor hacia la voz de Edward John al describir sus actos sexuales y al mismo tiempo generarle un estímulo a través de la riqueza sensorial que se logra con las palabras.
Se encuentran sin embargo otros instantes en los que la sensibilidad del personaje se decanta por imágenes menos populares en el fuero masculino, y que tienen que ver con la atracción hacia la «imperfección». Como las estrías de Cristina, la mujer que en vano deseó Aquel y que Edward John sí pudo conquistar con facilidad («Tenía bastantes estrías, eso lo sabía yo, ella me lo había contado hace tiempo, y desde entonces yo me moría de ganas de verlas, de contarlas y acariciarlas como si fueran el relieve de una escultura»), o su inesperada atracción hacia los senos disparejos de Juliana (la que trastornó su espíritu e hizo tambalear su coraza), que besa con pasión. Pareciera como si hubiera una contradicción en el lenguaje: el mismo hombre misógino deja de repente evidenciar un estallido romántico, quizás unas secretas ansias de amar.
Tal vez esa inesperada fijación haga parte de aquellas pistas o indicios que salpican por ahí a lo largo del texto, sobre todo en los primeros capítulos, cuando se hace más notorio ese paralelo con Aquel, ese hombre contrario a Edward: frágil, temeroso, pobre, rechazado… Este parangón determina de algún modo la estructura de la novela, permite ese ir y venir, desde el monólogo de el protagonista hacia las diferentes etapas de su pasado. Todo esto le otorga a la historia una profundidad que va emergiendo hacia esa capa en la superficie donde confluyen el deseo de ejercitarse para transformarse, el dinero, el éxito, el sexo, la vida social, el poder, hasta que se revela todo aquello imposible de dejar atrás. Tal vez allí, en esa manera de filtrar poco a poco lo oculto, encontramos de nuevo la mano de John William Archbold. El demiurgo, que le había concedido a su personaje fabricar su propia ficción, siempre estuvo ahí, escondido, calibrando su destino.
Y los lectores, tras descubrir lo velado en Edward John, terminamos por juzgarlo, acaso después lo compadecemos, aunque su voz siga ahí, haciendo aletear las hojas; entonces decidimos mejor darle la espalda, como en últimas lo hizo él todo el tiempo con nosotros desde la portada.




2 respuestas
Dan ganas de ejercitar las neuronas con esa novela. Buena crítica, Dany. Releeré esta obra en su versión definitiva. La pasividad del cuerpo al leer literatura es la única forma positiva de alimentar las estrías.
Dan ganas de reposar los músculos con esta obra que sugieres, Dany. La literatura es el mejor descanso post entreno.