Me he decidido a definir todos los días

Definiré la palabra magia de manera libre. Entiendo “magia” como una atención microscópica al detalle, es decir, como aquella observación de conexiones imperceptibles que constituyen una revelación.

Tengo un amigo de sesenta y cinco años. Es poeta. Se llama Mauricio Contreras Hernández. Por años soñé con editarlo. Él, en los noventa, fue un editor reconocido. Cuando empezamos nuestro proceso de publicación, luego de convencerlo, dijo: “Me hiciste ponerme el overol de editor otra vez”. Estábamos emocionados. Crear juntos una criatura de palabras era una fuente de asombros mutuos. Empezó una novela y yo la registraba cada sábado. Es decir, asistía a su gestación con una cámara y un celular para grabar voz e imagen. Un día llegué y él estaba indignado. ¿Cómo era posible que no supiéramos nada acerca de Gutenberg? Lanzaba puños al aire, se reprochaba, me reprochaba. Usted señor editor: ¿sabe quién es Gutenberg, ah?

En una investigación exhaustiva que Mauricio realizó, el personaje se fue aclarando. En la mitad de una novela nacía otra sobre el creador de la imprenta. De un argentino, hijo de músicos, aprendí que “investigamos para ganarnos el derecho a inventar”. Así, Mauricio un día me leyó un pasaje de esa nueva novela que había iniciado a escribir con tanto fervor como delirio. Ahora, al evocarlo, me sudan las manos y me vuelve la sensación de haber presenciado un acto de magia, por lo tanto, de alta atención. Mauricio se enteró de que Gutenberg había pasado parte de su infancia en un viñedo en Maguncia. Me mostró la estructura con la cual exprimían las uvas —no lo hacían con los pies, verbigracia—. La prensa semejaba el embrión de una imprenta de tipos móviles. En la escena descrita por Mauricio, Gutenberg se soñaba corriendo entre los viñedos. En un momento del sueño se topaba con la prensa y, al apalancarla, en lugar de jugo de uva caían letras. Repito: letras.

Desde aquella remota tarde en que Mauricio me llevó a conocer la magia no había vuelto a tener esa sensación hasta que leí, en un pasillo de Corferías en la Feria del Libro de Bogotá, las primeras páginas de Hasta que empieza a brillar (2025). Hay algo de radical inmanencia en los actos de magia que despliegan Mauricio o Andrés Neuman. María Moliner —la lexicógrafa más importante de todos los tiempos— de niña observaba a su madre bordar palabras sobre un mantel. Ese primer acercamiento, nos hace pensar la novela de Neuman, tuvo que surtir algún efecto indeleble en la relación que María entabló con la lengua. Brotan conjeturas poéticas y hermosas, que solo la invención alcanza, pues desentrañan los motivos inconscientes que pudieron acercar, tanto a Gutenberg como a María Moliner, a su amor por la materialidad del lenguaje. Una atraída por su dibujo, el otro alucinado por la posibilidad de su proliferación.

Andrés Neuman en cada proyecto tiene la plasticidad (la potencialidad) para germinar de nuevo. Su obra no se agota en un estilo, un tema o un género. Lo suyo es el nomadismo pródigo, la fértil errancia. Su nueva novela no es la excepción. Con recursos ajustados a la historia y su personaje (María Moliner); con una voz narrativa omnisciente que flota cerca de las acciones y de las personas, pasa de un tono a otro. Como si el libro fuera una máquina de contar, una especie de Museo de la novela de la eterna capaz de fabricar formas distintas de narrar dependiendo el tramo emocional, existencial o lingüístico atravesado por su heroína. Hasta que empieza a brillar es una novela que, en su seno, contiene muchas novelas en diversas modalidades de entrega.

La novela de formación es el recipiente narrativo de los primeros años de María Moliner. Vemos a una joven dedicada al estudio. Es abandonada por su padre, con lo cual debe trabajar desde los doce años para pagarse sus exámenes libres o para asistir eventualmente a la escuela. Su paso por la universidad, y la furia con la que estudió María, dejan entrever las desigualdades que conformaban a la España de los años veinte. Ante la imposibilidad de inscribirse en Lingüística o Literatura, María Moliner optó por lo más cercano que se ofertaba: Historia. Termina la carrera un año antes que sus contemporáneos. ¿El vacío de su padre, además del mandato del estudio que le impuso, acaso la llevó a demostrarse a sí misma y a ese fantasma ausente que ella sí podría? ¿Fue su venganza silenciosa convertirse en una estudiante extraordinaria?

Durante su vida laboral María Moliner pasó de trabajar en los archivos de hacienda a ser contratada para realizar misiones pedagógicas, que consistían en visitar y colaborar con la adecuación de bibliotecas rurales a lo largo y ancho de España. Este periplo de Moliner impele al narrador polimorfo a transformar el tono anterior, de los años de formación, en un registro propio de las novelas de aventuras. María, en dictadura, es señalada por su pasado republicano, que no iba más allá de apoyar la alfabetización que este régimen político promovía en su momento. Sin embargo, en el marco del franquismo no importaba la naturaleza de la labor. Si habías trabajado para la república eras una roja y punto. En dicho tramo la novela de Andrés Neuman vuelve a mutar, adquiriendo visos nihilistas de persecuciones políticas y elipsis siniestras similares a la literatura de posguerra.

Por último, pero no esquemáticamente, Hasta que empieza a brillar en su proteico devenir toma la forma de una novela lingüística. Dicho subgénero vendría a ser fundado por Neuman. Digamos con justicia que esta es una novela poética sobre el descubrimiento, el amor y el cuidado de las palabras porque repara en ellas, las piensa, las analiza y las descubre como quien quita capas a una cebolla. “Cuidar” en su raíz etimológica —lo anotó María Moliner— subsume a los verbos: “pensar” y “discurrir”.

María Moliner, en su labor de bibliotecaria, hizo aportes trascendentales. Por una parte, redactó y publicó una suerte de guía que iba de lo micro a lo macro. Desde el material adecuado que debe tener una estantería para facilitar su limpieza y evitar la combustión en caso de bombardeos, hasta cómo organizar las colecciones y cómo mantener el temple en el ánimo de las personas a cargo de difundir la lectura. Por otro lado, Moliner gestionó un proyecto de ley para lograr conectar bibliotecas comarcales de pequeñas regiones con los centros bibliotecarios de las ciudades. El fin de esta suerte de colección digital abierta —antes de Internet— era generar una red de bibliotecas que supliera la demanda de libros en todo el país. Algo que ocurre actualmente, pero, como todo invento, primero debía ser imaginado para hacerse posible. María lo imaginó.

Las facetas de Moliner dan para una novela sin abordar su obra magna y la razón principal por la que todos la recuerdan: su diccionario de uso de la lengua española. El diccionario comprende 80.000 palabras que María comenzó a trabajar desde los 50 años. Si hacemos un cálculo estadístico, María definió alrededor de 5.000 palabras por año, lo que equivale a un promedio de 13,6 palabras definidas por día. ¿Qué tan disciplinada y obcecada con el trabajo tenía que estar ella para mantener semejante ritmo? La escritora colombiana Soledad Acosta de Samper en septiembre de 1853 inicia su diario con el enunciado: “Me he decidido a escribir todos los días alguna cosa en mi diario, así se aprende a clasificar los pensamientos y a recoger las ideas que uno puede haber tenido en el día”. Imagino qué pensó María Moliner cuando supo que llevaría a cabo el diccionario sin importar las consecuencias y sin marcha atrás. Habría suscrito esa motivación de Soledad (con algunos cambios): “Me he decidido a definir todos los días palabras en mi diccionario, así clasifico sus raíces léxicas y las etimologías que han tenido dentro de la lengua”.

Degradada de su escalafón por la persecución de la dictadura franquista, María resultó en la biblioteca de ingenieros industriales, un puesto aburrido y que, por primera vez, le dejaba tiempo libre. Sus cuatro hijos ya estaban criados, algunos con familia, otros terminando sus estudios o ingresando a la universidad. María emprendió entonces una empresa cuya sola concepción es insensata y cuya realización, de plano, es imposible: se propuso hacer ella sola un diccionario de la lengua española acuñando ejemplos de uso propios por cada palabra. Llegó a acumular medio millón de fichas. Hay que imaginar su casa invadida por bichos lingüísticos, proliferando en cada rincón como soñó Gutenberg.

María Moliner supo hacer de la necesidad virtud, menciona Neuman. Su formación en historia redundó en una riqueza infinita de datos y referencias para los ejemplos de uso. La magia aparece de nuevo. Hay un detalle en el que nadie había reparado con suficiente grano. Neuman pasó años leyendo, de la A a la Z, el diccionario de María Moliner como quien lee una novela. Se cumplió la idea de ese personaje de Rodolfo Wilcock, que en un cuento de La sinagoga de los iconoclastas considera la posibilidad de hacer un diccionario que enganche a su lector, un diccionario didáctico que fuera como leer una novela policial con su dosis de suspenso y misterio. La magia de Neuman fue observar y revelar que María Moliner hizo una autobiografía velada en su diccionario. Basta leer en continuidad y con lupa el Moliner (como se le llama popularmente) para notar las conexiones entre vida y obra.

Moliner tuvo como contrapunto el diccionario académico de la Real Academia del año 56. Ese diccionario cometía exabruptos políticos, machistas y de imprecisión en los significados. Decir que el perro es un mamífero de cuyo macho levanta la pata para orinar, o que ser huérfano es perder a los progenitores, especialmente al padre, es caer tanto en lo risible como en ideales problemáticos propios del patriarcado. Moliner, que mucho sabía de partos y de lo que implica maternar, respondió al diccionario académico cuando este define a una madre como aquella “hembra que expele a sus hijos”. No solo es falso, ya que existe la cesárea y la adopción, sino que reproduce la violencia obstétrica sobre el cuerpo femenino. María, con la sensibilidad de una madre que perdió a su primogénita y crio cuatro hijos, da la siguiente definición: “Madre: mujer que tiene o ha tenido hijos”, incluyendo esa condición sin nombre, según Piedad Bonnett, de sobrevivir a la muerte de un hijo.

En el diccionario académico aparecía el ejemplo de amor como: “los padres castigan a sus hijos con amor”. Neuman subraya esa elegante y quirúrgica sustitución del verbo que Moliner aplica en su diccionario: “los padres corrigen a sus hijos con amor”. Disociar el amor del castigo fue lo que ella hizo. Corrigió, con un amor infinito por las palabras, un diccionario rígido, moralista y falto de afecto.

La definición de amor es, justamente, un ejemplo de esa naturaleza inodora, aséptica, frente a las emociones y sus agentes sensibles. En la RAE definían amor como “afecto por el cual busca el ánimo el bien verdadero o imaginado y apetece gozarlo”. Moliner le añade agencia, sujeto, a ese afecto abstracto y le da dirección, puesto que siempre se ama a alguien. No hay algo así como un bien generalizado al que tienda la voluntad enamorada. En suma, esta es la definición de amor de Moliner: “Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo”. Un amor tóxico, en consecuencia, es el de alguien que no se alegra con lo que es bueno para quien ama. El Moliner se convierte, además, en una guía vital para entender nuestras relaciones y la propia concepción sobre lo que sentimos. ¡Vaya si es significativo un diccionario que no solo leemos, sino que nos lee de vuelta!

Fueron casi 16 años en los que María Moliner se consagró obsesivamente al proyecto lexicográfico más ambicioso de todos los tiempos en todas las lenguas. Hizo partícipes del diccionario a sus empleadas del servicio, a su esposo —físico y traductor de Einstein, que colaboró con las palabras científicas—, a su hija Carmina, a su hijo menor Pedro que fungió de albacea. De modo que toda la familia y los cercanos a María se vieron imbuidos en el torrente desbordado de la lengua.

La Real Academia postuló el ingreso de doña María Moliner a través de algunos miembros, pero también le cerró las puertas. Más de dos siglos y medio sin que ninguna mujer entrara y denegaron la aceptación de María, acusando cualquier arbitrariedad como el haber hecho un diccionario muy coloquial, o restando mérito al Moliner debido a que fue elaborado por una persona sin formación académica en lingüística. La razón unívoca es evidente: era una mujer. Dámaso Alonso, poeta y amigo de María, sostiene un diálogo con ella a lo largo de la novela. Ese diálogo está cargado de culpa, de corrección política e hipocresía por parte de Dámaso —quien era el director de la Academia—, así como de apoyo hacia María y frustración por la negativa dogmática de escritores infames como Camilo José Cela, que se oponía sin argumentos. ¿Cómo aceptar en la Academia a la más feroz detractora, a esa mujer tan osada como para escribir un diccionario insultantemente mejor y más preciso que el oficial, hecho por una colectividad de hombres? Mujer lengua espuria, mujer lengua rompida, mujer que le corta las venas al silencio.

Hay tres poetas que quisiera mencionar para cerrar esta reseña. La primera es Hanni Ossott, que nació en Venezuela y en un poema fechado en 1991 escribe:

“Dios

me quedo todo el tiempo posible

ante un poema

para que salga bien

Es como una oración

Una invocación.”

La segunda poeta es Alejandra Pizarnik, quien en 1962 publicó el Árbol de Diana. El poema 23 dice:

“una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos”

En tercer lugar, Emily Dickinson es la poeta vertebral de la novela escrita por Andrés Neuman. El título surge de un verso de Emily: “A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar”. Lo que tienen en común los tres ejemplos es que son poemas (o versos) donde el tiempo y la observación juegan un papel crucial. Rumiar las palabras, los poemas, las flores. Rumiar hasta arribar a un estado de ataraxia o de intensidad extrema que produzca un cambio en la materia: sea pulverizar ojos, hacer brillar palabras o crear versos.

La poesía, la poiesis, según Platón es el proceso de pasar del no ser al ser. Una poeta crea y un mago, en la alquimia, transforma. Ambos son procedimientos de transición de estados de la materia o el espíritu. El lenguaje, a medio camino entre la materia y el espíritu, sufre también dichos cambios. La atención, el detenerse durante un prolongado tiempo, detona el movimiento mágico de la lengua. Por todo lo anterior, queda entonces demostrado que Hasta que empieza a brillar, desarrollada a lo largo de 293 páginas, es un cuidadoso —pensado, detenido— acto de magia. 

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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