La maldita circunstancia de las carreteras por todas partes

Reseña sobre Isla de cemento

Si es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo, surge una pregunta para la literatura: ¿qué mundos posibles es capaz de generar la imaginación por fuera del sistema económico imperante y su vórtice? En su séptima novela, J. G. Ballard muestra las siniestras consecuencias de una lógica neoliberal y el sujeto alienado que la encarna. Robert Maitland, un exitoso arquitecto, avanza a gran velocidad en su flamante Jaguar cuando se estalla el neumático y pierde el control. Cae a una isla que está ubicada en el cruce de tres autopistas elevadas. Al recuperarse del golpe, Maitland se da cuenta de que la distopía, esa realidad enrarecida, no está en el futuro sino frente sus narices, esperando como una granada de mano para estallar (algo extensivo a toda la obra de Ballard).

Maitland no logra hacer que ningún automóvil se detenga ni agitando las manos ni poniendo obstáculos. Una de las consignas del capitalismo es fragmentar a los individuos, atomizarlos. Maitland, literalmente aislado como Robinson Crusoe, se da cuenta de que esa ciudad, ese mundo de concreto que personas como él han ayudado a construir, son en realidad territorios hostiles para la humanidad a la que le sirven. Las ciudades del capitalismo contemporáneo son lugares de circulación y no de encuentro, están hechas para excluir todo intercambio humano. Un ejemplo es Huston, donde hay carreteras de 26 carriles y el número de automóviles supera la capacidad de las vías: allí no tener un carro equivale a estar inválido. En medio de su intento por hacer que pare alguien, Maitland atraviesa en el camino una estructura que funciona como señal de carretera. Los autos avanzan tan rápido que uno de ellos choca la señal y la lanza contra Maitland, rompiendo su pierna.

Pasan los días y Maitland se va convirtiendo en un mendigo, un andrajoso. Tras beberse el agua del radiador y acabar los víveres, alucina de hambre y sed. Descubre que la gente arroja restos de comida desde las autopistas. Su pierna se hincha y no sabe qué hacer. Intenta escribir mensajes de auxilio sobre la tierra, hasta llegar a un momento extático en el que quema su auto para llamar la atención de alguien. Lo único que logra es hacer que una persona pare en medio de la noche, pero al observarlo cree que se trata de un vagabundo calentando sus manos al fuego y sigue su curso. Maitland tiene la esperanza de que en su empresa se pregunten por él o, por lo menos, espera que su esposa avise a la policía. Sin embargo, las ausencias de Maitland obedecen a encuentros furtivos y extramaritales de los cuales, por lo demás, su esposa está al tanto. Es difícil que lo echen de menos en ese escenario. Él mismo es un aislado, un distante, una especie de anónimo para su mujer y sus compañeros de trabajo. Nadie lo extraña.

El terreno en ruinas de la isla es la muestra palpable de este hombre, de su interioridad vacía, de sus emociones y de sus afectos averiados. Maitland súbitamente lo pierde todo por efectos del mismo progreso material que lo hizo rico. Un neumático estallado y la velocidad desbocada del Jaguar son la causa de su destino. Si Maitland no tuviera un Jaguar, si, de hecho, no tuviera un automóvil no habría aterrizado en la situación incierta en la que se encuentra. La isla es un lugar desolado, cuyos vestigios condensan trozos de su vida, como si se tratara de una extensión física del alma de Maitland. En medio de sus recorridos desesperados, Mitland encuentra una sala abandonada de cine en un subterráneo de postguerra. Ahí recuerda ese otro cine, de su infancia, al que iba para ver películas de terror y de vampiros con su madre. En el delirio constante, esa isla real y a la vez onírica que recorre se revela parecida a él: “Cada vez más, la isla estaba transformándose en un modelo exacto de la cabeza de Maitland” (p. 73).

En la isla, no obstante, descubre dos habitantes que hacen las veces del Viernes de Crusoe. Alguien mora en la isla desde antes. Maitland pierde el conocimiento y se despierta en el teatro subterráneo. Una mujer joven, llamada Jane Sheppard, lo cuida como a un niño. A Jane la acompaña Proctor, un ex acróbata. Ambos trabajaron en un circo, intuye el protagonista. Maitland nunca se entera de sus historias y empieza a sentirse secuestrado por la joven que lo desprecia, pero le implora compañía. Maitland intenta comprar con sus últimos billetes a Proctor, algo que no consigue porque no hay tiendas en la isla, por lo que el dinero pierde su valor simbólico. De alguna manera, Jane sale de la isla pero Maitland no logra entender cómo o por dónde. Está atrapado. Maitland es un náufrago. La frase para definir su aislamiento no sería aquella de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, como escribió Virgilio Piñera de Cuba, sino: “la maldita circunstancia de las carreteras por todas partes”.

La respuesta a cómo pensarse un afuera del capitalismo en esta novela es desoladora. Solo desde la desintegración del individuo, desde su emancipación forzosa, desde su pérdida del sentido conocido puede imaginarse una fuga al sistema. Solo en contraposición, como quien piensa la paz únicamente como ausencia de guerra. El biopoder modifica al humano actual, lo convierte en un homo economicus: su personalidad, sus deseos y su realización vital dependen todas de la posición que ocupe en el mercado de la oferta y la demanda. Si le quitas el valor virtual de su dinero, el hombre contemporáneo pierde su ser. Por lo tanto, en la novela de Ballard parece conformarse la consigna de que es imposible pensarse un afuera del capitalismo. Incluso al salirse, Maitland solo adquiere una identidad en relación con la necesidad de volver a Londres, donde lo esperan sus proyectos arquitectónicos y su mujer. En la isla es un nadie, un hombre hueco, un sin rostro.

La escuela de Frankfurt acuñó el concepto de reificación. Este concepto nos ayuda a pensar lo que sugiere Isla de cemento (1974). Según Honneth la reificación es la forma de cosificación y objetivación, en la que perdemos la práxis implicadora ante el mundo, el compromiso vital frente a las situaciones de la vida y frente a los otros seres. La reificación acentúa la escisión operada en el dualismo sujeto-objeto, al punto de abstraernos, alienernos. Honneth, apoyado en Lukács, afirma que esta actitud vital se va conformado por medio del capitalismo y del intercambio de mercancías, que obliga a ver a los otros y a las cosas desde el utilitarismo del costo-beneficio. Cosificar al otro en este punto no es una conducta moralmente reprochable, sino una incorporación de los hábitos socialmente establecidos. La conducta reificante está tan enraizada que es “un hecho social y no un agravio moral” (Honneth, 2005, p. 31).

Si tuviéramos que definir brevemente, en mayor profundidad, qué conlleva la reificación desde Honneth, diríamos que esta se trata de una sociedad y unos individuos que logran “adoptar frente a su entorno una postura puramente de conocimiento en vez de una de reconocimiento” (p. 95). Tanto es así, que se puede llegar a ejercer una auto reificación, en la cual el sujeto se percibe a sí mismo como extraño, objetivizado. En ese contexto, Maitland ni siquiera observa su entorno desde una perspectiva de conocimiento sino de explotación y ganancia. Él es un objeto para sí mismo, que al ser arrojado a la basura sufre una suspensión ontológica, como si extraviara el principio de realidad (que se vuelve indistinguible del principio de placer para él). Si Maitland no puede satisfacer sus deseos, Maitland deja ser Maitland y se convierte en un juguete inservible.

Si bien al inicio Robert Maitland estaba muriendo de hambre, junto a Proctor y Jane logra calmar su apetito. Entiende que se puede alcanzar una vida sustentable, aunque precaria y austera, en la isla.  La reificación constituye una distorsión de la realidad, una suerte de segunda naturaleza. Cuando se somete al homo economicus a una situación extrema de supervivencia, él reacciona queriendo comprar y espera que ese sistema eficiente al que le tiene un culto casi religioso le permita salvarse, pero las fallas de un sistema viciado imposibilitan su reintegración al estatu quo.

Es posible pensar en los habitantes de calle, a los que Maitland se une, como piezas sueltas del engranaje, es decir, sujetos en resistencia que no son funcionales ni serviles, que saltan la norma y cuestionan la naturaleza distorsionada del hombre contemporáneo. La realidad prístina es aquella donde el reconocimiento precede todo tipo de mediación social posterior; esa es la realidad a la que entra Maitland: una donde se desplazan las jerarquías y donde todos son iguales, sin distinciones de clase o de prestigio social. El reconocimiento, en este sentido, es susceptible de ser entendido como esa conducta y forma de percepción a la que intentamos regresar una vez nos hemos alienado. El reconocimiento que Maitland hace de Jane Sheppard y Proctor es un retorno a otra manera de convivencia, una que no ha sido distorsionada por el capital. La pregunta final es: ¿permanecerá Maitland en la isla? 

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Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros. 

Referencias:
Honneth, A. (2005). Reificación. Un estudio en la teoría del reconocimiento. Katz: Buenos Aires

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