Por Samuel Whelpley
El azar juega un papel más importante en nuestro destino de lo que habitualmente estamos dispuestos a reconocer. Eso no es excusa para no asumir la responsabilidad de nuestras acciones. Como aprendí en un curso de autoayuda, tomamos siempre las mejores decisiones de acuerdo a las circunstancias que vivimos. Otra cosa es que elijamos las circunstancias o las controlemos, e incluso desconozcamos las consecuencias de nuestros actos. Lo otro es que las llamadas decisiones trascendentales con el tiempo (casarse, estudiar, viajar a otro país a vivir, aceptar un trabajo) se vuelven triviales e incluso accesorias en el curso de la vida. Al final, es una carga existencial: hay que actuar lo mejor que podamos. De la visión que tengamos frente a nuestros actos y la aceptación de lo sucedido puede surgir una carga que para muchos implica un castigo inconsciente.
En días pasados, hice una relectura de Némesis de Philip Roth. Una obra considerada menor en la producción de este autor, que fue un eterno candidato al Premio Nobel de Literatura sin ganarlo. Autor del cual siento una singular devoción: soy de los que creen que murió un maestro de la literatura, que ayudó a entender a ese Estados Unidos surgido después de la II Guerra Mundial.

Quizás quienes dicen que no es una gran obra de Roth juzgan -y creo que aciertan- desde un punto de vista literario. Pero el título da un indicio del tema central de la obra: Némesis es la diosa griega de la justicia y retribución, tema al cual Roth le mezcla el papel de la divinidad y la venganza. Más allá de la justicia como la entendemos, Roth nos recuerda esa vieja idea de que si eres dueño de un don, tienes el deber de usarlo adecuadamente; y que ese don no es tuyo, sino una concesión generosa de los dioses, y ellos pueden quitártelo si así lo desean.
En poco más de 200 páginas, Némesis nos presenta a Bucky Cantor, de Newark, un guapo maestro de educación física que está a cargo de un patio de juegos de la escuela, cuando interviene el azar: se declara una epidemia de polio en 1944. Hoy, con las vacunas, se ha perdido de vista que esta era una enfermedad que, además de secuelas físicas graves, podía causar la muerte; de hecho, la muerte de una joven madre por esta enfermedad inspiró uno de los más famosos boleros: «Nosotros», composición de Carlos Eleta Almarán
Esto es importante: Bucky está sano, es querido por todos, tiene una hermosa novia, es obediente y está listo para servir a su país. Pero un sino fatal comienza a perseguirlo: tiene una severa miopía por lo que es rechazado para servir a su país en la guerra. Con la epidemia de polio en curso, con algunos casos fatales, su novia Marcia lo convence de dejar Newark para aceptar un trabajo en un campamento de verano. Por desgracia, ya está enfermo y contagia a varios en el campamento, donde teóricamente iba a estar a salvo. Al enfermar, pierde la movilidad en las piernas y terminan permanentemente paralizadas.
Bucky se rinde ante los hechos, rompe su compromiso con Marcia y lleva una vida de oscuridad. Más allá de la mitad del libro, nos enteramos de que el narrador es uno de los niños del patio de recreo que también contrajo el polio en esa temporada de 1944. Escribe la historia mucho después, en 1970 (una técnica muy habitual en Roth), cuando se encuentra con el protagonista.
Son vidas contrastantes. Bucky escogió la reclusión, se retiró de la vida, trabaja en una oficina de espanto, no tuvo otra relación romántica y mantiene una vida social muy restringida. Es el epítome de un perdedor. El narrador, pese a que enfermó, se recuperó, se casó, tuvo hijos, una carrera y una vida social normal. Un contraste de dos vidas ante la enfermedad: para uno, un tropiezo; para Bucky, la culpa, pero también el autocastigo. Se culpaba a sí mismo de lo que casualmente había provocado, y su vida era la expiación de esa culpa.
El tema del «favorito de los dioses» a quien estos, sin explicación, deciden quitarle los dones y destruirlo, ya había sido tratado por Roth en su más conocido trabajo: Pastoral americana. En esa obra conocemos al «sueco” Levov héroe juvenil, destinado al sueño americano, cuya vida se rompe durante los años de la Guerra de Vietnam por algo que escapa de sus manos. Aquí como Levov, Bucky no puede escapar a su destino. Y no hay explicación, solo la culpa que siente Bucky frente a lo sucedido.
Es una lectura que permite reflexionar sobre la naturaleza de nuestros actos y nuestras circunstancias, pero sobre todo la forma de verlos. Como contradicción, Philip Roth era un ateo declarado que dijo que «Cuando todo el mundo no crea en Dios, será un lugar maravilloso». Esta novela, sin embargo, es una meditación de un ¿ateo? sobre la teodicea, es decir la relación de la dioses con la humanidad. Otra de las tantas contradicciones de Roth, acusado varias veces de ser un judío antisemita. Las reflexiones hacen a la obra a ratos compleja, de tal forma que su lectura llega a fastidiar por momentos. De otro lado, los personajes son muy planos y superficiales; Bucky y su novia son unos buenazos simplones, y tengo la sensación que el narrador (alter ego del autor) se queda corto a ratos en sus descripciones. En suma, a los personajes les hace falta finura psicológica. Los expertos en teodicea quizás echen en falta más desarrollo; pero con el tema de la culpa y el castigo, que me es apasionante, se alcanzan momentos de la mejor literatura de Philip Roth.



