Reseña sobre En El Pensamiento
Se ha dicho tanto sobre César Aira y su obra que es difícil agregar una perspectiva o arista nueva. Aunque la falta de novedad viene de una mirada perezosa. Cualquiera que observe algo en detalle encontrará revelaciones. La obra de Aira es tan heterogénea que se podría clasificar por corrientes: hay novelas cercanas a la ciencia ficción, otras góticas, otras históricas, otras realistas, psicológicas, sobre arte… Claro, estas no son más que etiquetas para hablar de algo que excede toda cristalización. Sin embargo, para entendernos, digamos que en esta reseña el enfoque es una novela de la naturaleza (bucólica por momentos) y de la infancia. Se trata de En El Pensamiento (2025), que ocurre en una vereda compuesta por veinte casas aglutinadas alrededor de una estación de tren.
El personaje narrador es un niño, que vive su último año en su lugar de origen y que será trasladado al casco urbano (a General Pringles, ciudad donde Aira creció). Eso es cierto, salvo que, en realidad, el narrador es un hombre adulto que rememora su infancia y se concentra en ese último año de estancia en El Pensamiento. Es alguien a quien le sobrevienen imágenes y sensaciones de ese espacio idílico de sus primeros años sobre la tierra. Algo de la materia onírica late en la narración, algo de pasado inasible y de polvo (o de ventana empañada) cubre la memoria. A sus siete años de edad, su padre decide que el niño debe tener un preceptor (o profesor privado) y trae a un joven de veinte años, proveniente de Pringles, que es arrancado de raíz de su ciudad. El niño rápidamente se da cuenta que el joven no tiene mucho por enseñarle, pero sí cumple un precepto del padre: no ser educado por mujeres como las maestras de las escuelas rurales. El padre se va dibujando en esos gestos: un terrateniente y comerciante, un hombre de acción arquetípico que trae el progreso a la región y se casa con una campesina joven. El niño, frente a ese padre avasallante, decide convertirse en un fantasma.
Hasta ahí la trama avanza, pero es en la alfabetización del niño que ocurre la magia aireana. César Aira en alguna entrevista dijo que en sus libros le interesaba exponer una especie de “filosofía barata”: ¿en qué consiste? Los narradores de Aira parten de hechos cotidianos, o extraordinarios, y a partir de ellos crean conjeturas sobre sí mismos y sobre la realidad. En la novela El juego de los mundos (2000), el padre de un chico gamer llega a la conclusión de que los videojuegos son la prueba de la existencia de dios: si alguien decide destruir mundos en un juego espacial, ese alguien, por lo tanto, manda sobre el destino de esas criaturas y de esos planetas del videojuego. Es decir, el jugador es un dios porque, a la manera de los griegos, delibera y dirige la vida y la muerte de otros seres. Estas asociaciones dan pie a toda una teoría metafísica sofisticada. Se podrían dar ejemplos de muchas otras novelas, pero, volviendo, en el caso de En El Pensamiento las especulaciones surgen de los primeros aprendizajes educativos.
El niño —y al tiempo el narrador adulto, que son el mismo— no entiende por qué los tinteros están llenos en la mañana y se convence de que existen unos ángeles de la tinta, cuyo oficio es recargarlos de noche. Él intenta quedarse despierto para descubrirlos. Cuando está aprendiendo a escribir, por boca del preceptor, se entera de la grafología. La personalidad de alguien está cifrada en su escritura cursiva, entiende. El niño infiere que su personalidad permanecerá oculta si él no aprende a escribir en cursiva. Su personalidad, piensa, será un cascarón cerrado en su interior y nadie nunca, empezando por él mismo, podrá conocerla. Lo mismo le ocurre con las abstracciones: se pregunta por qué existe una misma palabra para nombrar distintas cosas. La palabra “estación” es una época del año, pero también un lugar donde paran los trenes. ¿Será una casualidad del lenguaje, alguien lo decidió? La curiosidad escurridiza, impredecible y punzante de los personajes de Aira los llevan a entrar en el misterio. Nada se da por hecho, nada es porque sí. Todo en las novelas de Aira puede tener una explicación, por subjetiva y descabellada que sea (mejor entre más descabellada).
En resumen, de esas elucubraciones sobre la escritura y sobre el dibujo viene el mecanismo que usa el narrador de En El Pensamiento para elaborar su filosofía barata. En el caso del dibujo, surge una epifanía cuando el preceptor le explica que ese arte es infinito en el sentido de que siempre hay algo nuevo por dibujar. En contraste, la escritura es algo que se aprende de una vez y para siempre: las palabras son las mismas y los significados de estas suelen solidificarse con bastante eficacia. En cambio, el dibujo responde a los detalles y los matices de las cosas del mundo, cuya forma es tan variable como el número de objetos para dibujar. Aquí se elucida, otra vez, una teoría de filosofía barata sobre el dibujo. Se podría rebatir que dibujar también responde a patrones y esquemas, a técnicas y habilidades específicas, pero esto no agota ni reduce la conjetura del personaje y el efecto estético que esta prodiga al lector.
Además de la filosofía barata, las novelas de César Aira están plagadas de poesía. Una imagen, una idea, un gesto, un personaje, una situación o una atmósfera pueden contener grandes cantidades de poesía, es decir, de potencia creativa e imaginativa. En esta novela la imagen y el objeto es el tren. Imagen porque el tren funciona como metáfora y objeto porque parte, por supuesto, de una materialidad concreta y funcional. El tren es el que le da un sentido productivo a la pequeña vereda del Pensamiento, es el que permite transportar el grano que se cosecha allí y las demás materias primas. El tren es un ejemplo de acción y moldea la identidad de los habitantes:
“Todos querían ser como el tren. Era nuestro aliado en la conducta, pero también el modelo al que ajustábamos nuestras necesidades y capacidades. Ante la posibilidad de perder lo que teníamos, y vivir con esa preocupación, el tren se llevaba todo, nos dejaba sin nada que perder. Más aun, se llevaba lo lejano, nos libraba de algo que además de ser inútil incubaba sueños tóxicos, y a cambio nos traía lo cercano, lo hacía girar a nuestro alrededor con el color y el calor de la convivialidad” (p. 71).
Los mitos y las elucubraciones acerca de las locomotoras abundan en El Pensamiento. Hay quienes creen que los trenes son capaces de adquirir vida propia y arremeter contra las casas de los campesinos en plena noche, otros creen en la posibilidad de trenes que viajan para siempre y sin detenerse, o en trenes que jamás alcanzan su destino porque el destino se mueve cada día de lugar. Es un tipo de locura ferrocarrilera. El tren deja de ser solo un medio de transporte, se transforma en una manera de ver el cosmos, de ordenar el mundo y de pensar la propia existencia. El meollo de la novela, su posible nudo, es justamente un tren que se pierde. Salió, pero cuando tenía que pasar por El Pensamiento no lo hizo. Culpan al encargado de la estación de descuido, más aún por la facilidad de su trabajo: registrar diariamente el paso de un solo tren.
Luego de arduas investigaciones y de dar el tren por perdido, el niño y su preceptor salen a dar un paseo para entender cómo son posibles los puntos de fuga en el dibujo. El niño no comprende por qué el espacio se puede estrechar. Si eso fuera cierto habría un lugar donde el agua y el cielo se tocan y ya no podríamos pasar más allá. Habría un lugar donde los caminos se cerrarían. En fin, si el mundo tuviera puntos de fuga no podríamos ir hacia algún paraje remoto porque nos estaría vedado el paso. El preceptor le explica que se trata de un asunto de perspectiva. No es que los caminos se estrechen o se cierren, sino que lo lejano tiende a irse juntando a la vista, pero si caminamos el espacio frente a nosotros se abrirá. Mientras están en esa reflexión encuentran a la locomotora perdida, acostada y escondida, dando a luz en medio de la vegetación. Es un proceso lento y doloroso para la locomotora porque su vástago es muy largo y está hecho de metal, un material rígido y duro. Los trenes sirven, de ese modo, para explicar la creación de vida a varios niveles, incluyendo el de la gestación.
Según Martín Kohan la dicotomía entre civilización y barbarie, presente en el Facundo de Sarmiento, plantea una faceta productiva de cara a su inconsistencia. Es decir, cuando la dicotomía falla es cuando produce cosas. En El pensamiento es una novela que retrata a un típico hombre de acción que cree y crea el progreso material. Se trata del padre del narrador, quien es un comerciante exitoso, que compra granos para exportarlos y venderlos en otras regiones, así como un terrateniente ambicioso que se adueña de prácticamente todo el paisaje. El padre es dueño de tantas y tantas hectáreas, que ya a las personas de la vereda les resulta peligrosa e inquietante su figura. Este patriarca comerciante es alguien que en función del progreso (civilizatorio) rompe un esquema de vida tranquilo y equilibrado que estaba antes de su llegada. Así, la civilización se trueca por barbarie. Quien trae el progreso en realidad instala un caos y unas maneras que amenazan los hábitos preciados de las personas del Pensamiento.
El niño es uno de los primeros en descubrir que su papá es el emisario de unos ideales destructivos, además de su madre. Frente a esta situación, el niño decide vivir con intensidad ese lugar prístino donde nació porque sabe que es un mundo que se extinguirá, una realidad que se verá quebrada y cuya experiencia se tornará irrecuperable. El civilizado es el más bárbaro, parece decirnos la novela. Los supuestamente subdesarrollados tienen un estilo de vida modesto, sí, pero feliz y suficiente para desplegar su potencia vital. Esa lejanía que el tren parecía acercar pierde vigencia con el relato del colonizador y el hombre de negocios, que ve en El Pensamiento una posibilidad de enriquecimiento y de fuentes naturales para ser explotadas. Lo lejano ya no es un ensueño, sino una realidad palpable que defenestra su territorio en función del enriquecimiento personal.
En suma, se trata de una novela poética y reflexiva. La dimensión emocional que explora esta ficción de Aira es compleja y está atravesada por cuestiones sociopolíticas. Cómo se destruye la vida rural con el fin del trasladarse a cascos urbanos y, supuestamente, crecer con esta movilidad social. Esta es una novela que nos deja las manos manchadas de infancia, que nos hace preguntarnos por el poder y, a la vez, la fragilidad de la memoria. César Aira crea universos flotantes, pequeñas capsulas de tiempo, máquinas de contar y dispositivos para detonar emociones y tocar fibras ocultas. Eso hace la gran literatura: revelarnos algo de nosotros mismos que no sabíamos. No leemos En El Pensamiento, más bien la novela nos lee de vuelta y nos confronta con esa migración masiva del campo a la ciudad, con el desarraigo y las posibilidades del recuerdo: se trata de volver a pasar por el corazón un pálpito, ese momento fundacional en el que un niño nombra las cosas por primera vez; ese momento en que habitamos con plenitud el presente.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



