David Betancourt se dio a conocer desde 2011, con su libro de cuentos Buenos muchachos (Editorial Universidad de Antioquia, 2011). Desde entonces es de los pocos escritores en Colombia que han conseguido su prestigio alrededor de un solo género: el cuento. Su nombre sonó con fuerza a través del voz a voz, como es común cuando un talento como el suyo se abre paso desde abajo, debido en parte a todos los premios que iba consiguiendo; después, como también es habitual, tuvo que soportar los embates de la mala leche cuando alguien consigue asomar la cabeza, conquistar otro tipo de espacios. Durante un tiempo pareció replegarse, aunque en su círculo más íntimo supieran que en realidad no había parado de escribir. Conversamos con él, para que nos cuente, con ese desparpajo que lo caracteriza, un poco más sobre sus libros más recientes.
Andrés Mauricio Muñoz: No hay mucha literatura de humor en Colombia, salvo algunos pocos nombres. ¿Considera que es temor de abordar este tipo de aproximaciones, falta de humor, exceso de seriedad de nuestros escritores o timidez editorial para publicar libros con esa orientación?
David Betancourt: En Colombia sí se escribe con humor, pero no hay gente que escriba libros de solo humor; no hay un Fontanarrosa, por ejemplo. Pero en casi todos los libros que yo leo encuentro humor (ironía, parodias, sátira, en fin). Eso sí, hay gente como Antonio García Ángel, Luis Miguel Rivas, David Eufrasio Guzmán, Luis Noriega que sí le apuestan mucho al humor, al absurdo, a la risa inteligente. Yo me meto también en ese paquete, pero ni yo ni ellos somos humoristas; somos escritores y ya. A mí a toda hora me dicen humorista, pero yo no soy humorista, soy más un antisolemne, y por lo general todo lo antisolemne en países tan solemnes como este da gracia, risa, se crean simpatías.
AMM: Usted tiene más de cinco libros de cuentos publicados. De hecho, el nombre que usted se ha ganado en la literatura colombiana ha sido en torno al cuento; sin embargo, recientemente publicó una novela llamada Los hijuetantas, que ganó en México el prestigioso premio de novela Sergio Galindo. ¿Cómo se sintió, desde la perspectiva de la creación, en ese tránsito hacia la novela?
DB: Ya son ocho libros de cuentos. Y Los hijuetantas iba a ser el noveno, pero el primer cuento se salió de madres y no lo pude parar hasta que fue una novela de casi quinientas páginas. Iba a ser un libro con unidad temática y de personajes. Una familia de Medellín que va a Puebla a corromper gente. El libro estaba pensado abrir con la familia llegando y terminaba con lo que quedaba de familia yéndose. Pero, como te digo, el que se fue de madres fue el narrador y pailas. Yo digo que me invadió el espíritu de Roberto Bolaño, que lo andaba leyendo mucho por esos días. Pero luego me desinvadió ese espíritu y le quité más de la mitad de las páginas. Y cómo me sentí. Ni sé. Pero siento que fue una experiencia de escritura de más soltura, de dejarme ir, de arriesgar más, porque el cuento, o por lo menos el cuento de corte clásico, no lo deja a uno irse por las ramas y hacer cosas raras por andar solo contando una historia. Pero desde La conjura de los vicios yo empecé a ver la literatura distinto, menos apegada a lo que se cuenta y a los géneros. Y eso me gusta de la novela, que uno puede inventar ahí, que uno prácticamente puede hacer lo que se le dé la gana. Y me gustó de la novela, además, que me dio espacio para reflexionar, para criticar, para jugar, para molestar, para despacharme en cuestiones de estilo. Pero, bueno, el cuento es el género al que le debo todo.

AMM: En El fracasador, su más reciente libro de cuentos, encontramos a un personaje, David Betancourt, escritor, que es transversal a todos los cuentos. ¿Qué buscaba con este ejercicio? En una de las solapas se menciona algo alusivo a una triegología. ¿Podría contarnos un poco más?
DB: El fracasador es un libro de género más o menos ambiguo. La gente dice que son cuentos, o novela, o ensayos… Yo todavía no sé qué hice. Y también la gente no sabe, y yo tampoco, si es autoficción, ficción, no-ficción. Es ambiguo todo. Me gusta lo que dice Ricardo Silva Romero: que es autosátira. Y lo de David Betancourt es una casualidad que se llame como yo y que se parezca a mí tanto, pero lo que no es casualidad es que los personajes de mis últimos libros (Ataques de Risa y La vida me vive amargando la vida) sean el personaje del libro, el protagonista, pues, que protagonicen cada cuento. Y no solo es el mismo personaje brincando de cuento en cuento, también son los mismos temas en cada libro (en Bebestiario el trago, en La conjura de los vicios los vicios). Me gustan mucho los libros de cuentos surtiditos, con de todo, misceláneos, pero he estado escribiendo libros como que den la sensación de totalidad, de que es un mismo mundo. Más o menos así. Libros de cuentos que parecen novelas, sí, pero que cada cuento es un cuento, como debe ser, y no un capítulo o algo suelto por ahí que depende de otros textos del libro para significar. Un enredo. Y lo otro: se llama TriEGOlogía involuntaria de un narciso, y está hecha de Los hijuetantas, El fracasador y otra novela que anda por ahí esperando. Son tres libros que se parecen en que el protagonista es un escritor con un ego que ni mejor dicho. Un escritor distinto en cada libro, no el mismo escritor, aunque bien parecidos. Se parecen en que el tema es el mundillo de la literatura. Se parecen en que son libros más de estilo, más experimentales de alguna manera, más críticos. Estos tres libros juntos podrían ser un solo libro.

AMM: ¿Qué tan fácil le resulta conciliar la inmediatez del humor que puede provenir de su propia naturaleza como persona, con lo que demanda el texto desde la perspectiva de los personajes o la trama?
DB: Yo siempre digo en todo lado que yo prendido tengo todo lo de mis libros: desparpajo, gracia, humor… Y que en sano juicio soy todo lo contrario: callado, contenido… Pero yo escribo sobrio. Y cuando escribo como que se me despierta el prendido y me dejo ir, todo fluye, sale naturalmente. Pero eso que fluye no sirve de nada si no le mete uno el escritor al asunto, o sea, si no le pongo mis lecturas, mi destreza narrativa, mi oficio, las cositas que he aprendido leyendo. García Márquez habló de la caja de herramientas. Y yo ando con esa caja puliendo lo que escribo y hasta quitándole la espontaneidad a lo escrito en el primer momento. Pero sí, yo pienso que no todo el mundo puede hacer reír. Yo me río mucho con la torpeza de ciertos personajes de otros libros, de Felisberto Hernández, por ejemplo, de Mario Levrero, y yo creo que por ahí va la cosa con mi humor, que está muy del lado de la torpeza, de la ingenuidad, aunque también me gusta mucho esa risa que llega por la crítica, por el absurdo, por el sarcasmo, por eso que llaman humor negro.
AMM: ¿Cuáles considera que son los cimientos, más allá del humor, que sostienen su literatura?
DB: Yo hasta pienso que el humor no es lo más importante en mis libros. Puede ser lo más visible, porque no estamos acostumbrados a reírnos leyendo, pero no es lo principal. Yo creería que lo más fuerte es la crítica, y también el desparpajo, la forma de escribir, el estilo, pues, que es algo así como si la literatura no me importara. Es algo raro: como cosas bien hechas que parecen tiradas. El estilo. Sí. Y en ese estilo está la forma de narrar, esa prosa nerviosa mía, desgualetada. Ya sé, acabo de darme cuenta: el desgualete es lo que define mi literatura. Ahora lo difícil es definir qué es desgualete. Aunque viéndolo bien lo que más define lo que escribo es el deschavete. Entonces dejémoslo en que mi literatura está entre el desgualete y el deschavete.
AMM: ¿Cree que el género del cuento pasa por un buen momento desde una perspectiva editorial en Colombia?
DB: Yo no sé de esas cosas de las editoriales, pero sí he visto que se publican muchos libros de cuentos y muy buenos. En Colombia hay un muchacho que está escribiendo libros de cuentos muy bien jalados, que se llama Esteban Roldán; hay un man que escribe con mucho humor, que se llama Jesús Ovallos; hay otros que apenas van a publicar pero que son cuentistas distintos, de riesgos, inteligentes, que no se quedan en lo que cuentan: Hamilton Cortés y Alejandro Vega. Gente conocida hay un mundo. Y a los premios de cuento llegan libros por bultos. Se está escribiendo mucho cuento. No sé si más o menos que hace ocho días, pero se está escribiendo mucho. Y también se está publicando mucho.
AMM: ¿Quién le gustaría que ganara el Premio Nobel, que está por fallar este año?
DB: Uy. No sé ni qué escritores existen. Mi apuesta es por Marco Tulio Aguilera Garramuño. Y si no se lo dan a él que me lo den a mí que yo le comparto del premio; aunque, siendo sincero, no sé cómo van las apuestas por mí y no siento como que este sea mi año. Pero de todas maneras ahí está el celular cargado y con todo el volumen.



