Reseña sobre Los divangantes de Guadalupe Nettel
Tropos como pulpos
Los tropos se pueden comprender como cambios de dirección. Hay un modo literal, o llamémosle lineal, de usar las palabras. Sujeto, verbo, predicado. Sin embargo, en el lenguaje, tal como en la física, hay singularidades, formas desviadas, chuecas, de dirigir las palabras; hay, en el lenguaje, agujeros de gusano y desdoblamientos del espacio-tiempo. Algunos de los tropos son conocidos como figuras literarias: metáfora, metonimia, sinécdoque, ironía, hipérbole, onomatopeya, oxímoron, etc. Estas operaciones de la lengua permiten innovar, crear asociaciones impredecibles, horizontes de significado inéditos.
Inicio hablando sobre los tropos en relación a la obra de Guadalupe Nettel, dado que en sus novelas y en sus cuentos los tropos son como pulpos que se pegan a las identidades de los personajes. ¿A qué me refiero con esta imagen de los pulpos? Ricoeur, en La metáfora viva (2001), considera que hay dos modos de usar la metáfora —aquel famoso tropo—: a saber, una manera sería entender la metáfora como algo vivo; la otra es usarla de manera estéril, muerta. La metáfora halla la semejanza dentro de la diferencia, nos dice que A es igual a B, aunque A y B no sean idénticos. La metáfora viva es esa que no solo busca la semejanza entre distintos elementos, sino que los modifica. Por ejemplo, una metáfora muerta sería aquella que solo hace juegos asociativos del lenguaje sin ninguna repercusión existencial, es decir, es una metáfora que no atraviesa ni remueve la vida de los sujetos que la experimentan. Toda metáfora viva transforma a quien la emite o a quien la interpreta.
En los cuentos de Guadalupe los personajes encuentran, a partir de un elemento externo, el sentido de sus vidas y los rasgos profundos de sus identidades. Utilizan el tropo de la metáfora de una manera viva. En el cuento “Bonsai”, de la colección Pétalos y otras historias incómodas (2008), aparece este mecanismo creativo tan fértil. En este cuento el señor Okada, un japonés, descubre que es un cactus. Un hombre (A) es igual a un cactus (B). Este tropo no es solo un juego del lenguaje para comparar hombre y cactus, no, este tropo reconfigura toda la vida del sujeto, el perplejo señor Okada, quien de ahí en adelante se transforma. Al señor Okada la metáfora de buscar la correspondencia entre plantas y personas se le pega en los ojos como un pulpo venenoso, de modo que de ahí en adelante buscará qué tipos de plantas son todas las personas.

Metáforas envenenadas en la lengua
Quisiera hacer una pequeña sinopsis del cuento “Bonsai”, ya que allí habita la semilla originaria de la manera en que Nettel incorpora la metáfora. La historia, con el menor spoiler posible, se desarrolla así: encontramos al señor Okada, quien visita un jardín botánico los domingos. Un día va con su esposa, quien le habla de un lugar sin atractivo para él: el invernadero, en donde hay un anciano jardinero. Midori, su esposa, le siembra la curiosidad a Okada, quien decide ir a ese lugar y conocer a este enigmático anciano otro día, a solas. Allí el anciano Murakami le habla acerca de las plantas, de sus temperamentos y sus personalidades. El señor Okada comprende que ha ignorado el idioma de las plantas, las cuales no le producían ningún interés en el pasado. Descubre, hablando con el anciano, a los cactus y pregunta por ellos.
Los cactus sobreviven sin agua y están siempre a la defensiva, tal como él. El señor Okada entra en un estado de epifanía al encontrar materializada una descripción de su ser más profundo. Él es un cactus, comprende. Dicha comprensión le ayuda a aceptarse: si es tieso para bailar es porque es un cactus, si le gusta estar aislado es por ser un cactus, si le cuesta entablar relaciones interpersonales es por la misma razón. Si él es un cactus, ¿qué planta es su esposa? A ella le gusta la lluvia, es activa y sociable. Okada se pregunta por varios días cuál será esa planta que comprenda el ser de Midori, hasta que da con la enredadera: una planta que resiste a cualquier ambiente y se reproduce constantemente. Midori, justamente, le reprocha al señor Okada el hecho de llevar ocho años casados y no haber tenido hijos, exigiéndole uno.
En el cuento “Bonsai” ocurre un desenlace que no revelaré. Lo que me interesa es extraer la esencia del cuento, su punto de concentración en estado puro. En ese cuento Guadalupe Nettel halló un núcleo poético y vital para sus historias. Sus personajes suelen ser outsiders, “anormales”, divergentes, excéntricos (en el sentido de estar por fuera del centro). Pero, además, en “Bonsai” se hace patente cómo esas identidades chuecas tienen correspondencias con las plantas o los animales, o en todo caso con un elemento externo que cifra y contiene el corazón de esa divergencia, que la explica para el personaje mismo dentro de su confusión.

El matrimonio de los peces rojos
Es posible comparar una cosa con cualquier otra, pero la literatura se trata de límites, como afirma Samanta Schweblin. Hay que acotar, buscar una rendija para ver, una rendija que filtre experiencias cotidianas donde irrumpe un elemento que fractura la realidad, pareciera decirnos Guadalupe Nettel. El límite en El matrimonio de los peces rojos (2013), el libro de cuentos previo, esa rendija de la mirada son los animales, pero más que los animales, es la manera en que la interacción entre los animales y su medio revelan matices de las relaciones humanas.
Algunos de los argumentos de este libro son los siguientes. Un niño que llega a vivir en la casa de su tía, debido a que su mamá no puede cuidarlo: una plaga de cucarachas sobreviene en la casa, expresando que él podría ser otra cucaracha invasora más; tanto las cucarachas como el niño son una plaga en esa casa. Dos peces que se destruyen mientras una pareja colapsa. En “Hongos”, mi cuento favorito de ese libro, una mujer adquiere un hongo parasitario en su vagina; mientras tanto, ella se vuelve un parásito que quiere sostener una relación imposible con un hombre casado, llegando a destruir su propio matrimonio.
Las relaciones entre animales y humanos tienen el riesgo de parecer obvias, pero tal como el Axolotl de Cortázar, los animales son una dimensión desconocida de las personas en este libro. En El matrimonio de los peces rojos la metáfora reafirma su capacidad para interpelarnos. Observar las emociones con cierta objetividad es uno de los logros del libro, que enseña a vernos desde los ojos de un animal.
Los albatros divagantes nunca vuelven a encontrar su rumbo
El cuento que abre la colección Los divagantes (2023) cuenta cómo Antonia, una chica joven, encuentra por accidente en un hospital a su tío, el cual fue eliminado de la familia, al punto de recortarlo en todas las fotos. Ese primer cuento, de entrada, provee luces para descifrar que estamos frente a Guadalupe Nettel y, más aún, frente a sus obsesiones: los personajes marginados. En el caso de Frank, el tío de Antonia, la razón por la que fue excluido es siniestra y justa. A lo largo del libro los personajes tienden a ser marginales por su propia cuenta o por condiciones externas; en este primer cuento ambas convergen para proscribir a un abusador.
En los demás cuentos —son ocho en total— encontramos un huérfano que se compadece cuando ve afiches de personas perdidas e intenta buscarlas; un hijo adolescente que no encaja y odia a su padre; un señor de 63 años, inconforme con su matrimonio, que encuentra la manera de volver en el tiempo a días mejores; una chica atada a su casa que ve morir el árbol que la acompañó toda su vida; un actor retirado que decide invadir sutilmente la casa de otro actor exitoso al que envidia; una chica, quien entiende su vida a partir de los albatros que pierden el rumbo de su vuelo; una madre que vive en un mundo pandémico del que intenta huir hacia una comuna libre de restricciones y termina volviendo.
El cuento más logrado e ilustrativo de la poética de Nettel es el que da título al libro. En “Los divagantes” la narradora se remonta a su infancia, cuando vivía en un conjunto en México al que empezaron a llegar exiliados de distintas partes de Latinoamérica. Camilo, el gran amigo de juegos de la narradora, conserva la esperanza de volver y conocer su lugar de origen: Uruguay. Esta chica, la narradora, tiene un padre biólogo, quien en una etapa de su vida se obsesiona con las aves. Entre ella y su padre buscan qué tipo de pájaro es cada persona del conjunto: tal señora es una lechuza, tal otra una petirroja entaconada. Ella, a diferencia del señor Okada, no se pregunta explícitamente qué pájaro es, pero lo descubre: es un albatros divagante.
Los albatros nacen en zonas australes como la Patagonia, recorren todo el mundo en trayectos muy específicos, miden hasta tres metros, pueden llegar a vivir más de cincuenta años, son aves capaces de volar dormidas, se cortejan bailando por largos periodos de tiempo y son monógamas. Es un ave sin duda fascinante. El cambio climático y ciertas condiciones atmosféricas, probablemente, así como una posible deliberación propia, provocan que ciertos albatros se extravíen de su curso, convirtiéndose en albatros divagantes. En ese proceso de extravío pierden el sentido, se empiezan a aparear con aves de otras especies y se deterioran, sin volver a encontrar su rumbo prefijado.
La narradora comprende que Camilo, su amigo de la infancia, de quien se enamora al reencontrarse ya adultos, es un albatros divagante. Él quiere volver a Uruguay cueste lo que cueste, así eso impida su relación. La figura del albatros divagante entonces se convierte para ella en un lente para observar su vida e interpretarla.
Guadalupe en una entrevista tiene una afirmación que, si se analiza, podría dar pistas de su forma poética de usar la metáfora. Dice Nettel que ella ve a las personas como instrumentos musicales: alguien puede ser un oboe, otra persona un piano. Sonamos diferentes, pero las notas son las mismas y equivalen a las emociones. Luego, aunque una escritora como Nettel haya nacido en otra época y en otro país, sus cuentos son capaces de remecerme emocionalmente, porque las notas (las emociones) son las mismas y al pulsarlas pueden herirnos por igual.
Los divagantes es un libro que me conmovió por sus personajes y por la metáfora del albatros, o más bien, por la carnalidad del albatros en tanto este es un animal existente. En términos existenciales, el albatros divagante es revelador, es un animal cuya vida es susceptible de hacerse extensiva a toda nuestra época actual: somos seres que han perdido el rumbo y avanzan buscando su rostro. El planeta está entrando en una debacle ambiental y las personas se destruyen por fundamentalismos, que generan genocidios como el de Palestina. La crisis del sentido también provoca guerras absurdas. Leer y encontrarse metáforas como la del albatros es estar menos extraviados, incluso dentro del extravío, es encontrar sentido.
La metáfora del albatros no debe entenderse como algo negativo. Es una metáfora bastante abierta, que abarca al libro en su totalidad. Los personajes también afirman su singularidad a partir de su diferencia. No somos iguales como seres humanos, también tenemos la capacidad de renovar el rumbo, podemos cambiar las direcciones del destino. Un albatros divagante se puede comprender como un ser que perdió el sentido o como un ser que crea un sentido nuevo. En cada cuento, dependiendo de la historia, acudimos a la marginación de estos personajes desde esas distintas aristas interpretativas: algunos se reinventan, otros se pierden sin regreso.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros



