El sol ardiendo y uno en llamas

Reseña sobre Aviones que se estrellan contra todo

Procrastinar una lectura es crearla

La reseño brumosamente. Para mí la novela de John F. Galindo fue eso: un susurro, un rumor lejano. Pasé dos años imaginando la novela sin leerla. Se publicó originalmente en 2020. Luego, en 2022, cuando me hablaron de ella con fervor y supe de su existencia, hubo una segunda edición. Nunca he vivido cerca al mar, pero imagino que el rumor de las olas se escucha tanto que se vuelve parte del cuerpo, una forma de respirar, de hacer sinapsis. La novela de John F. se convirtió en algo así para mí: una condición atmosférica. Sabía que se trataba de un libro sobre las despedidas, sobre alguien que ve personas partir desde un aeropuerto. Y esos dos elementos se mezclaban y me dejaban inventar mi propia novela, sin haberla leído: primero el aeropuerto, ese lugar de tránsito donde la presencia es efímera; y segundo la despedida, ese tiempo incierto, esa nostalgia del presente.

Jacobo Santiago me habló de ella, de la novela, a mediados de 2022. Ya era una novela de culto en el parche de jóvenes poetas bogotanos. Me dijo que trataba sobre un man que trabajaba en la zona de embarque de un aeropuerto. Le entendí mal, porque es el papá y no el personaje (el hijo) quien trabaja en el aeropuerto. En ese malentendido empezó mi invención del personaje principal, al que imaginé como el señor encargado de pasar las maletas por un detector para corroborar que no llevaran armas o droga. Jacobo utilizó la palabra “maleta” en alguna parte de su resumen. También me dijo que el personaje tenía una vida fracasada y estaba anclado en Bucaramanga.

Pensé en la batalla de Palonegro, la cruenta matanza en medio de la Guerra de los Mil Días. Según la historia, esa batalla se dio en lo que hoy es el aeropuerto de Bucaramanga. El año del sol negro, la novela de Daniel Ferreira, narra esa masacre. Los cuerpos fueron exprimidos, vaciados como frutas frescas. La sangre formó un charco que llegaba a los tobillos. Imaginaba entonces a este personaje, que vivía con la mamá y yo le ponía unos cuarenta años, pasando maletas de aquí para allá, anhelando que los aviones se estrellaran contra el aeropuerto y estriparan a toda la gente y un charco de sangre, que llegaría a los tobillos, cubriera los pasillos derrumbados del edificio en ruinas. Así me imaginaba la novela: pura catástrofe y gente sola como en las películas de Kaurismaki.

Quería leerla, pero al mismo tiempo no. Como escribe Borges, una pintura que aún no existe es capaz de cualquier forma y cualquier color, es incesante y de alguna manera infinita. La novela, sin ser leída por mí, mutaba. Un día, en mi mente, el hombre era un empleado juicioso, cumplido, que volvía temprano a su casa y se preparaba un agua e´ panela con limón para sentarse a ver telenovelas. Otro día el personaje se cansaba y decidía meter dinamita en una maleta para detonarla cuando el avión estuviera a veinte mil pies de altura.

Juan Nicolás Donoso, un crack de primera línea de la literatura colombiana, me habló en una segunda oportunidad de la novela. La había comprado en El cuarto plegable. No dio detalles, solo mencionó que la novela era algo “traído de no se sabe dónde, como las cosas de John F.”, dijo. Con este segundo comentario le agregué una capa más de imaginación a mi propia novela de John F. Ahora, además, el personaje hablaba con extraterrestres, les contaba maricadas de su vida y se juntaban para tomar Ron con Coca Cola y jugar Play. Eso lo hacía el personaje, en mi mente, porque según Juan Nicolás las historias de John F. venían como de un agujero de gusano, pensé o supuse que quiso decir, pues Juan Nicolás usó las manos para dibujar un vórtice sobre su cabeza al comentar su estupor por Aviones que se estrellan contra todo y me dije: “Claro, John F. habla con marcianos”.

La tercera ocasión en que me hablaron de la novela fue el mismo John en una tienda de la 51 con séptima. Le pregunté dónde conseguirla, quería saber si él me la podría vender. Me dijo que no circulaba por problemas graves con la editorial. Al parecer alguien tenía cautivas varias cajas llenas con ejemplares de la novela. Me recordó el mito de la librería El Dinosaurio (en la 45), según el cual hay una caja en esta librería llena de primeras ediciones de Opio en las nubes. John me dijo que estaba escribiendo el guion para una serie. Una nueva capa imaginativa se agregó. Ahora, el personaje de Aviones que se estrellan contra todo era un adicto a Better call Saul y quería escribir el guion que finalmente lo sacara de ese trabajo de pasar maletas por una banda negra. Se iría a Hollywood por fin y dejaría de ver esas maletas entrar en el detector con sus cortinas de plástico, como si se introdujeran en la membrana hialina del cerebro de un rinoceronte extinto.

Pregunté en varias librerías, pero nadie la tenía, estaba agotada hace tiempo. Tampoco la busqué mucho, debo aceptar. Había algo en mí que quería seguir prolongando el mito de esa novela. Me la iban a pasar por pdf pero no quise porque quería tenerla en mis manos, recordarla. Me suele pasar, y esto tiene sustento cognitivo, que leer en digital hace que la memoria no retenga la experiencia.

El desenlace de esta historia de amor es predecible. El 25 de enero de 2024, sentado en las frías escaleras de mármol del centro comercial San Martín, como un vagabundo, la leí. 

Leer una novela es seguir creándola

Me sentí herido por la voz de este personaje sin nombre que no hace nada por su vida; que, en efecto, es un fracasado y trabaja en un Call center; que sueña con quemar la ciudad o estrellarse abordo de un avión, o irse lejos. Óscar, el hermano, pierde las piernas al esconderse en un tren de embarque aéreo para intentar huir de la ciudad. Muere atropellado Steven, un amigo de los dos hermanos, en una noche de farra. Matan estudiantes y la universidad se putea. La policía es el enemigo. El tiempo es el enemigo. La distancia se abre. Liza, la novia gringa de Óscar, le da un beso al dichoso personaje principal y él se enamora, pero sabe que nunca ocurrirá nada porque es la novia de su hermano y porque: ¿quién iba a amarlo a él?

Pensé, mientras la leía, en Zama de Di Benedetto, donde la imagen inicial es el cadáver de un simio ahogado en la orilla de un río. La marea atrae el cadáver hacia la tierra, pero lo jala de vuelta al agua. En ese vaivén se debate el cuerpo del simio, en ese vaivén se debate Diego de Zama: alguien que está por irse, pero no. Zama, como funcionario de la corona, es obligado a vivir en esta colonia remota, lejos de su esposa e hijos en España. Lo dejan allá, en alguna costa olvidada de lo que hoy es Paraguay, sin cartas, inmóvil: una celda a cielo abierto.

La noche bumangesa es otra forma de cárcel. Nunca he ido porque también, como el personaje, estoy atrapado en Bogotá. Me imagino Bucaramanga como una ciudad tranquila, llena de viejitos escritores, dijo Daniel Morales, un joven poeta bumangués. También imagino Bucaramanga como un lugar de gente muy amable, que no se toca. Recuerdo a Daniel, impresionado tras un viaje en Transmilenio, por el hecho de que la gente estuviera enlatada como sardinas y se rozaran sus cuerpos. También el escritor bumangués Fabián Mauricio Martínez, autor de El encanto podrido de Bogotá, en ese cuento narra que “Esta ciudad es tremenda gonorrea. La gente anda rabona todo el día”. Los que no crecieron en Bogotá piensan eso, que somos malgeniados porque no nos saludamos y tenemos cara de culo.

Menciono esto no por desviarme, sino porque todas esas capas imaginativas están íntimamente asociadas a mi experiencia vital alrededor de Aviones que se estrellan contra todo. También debo aclarar que la palabra “Bucaramanga” o la sigla “UIS” jamás aparece en la novela. Uno atribuye al hecho de que John F. creciera en Bucaramanga, que la novela se ubica allá, pero podría ser cualquier ciudad en donde estamos en familia, es decir, en donde viven las personas con las que estamos cuando nos encontramos a solas.

“Mi sueño es ver a la gente corriendo en llamas por la calle”. Mundo enfermo y triste, el programa que ve a diario Daria, tenía frases de ese tipo. A los trece años viendo MTV ese era el sueño, incendiar el colegio o quemar un insecto en la tapa de una gaseosa a la que le poníamos dos alambres y una vela debajo. De niños nos fascinaba ver cómo pataleaba el cucarrón mientras sus órganos internos se derretían. Es inquietante lo que me pasa con esta novela. La leí mientras había incendios forestales en Bogotá, como si el personaje hubiera salido del libro con un lanzallamas a cumplir su cometido. El humo entraba en los pulmones y secaba la garganta. Es como si la novela y yo tuviéramos un acercamiento mágico.

Si los rinocerontes vivieran en los Cerros Orientales de Bogotá, estarían junto al cuerpo de bomberos apagando el fuego. Pensaba en eso mientras en la novela al personaje se le moría la mamá, el papá lo abandonaba, el hermano y su novia gringa se iban porque los perseguían políticamente debido a su militancia y lo dejaba su única amante: Helena. Y él, más triste que un perro, se quedaba viendo a su mundo desintegrarse como un tempano de hielo en un mediodía tropical.

Además de los rinocerontes en los Cerros Orientales, la otra imagen que tuve presente, en términos de estilo, es que no se puede escribir más de cien páginas con una prosa así porque se tensaría como nailon y podría ahorcar al lector. Después de leerla tengo la carne de la imaginación ulcerada. Mi cuerpo es una madera triste, que no sirve para hacer una barca, es madera encallada como la del personaje. Lo que pasa en el interior del narrador es más de la mitad de la novela, y es invisible. Hay fragmentos en segunda persona que narran la perspectiva del hermano amputado. La novela, una vez leída, se convierte en un miembro fantasma que vuelve cada tanto: sea al escuchar la lluvia contra una ventana, al ver la niebla o al saborear un dulce de la infancia que hace años no comíamos.

Rinocerontes enamorados como dos tanques de guerra a punto de destruir el mundo

En la novela no se menciona que los rinocerontes apagan incendios forestales con sus patas, pero es una imagen que tuve presente como un taladro en las sienes. El narrador de esta novela quiere provocar el incendio que los rinocerontes podrían apagar: ¿de dónde viene ese deseo? “No sé muy bien en dónde se fabrican los recuerdos. Los incendios, en cambio, nacen en la región más feliz de nuestro deseo” (p. 42). No es claro si se trata de un caso de pirofilia —como el Gasón, que descree del dinero y solo quieren ver el mundo arder—, o de piromanía —la cual, más que un simple deseo, es una condición que lleva al sujeto a quemar compulsivamente; según la RAE el pirómano es una “Persona que padece una enfermedad mental que le lleva a provocar incendios, y que debido a ella puede ver disminuida su imputabilidad jurídico-penal”—.

La piel gruesa de los rinocerontes, de cuatro centímetros de espesor, les permite soportar altas temperaturas. Los demás animales huyen de la flor roja de las llamas, pero el rinoceronte la busca para arrancarla. Aviones que se estrellan contra todo inicia con la imagen de dos rinocerontes que caminan en una autopista “como dos tanques de guerra enamorados a punto de destruir el mundo” (p. 9), pero no es el amor lo que los une. Los unen las ganas irreprimibles de huir. Cada rinoceronte de este sueño inicial del personaje es un punto de fuga. Aunque el personaje está encallado en su propia soledad y en una ciudad ajena que le escupe su desamparo, él vive yéndose mentalmente, enumera lugares para escapar.

El poeta es un extranjero su propia lengua

Una mujer está desolada porque en ese amanecer, que se le presenta con un sol abrasador, será el día en que ejecuten a su amado. Él, indignado por la colonización, asesinó a dos soldados del ejército invasor que los estaban expropiando. Como condena lo llevan a la horca. La mujer canta. Lo único que puede hacer alguien que ha perdido todo en la vida es cantar. Canta y le habla al sol. Le pide “al ojo del sol que no arda / porque el amor de mi vida amaneció yéndose”. Les implora a las palomas que le den sombra con sus alas al condenado para que el sol sea una seda y no lacere su piel. Esto que relato es un canto antiguo y popular árabe. Esa impotencia está presente en Aviones que se estrellan contra todo, ya que el personaje interiormente imagina fugas, pero no las emprende. La impotencia de no poder hacer nada para cambiar las circunstancias, solo cantar o vomitar poemas como juguetes rotos, inútiles. Al inmóvil, inmovible hombre de paja plantado en el campo, el único movimiento que le es posible son las palabras, esa sangre perpleja que circula en las venas del mundo y nada dicen.

Octavio Paz, el poeta al que los infrarrealistas querían secuestrar, habla de la prisa: “A pesar de mi torpor, de mis ojos hinchados, de mi aire de recién salido de la cueva, no me detengo nunca. Tengo prisa. Siempre he tenido prisa. Día y noche zumba en mi cráneo la abeja”. Es como un cucarrón en el pecho o una abeja zumbante. Algo desacomoda a este personaje, que se siente solo como el rinoceronte de su sueño cuando su compañero, el otro rinoceronte, sale a volar y él queda mojándose bajo la lluvia. El solitario: “Huele como huelen los rinocerontes mojados a punto de estrellarse contra la niebla” (p. 9).

Este personaje anda buscando algo inasible. No se sabe qué. Tal vez busca “la última roca que detenga su rostro antes de estrellarse contra el cielo”, como Alberto Rodriguez Tosca fuera de Cuba, en una Bogotá perra y cenicienta. Tosca tomando en el barrio de la Concordia un trago antes de salir a una ciudad “que gira a la velocidad de un lirio”. Tosca escribiendo un poema en el dorso de la carta donde le advierten que debe seis meses de arriendo. Así siento a este bumangués joven y cascado de Aviones que se estrellan contra todo.

Tomás Collazos se va de dientes, en Danielito Bang, en medio de una lectura. Tomás en la Luis Ángel el día de su cumpleaños, leyendo en la terraza mientras las palomas cagan sus zapatos. Tomás en el Transmilenio, en camino a una lectura de Amalia Moreno a la que aceptó acompañarme para no pasar su cumpleños solo. Tomás estaba terminando su primera novela, la tesis de la maestría en escritura creativa. Me contó en ese bus articulado, que por dentro parece el intestino turbio de un gusano, que “John F. dijo que si uno no va a purgar algo prohibido de sí mismo en una novela, eso no sirve”. La literatura siempre ha sido una actividad peligrosa. Tomás es otra parte de mi relación con esta novela. Como se puede advertir, leerla es la última estación de un viaje a través del clima triste de la ciudad y de mis amigos.  

“¿Hacia dónde vamos?”, le pregunta un niño al Ovidio a punto de suicidarse ahogado —el niño está macheteado, pues fue asesinado en la masacre de Ruanda en los 90—, mientras señala la playa donde caminan todos los exiliados del mundo. La escena aparece en Lejos de Roma, la novela de Pablo Montoya que mezcla los tiempos. Y en la novela de John F. Galindo: ¿en dónde es abandonado, en qué extramuros del reino está exiliado su personaje? Él es esa tierra remota a la que ha sido expulsado de sí mismo, su propio cuerpo es el lugar del destierro.

El personaje y la atmósfera emocional de la novela, no quiero eludir más este punto medular, son una incisión en el cuerpo sangrante del poema. Es una novela, sí, pero está escrita desde la poesía —sin caer en esos lugares verborréicos y retóricos de los poetas cuando escriben novelas, como William Ospina, para dar un ejemplo—. En esta novela corta, cortante, la poesía es quirúrgica, precisa y desemboca en la extrañeza porque el poeta es un extranjero de su propia lengua, como también de sus ojos y de sus sueños. Exiliado, extranjero que nunca salió de su barrio como este personaje. O exiliado, extranjero que sí salió, pero cuando vuelve ya es para siempre un extraño.

La infancia en esta novela triste y dolorosa es un madero en altamar

No todo es desolación y niños perdidos en Aviones que se estrellan contra todo. Las imágenes de la infancia del narrador y su hermano, cuando se colaban en los hangares del aeropuerto para correr y esperar que de tanto correr se terminaran elevando, también estallan en el alma del lector. El amor es imposible, huir es imposible. ¿Hay algún tipo de redención? El poeta, como dijo Rilke, seguirá siendo un exiliado, pero su patria es la infancia. Su infancia es su única posibilidad de fuga.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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