Por Paul Brito

Si hay algo para lo que estamos destinados los hombres es la muerte. “Debemos a Dios una muerte”, decía Shakespeare en Hamlet. Pero ella por sí sola no significa nada. Es una ausencia que hay que rellenar con algo. Ese algo es el destino de cada persona.

En Un hombre destinado a mentir (1993),la tercera novela publicada por Ramón Molinares Sarmiento (Santo Tomás, 1943), el protagonista está obligado nada más y nada menos que a ser un impostor. A partir del momento en que adopta la identidad de un peruano descendiente de los Incas, esa será la forma de rellenar su vacío espiritual, su deuda con Dios. Bajo la piel de Antonio Aruhanca (“el peruano con cara de ángel que murió a orillas del Mediterráneo”), Santiago Zumaqué se entrega a una vida prestada, llena de mentiras y contradicciones, en una narración compulsiva, psicológica, que avanza en espirales hacia una verdad propia.  

“La realidad también se inventa”, decía el poeta Antonio Machado. En todo momento el ser humano reemplaza la realidad con la gran mentira de su representación de ella: memoria, teorías, conceptos, dogmas, religiones, fórmulas, etc. A la realidad se llega sobrepasando el realismo llano, leí en alguna parte. En el caso de Molinares, la ficción es la vida misma pero rellena de sentido y cifrada de un destino que sobrepasa a los personajes y al mismo autor. “En el curso de la vida de un ser humano —señala el narrador— hay un instante en el que se siente, él solo, colmando todo el espacio de la inmensa escena; un instante en que cree que todas las alegrías o todas las desdichas no pueden estar ocurriéndole sino a él; un momento en que se siente único en el cosmos. En ese instante, el irrisorio episodio que él representa trasciende toda la comedia humana”.

El ideal de un novelista (y de todo hombre, por supuesto) es paradójicamente la realidad: nivelar la ficción con el mundo real, fusionar la imaginación con el mundo externo. Molinares logra tender un puente intuitivo entre ambos mundos y lo hace con la honestidad de quien consuma una invención persiguiendo una verdad interior. Solo de ese modo la escritura vuelve a ser lo que siempre ha sido: un acto de fe, una mentira más real que lo visible. Por eso pienso que el detalle más significativo de Un hombre destinado a mentir es la corazonada que siempre tuvieron los padres de Antonio Aruhanca de que estaba muerto, por más que Santiago Zumaqué se volviera un experto en engañarlos desde Francia por medio de cartas. A lo largo de la narración, los lectores llegamos a sentirque Santiago “no era un impostor sino un cómplice” y que todas sus mentiras fueron inventadas por amor a los padres de Antonio (a quienes terminó queriendo más que a sus verdaderos progenitores) “y en general por amor a todos los peruanos y a todos los hombres”.

Fruto de esa sensibilidad ampliada y de ese arrojo narrativo, de ese tanteo en lo oscuro, en lo invisible, es también la primera novela de Molinares: Exiliados en Lille (1982), otra historia intensa emocionalmente que transmite en carne propia la experiencia de unos desterrados chilenos por la dictadura de Pinochet. A través del mismo amor y la misma solidaridad que Zumaqué pregona hacia todos los hombres, Molinares hace suyos el destino y los sufrimientos de unos seres ajenos a las circunstancias del autor que erraron por el mundo ante el terror y la muerte segura que les esperaba en su tierra.

Al igual que en Un hombre destinado a mentir, en Exiliados en Lille se establece un juego de correspondencias con el mundo real que rebasa la simple representación. Entre otras desdichas, el personaje principal Manuel Alvear ha tenido que abandonar a su madre en la miseria y la soledad por salir huyendo al exilio. Apenas le deja como compañía un perro, que de a poco se va volviendo maloliente y sarnoso. Al final intuimos que esa madre es la misma patria que nunca ha dejado de esperarlo y, el perro, la democracia enferma. En un último episodio ambientado en un sueño, vemos a Manuel de nuevo frente a su madre, acariciando el perro y abrazándola a ella. Y luego a la señora anunciando con firmeza la impostergable partida de su hijo al frente de batalla. Al igual que los hombres de todas las épocas, Manuel debe salir de nuevo a luchar por la libertad, esa cosa inasible, impalpable, pero sin duda más real y urgente que todas las necesidades primarias del ser humano.

En la segunda novela de Molinares, El saxofón del cautivo —de la misma complejidad y ambición que las anteriores—, se mantiene ese mismo afán de nivelar los ideales con la realidad y de centrar en una persona el destino colectivo. Estructurada casi totalmente en diálogos, trata sobre la decisión que toma un grupo de guerrilleros de ejecutar a un sindicalista por su silencio frente a la muerte de tres hombres negros asesinados, y por otras traiciones al pueblo y a los obreros que representa. Pero sucede que el sentenciado, como todo hombre, no es sólo un cúmulo de culpas, negligencias y errores, sino un individuo con otras facetas y dimensiones, como la de tocar el saxofón para quitarse la tristeza: un individuo con una historia y unas circunstancias específicas, con una realidad propia más compleja que el marco teórico sobre el cual se le juzga y se le condena.

La tenacidad de Molinares por retratar a plenitud la realidad y atrapar su esencia al vuelo, es lo que le da al escritor tomasino una dimensión universal. La fidelidad a un destino humano que lo completa y lo sobrepasa es lo que nos hace identificarnos en el fondo con la sustancia de su escritura. Todo hombre debe ser consciente de que, al igual que Santiago Zumaqué, está destinado a mentir con el corazón en la mano, es decir, a colocar su verdad por encima de toda certeza provisional y a rellenar con creces la fosa de su último destino. “Desesperados, hemos decidido que lo real no es lo que vemos pudriéndose ante nuestros ojos —nos recuerda el narrador—, sino lo que los antiguos crearon con su imaginación. Un mundo lleno de ángeles, de dioses, de maravillas, distinto a este que se complace en pudrirnos la carne”. Y más adelante: “Si la humanidad envió tantos sabios a la hoguera fue porque no pudo soportar que le derribaran sus dioses, sus ángeles, sus demonios, sus paraísos y todas esas otras mentiras que se dio el trabajo de inventar para hacer más llevadera nuestra condición de seres hechos para la muerte”.                            

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