Sobre El hombre que hablaba de Marlon Brando
Por: Rodrigo Corena Alfaro
Se escribe para proteger algo de la muerte, dice André Gide, y me resulta inevitable recordar eso al terminar de leer El hombre que hablaba de Marlon Brando, novela de J. J. Junieles, ya que en cada página se evocan momentos de una época y un tiempo desaparecidos, pero vigentes, gracias a una narración en donde los personajes son arrastrados por el mundo, mientras buscan el amor a cualquier precio.
A veces la magia y la nostalgia -también la historia- se encuentran con armonía, y eso ocurre en esta novela. Sus páginas nos introducen de lleno en personajes que están bien definidos: Alsino Bitar, Tomassi, Tiziana, la fantasmal, onírica y surrealista, Evangelina Saumeth; la novela gira alrededor de ella y la influencia que tuvo en muchas personas, dejándoles destellos de amor furtivo, placer y dolor, por ejemplo el sacerdote Fabricio, que recuerda a esos hombres de Dios que usan el cilicio -ese cinturón metálico para provocar dolor en el cuerpo, a modo de mortificación y penitencia para el alma- y que también cayó ante la figura tentadora de Evangelina.
Esta novela es un microcosmos de las pasiones y ansiedades del ser humano. Junieles con el pretexto de hacer una crónica sobre una película “Queimada” (o “Quemada”) filmada en Cartagena en 1968; nos da una visión de una época en una ciudad antes maravillosa, Cartagena de Indias, donde llegaban orquestas de renombre a todas las fiestas, casetas populares, ciudades de hierro, circos pobres, y ferias de atracciones.
Aunque la novela parece tener un desarrollo narrativo convencional, eso es aparente, ya que la obra tiene una dimensión cinematográfica desde lo emocional, cada una de sus páginas se ve por momentos como fotogramas. ¿Estamos leyendo una película o siendo espectadores de una novela? Es interesante la mezcla y fusión de crónica periodística y de investigación policial, el uso de la primera y tercera persona, los flashbacks, a veces en una misma página también nos remite al split screen cinematográfico (pantalla partida), donde en un mismo plano asistimos a dos acciones paralelas.
Son interesantes los diálogos, ricos en frases y pensamientos de toda naturaleza, también introduce momentos de la historia del cine evocando actores, actrices, directores, y contando anécdotas de sus pasos por la ciudad en el Festival de Cine de Cartagena o rodando alguna película. Es importante señalar los monólogos de la que sueña dormida, que aparecen en diferentes momentos de la novela, ayudando a crear unidad de estilo desde la diversidad, y creando curiosidad y suspenso en el lector que avanza hacia el final.
Algo significativo en esta obra es la alusión a la gastronomía del Caribe, esas tres o cuatro recetas que aparecen detalladas, esos manjares con pez róbalo y otras especies marinas, con su ceviche, el perejil, y la leche de coco, entre tantos ingredientes; logrando transmitirnos desde la palabra esa esencia universal del Caribe, su permanente juego con la realidad donde hasta las tristezas –propias o ajenas- son motivo de risa, porque así es la vida, y hay fiestas en la memoria que nunca terminan.
También aquellos lugares nostálgicos como el cabaret El Príncipe, que cobra vital importancia en la obra, ya que es donde logra cantar Evangelina, y salen a relucir el joven Joe Arroyo, Alcy Acosta, y tantos nombres queridos de nuestra tradición musical. Ahí está el Alsino Bitar de la obra, ese homenaje que nos remite a Toño Reston. Bitar, extra de cine vitalicio de todos los filmes rodados en Cartagena, apareciendo en todos los planos de los montajes finales, y que incluso tiene diálogos en esas producciones. Tantas cosas que hacen parte de ese hacer nostálgico de una época hermosa que no volverá, pero que está presente en la recóndita memoria de aquellos que intentamos no perder el asombro ante el mundo.
Gracias al suspenso, sus misterios, y revelaciones calculadas, esta novela mantiene el interés desde el comienzo. Haciendo gala de su conocimiento del género, el autor atrapa al lector a lo largo de sus 408 páginas que se leen de un tirón, y que en su totalidad parecen un diario de amor contra el olvido. Se dice que la originalidad es el arte de ocultar las fuentes, sin embargo, el autor le hace un guiño a la clase detectivesca de los Maestros Leonardo Padura, S.S. Van Dine, Dorothy Sayers, Rex Stout, P. D. James, o la señora Christie. También a esa otra novela negra donde se cruzan el amor, el egoísmo, la corrupción campante a nivel social y político, como en el caso de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, James M. Cain, y Chester Himes. Ese es el universo que nos plantea Junieles con su novela.
Rodrigo Corena Alfaro. Abogado y comentarista de cine cartagenero. Sus textos han sido publicados en diario El Universal de Cartagena, y otros medios.



