También tengo hambre, un hambre perra

Reseña sobre Avidez

Al abrir el libro de Lina Meruane hallamos el siguiente epígrafe, en el cuento Platos sucios:

“… y había pedacitos de mi padre en los árboles, en la calle, en todas partes… y estaban limpiando la calle. La lluvia, la sangre, el agua, se estaban mezclando y veía cómo corría para abajo”. Francisco Letelier.

Marcos Orlando Letelier, ministro en el gobierno de Allende, fue asesinado por Augusto Pinochet, en Washington, la mañana del 21 de septiembre de 1976. La bomba que explotó el carro donde se transportaba hizo que terminara flotando en pedazos. Esta imagen, la del hijo observando cómo el cuerpo de su padre ensucia la calle, es la semilla poética y desgarradora del cuento de Meruane. El padre, Orlando Letelier, “ensucia” el país, pues lo infecta con ideas que ponen en peligro la “democracia” de algo que, en realidad, fue una de las dictaduras más sanguinarias y traumáticas en Latinoamérica. Herida aún abierta para Chile.

Lina Meruane, quien confiesa escribir su literatura de una manera asociativa, crea una alegoría en Platos sucios. En el cuento un padre está obsesionado con la limpieza, al punto de que lava con agua caliente el plato de su hija, ya limpio, mientras ella narra en el baño su acto de rebeldía: masticar un pan hasta volverlo una pasta húmeda y escupir sobre:

“El espejo.

El lavamanos.

La bañera.

El piso de linóleo”.

Ella ensucia. Expresa el poder simbólico de la suciedad. Esta relación entre suciedad y limpieza en un plano literal, una vez la autora opera la asociación subterránea, adquiere otras posibilidades interpretativas. Lo simbólico, dentro de la semiótica de Pierce, se establece como una interrelación de signos e intérpretes que conforman algo que él llama terceridad. La terceridad es una mediación que transforma un objeto literal en una red más amplia de sentidos. Así, la bomba genera una suciedad física que representa, en un plano simbólico, otra suciedad: política. Allí radica la vocación alegórica de textos como este cuento, o como las novelas de Diamela Eltit y la poesía de Zurita. Una dictadura es algo tan ubicuo, que sus tentáculos de abuso del poder pueden asfixiar a unos hijos en el ámbito familiar, encarnada en la figura del padre. Esa versión a escala de una dictadura permite comprender, desde la metáfora y el símbolo, lo que implica subvertir los valores del poder a partir de pequeños actos como ensuciar lo impoluto. La suciedad es resistencia. La suciedad es arte.

Tan preciosa su piel, el siguiente cuento, también gira en torno al padre. Esta vez en un escenario distópico donde escasea la comida. El padre sale a cazar y los hijos, cuando quedan a solas con la madre, toman el papel de su progenitor violento, se van transformando en él. Aquí la resistencia se invierte. La transformación de los personajes adolescentes en este cuento no se dirige a una resistencia, sino a la manera en que el poder se inmiscuye y arrolla a quienes ceden ante él. ¿Los hijos se terminarán comiendo a la madre, en medio de su transformación y de su hambre, su infinita hambruna?

La avidez, que según la RAE es “ansia o codicia”, también es sinónimo de anhelo, deseo, vehemencia, ardor y hambre. Ese entramado de pulsiones, con particular intensidad, atraviesan a los personajes de estos cuentos. El hambre es física, como lo mencioné, pero también toma otras formas. Verbigracia, en el cuento Función triple tres huérfanas se van turnando para representar a la madre ausente, simulando cada una de ellas ser la madre por un día de las otras e imponiendo la figura de autoridad. ¿Cuál es la avidez de estas chicas? Acaso sea la búsqueda de sentirse menos desamparadas. Hambre de amparo, hambre de afecto que desemboca en una escena donde las huérfanas intentan un parto al revés, como buscando volver al hogar primigenio, sin soledad, sin tristeza ni intemperie.

Los huérfanos reaparecen. En La huesera son dos errantes, hermano y hermana, quienes hacen un peregrinaje hasta la tumba de sus padres para celebrar su aniversario póstumo. En Doble de cuerpo regresa la relación filial de hermanas, esta vez encarnada en el cuerpo de unas siamesas. Una de ellas, de ese cuerpo doble y único a la vez, la que se duerme constantemente, es sometida a una operación donde le adhieren un cuerpo biónico. Ese cuerpo de siamesas termina convertido en mitad robot, mitad humano. Los conflictos y los cambios que esto genera en ellas es el núcleo del cuento, que hacia el final se abre a la posibilidad de ser madres de una criatura híbrida, como ellas (ella).

Hay partes del cuerpo y objetos que son una presencia constante en estos cuentos: las uñas, los pelos y los cuchillos. Estos elementos revelan la cualidad visceral y corporal de la escritura de Meruane. Es conocida su trilogía sobre la enfermedad: Fruta podrida (2007), donde una mujer diabética se resiste a recibir tratamientos curativos; Sangre en el ojo (2012), donde la ceguera le sobreviene a una mujer que hace peticiones terroríficas a su amante, que incluye donarle sus ojos; y finalmente Sistema nervioso (2018), donde la enfermedad se extiende a todos los personajes, que tienen una relación íntima con esta. Retomando, las uñas, los pelos y los cuchillos hablan de un acercamiento obsesivo a la materialidad del cuerpo y a su susceptibilidad al daño.

En relación al cuerpo, el apetito sexual es una de las exploraciones del libro. En el cuento Hojas de afeitar se hace explícito. Unas adolescentes de un colegio femenino que están obsesionadas con rasurarse, un día reciben a Pilar, una estudiante nueva y peluda. Cuando la intentan rasurar a la fuerza, terminan besándola y besándose entre todas. Este cuento en los años noventa participó en un concurso de literatura erótica, pero ocupó el segundo puesto. No podía ganar un cuento tan transgresor, que expresaba un deseo erótico tan no heteronormativo. Esto es un ejemplo de cómo la escritura de Meruane desde el principio ha desestabilizado el establecimiento literario y su statu quo.  

Lina Meruane ha mencionado en entrevistas que este libro recoge 30 años de escritura dispersa, pero que, una vez volvió a leer los cuentos retrospectivamente, se dio cuenta que entre ellos había vasos comunicantes, obsesiones recurrentes. El título es una síntesis perfecta del carácter desaforado, ávido de estas mujeres del libro. El título hubiera podido ser La carencia, pero eso, según la autora, implicaría pasividad. Y, si bien los personajes están desamparados y sufren carencias emocionales y materiales, lo que los moviliza es una avidez activa y voraz. Tan voraz que llegan a comer personas, a matar, a erotizar, a habitar con fruición la enfermedad y a llevar al cuerpo a lugares extremos.

Varillazos y Lo profundo son dos cuentos que reafirman por qué esta colección es coherente y está finamente hilada. Varillazos se conecta al primer cuento, construyendo esa atmósfera ominosa de la dictadura, esta vez en un colegio donde castigan a los varones dándoles varillazos en el culo, algo que las estudiantes buscan para ellas, es decir, quieren hacerse castigar también, quizá para obtener reconocimiento social. Lo profundo, por su parte, retoma esa resistencia de Fruta podrida, donde la enfermedad es vitalista y se convierte en una forma de afirmar la identidad, la dignidad y la autonomía de poder decidir sobre el propio cuerpo. En Lo profundo Mirta Sepúlveda sostiene una conversación con la secretaria del hospital, y le explica que no quiere dejarse cerrar el hueco que una operación le dejó en el abdomen. Le cuenta acerca de una visión a la secretaria: “Mirta agrega que había tenido una premonición: ese agujero seco en los bordes y húmedo en lo profundo de su costado se volvería milagroso”.

Ese agujero, que le dejaron abierto para drenar el pus posterior a la operación, tiene una dimensión erótica inédita que Mirta, como trabajadora sexual, no va a dejar de experimentar. Luego del hambre, de los períodos de ayuno a la que la sometieron para llevar a cabo la operación, ella va a aprovechar su agujero y su nueva belleza cadavérica para multiplicar los panes, dice.

Hambre perra es un cuento que deja entrever por qué algunas personas se crispan con la literatura de Meruane. La autora es incisiva, cruel, descarnada. Sus libros suelen caminar al borde del abismo del terror. Pero la realidad es el terreno del terror absoluto, no hay que olvidarlo; si sus libros son tenebrosos el mundo lo es más y los sobrepasa. Este cuento, como también Ay, surgen de noticias que la autora leyó y se quedaron impresas en su memoria por lo impactantes. En Hambre perra una mujer que acaba de parir llega a su casa, donde dejó a solas a su perra con su otra hija pequeña. ¿Es cierto que un perro, en un estado de hambre extrema, sería capaz de comerse a un humano?

Sangre de narices, el cuento más largo, discurre acerca de María Carolina Geel, una escritora chilena que en 1955 siguió los pasos de María Luisa Bombal y le disparó a su amante durante una cena en un restaurante famoso de Santiago. En su momento la escritora recibió tres años de cárcel porque se consideraba a las mujeres incapaces de ser agentes de un asesinato —el patriarcado hasta de eso las privó—. En la historia real jamás se supo el motivo preciso que llevó a Geel a cometer el homicidio, empero, dentro de la ficción, que permite ir a esos lugares oscuros de la historia e iluminarlos, Lina Meruane reconstruye esas razones ocultas de la escritora. Al mismo tiempo, el cuento funciona como un cuestionamiento sobre el lenguaje inclusivo porque, así como se les negaba a las mujeres ser agentes de su propio crimen, también el lenguaje las expulsaba con pronombres masculinos supuestamente universales: a María Carolina Geel la tratan como el reo, pero ella insiste en que debería llamársele la rea. Insistió tanto en pensar esas omisiones de la lengua, que ella misma escribió una novela durante su estadía en la cárcel, titulada Cárcel de mujeres (1956), la cual fue un éxito de ventas de la época.

Reptil es un cuento que de nuevo fija al cuerpo como foco, esta vez el cuerpo divergente, pues se trata de una niña que nace con lengua bífida debido a una exposición radiactiva durante la gestación. Ay es otro argumento delirante y extremo, ya que se trata de un cuento en el que un matrimonio de enterradores se niega a enterrar a su hija muerta. El cuento se construye a partir de un monólogo de la madre, que le habla a la hija ausente y por lo tanto no obtiene repuesta. Le cuenta su hija los miedos de madre, su relación estrecha y patológica con la muerte, así como sus razones para no enterrarla hasta que no aparezca la mano que le falta al cadáver.

Horacio Castellanos Moya dijo que “Los textos de Lina tienen una construcción minuciosa de la frase, un hilvanado fino y a veces un vuelo poético. Cada frase tiene tensamiento interno y genera velocidad”. Recuerdo la sensación física que la prosa de Lina me ha producido desde que la descubrí en 2018. Es una sensación de ardor. Siento como si sus palabras ardieran y cortaran. Escribe con bisturí, te clava esquirlas cortantes en la imaginación.

Cuando Lina ganó la beca Beca Guggenheim y empezó la redacción de Fruta podrida, releyó unos cuentos suyos que terminó descartando, según sus propias palabras a continuación, porque estaban muertos:

“Lo que pasa es que si a uno no le gustan sus propios cuentos tenemos un problema. Cuando digo que están muertos me refiero a que no había una pulsación. Para mí la escritura tiene que tener algo que es lo que yo identifico —a lo mejor simplificando— con la palabra «vivo». Es una energía que atraviesa y que no está escrita, pero que está ahí. Yo sentí cuando leí esos cuentos que no estaba esa energía. Estaban correctamente escritos, la redacción estaba bien, pero esa corrección a mí no me interesa tanto como que debajo de la superficie de ese cuento haya algo que se está remeciendo y que a mí me esté remeciendo cuando lo leo. Como eso no pasaba, están muertos. No sobrevivieron al tiempo”.

Ese remecimiento está en Avidez. Aquí los cuentos tienen esa atmósfera vital que ella le exige a su creación, aun cuando las personajes tengan pulsiones de muerte. Desde Freud sabemos que la pulsión de vida y la pulsión de muerte son distintas expresiones de un mismo núcleo afectivo, son dos caras de una misma moneda. Un ejemplo de esa condición pulsional está en la escena final de Hambre perra, cuando la narradora con un cuchillo en la mano le dice a su perra, la cual acaba de comerse a su primogénita, que ella también tiene hambre, un hambre perra. Matar para sobrevivir. Comerse la agonía de otro ser para sobrevivir. Muerte y vida no se distinguen. La energía que moviliza estos cuentos es un apetito voraz en todas sus acepciones. Cuentos de carne cruda servidos en la mesa. Leer a Lina Meruane es como atravesarse el ojo con un alfiler.  

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

Deja un comentario

Discover more from La Cerbatana

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading

Subscribe To Our Newsletter

Subscribe to our email newsletter today to receive updates on the latest news, tutorials and special offers!