Diminutos voyeur holes: un sobrevuelo por Gloria, de Andrés Felipe Solano

Por Giussepe Ramírez

Gloria (Sexto piso, 2023), de Andrés Felipe Solano (Bogotá, 1977), abre con un cigarrillo imaginario. El procedimiento narrativo del que Solano se sirve es bastante conocido: imaginar que alguien hace algo que nunca hará (ejercicio básico de escritura creativa): 

Nunca ha fumado y quizás nunca vaya a prender un cigarrillo, pero en esta tarde, que decido imaginar populosa y brillante, debería hacerlo, debería aprovechar la demora de su novio para aspirar despacio el humo, consciente de la marca de colorete en el filtro, ya un poco ovalado por la presión nerviosa de sus labios.

Apenas en la segunda línea de la novela el narrador se entromete para blanquear —verbalizar— la forma en que arma la historia, modo que va a contramano de lo que se estilaba en el pasado y que pretendía mimetizarlo y mantenerlo oculto durante el mayor tiempo posible. Había que evitar las intromisiones del narrador. En los tiempos que corren, esta se ha convertido en la forma habitual en que algunas novelas visibilizan sus mecanismos de construcción, casi en una especie de fantasía aireana para procurar que el arte sea hecho por todos si atendemos a que cualquiera podría armar o desarmar el artefacto artístico. De alguna manera, en un primer momento podría emparentarse el modo de narrar en Gloria con el de Peregrino transparente (Periférica, 2023), de Juan Cárdenas (Popayán, 1978): 

En estos días he dejado que mi cabeza se pierda en una fantasía irresponsable, sin ningún propósito intelectual. Es algo que sencillamente sucede dentro de ella, de esa cabeza, en forma de imágenes que se van desplegando por sí solas, arrastradas por un ansia oscura.

Paso horas sentado a mi mesa con la mirada perdida en la ventana, dejando que la historieta se desarrolle como quien deja leudar la masa viva de un pan que nadie amasó. 

Es una especie de aventura, un wéstern, quizá, acerca de un humilde pintor de iglesias. 

Esta clase de narrador no quiere mentir como algunos del pasado mentían. Quiere mentir diciendo que miente, o que imagina, o que está inventando. Podemos llamarlo el narrador juguetón; juega a las escondidas apropiando las características de las antiguas formas de mentir. 

En la novela de Solano, a cada salto ese narrador va saliendo de esa oscuridad inicial para irse corporeizando, asumiendo su papel como personaje dentro de la historia hasta entregarle un cigarrillo ¿real, el mismo que imaginó en la primera página? a la protagonista, la madre del narrador. 

Al poco tiempo aparece a mi lado y se queda viendo el humo de mi cigarrillo confundirse con el vapor de mi aliento, formar una nube densa, platinada a la luz de la luna. A ver, yo quiero probar. ¿Segura, madre?, le pregunto incrédulo. Que sí, pásamelo, y estira la mano hacia mi cigarrillo. Retiro la mía y la pongo en alto. A ver, a ver, dice seria. Lo pienso por un segundo y termino por pasárselo. Lo toma segura y se lo lleva a la boca. Aspira hondo, suelta el humo con elegancia. Ha fumado toda la vida sin fumar, como ha sido tantas cosas sin haberlas sido, gerente de un hotel de cinco estrellas, amante del dueño de un Porsche Carrera, secretaria personal de Óscar de la Renta, hija amada por su madre. Muy rico, dice, y suelta una risa que hace pensar en una ola trasatlántica rompiendo contra un malecón, una risa que nada ni nadie podrá quitarle jamás. 

Al inicio, este es un personaje no-nacido, o preternatural según las palabras del mismo autor; nacerá siete años después si nos atenemos a la realidad. En la mayor parte de la novela desaparece, narra, sí, pero se sumerge en las aguas oscuras de la no materia, se disuelve entre la trama y de repente vuelve a saltar a la página para revelarnos el germen del relato, rompiendo esa telita que separa al lector y a la página. 

Como es usual en Solano, despliega todas las sutilezas para narrar personajes femeninos. No juzga a la madre, no convierte la novela en una escena psicoanalítica y edípica. Narra el deseo —que a fin de cuentas es lo que debe preocupar a cualquier narrador— de su personaje principal, la madre, con una mirada aguda que se detiene en algunas escenas que llamaré conatos. Pero Gloria no podría simplificarse a la noción de madre. Desde el cigarrillo imaginario hasta el cigarrillo real, asistimos al mecanismo de su deseo de libertad.  

La novela está dividida en tres partes, consecuencia de que el germen sean tres cuentos ubicados en distintas temporalidades. La primera parte ocurre en 1970, ante el evento magnífico del concierto de Sandro en el Madison Square Garden. El segundo ocurre en Miami, en el año 1983. Y el tercero en 2005, en Nueva York. A las tres partes las recorre una energía sexual contenida, otro conato: el símbolo sexual que representó Sandro para muchas mujeres, las fotografías pornográficas que se revelan en los estudios de AGFA, la tensión sexual entre los personajes que jamás se concreta.

Un lector corriente, cualquier lector, es decir un voyeur, podría sentirse desencantado con la novela. Lo que termina contándose, como mencioné un poco más arriba, son en realidad conatos de historias y escenas más oscuras o quizás más llamativas. Acudimos como lectores a una puerta cerrada detrás de la cual suponemos está una pareja teniendo sexo —ni siquiera estamos seguros de que realmente están ahí teniendo sexo, o si tal vez el hombre, que antes se ha mostrado violento con la mujer, en realidad ha hecho algo peor—, el concierto de Sandro es un éxtasis del que solo vemos como máxima expresión las lágrimas de El Tigre y la pérdida de la cámara fotográfica bajo una aplanadora de pies, y el misterio que envuelve el futuro trabajo de una amiga de Gloria en la mansión Playboy. Potencialidades narrativas que jamás se desenvuelven y por lo tanto se mantienen como potencia. El lector o la lectora solo entrevén el vértigo a través de unos diminutos voyeur holes. En una entrevista para El Colombiano, Solano contempló la posibilidad de que esta sea su novela más arriesgada. Un lector malacostumbrado al bombardeo de giros argumentales y al alto índice de homicidios dentro de las historias tipo Netflix, podría decir que es una novela arriesgada por su forma y por su extrema sutileza—si además de Netflix está sensibilizado ante la literatura—, pero sin fuegos artificiales. Entonces puede sentir la tentación, haciendo un gran esfuerzo, de volver a leerla a ver si ahora, en la relectura, se concretan la sordidez y los rincones oscuros que se sugieren. Y puede que ahí, ante ese segundo estímulo, la imaginación se aguce y el lector, ahora sí, vea. 

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