Reseña de Los Desagradables (Seix Barral, 2023), por Danny Arteaga.
En medio de la ilusión del trasegar del tiempo hay siempre un momento en que nos despierta la angustia de evaluar quiénes hemos sido. El pasado se nos viene encima, con todo y su fardo de años, más un futuro ajeno que esquiva nuestros propósitos. Los Desagradables, la más reciente novela del escritor payanés Andrés Mauricio Muñoz, es una manera de descubrirse en el presente, ya en la madurez, en ese punto sin retorno, que es cuando se alcanzan los 40 años, y de mirar con disimulada desesperación, casi de soslayo, lo que fue o quién se era, para descubrir con horror que en la vida somos un personaje plano, sin arco dramático, y cuyo porvenir es una cornisa a la cual nos aferramos apenas con las falanges.
Palomino, el triste protagonista, es un ingeniero que lleva años trabajando como administrador del inventario de una compañía de abarrotes y cuya relación amorosa con una joven compañera de trabajo acaba de llegar a su fin. Esto coincide además con que sus viejos amigos de universidad lo agregan a un grupo de WhatsApp, donde empiezan a cocerse las posibilidades de un reencuentro. Tal giro sutil en su vida lo lleva a mirarse de frente, a descubrir cuán prescindible es su labor operativa y a aceptar su fracaso como individuo y como profesional. ¿Qué hacer en medio de esa nada propia frente a ese pasado vibrando desde el celular en el bolsillo? Tal es el móvil de esta obra, cuya principal amenaza es que pueda estar escarbándonos y replicándonos con descaro en sus páginas a algunos (¿o muchos?) de sus lectores.
A pesar de la ironía que rezuman las palabras, se puede respirar esa realidad corporativa, que además se refleja en el lenguaje de corte empresarial que adopta el narrador equisciente para mostrarnos la relación de Palomino con ese entorno de pasillos y cubículos en el que, por años, ha desplegado sus fantasías laborales, sin ser consciente todavía de la condena de su fracaso.
Hay aquí, además de una crítica indirecta a un sistema indolente, la presencia de un estigma, una suerte de desgracia, una enfermedad de derrota que recae sobre este trabajador cuyo único pecado será quizá la dificultad de concretizar una ambición. Lo refleja incluso el narrador al describir con cierta jocosidad el atuendo del héroe: «Mancharse la ropa era algo a lo que a fuerza de salpicaduras había terminado por acostumbrarse. Manchas de comida o zonas humedecidas eran habituales en su indumentaria (…). Las camisas, sobre todo, tenían la propensión a salirse del pantalón de manera irregular, por los costados. Las mangas de la camisa se extendían más de lo debido». En otras palabras, hasta su ropa parecía conspirar en la construcción gradual y cotidiana de su mediocridad.
Palomino tan solo se limitó al logro de hallar un punto en el universo para escampar de la vida. «La modorra existencial», denomina el narrador a esta postura; «la zona de confort», le dirían los filósofos del coaching. Pero puede traducirse en la imposibilidad del individuo, en términos de Hartmut Rosa, de conseguir los recursos necesarios (la posición, el vehículo, los amigos, el dinero, el amor, el prestigio) para desempeñarse en un mundo en aceleración, o la imposibilidad de ser quien se quiere ser o, incluso, la imposibilidad de saber quién se quiere ser. Quizá todo ello confluye en la conciencia de este personaje, que al principio se nos antoja rebelde y misterioso como el protagonista de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville; luego miserable, como Akaki Akákievich, de El capote, de Nikolái Gogol, y después un simple hombre extraviado en su rutina, que de pronto se hace consciente de su excesivo amodorramiento, tras la ruptura con Sofía, la joven practicante con quien había entablado un fugaz romance, y el cada vez más insistente grupo de WhatsApp de sus amigos de universidad.
Hay entonces una manera en Palomino de pararse en el presente y contemplar desde allí su pasado. Es en la dinámica de esa retrospección en el personaje, a veces inconsciente y con ciertos amagues de obsesión, donde se haya el valor de esta obra. El trenzado entre el presente, un pasado más cercano y otro más distante, a lo largo de toda la historia, nos va conformando, acaso justificando, la anatomía de la mente de Palomino y su manera de percibir el mundo y los demás, así como la de hacer un constante parangón: la transformación de «los desagradables» (nombre que él y sus amigos recibieron en su vida universitaria), sus éxitos y logros, en comparación con su estancamiento; la mujer que lo abandonó en el presente frente a la mujer que lo repudió en el ayer; le presencia de su propia figura inalterada.
Todo ello es hilado por el narrador de manera tal que parece confluir en un solo instante, como precisamente lo percibe el protagonista: una amalgama de hechos superpuestos, ya sin tiempo, en su mente, que de repente lo activa y lo hace reaccionar, pero con el arrebato y la locura de quien despierta tarde a una cita determinante en la vida. Así lo deja entrever un aparte que traduce uno de sus breves instante de lucidez: «De años atrás le llegaba el sonido del porvenir que aguardaba por ellos, destilado en jornadas de estudio extenuantes, pero también de juergas verdaderamente épicas; de acá, de este lado, recibía, a través del estertor de las impresoras, la contundencia de lo que era él en un presente demasiado hostigador. Así que este era el futuro esperado por él, pensó».
Al descubrirse a sí mismo en medio de ese vacío, en la soledad, en la desesperanza, en la celda de su lugar de trabajo, su voluntad cobra de pronto un matiz existencialista y, con ello, también la obra misma. Surge entonces en Palomino la necesidad de buscar respuestas, de saber quién se es ahora en ese mundo competitivo que creció por encima de él, que se volvió ajeno, inalcanzable, aplastante. Y las respuestas pueden estar en ese grupo de amigos, que lo convoca desde el bolsillo, pero sobre todo en aquella mujer que en el pasado no tuvo reparos en desdeñarlo. Solo de esa manera, así lo supone él como por instinto, podrá comprender y justificar su fracaso. Hacia allá es, entonces, donde decide dirigirse sin planearlo, con todo y lo que acarreará su determinación.
Andrés Mauricio Muñoz logra crear un personaje cuya complejidad reside solo en las formas que toma su pensamiento, hasta dilatarse y apoderarse de la obra entera, mientras que el magro y descamisado individuo que lo contiene apenas respira, casi imperceptible, entre las líneas. «Un hombre discreto y extraño», diría un compañero de trabajo. Pero además, gracias a su narración fluida, capaz de recoger esos pensamientos que muchas veces balbuceamos en silencio, más ese tono irónico que no teme volver literatura la jerga tecnológica y corporativa, Los Desagradables logra plasmar las angustias personales y casi siempre secretas de los individuos en medio de una sociedad cambiante e indiferente, que les exige ciertos recursos y logros para asignarles un lugar en el mundo. Pero es también una novela sobre la actitud ante el transcurrir del tiempo. Inevitable, entonces, al concluir, indagar sobre nuestra propia transformación en la línea temporal de la existencia, y con ello la postura que podemos asumir: dejarnos llevar con indiferencia por ese fluir inevitable o agarrarnos de algo y acaso obedecer a ese llamado exterior de intentar pertenecer o, al menos, comenzar de nuevo.



