Al compás de un maestro: En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez

Por Iván D. Forero Sánchez

El marasmo de comentarios entorno a la publicación póstuma de la novela En agosto nos vemos llenó de escepticismo a muchos lectores: qué se podían encontrar en las páginas de un texto quizá escrito con las mellas del Alzhaimer, el cual sumió al autor en la peste del olvido.
La síntesis de ese manuscrito abarca unos 25 años desde su primera versión en cuento, a la que posteriormente García Márquez añadió relatos que fueron publicados en prensa; en principio, el autor creyó que eran historias independientes, sin embargo, o el tiempo o la enfermedad o la magia editorial, o todas juntas, las acompasaron en un solo libro. La transformación de los personajes hace que sea una novela, pues los vuelve independientes del tiempo, igual ocurre con los paralelismos espaciales entre la casa y la isla. Con una quinta versión casi finalizada, García Márquez quiso dejar reposar el texto, costumbre sana para llegar a la mejor versión. Aunque al final de sus días pidió destruirla, argumento que sirve de escudo a los detractores de la obra, vale la pena recordar que esto mismo pidió Virgilio con la Eneida. Y no es que quiera decir que En agosto nos vemos sea una obra maestra; lo que quiero remarcar es que estos documentos, que contrarían la voluntad del escritor, pueden convertirse en piezas para entender, desde un enfoque más antropológico, cómo es el proceso creativo de una obra antes de ser ese mármol pulido y enorme, el cual hace pensar a muchos que el genio del escritor es cosa sobrehumana.
La trama aborda la vida de Ana Magdalena Bach después de la muerte de su madre, a quien visita como ritual post mortem cada 16 de agosto con un racimo de gladiolos en una isla del Caribe, en la que pidió ser enterrada. La tradición anual se carga de intensidad cuando, en uno de estos viajes, Ana Magdalena tiene un encuentro fortuito con un amante anónimo, quien además de complacerla, la agravia con una despedida monstruosa: deja un billete de 20 dólares entre la novela que ella leía en el viaje, Drácula por Bram Stoker. Las páginas siguientes inmiscuyen al lector en la intimidad de Ana Magdalena y su esposo Doménico Amarís, pues las visitas a la isla con nuevos amantes hacen que Ana Magdalena sospeche de algunas coartadas del coqueto esposo que duerme a su lado. En la última escena, Ana Magdalena descubre que ella es la continuadora de una costumbre de su madre, quien acudía a ese lugar remoto con excusas mal armadas a encontrarse con un amante clandestino, quien seguía acudiendo a su tumba para decorarla con flores estrafalarias. Con ese juego de espejos de ultratumba, en el que se ve reflejada ella misma en el cadáver de su madre, y Ana Magdalena mostrando el costal de huesos a Doménico termina En agosto nos vemos.
Si bien la obra tiene pasajes deslucidos en lenguaje, como conjugaciones verbales que ralentizan y desentonan en la línea de algunas escenas, y personajes carentes de desarrollo, elementos a los que García Márquez prestaba una atención minuciosa, la novela se deja leer de una sentada; no solo por la reducida extensión, sino porque el despliegue narrativo hace que el relato siga el compás de los boleros y las piezas musicales de Debussy. Hasta personajes secundarios tienen su melodía: Micaela es azarosa e impredecible como el ambiente del jazz.
Leyendo la obra, recordé ese chiste de que un mal Borges es el mejor Cortázar. Pues sí, el peor Gabo es mejor que muchísimos escritores, y es que en la novela posee recursos que le dan una impronta a García Márquez: Esas prolepsis que sobresaltan la linealidad del relato: “Nunca se preocupó por saber quién era él, ni lo pretendió, hasta unos tres años después de aquella noche brutal, cuando reconoció en la televisión su retrato hablado de vampiro triste solicitado por las policías del Caribe como estafador y proxeneta de viudas sin sosiego, y probable asesino de dos de ellas” (pág. 67). Los diálogos reducidos, pero potentes: “Sacó el billete que había ardido durante un año en el fondo de su cartera como la llama eterna del amante desconocido y se lo dio encantada al peluquero. -Úselos bien -le dijo feliz-: Son de carne y hueso.” (pág. 56). O ese humor tan difícil de alcanzar en la literatura, un ejemplo bello es el de la broma que hace un amante a Ana Magdalena, quien después de su aventura le dice que es obispo. También están esos ejes temáticos que conectan con obras anteriores, el caso de su interés por los amores en una edad avanzada o un erotismo marcado por intensidades que llevan desde la ternura hasta arrebatos carnales.
A título personal, creo que García Márquez, aún con un texto inconcluso, alcanza notas altas, a las que muchos no llegan. (O llegamos). Me parece interesante ver cómo se han agolpado los lectores a comprar en masa este libro. Ojalá repercuta en una lectura crítica del autor, en quitarle el misticismo a su figura de escritor, desencastillarlo de su periodo de realismo mágico y, con algo de ingenuidad, creo que esta obra aportará a ello.
A modo de posdata, aunque Borges y García Márquez están en mi podio personal de autores predilectos, vale aclarar que el chiste sobre Cortázar me hace reír, pero estoy lejos de creer que sea cierto, del todo.

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