¿La vida se vive hacia adelante?

Reseña sobre La vida por delante

El impacto por la lectura de La vida por delante (2024) fue tal que necesitaba entender de dónde salió este libro. ¿Magalí Etchebarne hizo de su narrativa un colmillo que fue afilando hasta volverlo un arma punzopenetrante, letal? La escritura no es evolutiva, es, si se quiere, oscilante: proliferación de esporas. Crece orgánicamente, como la obra de Federico Falco. Se hace de fantasmas, de obsesiones que se van puliendo, como las de Ernesto Sábato en sus novelas. (Magalí quería ser Alejandra, cuenta en una entrevista; Sobre héroes y tumbas fue una de sus novelas favoritas en la adolescencia).

Para intentar rastrear, entonces, la procedencia estética de esta gran cuentista, conseguí su primer libro: Los mejores días (2017). Según Etchebarne, este libro es producto de la creación de sus veinte años: la recopilación de una década. Se perfilan en estos cuentos varios temas: la disolución de la memoria, las relaciones amorosas fallidas, la vejez, la familia como centro del desastre. Surgen personajes: las mujeres que ocupan espacios periféricos en el mundo editorial —correctoras, escritoras fantasmas—, las hijas que ven con perplejidad la aniquilación de un mundo a través de sus madres enfermas, las niñas que ya no lo son y rememoran momentos coyunturales donde se definió una parte de su identidad. Más que temas o personajes, la de Magalí es una narrativa hecha de gestos, de detalles, de sombras que se agolpan.

Me explico, en ese primer libro, Los mejores días, hay un cuento titulado Que no pase más, el cual termina cuando parece que va a llover. La protagonista resuena con el paisaje, como si ella, su cuerpo, fuera una montaña capaz de crear ecos en su interior. La tempestad emocional, como la tormenta de ese día, también se anuncia inminente. En esas dos dimensiones temporales se mueven los cuentos de Magalí Etchebarne: o bien una avalancha —de separaciones, de muertes, de desatinos— está por ocurrir; o bien ya pasó lo que desarmó a sus personajes y ellas se mantienen inermes, como después de un naufragio. En general, lo que más se repite es esto último. El nudo del cuento, el conflicto, ya ocurrió. Lo que leemos es la consecuencia, la rememoración y lo que sobreviene luego de la pérdida. Se presenta, así, una fatalidad sutil que ahoga a las mujeres de estos cuentos.

En Tsunami, también incluido en Los mejores días, leemos la voz de una hija que dice:

«Después supe que en cada cerda que me hundió en el pelo cuando me peinaba me enterró un miedo suyo.

—El poder de mi tristeza —dijo una vez— es el de un tsunami. No seas como yo…»

La madre le transmite a su hija un miedo, pero no es abstracto sino tan concreto y abarcante como la vida misma. Las formas ominosas de la herencia invaden como maleza y atraviesan cual dagas a sus personajes.

Hay un cuento de Los mejores días (2017) que se titula Buena madre y tiene vasos comunicantes con el que abre La vida por delante (2024). En dicho cuento sale a flote esa indagación que tiene la autora por las madres o las abuelas hundidas en la locura o la enfermedad. El siguiente fragmento muestra la raíz de la relación entre ambos relatos:

«Cuando su abuela estaba por morir, todo lo que decía tenía que ver con su infancia. Como si todos los años que había vivido se hubieran reducido a esos que ahora recordaba con toda la nitidez que le faltaba al resto de las cosas. Incluían tantos detalles que las enfermeras decían que deliraba. Una tarde la fue a ver. Estaba acostada y miraba a la ventana.»

Como se puede observar, hay una suerte de lucidez que le acaece a una persona con alzhéimer. Como si se nublara casi totalmente una vida, pero ciertos recuerdos emergieran del fondo del mar y fueran reconocidos con la claridad recalcitrante de un medio día.

En Piedras que usan las mujeres —primera historia de La vida por delante—, la narradora nos cuenta dos épocas. Un presente en el que su madre la confunde a ella con su hermana o con otros familiares. Y un tiempo pasado cuando ella, la narradora, era pequeña: su madre y sus tías empezaban a perder la belleza de los años juveniles y a ser reemplazadas por sus maridos, quienes iniciaban relaciones amorosas con jóvenes veinte o treinta años menores a ellos. ¿Quién es la mamá de esta mujer que nos narra? Ella no la reconoce, aunque por momentos es transportada hasta la infancia de su progenitora. La madre le suelta algún recuerdo nítido e incluso la conmina a actuar, ya que al recordar está viviendo ese momento de nuevo e intenta arrastrar a su hija allá, hacia las aguas de la infancia. ¿La madre al perder la memoria vive una segunda niñez?

En Un amor como el nuestro aparece el analgésico: una de las grietas por donde entra la luz. No todo en los cuentos de Etchebarne es dolor y oscuridad: la amistad es el reducto que estas mujeres encuentran para reconstruir el amor y volver a nombrar la ternura. En el caso de Un amor como el nuestro —segunda historia de La vida por delante— son dos mujeres: una correctora de estilo argentina y una autora de best sellers eróticos estadounidense, quienes se van de viaje a las Cataratas del Iguazú. Julia, la correctora, tuvo un accidente en el que estuvo a punto de perder su pierna; de ese hecho le quedan unas punzadas y una enorme cicatriz. Julia y Leslie se enteran de que las cataratas son un destino atractivo para los suicidas. Hay mucho que no se dice. Esta situación remite a Julia a sus intenciones suicidas de la juventud y la acerca a ese momento en que, paralizada por el accidente, la gente le decía que no se desanimara, pues tenía una vida por delante y se recuperaría tarde o temprano. Lo cierto es que esos meses estancados dejaron un fango en su alma imposible de quitar.

Los dos cuentos restantes de La vida por delante poseen un paralelismo implícito. En ambos se habla de la muerte de distintas maneras. En Temporada de cenizas la narradora del primer cuento se va al mar para arrojar las cenizas de su madre fallecida junto a Nadia, la hija que su padre tuvo con la novia veinte años menor (Luisa). Aunque conectado y con cierta continuidad, este cuento se lee como un texto independiente y autónomo, así hable de los mismos personajes y muestre un después en el tiempo. El último cuento, Casi siempre desesperados, es acerca de la muerte del amor. Un director de teatro paranoico y obsesivo, que no deja nunca de pelear con su esposa: una relación completamente insostenible, inviable.

Una mujer en el primer cuento de esta colección deja caer la ceniza del cigarrillo en el piso que acaba de limpiar. En un gesto como ese la rabia se hace palpable. Ella se sabe engañada por su esposo, quien la cambia por alguien más joven (como un juguete viejo que un niño desecha por otro nuevo). Insisto, de gestos y detalles se construye la ficción de Magalí Etchebarne. Detrás de este tinglado de escenas y acciones microscópicas, hay emociones que movilizan la narración: la rabia es una; otra es la sensación de injusticia por el paso del tiempo que destruye lo que fue bello y fresco.

Los de Magalí son unos libros acerca del tiempo visto a través de sus huellas indelebles, de su daño irreversible. Las mujeres que la autora argentina dibuja en sus cuentos vuelven hacia atrás, tratando de hallar en qué giro se les extravió la promesa. Sin embargo, Kierkegaard lo dijo y ellas lo saben, con una consciencia absoluta del dolor: “La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante”.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.





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