Paul Brito

Cuando vi por primera vez el título de esta antología, solté la risa. Por un momento creí que era una forma desenfadada de resolver el título o, por lo menos, un guiño del autor para quienes hemos leído todos sus relatos. Me imaginé a la editora preguntándole a Ramón cuáles eran las narraciones que iba a escoger para la selección, y a él alzando los hombros con una carcajada y su habitual desparpajo: “¡Los mismos de siempre!, ¿cuáles más?”.

Pero si uno conoce más la obra de Ramón Molinares y al mismo autor, su inagotable creatividad, sabe que nunca ha dejado de escribir, que siempre está tramando un nuevo asombro, una nueva historia, cazándola en cualquier esquina del Caribe. Pasajeros de bus, taxistas, vendedores ambulantes, porteros, a todos los interpela sobre la existencia de Dios o la perentoriedad de la muerte, a todos los confronta con su mayéutica de esquina. El cuento que da título al volumen y que abre esta antología es, de hecho, una narración inédita escrita hace poco y recogida por primera vez en un libro.

Aun así, el cuento en cuestión también hace alusión al eterno retorno de las historias. Se trata de un relato fantástico o de ciencia ficción, en el que un hombre compra la inmortalidad a unos judíos de Varsovia, doctorados en biología molecular. De regreso a su pueblo natal, se da cuenta de que hace parte de una trama ya conocida, los rostros y los nombres son los mismos de una historia cuyo desenlace conoce perfectamente. En la ficción, como en la vida misma, el tiempo es un juego de circularidades, pero también de traslaciones, un planeta girando alrededor de sí mismo, pero también de otro centro mayor, que a su vez da vueltas alrededor de un agujero negro.

Ese agujero negro es la ruptura de lo conocido, de lo repetido, y acecha en todas las historias de Ramón Molinares, como un rayo que fulmina la infinita repetición del pasado y da inicio a una nueva espiral de futuro. En “El pájaro y su carcelero”, otra pieza de esta antología, el gesto borgiano de la repetición se invierte igualmente buscando nuevas continuidades, nuevos niveles de significación:

Todos los hombres no son el mismo hombre. Es verdad que, entre muchas otras circunstancias, la muerte los iguala, pero mientras esta llega, mientras pasan los años, los va diferenciando lo vivido, el pasado que cada uno va guardando en la memoria que no tiene el pájaro.

En “Trescientos mil pesos tú solita”, un hombre fiel que, al contrario de amigos y vecinos, dedica sagradamente todas sus quincenas a las necesidades de su casa, un día percibe la punzada del deseo y termina rompiendo por una sola vez en su vida su disciplinada lealtad. Su esposa, en lugar de enojarse y mostrarse decepcionada, le abona su propia lealtad para suplir la falta, celebrando en cambio que su marido al fin haya dedicado un momento a satisfacerse a sí mismo.

En “Carne de varón tierno”, uno de los cuentos más leídos de Molinares, que en su momento ganó un concurso organizado por el diario El Espectador, también vemos efectuarse una brusca infracción a la costumbre y a la ley, cuando comienzan a aparecer devorados niños del norte de la ciudad y ya no solo la comercial carne de varón tierno de las numerosas familias del sur.

En “El ocaso de un viudo”, el protagonista se enfrenta a la proximidad de la jubilación, «esa manera de decirle a uno que ya no sirve para nada», y al mismo tiempo, a las ansias residuales del deseo, esa manera de decirle a uno que aún sirve para todo. En las historias de Molinares son comunes estas contradicciones que se dan la mano, que se alimentan entre sí como dos polos eléctricos: la miopía de creernos jóvenes para siempre se enfrenta a la ceguera de creer que la vida se vive en la cantidad de futuro que nos queda; la intensidad y autonomía individual del tiempo vivo se enfrenta a los prejuicios de una sociedad que le pone límites al endiosar la juventud y despreciar la vejez y sus pretensiones de goce. Como otras historias de Ramón, el relato confronta vida y muerte, Eros y Tánatos, emoción y racionalidad.

De ahí ese otro enfrentamiento que suele darse explícito en las historias de Molinares: el deseo y el pacto social, o sea, el mundo creado por el hombre, con sus códigos sociales, y el paraíso de su animalidad, con sus propias leyes irrevocables: «A la tristeza que le produjo ver a su hijo desfogándose con un animal al día siguiente de haberse casado se sobrepuso el consuelo de saberlo apto para consumar el matrimonio», dice el narrador de “Larga espera”. Y en “Vergonzoso amor”, la sublimación del sexo no solo alcanza a controlar los demás deseos sino a superar cualquier tipo de poder y de violencia. Un mafioso que se ha ganado el respeto a punta de intimidación, termina amansado y humillado por la violencia de su propio corazón:

Menos en el rostro que en su corazón enamorado sintió la dolorosa herida. Lloró desconsolado aquella noche. Yo vi las lágrimas que brotaban de sus ojos cuando el café quedó silencioso y vacío. Desde aquel día se convirtió en un hombre solitario y triste. Más de quince años lo vimos arrastrarse por esta cuadra. Dicen que no volvió a salir de esta calle porque lo apenaba la cicatriz que le cruzaba el rostro, pero yo creo que lo que más lo avergonzaba era que la bailadora de tangos siguiera todavía con el poder de conmover su alma.

Ya lo ven, los mismos temas de siempre: el amor, el odio, el poder, el sexo, la juventud, la vejez, pero renovados y redivivos por un talento sanguíneo y dionisíaco que nos muestra las facetas más intensas de la vida, más allá de las rutinas. Hace poco Ramón me dijo algo sobre esa espiral que emerge de las circularidades y repeticiones de la cotidianeidad. Después de una rutinaria vuelta a la manzana, se sorprendió una vez más de lo fácil que es constatar la hermosura extraordinaria de los días. Solo hace falta repetir el gesto de abrir los ojos cada mañana, pasar una vez más el mundo por los tercos latidos del corazón.

*Presentación de Los mismos de siempre, publicada por la colección Roble Amarillo de la editorial Universidad del Norte (2022).

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