Reseña sobre Las estrellas son negras
Las estrellas negras son inmortales. Acumulan energía, absorben la luz moribunda de astros colapsados. No sabemos si toda esa luz que no escapa, debido a la gravedad, estará condensada en el corazón del agujero negro. Las estrellas son negras (1949), según Santiago Mutis, es un título ambiguo. La palabra estrella posee una cercanía semántica con la palabra luz. La ambigüedad está en unir la aparente contradicción de la estrella —productora de luz— y su antónima: la oscuridad. El agujero negro nos enseña que hay otro tipo de estrellas, que no por carecer de luz están en falta sino, al contrario, son el astro más longevo, resistente y con mayor energía acumulada del universo. Además de la lectura astronómica del título, que contiene en sí un matiz político de resistencia de los pueblos afro, aparece la dimensión existencial. La estrella negra se liga a la mala suerte. Irra, el personaje de la novela de Arnoldo Palacios, piensa:
“¡Oh, Dios! ¿En cuál estrella pusiste mi llave? Algunos nacemos para morir sin tregua… Otros nacen para la alegría. Son estrellas diferentes. Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante. Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara, Señor!” (p. 91).
Las estrellas son negras es una novela precursora de la literatura afrocolombiana. La factura de su prosa y la complejidad emocional del personaje, así como la tensión socio política que aborda, la hizo trascender el documento antropológico o panfletario. Antes que una novela de denuncia, como muchos la han querido ver, Las estrellas son negras es una novela poética y sensorial. Poética porque si bien hay un argumento y unas acciones, por momentos el magnetismo de una atmósfera o una imagen aglutinan la narración:
“De nuevo se vio en la misma calle empedrada, con los viejos caserones de madera débilmente iluminados por pequeñas bujías, luciérnagas eléctricas, clavadas en el extremo superior de viejos postes de madera, podridos” (p. 92)
Irra encarna y somatiza en su cuerpo las desigualdades que marcan el departamento del Chocó. El racismo estructural de Colombia aparece a través de un silencio en relación al Estado, que nunca se menciona. El perpetuo abandono estatal de Colombia no cesa ni cesará y esto trasluce un proyecto fallido de nación. Lo que sí se presenta es el hambre. Desde la primera escena, cuando Irra se sube sin permiso en la champa (embarcación) de un anciano octogenario, está combatiendo el hambre. Intenta por todos los medios ganarle terreno, pero ella lo devora. Con el anciano no logra pescar porque los efectos de la desnutrición, sumados al movimiento del río, debilitan su cuerpo, le producen mareo y vómito.
El hambre, entonces, plantea un reto narrativo. Su gramática es el delirio. En una tercera persona de estilo indirecto libre, que narra, por momentos entramos al flujo de consciencia de Irra. Da tumbos, no conecta pensamientos, se desespera, incluso llega a partirle un plato en la cabeza a su hermana más querida. El delirio daría pie para que la prosa se desborde, se convierta en un laberinto de asociaciones y frases subordinadas, pero no ocurre. La síntesis es la marca estilística de Palacios. El poeta Álvaro Miranda subrayó ese contraste logrado entre descripciones serenas y un contenido convulso.
En medio de su hambre, Irra engendra sentimientos de odio hacia la clase dirigente de Quibdó, que son los blancos. El representante del gobierno en la novela es el intendente, que hace las veces de un alcalde. Irra piensa que si mata al intendente hará justicia y romperá las cadenas que mantienen a su familia y a su pueblo en la marginación. Pero el hambre es tanta que el simple hecho de subir las escaleras del palacio intendencial le resulta imposible, como si sus pies fueran de hierro. Irra no se percata de la hora y no advierte que llegó a cometer el crimen cuando ya se han ido los empleados y el intendente. El lugar se encuentra vacío y en él solo resuenan los golpes de su cuerpo desplomado escaleras abajo, en el momento en que ya no soporta su propio peso.
En el territorio hay una casta de antioqueños y sirios que se enriquecen mientras la población afro e indígena perece en la pobreza. En un país de enormes desequilibrios, el Chocó es uno de los mayores productores de oro y plátano, con biodiversidad y ríos descomunales como el Atrato, pero sufre un flagelo interminable. Una región exuberante, una de las más lluviosas del mundo y al mismo tiempo uno de los lugares con más altas tasas de desnutrición. Las brechas educativas, sociales y económicas se experimentan en Las estrellas son negras. Irra se siente acorralado, aunque es el único de su familia que terminó el bachillerato. Las becas universitarias solo se las dan a los blancos, igual que los trabajos. Irra es el mayor de sus hermanos y está en la obligación de hacerse cargo de la manutención de la casa. Su madre trabaja lavando ropa y ya no resiste; el exiguo sueldo no alcanza y está envejeciendo prematuramente por los rigores de la escasez.
El libro desde su concepción y publicación estuvo a punto de extinguirse. El primer verdugo fue el fuego del 9 de abril de 1948, cuando en una oficina de la Avenida Jiménez el manuscrito original se redujo a cenizas. Arnoldo Palacios reescribe la novela en tres semanas y una vez esta se publica él vuela a París para no volver. La crítica de su tiempo celebró la aparición del libro, entre ellos nombres como Eduardo Zalamea, Hernando Tellez o León de Greiff. Los lectores posteriores no entendieron o no leyeron la novela. Esa incomprensión fue su segundo verdugo. García Márquez despreció la obra al afirmar que estaba escrita desde un “gastado molinillo de resentimiento racial” y señalando “su mediocridad técnica”.
Arnoldo Palacios en diversas entrevistas expresó su intención con la novela. En la literatura colombiana no había un protagonista negro. Aparecen negros en La María o La vorágine, pero de forma periférica, como personajes secundarios. Por lo tanto, Palacios quería un protagonista que además de negro estuviera situado en el Chocó y plasmó en los diálogos la sonoridad oral del habla autóctona: un castellano apropiado por el Pacífico con su pronunciación tasajeada, de eses aspiradas que transforman el nombre de Israel en el apócope de Irra. Luego, el propósito estético de Palacios no es un resentimiento racial sino simplemente el ejercicio de un derecho al discurso literario. La consecuencia de que no haya un narrador o protagonista negro habla de una violencia epistémica. Impedir el acceso al discurso, quitar la posibilidad de nombrarse y nombrar el mundo desde una perspectiva ampliada nos sume en la ignorancia y en la incapacidad para la empatía.
Ramón Vinyes, mentor del grupo de Barranquilla, también criticó la obra. Dijo que Irra era un personaje pasivo y que los capítulos de la novela “no pasan de ser la triste biografía de una individualidad, la existencia de un muchacho sin importancia”. Esta injusta valoración de un clásico de la literatura colombiana hizo daño al libro, que se convirtió en una obra de culto poco leída y poco reeditada. Al 2010 solo contaba con cinco reediciones. A esa mala lectura de Vinyes y García Márquez se adhiere el racismo del canon literario. Por supuesto que Vinyes tuvo razón al reducir la novela a una biografía individual, puesto que allí radica parte de su universalidad. Esta es la novela de un día en el que un joven lucha por su vida. Son unas horas de alta intensidad corporal y mental en las que Irra toma la resolución de irse a Cartagena. La única salida a su destino aciago es migrar. En su drama personal se refleja la diáspora intemporal de los olvidados de dios.
Ahora bien, en cuanto a la supuesta mediocridad técnica, semejante señalamiento pasa por alto el sutil trasvase de la tercera a la primera persona que hay en la novela, las descripciones objetivistas y la prosa despojada de retórica. Gestos técnicos de gran destreza que crean resonancias entre contenido y continente. García Márquez por su formación era un lector que apreciaba los cambios de narrador y las estructuras dinámicas propias de un Faulkner, su referente principal en La hojarasca. Una escritura sosegada y lineal como la de Palacios le pudo haber parecido insuficiente en términos técnicos, pero ese sesgo le impidió ver la profundidad y la fuerza que habita en Las estrellas son negras.
En cuanto a la crítica actual, subsiste aún cierta mala lectura de la novela en tanto cae en el maniqueísmo. Según algunos críticos, la novela traza un panorama del Chocó totalmente pesimista, cuyo resultado es la pornomiseria. Lectoras del Chocó como Yihán Rentería han comentado que en su primera lectura la novela chocaba, disgustaba, al reproducir una imagen atroz del Chocó. Jaime Arocha y Lina del Mar Moreno criticaron Las estrellas son negras porque, según ellos, participa de los preconceptos que constituyen lo que llaman el “andinocentrismo”. Las zonas tórridas como el Chocó en esta concepción hegemónica y centralista se excluyen. El Pacífico en dichos esquemas interpretativos ocupa un lugar de barbarie y salvajismo. Según estos críticos es necesario aportar al etnodesarrollo desde imaginarios que promuevan el afro optimismo.
La crudeza en Las estrellas son negras no es gratuita. Si no es Arnoldo Palacios quien muestre la realidad sin adornos ¿entonces quién? Esa dicotomía de considerar la novela como pesimista u optimista desarma su riqueza, que va más allá de una reivindicación o un ensalzamiento de la miseria. Así mismo, la novela elude el determinismo social —que sería, siguiendo a estos críticos, una razón para afirmar el pesimismo de la obra—. En la novela constantemente se cuenta el desacuerdo y el incesante impulso de Irra por cambiar su realidad, por hacer algo que lo salve a él y a lo suyos. En el prólogo de Los muros de agua José Revueltas explica que morigeró lo que vivió en la cárcel de las Islas Marías. El autor refiere que de haber transcrito lo que tuvo que presenciar, la novela habría resultado inverosímil. Así que si Las estrellas son negras nos parece sórdida hay que pensar por regla general, según Revueltas, que la realidad es aún más terrible.
Hay aspectos antinaturales en la configuración social y económica del Chocó. La subalternización es efecto de una colonización extendida y sostenida desde la época de la esclavitud, que socializó al ser racializado como un otro ajeno, despojándolo de derechos y de voz. Igualmente, la categoría de persona racializada es artificiosa y obedece a intereses particulares. Según Achille Mbembe en su Crítica de la razón negra no se es negro, sino que se deviene negro. Es decir, el devenir negro parte de unos supuestos de exclusión que se introducen, pero no pasan de ser instancias conceptuales sin fundamento y arbitrarias. El racismo, así visto, es una construcción de los blancos y de los gobernantes para conservarse en el poder. Lo problemático es que, en ocasiones, el esclavo incorpora el discurso del amo, como pensaba Franz Fanon. En Las estrellas son negras se evidencia ese afán de blanqueamiento en personajes como Pastor, que vota por blancos y se convierte en un sometido de los poderosos a cambio de ayudas para mantener el supermercado que regenta.
Quibdó en la novela está tan dividida que parece dos ciudades: “Los sirios y antioqueños eran propietarios de grandes almacenes… Los blancos estaban empleados en el gobierno. Esos vestían bien y fumaban cigarrillos finos. Pero los negros nada… ¡Maldita nada!” (p. 44). En un escenario tan tremebundo la muerte funciona como esperanza: “¿por qué no se moría? Era preferible morir. Al menos la muerte ofrecía la oportunidad ineludible de comer barro y gusanos bajo la tumba” (p. 78). La arquitectura mohosa, las casas endebles a la orilla del río y el paisaje humano deplorable son una mezcla que dibuja una ciudad y una humanidad hundidas en la enfermedad. Tanto las personas como el territorio están enfermos de racismo y pobreza: “la gente se mantenía anémica. Los niñitos morían a montones. El pabellón antituberculoso estaba repleto” (p. 89).
Irra es violado por un comerciante sirio, pero luego busca el cariño en el cuerpo de una adolescente llamada Nive. El amor también se le niega y sedimenta esa serie de imposibilidades que conforman su vida. Irra termina odiando a Nive al pensar que será arrestado o perseguido por sostener relaciones sexuales con una menor de 14, siendo él un joven de 18 años. En un mismo día Irra pasa de ser violentado a sentirse un violentador.
La ira, que es como se titula el capítulo en el cual decide asesinar al intendente, atraviesa al personaje de principio a fin: rabia hacia sí mismo, hacia sus condiciones, hacia las personas que le muestran afecto y hacia quienes lo rechazan. No obstante, el final de la novela redime a Irra. La ternura lo inunda, se baña en el río. La ablución del agua le permiten avizorar nuevos rumbos. Quedarse y resistir en su territorio será la opción elegida. El futuro se abrirá como un grano de luz en su frente: una luz negra, indestructible, infinitamente poderosa.

Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Estudió Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



